Capítulo 6
Arizona avanzaba ahora a paso rápido hacia el camerino común, aceptando elogios y manos que se extendían para felicitarla. Ya se había parado dos veces a posar en un par de fotos, siempre intentando ser amable. Pero a ese ritmo no iba a llegar nunca a su destino.
—Vaya, vaya —escuchó una odiosa voz a su espalda que reconoció en el acto—, si es miss educación en persona.
Se detuvo en seco, maldijo para sus adentros y se tomó unos segundos antes de enfrentarse a él. Pero ni todo el tiempo del mundo la habría preparado para el aspecto arrollador con el que se topó de frente.
Él se había cambiado de ropa y debía reconocer que se veía devastador.
Vestía un traje negro entallado, impecable, que le dibujaba los hombros con una precisión casi obscena, y una camisa blanca abierta en el primer botón, lo justo para insinuar piel sin perder un ápice de formalidad.
Las luces del pasillo se reflejaban sobre su cabello, domado con ese desorden medido que fingía descuido, y los focos acentuaban las tonalidades rubias entremezcladas con hebras más oscuras, arrancándole destellos cálidos que suavizaban sus facciones.
La miraba con esa calma británica que parecía decir sé el efecto que provoco y no pienso disculparme por ello .
Maldito.
Arizona le sostuvo la mirada con una de sus afiladas sonrisas, pero sus ojos, traicioneros, descendieron un segundo por su cuerpo, solo uno, pero fue suficiente para apreciar la línea del traje, la caída perfecta sobre las caderas o la forma en que el tejido seguía cada movimiento cuando él dio un paso hacia ella.
—No te detengas —murmuró Tyler con suavidad calculada—. Es agradable sentirse apreciado.
Arizona alzó la barbilla. ¿Tan trasparente era? Dejó escapar una risotada irónica para contrarrestarlo.
—Sigue soñando —replicó sin perder la sonrisa—. ¿Quién demonios te ha dejado entrar?
Él le mostró el pase a camerinos con una arrogancia demasiado evidente y ella blasfemó para sí. ¿Quién demonios habría firmado aquel pase?
—No te pongas tan tensa —repuso él ahora—, no he venido a por uno de esos abrazos… que repartes con tanta alegría.
¿Abrazos? Lo miró confusa. ¿Y por qué parecía molesto?
—En realidad ni siquiera sabía que te encontraría aquí…, Callie —sonrió con cinismo—. ¿Se supone que trabajas en el teatro?
—Sí, calando imbéciles y echándolos a la calle —afirmó—. ¿Recuerdas dónde está la puerta o te acompaño?
—¿Por qué tan grosera de repente? —se burló—. Hace un momento repartías cariño desmedido.
Arizona lo miró inquisitiva. ¿Hablaba de Dannie? ¡Ja! Estaba loco.
—Mira, si has venido a amargarme la noche…
—Te repito que no he venido a verte a ti, Callie —insistió—, sino a Arizona.
A la chica se le escapó una carcajada inevitable. No se podía sonar más ridículo.
—Tú no has visto la función, ¿no?
—No, es que esta tarde me topé con una tarada que me ha salpicado de batido y me ha obligado a tener que ir a cambiarme de ropa.
—Ah, ya, quizá debiste dejarla irse antes de… —se interrumpió, de repente acalorada con el recuerdo.
Tyler esbozó una sonrisa cínica y avanzó un paso en su dirección.
—Dilo, ¿antes de qué?
—De obligarla a quedarse tanto rato.
El aire entre ellos se volvió denso. Arizona reculó hasta toparse contra la pared y lo miró con lo que esperaba fuera indiferencia, pero mucho se temía que el fuego que corría por sus venas pronto ardería en sus ojos sin remedio.
—¿Obligarla? —repuso Tyler, mordaz, y recortó la distancia—. Yo lo recuerdo todo mucho más… consentido. Salvo por mi parte, claro, yo solo preservaba mi coche.
—Y ella solo preservaba su salud, te lo aseguro —informó malhumorada.
—Pues se ha llevado… un par de cosas extra —le recordó con arrogancia suficiente como para crisparla.
Tuvo que contenerse para no bufar exasperada.
—¿Para qué demonios buscas a Arizona? —indagó, haciéndose a un lado y poniendo distancia.
—No creo que eso sea asunto tuyo.
—¿No? —levantó las cejas—. Igual soy…
Empezaba a divertirse.
—…amiga personal de Arizona.
—No lo creo —se encogió él de hombros—, quizá la que le lleva los cafés, pero eso no os convierte en amigas.
—Puede que en tu mundo no —replicó ya irritada—, pero en el mío todos somos iguales. Superamos la lucha de clases sociales hace algún tiempo.
Tyler la miró ahora con evidente incomodidad.
—No he querido decir eso.
—¿No has querido sonar elitista y prepotente? —inquirió con una expresión cándida.
Lo escuchó soltar un improperio y murmurar:
—Si quisiera sonar así, te diría… que solo necesito hacer una llamada para conseguir que te echen.
—¡Guau! —fingió asombrarse—. Y yo llamando solo consigo una pizza.
Lo miró con mucha más frialdad un segundo después.
—Pero te sorprendería lo que puedo conseguir con un solo dedo.
Él entrecerró los ojos con evidente desconcierto. Arizona estaba segura de que valoraba si se estaba refiriendo a algún tipo de… insinuación.
Pero no. Por desgracia para él.
Hizo un gesto con el índice para atraer al par de guardias de seguridad que siempre estaban a unos pocos metros de ella.
—No sé qué demonios estás… —comenzó Tyler, pero se vio abruptamente interrumpido cuando sintió una presencia a su espalda.
Y el desconcierto se convirtió en asombro al escucharla decir:
—El caballero ya se marcha. Por favor, escoltadlo hasta la salida.
Tyler esbozó una mueca irónica.
—No puedes echarme —le mostró el pase VIP a los guardias—. Estoy aquí para ver a Arizona.
La chica lo miró ahora con la sonrisa más prepotente que fue capaz de encontrar y después posó sus ojos sobre los guardias, que parecían confusos.
—Arizona ha dado la orden de echarlo —dijo sin un temblor
—¡No es verdad! —protestó Tyler—. ¿Estás loca?
—Si ella lo dice… —declaró uno de los guardias.
—Se lo está inventando —se quejó el chico con una clara irritación.
Arizona sonrió mientras clavaba una mirada en sus ojos.
—Hasta nueva orden —insistió—, este tipo tiene vetado el acceso al teatro.
—Por supuesto —murmuró uno de los hombres—. ¿Nos acompaña, por favor?
Tyler soltó un improperio mientras ambos se sostenían la mirada, pero pareció entender que, de momento, había perdido la partida frente a aquella mujer si no quería montar un escándalo.
Se revolvió cuando uno de los guardias intentó tomarlo del brazo y caminó a paso rápido hacia la salida, no sin antes matarla con la mirada.
«Joder, hasta furioso está bueno, el muy…».
—¡Guau! ¿Quién era ese bombón? —indagó Harper, que se cruzó con él en el pasillo mientras caminaba hacia ella.
Arizona no contestó. Se limitó a coger la caja que su amiga le tendía, recién llegada de la farmacia, y la abrió sin demora.
—¿Te la vas a tomar sin agua ni nada? —Harper la miraba asombrada.
Sí, aquello fue justo lo que hizo.
—No se me ocurre nada peor que la posibilidad de estar embarazada de un imbécil como ese.
—Salvo una sífilis, supongo —repuso Harper como el que habla del tiempo.
—¡Eh!
Harper sonrió a medias.
— Sorry , solo era algo de humor negro —frunció el ceño y abrió los ojos con evidente asombró—. ¡¿Acabas de decir un imbécil como ese?! ¡¿Es él?! Porque creo que empiezo a entender tu lapsus.
Arizona resopló con fuerza y se alejó de allí sin pronunciar palabra.
Tyler soltó un improperio y se alejó el teléfono de la oreja para dejar que Will se explayara a gusto hasta que se cansara.
No había dormido bien, estaba demasiado molesto…, entre otras cosas que no estaba dispuesto a analizar. Tenía sueño, hambre y unas ganas de mandar al cuerno a su amigo, a la tal Arizona y a todo el que se pusiera a tiro.
—Por eso no me has cogido el teléfono en todo el día, supongo —decía ahora Will, algo más calmado.
—Tengo una vida, ¿sabes? —le recordó Tyler—, que no gira en torno a tu Arizona.
—¿Es que no entiendo que no pudieras verla? —insistió—. Ese pase debería haberte llevado hasta su camerino.
Sí, y era muy posible que lo hubiera hecho… de no entretenerse por el camino. Recordar aquello incrementó su cabreo.
—Tendrás pensado volver hoy —se interesó su amigo frente a su silencio.
Volvería, por supuesto, aquello lo tenía muy claro, demasiado, y mientras no pensara en el motivo, iba bien.
—Lo intentaré de nuevo —informó, y Will pareció calmarse un poco.
—Quizá deberías llamar a Arizona y quedar con ella —propuso su amigo—. Te pasé su teléfono por WhatsApp . ¿Lo has guardado?
—Eh…
—¡Joder, qué falta de interés! Te lo vuelvo a enviar.
Cuando al fin colgó, consultó su reloj. Su abuela regresaba a Londres al día siguiente, tras dos meses en Santa Carla, y toda la familia llegaría en breve al palacete para comer juntos y despedirse, pero aún tenía algo de tiempo para hacer la llamada que Will había sugerido.
No creía que aquella loca llegara tan lejos, pero la posibilidad de personarse en el teatro y que le negaran el acceso existía. Sería mejor asegurarse de que Arizona lo recibiera.
Tomó asiento en el sofá del amplio salón y marcó el número que Will le había reenviado. Tras varios toques, al final una voz femenina contestó al otro lado.
—Buenos días, señorita Kerrs.
—¿Con quién hablo? —interrogó Arizona de inmediato, con cierta cautela.
—Soy Tyler Hamilton —se presentó en un tono formal—. Estuve ayer en el teatro para verla, pero… —apretó los dientes al recordar el desastre— me fue imposible.
Un silencio casi sepulcral era todo lo que se escuchaba ahora al otro lado.
—¿Sigue ahí?
La oyó aclararse la voz, como el que gana tiempo para responder.
—Sí, estoy. ¿Y para qué deseaba verme, señor Hamilton?
—Soy amigo de Will Marlow —contó al fin con una formalidad distante—. Me gustaría explicarle los detalles de su propuesta en persona y…
—No va a ser posible —interrumpió Arizona con una negativa inmediata.
Tyler parpadeó.
—Disculpe, pero…
—Ya le comuniqué al señor Marlow que no estoy interesada.
—Si me permite al menos exponerle…
—No, lo siento, pero… —carraspeó— no trae usted muy buena prensa.
Tyler frunció el ceño.
—No sé si la sigo.
—Tenemos una conocida en común que me ha alertado sobre usted.
—¿Ah, sí?
—Callie West.
Tyler se puso rígido. Sabía de quién le hablaba antes incluso de pronunciar su nombre. Apretó los dientes con fuerza al tiempo que lanzaba un cojín al otro lado del salón. Con solo escuchar su nombre perdía toda la compostura de la que solía hacer gala. ¡Maldita mujer!
—A Callie no le ha causado muy buena impresión —continuó Arizona con falsa diplomacia—. Dice que es usted maleducado y arrogante, entre otras cosas.
—¿Entre otras cosas? —repitió él, obligándose a permanecer calmado—. ¿Qué otras cosas?
—Eso es igual, tampoco quiero ensañarme.
—No, por favor —replicó con sequedad—. Ya que estamos, completemos el retrato. Dígalo sin paños calientes, ¿con qué otros calificativos más me ha bautizado la… agradable de su amiga?
—Señor Hamilton…
—Porque que precisamente ella me llame maleducado a mí…
Hubo un suspiro al otro lado. Dramático. Excesivo.
—Dijo que era… poco agraciado —aclaró la chica en un tono bajo, como si le estuviera haciendo una confidencia que le resultaba violenta. Y de no estar tan enfadado, quizá habría detectado una nota de diversión en su voz.
—¿Perdón?
—Callie es muy singular —añadió ella con tono conciliador—. Tiene estándares muy concretos.
Tyler soltó un bufido incrédulo.
—Voy a abstenerme de emitir opinión alguna sobre su amiga —dijo, conteniendo la ira en cada palabra—. Pero ¿mi aspecto físico influye en su decisión profesional?
—Bueno… —titubeó ella con una inocencia que chirriaba—, si es usted muy desagradable a la vista…
—¡Yo no soy desagradable a la vista! —la frase le salió sola sin que le diera tiempo a meditarla.
—Para Callie sí —puntualizó ella con suavidad quirúrgica.
Tyler se incorporó en el sofá y respiró hondo antes de hablar, pero no pudo evitar sonar muy molesto.
—Con el debido respeto, esa mujer tiene un criterio… cuestionable.
—Vaya —murmuró Arizona—. Qué irritación tan repentina. No protestó usted tanto cuando lo llamó arrogante. Parece que debemos añadir presumido a la lista.
Él cerró los ojos un segundo y respiró despacio.
—Señorita Kerrs —dijo al fin—, le aseguro que soy muchas cosas, pero físicamente ofensivo no es una de ellas.
—Eso es justo lo que diría alguien físicamente ofensivo.
Tyler soltó un bufido, empezaba a no poder controlar su mal humor.
—Esto es surrealista —susurró casi para sí.
—Si me disculpa, señor Hamilton, voy a salir a comer con Callie y acaba de llegar.
—Pues dígale a su amiga de mi parte…
— Uf , no se moleste —interrumpió en un tono firme—, no creo que a Callie le interese nada que tenga que ver con usted. Que tenga un buen día.
No pudo añadir nada más. Era evidente que ella había colgado.
Apretó el teléfono entre sus manos como si fuera el mismísimo cuello de cierta… desubicada country.
Callie. ¡Otra vez ella!
Una desconocida impertinente que, al parecer, no solo se permitía insultarlo, sino que además tenía la suficiente cercanía con Arizona como para influir en sus decisiones profesionales. ¿Y quién demonios se creía que era para hablar de él con tanta soltura?
Maleducado. Arrogante. ¿Poco agraciado? ¡No parecía desagradarle tanto mientras jadeaba entre sus brazos!
Se puso en pie de un movimiento seco y empezó a caminar por el salón, incapaz de quedarse quieto.
—¿Quién demonios eres, Callie? —murmuró para sí.
Porque, fuera quien fuera, acababa de declararle la guerra.