Rivales con derecho a roce Capítulo 7
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Capítulo 7

Tyler soltó un improperio, junto con una fuerte patada al cojín que en algún momento había lanzado al aire.

—Espero que no le estés declarando la guerra a ese cojín, querido —dijo una voz desde la puerta—. Sería un enemigo indigno.

Eloise Hamilton, vizcondesa y matriarca indiscutible de la familia, caminaba hacia su nieto con una distinción y elegancia que ni el bastón que necesitaba como apoyo conseguía restarle un ápice. Cada paso era medido. Soberano. Como si el suelo tuviera el privilegio de sostenerla.

Tyler se pasó una mano por el cabello, intentando recomponerse, y se acercó a besarla con cariño.

—¿Qué sucede?

—No es nada, abuela.

La vizcondesa apoyó ambas manos sobre el bastón y lo estudió con esa mirada afilada que había sobrevivido a guerras, escándalos familiares y varios ministros incompetentes.

—Si no fuera nada, no estarías paseando por el salón como una fiera educada en un internado caro —opinó, alzando una ceja.

Intentando contener sus emociones y no estallar en todos los improperios que aún llevaba enquistados, ayudó a su abuela a tomar asiento en el mullido sofá.

—¿Y bien? —insistió la mujer con calma en cuanto se hubo acomodado—. ¿Es un problema legal, financiero o tiene pestañas largas?

Tyler no respondió.

Eloise sonrió con una satisfacción afilada.

—Ah, perfecto. El único campo de batalla en el que los hombres inteligentes pierden la compostura. Pero jamás pensé que pudiera sucederte a ti.

—¡A mí no me ha pasado nada! —replicó al fin en un tono irritado.

—Ya veo, no solo pasó…, sino que además te importa.

—Lo único que me importa es que esa maldita mujer…

—Esa boca.

—¡Es que es desesperante! —casi escupió—. Ya sabes que le prometí a Will que hablaría con Arizona Kerrs, pero antes de poder verla, esa… —Eloise arqueó las cejas— mujer… eh… ¡que no me salen las palabras sin blasfemar, abuela! ¡Esa arpía ayer me echó del teatro, ¿te lo puedes creer?

Eloise lo miró asombrada.

—¿Que te echó?

—¡Sí! ¡A mí!

—¿Por qué? ¿Qué le hiciste?

—Nada, está loca —aseguró, pero titubeó lo justo para que la anciana comprendiera que no le contaba toda la verdad…

…y la verdad era demasiado para una conversación abuela-nieto, y Tyler lo tenía más que claro.

—Es igual, ya lograré solucionarlo —declaró, intentando controlar el tono y la irritación.

Su hermana y su madre no tardarían en llegar y que lo frieran a preguntas era lo último que necesitaba en aquel momento.

Solo faltaba que Rob se enterara y le fuera con el cuento a sus amigos, los que, sin duda, disfrutarían mucho contándole a aquella maldita cuánto lo habían molestado sus jugarretas.

Solo de pensarlo, se ponía malo. Claro que si callaba, también tendría que renunciar a saber más de la tal Callie.

«Y por qué querría yo saber nada más de esa…».

El sonido del bastón de su abuela golpeando el faldón del sofá lo sacó de sus divagaciones.

—¿Sería mucho pedir que fingieras escucharme? —lo amonestó Eloise—. Al menos, asiente con la cabeza de vez en cuando.

Tyler suspiró. Estaba descentrado, era evidente.

—¿Cómo se llama?

Él entrecerró los ojos.

—¿Quién?

—¿Quién? Jamás me has tomado por una imbécil, Tyler, no empieces hoy.

Soltando un bufido, admitió:

—Callie West, pero ni se te ocurra meterte.

La anciana asintió, mirándolo con atención.

—No me daría tiempo —le recordó—. Viajo temprano. ¿Cuándo tienes pensado hacerlo tú? —se interesó ahora.

—Quiero pasar unos días más con Sarah y mamá —contó—, no sé cuándo podré volver a ver al pequeño Ian. Pero tengo trabajo pendiente en Londres que tampoco puedo demorar mucho.

—Bien, pues cuando regreses, quiero presentarte a…

—Abuela…

—Tienes treinta y cuatro años, Tyler —le recordó, como si él hubiera podido olvidarlo—. Cuando yo tenía tu edad, tu padre ya contaba quince años.

—Eran otros tiempos —opinó resignado, aquel cuento no era nuevo.

—Tienes que casarte, Ty —insistió—. Solo tú puedes heredar el título de tu padre y perpetuarlo.

—Ah, ¿que además quieres que tenga descendencia? —sonó tan a burla que Eloise Hamilton chasqueó la lengua, molesta.

—Te encontraré una mujer a tu altura —aseguró con una expresión seria—. No se hable más.

—Claro, ¿por qué iba a tener yo algo que decir? —murmuró.

Aquel tema ya no le molestaba. Llevaba años escuchando aquella cantinela.

Su abuela había intentado emparejarlo con insistencia desde que tenía uso de razón, pero ambos sabían que él no estaba por la labor y que jamás permitiría que ella lo forzara a aquella trampa asfixiante y letal llamada matrimonio.

Por suerte, su madre y su padrastro hicieron su aparición en aquel momento, junto con Rob y Sarah, y durante unos largos minutos todo fue una algarabía mientras le hacían arrumacos al pequeño Ian, que miraba a su alrededor con lo que parecía genuino interés para ser tan bebé.

— Ains , voy a necesitar más nietos así y rápido —suspiró Helen, mirando a su hijo con evidente intención.

Tyler arqueó las cejas.

—Dales tiempo, mamá —sonrió mordaz—. Espera a que este crezca un poco antes de pedirles más.

—No puedes dejar que todo el peso recaiga en mí —protestó Sarah, aunque con una sonrisa pícara—, nos tenemos que repartir el trabajo.

—Puedo cuidar del pequeño cuando quieras, ¿te sirve?

—No diría yo que no a un par de noches —aceptó Rob, cuyas ojeras hacían dudar de que bromeara del todo.

—¡Ni se os ocurra! —intervino Eleonor horrorizada—. O todos mis esfuerzos por casarlo y tener descendencia serán en vano.

—Abuela… —intercedió Tyler—, lo siento, pero ya son en vano, créeme.

Las risas en la mesa fueron inevitables, incluso la propia Eloise no podía evitar sonreír.

—Durante un tiempo tuve esperanzas —murmuró la anciana, y miró a Rob—, ¿tu amigo James y su mujer siguen en buenos términos?

Rob sonrió.

—Eso es irrompible —aseguró convencido—. Les ha costado años, sudor y lágrimas poder estar juntos.

—Vaya por Dios —suspiró Eloise.

—¡Abuela, no seas mala! —se quejó Sarah entre risas.

Tyler sonreía también. Tenía que admitir que su encaprichamiento por Jennifer había sido intenso. Era una mujer hermosa, culta, psicóloga. En teoría, perfecta para él.

Cuando la conoció ya tenía una hija, lo cual, desde su perspectiva práctica y poco romántica, eliminaba cualquier expectativa de ampliar la familia. En todos los sentidos, el balance era favorable. No veía inconvenientes, solo ventajas. Y, sin embargo, ella nunca le concedió una sola oportunidad.

Con el tiempo entendió que aquello no había sido más que eso, un capricho bien vestido de lógica. Una atracción conveniente, ordenada y sin riesgo.

Ni siquiera se sintió triste cuando James regresó para reclamar lo que, en el fondo, siempre había sido suyo: la mujer que amaba y la madre de su hija.

Tyler lo aceptó con una serenidad que solo es posible cuando el corazón nunca ha estado realmente en juego.

Y, de forma un tanto paradójica, para alguien acostumbrado a cambiar de pareja como de corbata sin involucrar jamás sus sentimientos, aquella había sido su relación más larga, una que nunca tuvo.

—Me niego a darme por vencida —aseguró Eloise ahora—. Quiero ver esos ojos verdes en un pequeñín antes de morirme. Eres el único de la familia que los trae por herencia.

Tyler sonrió a medias. Si se le ocurría decirle que ahora existían unas lentillas de colores estupendas, era posible que le arreara un bastonazo.

—Sarah también trae el gen del abuelo, ¿sabes? —le recordó Tyler con una sonrisa socarrona—. Ahora ha tenido mala suerte y Ian ha nacido con los ojos azules de su padre, pero quizá para otra…

—Vale, gracias —rio Rob, divertido, y miró a la anciana—. ¿Y buscas un prototipo concreto de nieta política, Eloise? Es por ayudarte un poco.

Tyler soltó una carcajada divertida. Le encantaba bromear con su cuñado. Siempre obtenía un comentario inteligente a la altura de la broma o la ofensa, en eso se parecía a…

«Ah, no, aquella mujer no hacía nada dentro de su cabeza de nuevo».

—Así que ¿tampoco vais a dejarme elegir? —interrogó, obcecándose en echarla de sus pensamientos.

—¡Es que no eliges! —se quejó su abuela—. Y parece gustarte demasiado… la parte lúdica.

—A ver, Eloise, por eso no podemos culparlo —opinó Helen, y arqueó las cejas a lo Groucho Marx—. Lo lúdico es divertido.

Tyler sonrió. Aquello era un comentario muy propio de su madre, y la mirada pícara que le echó a Joe, su padrastro, tampoco sorprendió a nadie.

—Ahora tenemos que conseguir que solo le guste… divertirse en casa —insistió Helen.

—Mamá…

—El aburrido de tu padre no nació por ciencia infusa, ¿sabes? —declaró—, tu abuela no se va a escandalizar.

—Esa es justo la última imagen que yo quiero poner en mi mente —se quejó, torciendo el gesto. Y escuchó las risas que su hermana y Rob se empeñaban en amortiguar.

—Pues es algo de lo más normal, hijo, todos venimos del mismo sitio.

Sí, y aquellos comentarios también eran muy propios de su madre, cuya naturalidad y sinceridad era muy apreciada en unos círculos… y condenada en otros.

—No puedo creer que estemos hablando de esto en la mesa —suspiró Tyler, y miró a su madre con una sonrisa ácida—. Estás corrompiendo a la abuela, ¿sabes? Si pasa más tiempo contigo, la devuelves a Londres como la viuda alegre.

Helen rio.

—¿Y eso sería tan malo?

—No, sería genial para toda la alta sociedad —dijo mordaz—. La nueva comidilla del club de campo, ya falta diversión por aquellos lares.

Una especie de tensión se asentó en la mesa. Era obvio que la frase iba con segundas, aunque no hubiera sido la intención de Tyler. La relación con su madre aún era complicada y siempre pendía de un hilo, cualquier comentario fuera de lugar la tensaba demasiado.

—Espero que podamos tomarnos el té antes de las cinco —repuso Rob con su habitual buen humor—. Hoy me apetece.

Todos sonrieron a medias. No era ningún secreto que Rob odiaba aquella bebida como pocas. Por suerte, el tipo era muy bueno en detectar y limar asperezas, incluso cuando desconocía el motivo.

Y los motivos eran tan complicados…

Tras aquello, Tyler no volvió a sentirse cómodo del todo a la mesa. Las diferencias solo estaban resueltas en apariencia.

Pero aquel no fue el último desagradable incidente al que tuvo que hacerle frente aquel día…

A las doce de la noche, apostado frente al teatro, aguardaba a que el elenco saliera por la puerta. Había intentado acceder a la función, sin éxito, y había pasado casi tres horas en la calle, maldiciendo a la mujer que le había impedido la entrada y preguntándose por qué narices seguía allí.

«No puedo decirle a Will que hoy tampoco he visto a su Arizona», se repetía cada vez que aquella puerta se abría y una corriente de actores y técnicos invadía la calle. Con cada movimiento del pomo, su pulso daba un salto ridículo que él se apresuraba a ignorar.

Ridículo e impropio de él.

Hasta que al menos diez personas salieron juntas y se detuvieron en la amplia acera…

…y allí estaba ella, inconfundible: Callie West

Para su sorpresa, en aquella ocasión vestía de lo más normal, con una camiseta sencilla y unos vaqueros azules, pero que debía reconocer que le sentaban igual de bien que aquella falda. Parecían ceñirse a su cuerpo como una segunda piel, y de repente se encontró deseando contemplarla más de cerca.

La observó hablar con los demás, gesticular, reír, viva y magnética, y durante un instante se limitó a mirarla embobado, hasta que se obligó a recordar que estaba demasiado enfadado con ella y tenía motivos.

No estaba allí para darle a aquella mujer la satisfacción de humillarlo, sino para intentar hablar con Arizona.

Claro que, si podía decirle un par de verdades a esa arpía, se llevaría un plus extra.

Esbozó una sonrisa tensa y avanzó con intención de cruzar la calle, pero no llegó a dar el segundo paso.

Una moto custom de gran cilindrada irrumpió frente al grupo con un rugido grave que hizo vibrar el aire. Se detuvo justo ante ellos, dominando la escena, arrancando exclamaciones fascinadas.

Dannie. Lo supo al instante, aunque el motorista no se hubiera quitado el casco.

Observó cómo Callie giró la cabeza al oír el motor y una sonrisa iluminó su rostro, una que no tenía nada que ver con las sonrisas afiladas con las que siempre lo miraba a él. Aquella era mucho más real, más luminosa, y sintió una punzada de irritación que lo pilló desprevenido.

El conductor le tendió las llaves a la chica, que ella usó para abrir la cerradura del casco que estaba anclado con una pitón en el respaldo trasero, y se lo puso sin demora. Una acción demasiado cotidiana que indicaba que no era la primera vez que se subía a aquella moto.

La punzada se intensificó.

Riendo, ella se giró a mirar hacia las voces que comenzaban a despedirse entre gritos y bromas. Alguien silbó, otro hizo un comentario que no alcanzó a oír, pero al que ella respondió con una reverencia exagerada, teatral, que arrancó varias carcajadas más.

Después, sin dudar, se subió a la moto y se acomodó detrás de Dannie con una familiaridad que a Tyler le resultó innecesariamente cercana. Apoyó las manos en su cintura y se inclinó hacia él para decirle algo al oído, arrancándole una carcajada,

El motor rugió de nuevo y Dannie aceleró de forma rápida para internarse en la carretera.

Tyler no se movió.

Los observó alejarse calle abajo. La luz de la farola se deslizaba sobre el casco de ella y el perfil de su cuerpo se delineaba pegado al del motorista, hasta que la moto se convirtió en un punto más entre el tráfico nocturno y terminó por desaparecer.

Solo entonces fue consciente del malestar que rugía en la boca de su estómago, como si acabaran de asestarle un puñetazo que no esperaba.

Frunció el ceño, molesto consigo mismo. No era enfado, no, era otra cosa, una reacción primaria incómoda y mucho más complicada.

Apretó la mandíbula y exhaló despacio para controlar sus ganas de romper cosas.

Aquello era ridículo. No podía estar celoso, era imposible. Jamás había sentido celos por nadie y mucho menos lo haría por aquella maldita mujer, que era la antítesis de todo lo que le atraía en alguien.

Se dio la vuelta con frialdad ensayada, pero la imagen persistía: sus manos en la cintura del tipo, su risa inclinándose hacia alguien que no era él… y la sensación de impotencia que le revolvía el estómago.

¿Celos? Aquello era absurdo y descabellado. Era mucho más probable que algo de lo que había cenado no le hubiera sentado bien.