Rivales con derecho a roce Capítulo 5
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Capítulo 5

El teatro estaba hasta la bandera y aún vibraba.

El eco de los aplausos seguía trepando por las paredes como un latido que se resistía a morir, mezclado con el murmullo emocionado del público que abandonaba sus butacas comentando escenas, repitiendo frases o tarareando fragmentos.

Más de veinte actores y bailarines habían compartido escenario aquella noche y todos habían recibido su ovación merecida.

Pero cuando Arizona reapareció bajo el último haz de luz, el aplauso cambió de textura, se volvió más denso, más eléctrico, casi devoto.

La habían hecho salir dos veces a saludar, y en ambas ocasiones el teatro se vino abajo como si fuera la primera.

Ahora, de regreso en el camerino, con el maquillaje aún intacto y el pulso todavía acelerado, Harper la envolvió en un abrazo eufórico.

—Has estado espectacular —exclamó—. Como siempre.

Arizona sonrió, colmada de una felicidad que le vibraba en la piel.

No existía sensación comparable a la de estar bajo los focos.

Ese instante exacto en el que el telón se alzaba, el murmullo se apagaba y cientos de respiraciones se sincronizaban con la suya resultaba casi mágico.

Sobre el escenario todo cobraba sentido: los ensayos interminables, la disciplina feroz, las renuncias, y el mundo se reducía a luz, música y corazón.

Allí arriba no había dudas ni ruido, solo verdad amplificada.

Y cuando el público respondía y la ovación le atravesaba el pecho y la obligaba a salir una vez más a saludar, entendía por qué no había sabido, ni querido, vivir de otra manera.

—Santa Carla es un lugar muy especial —afirmó Arizona, todavía con la emoción latiéndole en la voz.

Harper negó despacio, con una media sonrisa cargada de certeza.

—Eres tú, amiga —aseguró—. Tú haces que la magia suceda, da igual el escenario, la ciudad o el tamaño del teatro.

Arizona bajó la mirada un instante, incómoda ante el elogio.

—Aquí el público es generoso —opinó mientras se quitaba el chaleco—. Se entregan mucho.

—Y tú sigues siendo la persona más humilde que conozco —aclaró Harper, observándola con un orgullo que no intentaba disimular.

No era solo una cuestión de talento, del que iba sobrada, era algo más difícil de encontrar.

Arizona conocía el nombre de los técnicos, agradecía al resto de actores y bailarines uno por uno, se detenía a escuchar, a preguntar, a abrazar.

Siempre tenía una sonrisa lista, incluso en los días imposibles cuando el cansancio le pesaba en los hombros.

Por eso todos la admiraban. No solo por cómo incendiaba un escenario, sino por cómo iluminaba todo lo que había detrás.

Arizona sonrió, dejando que la mirada se posara con una pizca de nostalgia sobre su sombrero cowboy.

Solo quedaba una función más y después tendría que despedirse de su alocada y querida Callie West, personaje al que había adorado interpretar.

Se mimetizaba tanto con sus personajes que siempre dolía un poco decir adiós, pero aquel en concreto tenía mucho de ella.

Casi como una rutina, Harper le dejó la ropa de calle sobre la silla.

—Creo que no voy a cambiarme —anunció la chica—, quiero seguir siendo Callie todo lo que pueda.

A Harper no la tomó de sorpresa, la conocía demasiado bien, pero tuvo que discrepar.

—Lo siento, pero ese es el vestuario de reserva —le recordó—, y no nos podemos permitir otro percance en pos de un cierre de gira épico.

La chica suspiró, recordando el motivo por el que habían tenido que recurrir al vestuario de emergencia, aunque intentó no pensarlo mucho.

—¿Vas a decirme ya por qué has llegado de por ese batido como si vinieras de pegarte la juerga madre?

La sonrisa de Arizona se hizo más amplia.

—Pues no tenía pensado —aseguró—. Y no seas exagerada, solo venía un poco arrugada y…

—Sí, en el y está el quid de la cuestión —opinó—. En peluquería y maquillaje han tenido que comenzar de cero.

—¡Son muy tiquismiquis!

—Te conozco, Ari, y sé que hay algo que no me cuentas.

—Siento lo de tu coche —se disculpó con sinceridad—. Te prometo que te lo pagaré.

—¿Con información jugosa? —interrumpió, y clavó en ella una mirada pícara.

—¿Qué información? No inventes.

—Estás avergonzada —acusó Harper.

—¡No es verdad! —protestó.

Harper rio cuando vio cómo ella apartaba la mirada.

Arizona acabó suspirando y se puso algo más seria ahora.

Tendría que hablarlo con Harper quisiera o no, porque necesitaba un favor que su amiga no haría gratis .

Y no era algo que pudiera posponer. Apenas había logrado mantenerlo fuera de sus pensamientos el tiempo suficiente para hacer su trabajo, pero allí estaba de nuevo, martirizándola.

—Necesito que envíes a alguien a una farmacia de guardia —dijo de carrerilla antes de arrepentirse.

Su amiga la miró de repente confusa y la sonrisa se apagó un poco.

—¿Te duele algo?

—Eh…, no exactamente.

—¿Entonces?

—Necesito… una de esas píldoras del día después.

Los ojos de Harper se abrieron de par en par, al tiempo que casi gritaba:

—¡¿Perdona?!

A Arizona se le escapó una risa nerviosa frente a su expresión de absoluto estupor, aunque la cosa no era para guasas.

Soltó aire con fuerza y cierta preocupación.

—Vale, a lo mejor he cometido una pequeña estupidez.

—¡¿Cómo de pequeña?!

«Bueno, pequeña… no era», se encontró pensando, mordiéndose los labios, y se regañó por permitir que el simple recuerdo siguiera afectándola tanto.

—Vale, ha sido una estupidez enorme —admitió en un tono ahora serio—. Voy a necesitar esa pastilla y… —carraspeó, ahora sí avergonzada— puede que una analítica completa.

—¿Una analítica…?

—Para todas las ETS posibles.

Harper la miraba perpleja. Llevaban años trabajando juntas y aquello era nuevo.

—A ver, el tipo parecía muy sano, pero nunca se sabe.

Se mordía los labios de forma obsesiva ahora. Jamás le había pasado algo como aquello. No era una puritana, ni mucho menos, pero sí muy responsable con su sexualidad.

—¿El tipo? —casi gritó Harper ahora—. ¿Cómo que el tipo? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? Quizá podamos acceder a su ficha médica.

—Es que no sé su nombre.

—Pero… pero… —parecía más desconcertada que ella—, ¿cómo ha sido?

—¿Quieres los detalles? —Sonrió a medias.

—¡No! —resopló, y frunció el ceño para puntualizar—, no de momento, al menos. Me refiero a las posibilidades de… lo que sea.

—Altas —carraspeó.

—Pero ¿estás del todo segura de que se ha roto el condón o solo tienes la sospecha?

«Eh…, no, romperse… no…, de eso sí puedo estar segura».

Soltó un improperio por haber sido tan imbécil.

—¡Dilo ya, Arizona! —exigió Harper—. Me estás poniendo muy nerviosa.

—He sido una idiota imprudente y… todos los insultos que se te ocurran.

El gesto abatido de Arizona, junto con la vergüenza que parecía darle hacerle aquella confidencia, fue una confesión a gritos.

—¡No me fastidies, Ari! —la reprendió en un tono mezcla asombro y condena—. ¡Dime que lo has obligado a ponerse un puñetero condón!

—¡En mi cabeza sí! —exclamó, y suspiró—: bueno, tampoco, la verdad, para pensar estaba yo.

—¡Ari!

—Deja de regañarme, ¿vale? —se quejó, soltando un improperio—. Empiezo a ponerme muy nerviosa. Nunca había cometido una tontería así.

Harper la miró con una expresión igual de abatida.

—¡Pues vaya fin de fiesta! —protestó—. A ver, déjame pensar. Tu hermano estaba fuera. Él debería saber dónde hay una farmacia de guardia.

—¿Estás loca? —estalló Arizona—. ¡Ni una palabra de esto a Dannie!

—Era para evitar rumores —aclaró Harper—, pero mandaré a alguno de los chicos.

Salió del camerino con paso firme mientras marcaba un número.

Aquello tranquilizó un poco a Arizona. Con esa pastilla cubría un porcentaje alto de en lo que podía derivar su pequeño desliz.

«¡Que no era pequeño!».

—Ay, Dios, estoy fatal. ¡Puñetero inglés estirado!

«Y sexy…».

— Ahhggrr .

Sería mejor distraerse un poco antes de seguir dándole más vueltas. Aún no había pasado por el camerino común para felicitar al elenco y pronto empezarían a dispersarse como una bandada de pájaros excitados tras el gran espectáculo.

Salió de su camerino y avanzó por el pasillo entre técnicos y bailarines que la saludaban y la felicitaban con euforia, hasta que al fin divisó a su hermano pocos metros más allá, que la saludó con una sonrisa enorme y los brazos abiertos.

—¡Callie West en persona! —le gritó desde lejos, fingiendo limpiarse los ojos con cierta sorpresa.

Arizona ya no caminó, corrió hasta él.

Se lanzó a sus brazos muy emocionada. Dannie la levantó ligeramente del suelo, girándola con una risa ahogada, y ella enterró el rostro en su hombro, respirando ese vínculo inquebrantable que siempre la anclaba cuando todo a su alrededor daba vértigo.

—Has estado increíble, Ari —murmuró el chico con la voz rota de emoción sincera—. Me muero de orgullo en este momento.

Ella rio, lo miró a los ojos y leyó solo verdad en ellos.

Su agenda era tan apretada que echaba horrores de menos a su familia demasiado a menudo.

—Te juro que varias veces he estado a punto de levantarme y gritar ¡eh, esa de ahí es mi hermana! —declaró, y no bromeaba del todo.

—¡Qué exagerado!

—Ni un poco —aseguró. Le dio un beso en la sien, suave, protector, y volvió a abrazarla. Más despacio esta vez. Más consciente.

—¿Y dónde está Judd? —se interesó Arizona ahora, mirando a su alrededor en busca de su cuñada.

—Ella y Jennifer han ido al baño.

—Las mujeres y su manía de ir al baño de dos en dos —bromeó una voz divertida a sus espaldas.

Arizona rio. No le hacía falta volverse para saber de quién era.

—¡James! —se alegró de verlo.

—Enhorabuena, has estado increíble —la felicitó el chico, saludándola con afecto fraternal—. Hemos tenido que limpiarle la baba a tu hermano en varias ocasiones.

Lejos de ofenderse, Dannie rio.

—¿Ves como no exageraba?

Charlaron sobre la obra unos minutos, entre bromas, risas y francas felicitaciones, y después quedaron en ir a cenar todos juntos.

—Me ha dicho Dannie que te quedas un par de semanas en Santa Carla —recordó ahora James.