Rivales con derecho a roce Capítulo 8
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Capítulo 8

El hospital olía a desinfectante y café recalentado, una mezcla que Arizona ya asociaba con nervios y estrés.

Llevaba nueve días oficialmente de vacaciones, sin focos, sin ensayos, sin entrevistas y, aun así, no recordaba haber estado tan tensa en meses.

Sentada en una de las sillas de plástico azul, con las piernas cruzadas y el móvil apagado entre las manos, intentaba convencerse de que aquello era una simple analítica rutinaria.

Nada más. Le habían sacado sangre hacía apenas treinta minutos y ahora aguardaba los resultados con una inquietud que no sabía disfrazar.

«¡Maldito estirado cañón!», masculló por enésima vez, removiéndose en la silla como si así pudiera expulsarlo también de la cabeza.

Para colmo, sabía que la incertidumbre no terminaba allí. Tendría que repetir la analítica en tres semanas para poder estar tranquila del todo.

Pero ni siquiera aquello era lo que más la desquiciaba.

Lo más irritante de su primera semana de vacaciones era ser consciente del interés con el que buscaba a aquel imbécil entre la gente cada vez que salía de casa.

Casi sin pretenderlo, repasaba las caras a su alrededor, esperando reconocer el gesto seco, su postura impecable, la mirada imposible.

Ridículo.

Alzó la vista, exasperada consigo misma, y el corazón le dio un vuelco.

Por un instante le pareció verlo avanzando con paso firme por el pasillo, entre batas blancas y familiares nerviosos.

«Joder, estoy obsesionada», se amonestó, frunciendo el ceño.

Parpadeó. Se obligó a mirar el suelo, a respirar, a convencerse de que su imaginación estaba haciendo horas extra. Cuando volvió a alzar la cabeza, él seguía allí, mucho más cerca.

Y entonces él levantó la mirada… y sus ojos se encontraron.

No hubo confusión ni duda. La leve detención en su paso y la rigidez casi imperceptible en sus hombros dejaron claro que no era fruto de su ansiedad. No lo estaba imaginando. Y, a juzgar por su expresión, él tampoco esperaba verla allí.

Arizona se puso en pie casi por reflejo, en estado de alerta, mientras lo observaba acercarse.

Parecía alegrarse lo justo de verla… y no le extrañaba nada.

La última vez que se habían cruzado lo había invitado a salir del teatro, eso por no hablar de aquella llamada de teléfono, que a ella aún le arrancaba carcajadas, pero que estaba segura de que a él no le habría hecho gracia alguna.

«Tranquila. No intentará matarte en un hospital lleno de testigos», se dijo, en ese punto intermedio entre la inquietud y una expectación que vibraba en su pecho, haciéndola sentirse viva.

Mierda, ¿por qué tenía aquella presencia tan imponente y letal? Todo su cuerpo le hacía la ola sin que su cerebro pareciera poder opinar. Una sacudida eléctrica le recorrió la espalda mientras lo veía aproximarse con ese paso seguro, contenido, como si el hospital le perteneciera.

Se detuvo frente a ella.

—Callie West… —masculló, con aquel deje británico que de repente le aceleraba el corazón —, justo la última persona en el mundo a la que querría ver.

Arizona inclinó apenas la cabeza y le dedicó una sonrisa afilada.

—Pero aquí estás, a un metro escaso —replicó ella con suavidad venenosa, señalando la amplia sala de espera casi vacía—, con la cantidad de espacio que hay.

Tyler la observó entonces con más detenimiento. Entrecerró los ojos, no con dureza, sino con algo más cercano al desconcierto.

—Te ves… diferente —dijo al fin, y esta vez no hubo burla en su voz, solo una admiración involuntaria, como si el comentario se le hubiera escapado antes de poder filtrarlo.

Arizona tragó saliva. Sí, la estrambótica cantante country se había quedado en aquel teatro una semana atrás.

De Callie solo conservaba el color de pelo, pero ahora llevaba la melena lacia, cayendo con naturalidad por su espalda, sin cardados exagerados ni artificios, hasta que tuviera ganas de recuperar su color de pelo natural.

Allí no había sombrero ni brillo ni lentejuelas, nada tras lo que esconderse. Solo ella, ¡pero se bastaba por sí sola para mantenerlo a raya!

Tyler mantuvo la mirada fija en ella unos segundos más de lo necesario antes de hablar.

—Supongo que no has venido de fiesta —comentó con sequedad—. Este lugar no parece tu tipo de diversión.

Arizona arqueó una ceja. Al parecer, pensaba posponer el asesinato y las recriminaciones en favor de la salud mental. Ella le siguió el juego.

—Y tú no pareces el tipo de hombre que sea capaz de divertirse en absoluto, es obvio que por ocio no estás aquí —sonrió mordaz—. Así que ahorrémonos el misterio.

Un silencio breve se interpuso entre ellos. Ambos parecían tener claro ya los motivos del otro.

Tyler carraspeó, parecía incómodo por primera vez desde que lo conocía.

—Entonces imagino que estamos aquí por… responsabilidad compartida.

—Oh, qué elegante lo llamas —se burló ella—. Yo lo había resumido más como… por si acaso el estirado británico venía con regalo sorpresa .

Él la miró con frialdad calculada.

—Te aseguro que mi historial es impecable.

—Eso dicen todos justo antes de necesitar antibióticos.

Tyler apretó los dientes.

—¿Y tú? —contraatacó irritado—. ¿Debería preocuparme?

Arizona cruzó los brazos y le sostuvo la mirada con una obstinación casi desafiante.

—Si tuvieras algo por lo que preocuparte, no estaría aquí para asegurarme de que sigo sana, ¿no te parece?

Se sostuvieron la mirada de nuevo.

La frase quedó suspendida entre ambos, porque funcionaba en las dos direcciones. Durante un segundo, el hospital dejó de oler a desinfectante y tensión. La angustia que la había acompañado toda la semana empezó a diluirse, sustituida por algo mucho más ligero.

«Vale, parece que voy a salir de esta sin consecuencias dramáticas».

Soltó aire, aliviada, casi con un principio de sonrisa en los labios. Tyler aún tenía mucho que decir.

—¿Y qué hay del otro asunto? —interrogó ahora, aún tenso.

—¿A qué te refieres? —indagó ella, cruzándose de brazos, todavía a la defensiva.

—A la posibilidad de que tengas… algún visitante sorpresa ahí dentro —respondió con un claro gesto de desagrado ante la idea.

Arizona resopló con fuerza.

—Por suerte, eso fue lo único que pude prever —contó—. Me tomé una de esas pastillas del día después.

—Magnífico —repuso Tyler con sequedad—. Porque no se me ocurre nadie con quien me apetezca menos compartir un… contratiempo así.

Ella soltó una risa incrédula.

—Oh, créeme, el sentimiento es mutuo —aseguró—. Me dan escalofríos solo de pensar en que el niño pudiera venir de serie con el mismo palo que tú llevas metido en el culo.

Tyler apretó los dientes, conteniendo la réplica una fracción de segundo, lo justo para serenarse un poco, o eso intentó.

—Bien, pues una vez calmados los nervios… —continuó Tyler, con una media sonrisa que no contenía ni una pizca de humor.

Arizona entornó los ojos.

— Uf , ¿ahora es cuando empiezas con tus tonterías? —sonó hastiada.

La irritación regresó a la expresión de él con precisión quirúrgica.

—Me echaste del teatro y te lo has pasado en grande calumniándome —le recordó con frialdad—. Nada de eso me parecen tonterías.

Arizona soltó una risa clara, sin el menor remordimiento.

—¿Calumniándote? —repitió divertida—. Eso implica mentir…

Lo recorrió de arriba abajo con la mirada.

—…y yo me limité a describir.

La mandíbula de Tyler se tensó.

—¿Vas a demandarme por difamación o solo necesitabas verme para protestar en persona? —insistió ella, sosteniéndole la mirada.

—No soy tan dramático.

—No, eres peor —replicó con calma—. Eres rencoroso.

Él dio un paso apenas perceptible hacia ella. No fue invasivo, fue calculado.

—Y tú muy desesperante.

Arizona no retrocedió. Se negó a hacerlo. Aunque ahora lo tuviera demasiado cerca con aquella expresión mezcla ironía y algo más oscuro que le estaba alterando el pulso.

No se atrevería a tocarla allí. ¿Verdad?

—Genial —murmuró ella, intentando recuperar el control—. Entonces ¿podrías olvidarte de que nos conocemos?

Tyler ladeó la cabeza, estudiándola.

—Podría, sí… —admitió.

Sus ojos descendieron despacio hasta sus labios sin prisa, sin disimulo.

—…pero quiero algo a cambio.

Arizona tragó saliva y supo, con una claridad inquietante, que le concedería casi cualquier cosa que le pidiera en ese tono mientras la miraba de aquella manera. Cualquiera menos lo que escuchó de sus labios.

—Quiero una cita con Arizona.

Lo miró confusa. Le costó entender que aquello no era una propuesta cargada de insinuaciones explícitas y, por la sonrisa canalla con la que él la observaba ahora, el muy ladino tenía muy claro el motivo de su desconcierto.

Por suerte, se repuso rápido y, para desgracia de aquel tipo, devolvió el golpe de la peor manera.

—Ella ya no está en Santa Carla —aseguró sin un titubeo

Él afinó la vista.

—Mientes.

—No. Regresó a Nueva York hace un par de días.

Aquello pareció darle de lleno y por un segundo su expresión de tristeza la dejó un tanto perpleja. ¿Por qué demonios parecía tan importante para él verla? Su enfado se aplacó un poco y pudo la curiosidad.

—Hay montones de actrices en Londres que matarían por ese papel —dijo con un tono más neutro—, ¿por qué os obcecáis tanto con ella?

Tyler parecía inquieto ahora, como si se preguntara cuánto quería revelarle. Arizona insistió:

—Es evidente que tú ni siquiera la conoces, así que…

—Esto no tiene nada que ver conmigo —interrumpió Tyler en un tono tenso—. Si insisto es por Arthur Marlow.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué le pasa?

—Que se muere —confesó al fin—, y Arizona es importante para él.

La expresión de horror en los ojos de la chica era evidente.

—Si tienes forma de hablar con ella…

—Ya tengo tus resultados —informó una voz interrumpiendo la conversación de forma abrupta.

Arizona miró ahora a Greg Spellman, médico y amigo personal de Jennifer, y parpadeó para alejar la sensación de estupor que la asolaba ahora.

—¿Vienes conmigo? —insistió Greg, mirándola con cierta extrañeza.