Capítulo 5 #2
—¿Cómo podría irme sin conocer a toda la guardería que habéis decidido montar entre todos? —bromeó la chica—. Para que luego digan que hay problemas de natalidad. Eso en vuestro grupo no se estila.
Miró a su hermano.
—Te estás quedando atrás —lo picó.
—Déjame disfrutar un poco de mi mujer antes —se quejó Dannie—. Ahora estamos en eso de practicar para que nos salgan perfectos.
—Sí, ya, lo recuerdo, miedo me da quedarme en tu casa —suspiró la chica—.
La última vez iba canturreando a todas partes para anunciar siempre mi llegada —miró a James—.
De verdad, es algo exagerado lo de estos dos.
No sabe una dónde se va a encontrar lo que no debe. No entiendo cómo no están tísicos ya.
—Quédate con Jennifer y conmigo —ofreció James entre risas—. Te ofrezco la casita de la piscina.
—¡Eh! —protestó Dannie de inmediato—. ¿Por qué a mí nunca me has ofrecido esa casa?
—¿Para qué? Si te autoinvitas cuando te da la gana.
Dannie sonrió y se encogió de hombros, como si no le trajera a cuenta negar la realidad, e informó señalando a su amigo:
—Pues este tío tampoco es ejemplo de contención —aseguró con una sonrisa—. Te recuerdo que tiene una niña y un bebé concebidos cuando se supone que él y Jennifer ni siquiera se soportaban. Imagina su capacidad de práctica.
—Lo que me recuerda que esta noche tenemos que retirarnos pronto —arqueó James las cejas, y sonrió con descaro—. Es la primera vez desde que nació Sam hace cuatro meses que hacemos una escapada nocturna y habrá que aprovecharla al máximo.
—¿Y los peques?
—Con mi madre —contó, y miró su reloj fingiendo cierto nerviosismo—. Y ya se me hace tarde, eh, Jen y yo tenemos… planes ambiciosos para las próximas horas.
—Y queréis que yo me una a ese club de estrés —declaró Dannie con un gesto de horror—. Si las ojeras de Rob y Sarah desde hace un mes no me hubieran desmoralizado, acabaría de hacerlo ahora mismo —frunció el ceño—, eso por no hablar de los de los mellizos, que no sé cómo logran mantenerse cuerdos.
Arizona sabía que hablaban de Pat y Nick, a los que ella adoraba.
Sus mellizos debían rondar el año, que supuso que sería una edad complicada.
Aunque para Arizona todas lo serían. Sabía que adoraría jugar con los hijos de Dannie, pero el día que repartieron instinto maternal ella andaba muy despistada y no le había tocado ni un poquito.
Sin embargo, a pesar de lo que dijera su hermano, a él le encantaban los niños y sabía que no tardaría en unirse al club del que se burlaba.
«Yo sí que tengo que asegurarme de no entrar en ese club jamás», se recordó, preguntándose si Harper ya habría encontrado a alguien que enviar a la farmacia.
Quizá debería aprovechar aquella noche para hablar con Jennifer.
La chica tenía contactos en el hospital que seguro que podrían abrirle un hueco para hacerse la analítica que necesitaba con urgencia.
Aunque supuso que sería demasiado pronto para diagnosticar…
—¡Tierra llamando a Arizona! —escuchó a Dannie, que hacía un embudo con sus manos ahora. Parpadeó repetidas veces antes de salir de sus pensamientos—. ¿Dónde estabas?
Ni loca le confesaría a su hermano nada de aquello.
Solían contárselo todo, pero se sentía demasiado incómoda con el tema.
¿Qué narices le había pasado en aquel coche?
Aún no podía creer haber sido no solo tan descuidada, sino también tan efusiva con un desconocido al que, para colmo, era evidente que no le caía bien.
«Joder, al menos una cena, Ari, un tonteo», soltó aire con fuerza.
—Oye, empiezas a preocuparme —insistió Dannie mirándola con curiosidad—. ¿Te ha dado un aire o qué?
La chica se esforzó por centrarse y esbozó una amplia sonrisa.
—Necesito pasar por el camerino general a felicitar a todo el elenco —informó—. Me reuniré con vosotros en la puerta en quince o veinte minutos y nos vamos, ¿os parece? Tengo muchas ganas de ver a vuestras chicas.
Intercambiaron algunas frases más y Arizona giró en el recodo del pasillo para alejarse hacia la zona de camerinos.
Solo entonces pudo sacudir las manos y los brazos buscando relajarse un poco, como si así pudiera alejar de sí la sensación de que algo en su vida estaba a punto de cambiar, para bien o para mal.
Tyler aguardaba, paciente, a que el teatro se vaciara un poco para poder acceder.
Había llegado demasiado tarde a la función por culpa de aquella…
generadora de caos antidisculpas , así que llevaba casi dos horas perdiendo el tiempo en la puerta, paseando aquí y allá, aguardando a que acabara la obra para poder acceder a los camerinos.
Esperaba poder hablar con Arizona Kerrs, aunque solo fuera para que Will dejara de llamarlo a todas horas.
Como si lo hubiera conjurado con el pensamiento, su teléfono sonó justo en ese instante y, por la hora que era, ni dudó de que su amigo estaría al otro lado.
—Estoy a punto de pedir una orden de alejamiento —fue el saludo de Tyler al teléfono. Con la diferencia horaria serían apenas las seis de la mañana en Londres y allí estaba Will.
—¿Ya has podido verla? —lo ignoró por completo.
—No.
—¿Y a qué esperas?
—Acaba de terminar su función —explicó con resignación—. Me disponía a entrar al teatro y…
—¿Cómo que a entrar? —interrumpió—. ¿Es que no has visto la función?
—No.
—¿Cómo que no? —se quejó—. ¿Por qué no? ¡Es Arizona Kerrs!
Tyler suspiró.
—¡Sí, ya, no permitas que se me olvide! —declaró malhumorado—. Pero lo siento, tuve un percance y he tenido que volver a cambiarme de ropa al palacete —explicó, recordando lo salpicones de batido con el ceño fruncido—. Y no he calculado bien el tiempo.
—Has llegado tarde —replicó en un tono acusatorio.
—Pues sí, pero tampoco estaba obligado a ver la obra para poder hablar con ella —se defendió.
—No, pero habría sido un gran gesto de educación y respeto, ¿no te parece?
—Oye, bájame el tono —exigió molesto—. Llevo dos malditas horas aquí afuera. No estoy lo que se dice receptivo a las tonterías.
Will resopló con cierta resignación.
—Joder, qué mala leche te gastas —protestó—. Echa un polvo, amigo, que te alegre ese carácter.
Tyler frunció el ceño. Sus pensamientos se concentraron de nuevo en quien no debía y blasfemó para sí frente a la excitación que le erizó la piel.
«Maldita mujer».
—Te llamaré en cuanto pueda hablar con tu Arizona —informó ahora—. Si no lo hago, es que no he podido, ¿ok? Te agradecería que recordaras la diferencia horaria.
—Chico, anoche se me pasó, tenía que gestionarte el pase VIP a la zona de camerinos —se excusó, aunque sin ningún remordimiento—. Y tampoco tardarías tanto en dormirte después.
—Te recuerdo que aún estoy luchando contra el jet lag .
— Bah , no te quejes tanto. ¿Tienes tu pase? —interrogó—. ¿O también se te ha pasado llevarlo?
Tyler exhaló un suspiro.
—Lo tengo.
—Pues a por ella —animó entusiasmado—. Que no se diga que al gran Tyler Hamilton se le resiste una mujer. La necesito en Londres a finales de la semana que viene.
—Y yo necesito… —dijo crispado.
—¿Una patinadora italiana?
Tyler colgó el teléfono sin decir una sola palabra, de repente malhumorado, mientras su cerebro se empeñaba en conjurar imágenes y hacer asociaciones absurdas… o no tan absurdas. Dos horas sin poder hacer otra cosa más que esperar daban para muchas divagaciones.
Había tenido que bajarse del coche para dar un largo paseo. Allí dentro, las escenas se repetían con una nitidez indecente. Con un voltaje que le tensaba la mandíbula y le aceleraba el pulso. Y mientras respiraba aire fresco, se había aireado lo suficiente como para empezar a sugestionarse.
No sabía qué clase de locura lo había poseído aquella tarde.
No encajaba con él, ni con su disciplina, ni con su costumbre de medir cada movimiento.
Incluso cuando era un adolescente con las hormonas en guerra, siempre había tenido la cabeza lo bastante fría como para recordar lo esencial: protegerse, a ella y a sí mismo.