Rivales con derecho a roce Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La chica no pronunció una palabra, ni siquiera se despidió de Tyler. Se limitó a seguir a Greg hasta un despacho donde la invitó a tomar asiento. Estaba algo desconcertada con lo que acababa de escuchar, pero se obligó a dejar la pena a un lado para mirar al médico.

Greg la observaba con curiosidad. Ambos se habían conocido en su última visita a Santa Carla, y Jennifer se había encargado de llamarlo para que la atendiera en persona aquella mañana.

—Siento no haber podido esperar contigo, pero todo el mundo parece haberse vuelto loco hoy —declaró el médico.

Arizona lo miró divertida, centrada por completo ya en aquella conversación. Greg era psiquiatra, de ahí la broma con doble filo.

—Si fuera solo esta mañana… —bromeó ella—, pero me temo que nunca te faltará el trabajo. Por suerte, no estoy aquí como paciente tuya, aunque hay a quien no le parezco muy cuerda.

Greg soltó una risa suave. Arizona se sentía muy cómoda con él. Saber que era gay le facilitaba decir las cosas sin filtros, sin orgullo, sin esa necesidad constante de parecer indestructible. Nada más llegar se lo había contado todo. Absolutamente todo. Antes incluso de que le sacaran sangre.

—Confío en que esto se quede en un simple favor entre amigos y no tengas que derivarme a ningún otro departamento —bromeó ahora, mucho más relajada que cuando él la había saludado una hora antes.

Se acomodó en la silla frente a su mesa y añadió, algo más bajo:

—Me he cruzado con el susodicho ahí fuera. Viene por lo mismo que yo, así que supongo que no llegará la sangre al río.

Esperó una sonrisa cómplice… que no obtuvo. Diría más, ¿no la miraba demasiado serio ahora?

—¿Qué pasa, Greg?

—Verás…

—¡Si ese estirado me ha pegado algo, te juro que…!

—No es eso.

Se le contrajo el estómago.

—¿Y entonces qué es? Porque me tomé de inmediato una de esas píldoras del día después, así que no puedo estar embarazada.

Greg apoyó los codos en la mesa y la miró con cautela.

—A ver…, esas píldoras no son cien por cien efectivas.

Arizona entrecerró los ojos.

—¿Perdona?

—Funcionan retrasando o bloqueando la ovulación —informó—, pero si esta ya se ha producido, la eficacia disminuye.

El aire pareció espesarse.

«No. No, no, no».

—Dime que todo esto es una aclaración médica sin relación directa conmigo —pidió, ahora sin ironía.

Greg no respondió de inmediato. Y ese silencio fue peor que cualquier palabra.

—¡Mierda, joder!

Los nervios le aceleraron la respiración y sintió que comenzaba a hiperventilar.

—Greg…

—Supongo que no es la noticia que esperabas —suspiró el chico—, pero estás embarazada.

Arizona escuchó aquellas palabras resonar dentro de su cabeza como si las hubiera gritado con un enorme megáfono justo en su oído.

Embarazada.

Cerró los ojos, intentando normalizar su respiración, pero no era fácil.

Por primera vez en mucho tiempo, la artista brillante, la mujer segura, la que siempre tenía una réplica afilada… no supo qué decir.

Solo una certeza incómoda comenzó a abrirse paso entre el ruido de su cabeza.

Aquello no era un susto pasajero, era un giro irreversible.

Y estaba jodida. Y no en el sentido dramático que tanto le gustaba exagerar sobre un escenario.

Jodida de verdad. Aquello no solo no entraba en sus planes en un futuro inmediato, sino en ninguno de sus futuros a medio o largo plazo, ni siquiera a años luz de distancia.

Todo su mundo parecía desmoronarse sin pedirle permiso.

Se puso en pie casi por inercia. De repente no le apetecía seguir conversando. Tenía cosas que asimilar, decisiones que tomar, pero antes de poder pensar con la cabeza fría, necesitaba colapsar durante al menos unos minutos.

—Aguarda un poco, Ari, si necesitas que hablemos…

—No te preocupes, estoy bien —mintió, algo que ambos tenían claro, pero el médico respetó su decisión—. Por favor, no quiero que esto salga de aquí de momento.

—Cuenta con ello.

—Ni siquiera a Jennifer —insistió—. No quiero poner un secreto así sobre sus hombros, y necesito tomar decisiones antes de que mi familia lo sepa.

—No te preocupes —se reiteró—. Incluso si mi ética personal no fuera estricta, que lo es, la confidencialidad médico-paciente me impediría hablar de esto con nadie.

Arizona articuló un gracias apenas audible y salió del despacho.

Necesitaba aire, calle, ruido, cualquier cosa que no fueran aquellas cuatro paredes asépticas.

Abrió la puerta con la única intención de escapar antes de que el temblor que le subía por el pecho se convirtiera en lágrimas, que necesitaba descargar para de ahí poder recobrar la compostura, se conocía demasiado bien.

Y entonces se topó con él.

Tyler Hamilton, su ego descomunal y su sonrisa arrogante, estaba demasiado atento a la puerta como para no estar esperándola.

Arizona lo fulminó con la mirada y pasó de largo. Si se detenía siquiera a mirarlo, estaba segura de que iba a golpearlo. Y ni loca iba a permitir que se enterara de aquello.

—¿Callie? —la llamó él, dando un paso hacia ella—. ¿Qué ha pasado?

Silencio. Ella siguió caminando.

—¿Todo bien? —indagó, colocándose frente a ella para obligarla a frenar.

—Todo estupendamente —se forzó a decir.

Trató de esquivarlo, pero él volvió a interponerse.

—¿Puedes dejarme en paz? —suspiró, intentando no sonar desesperada—. Mi analítica es genial, estoy limpia y sana como una pera, pero ha sido una semana de mierda. Lo único que quiero es olvidarme de haberte conocido.

Su voz fue baja, cortante. Se apartó, rodeándolo de nuevo, decidida a marcharse.

Tyler la sujetó del brazo y tiró de ella, pero Arizona se giró ya con una furia que no tenía nada que ver con sus pullas habituales.

—¡Ya está bien! —estalló, soltándose de un tirón seco—. ¡Ya estoy harta de que siempre hagas eso!

Si la hubiera dejado marcharse en esa gasolinera, no estaría metida en aquel lío.

Algunos pacientes levantaron la vista, pero a ella le dio igual.

—No tienes ningún derecho a retenerme, agarrarme o tocarme cuando te viene en gana —añadió, temblando ahora, no sabía si de rabia o de miedo.

Tyler la miró desconcertado, tratando de leer algo en su expresión.

—Solo intento…

—¡Pues deja de intentarlo!

Su voz se quebró en la última palabra y eso fue lo que más la asustó. No podía derrumbarse allí, no delante de él, no ahora.

Se dio media vuelta y echó a andar con paso rápido, casi torpe, atravesando el pasillo como si alguien pudiera perseguirla.

No miró atrás. No se detuvo. Solo cuando las puertas automáticas del hospital se abrieron y el aire de la calle le golpeó el rostro, se permitió soltar una exclamación profunda.

Siguió caminando por el aparcamiento, intentando no desmoronarse antes de llegar al coche, pero la falta de aire que le provocaba la ansiedad era demasiado acusada.

—¿Arizona? —preguntó una voz femenina a su lado—. ¿Te encuentras bien?

A través del velo de lágrimas reconoció a Helen, la madre de Sarah. La mujer la observaba con una preocupación genuina, sujetándole ya las manos con firmeza, como si temiera que fuera a deshacerse allí mismo.

Arizona intentó responder, pero el aire no le alcanzaba y el pecho le ardía. Helen no la apremió. Se limitó a quedarse, a hablarle en voz baja, pausada, obligándola a acompasar la respiración con la suya.

Tardó un buen rato en conseguir que el temblor remitiera.

Cuando por fin pudieron apartarse de la entrada, se sentaron en el banco más alejado de las puertas automáticas. El bullicio quedaba ahora amortiguado por la distancia. Arizona apoyó los codos en las rodillas y se cubrió el rostro unos segundos, agotada.

Poco a poco, la presión en el pecho fue cediendo.

Siempre le había caído bien Helen. Tenía un aura especial, muy similar a la suya, se sentía cómoda con ella, tanto…

que terminó contándole todo lo que le estaba sucediendo, incluido el cómo.

Por algún motivo, la vergüenza que sentía por haber sido tan insensata no existía al hablar con ella.

De alguna manera sabía con certeza absoluta que aquella mujer no la condenaría.

Cuando acabó, se sacó todo de adentro y guardó silencio, se sentía mucho mejor. La mujer la observaba con una expresión maternal, casi como lo haría su propia madre.

—¿Y tienes claro qué vas a hacer? —se interesó ahora, con calma.

Arizona negó despacio.

—Jamás me había planteado la maternidad como una opción —confesó con la voz aún frágil—. No soy de las que han soñado toda la vida con marido, casa en las afueras y niños corriendo por el jardín. —Se encogió de hombros—. El escenario es mi gran historia de amor.

—No tiene por qué ser incompatible con un bebé —respondió Helen con suavidad—. Aunque sí, implicaría un parón. Eso es inevitable.

Arizona soltó aire con fuerza, valorando sus opciones, En aquel momento lo veía todo negro.

—Mi vida es caótica a veces, Helen —insistió—.

Trabajo duro, viajo mucho y vivo sola en Nueva York la gran mayoría del tiempo —se angustió aún más—.

Mi familia está aquí, en la otra punta del país, y mi carrera en Broadway.

—La miró angustiada—. ¿Cómo encajo un niño en esa ecuación sin que todo salte por los aires?

Helen dudó un segundo antes de añadir:

—¿Y si se lo contaras al padre?

—¡No! —saltó de inmediato—. Ese maldito y su micropene británico no tienen nada que opinar al respecto.

Helen rio sin remedio.