Capítulo 4 #3
El empleado que les había regalado la moneda, acompañado de otro, les hizo señas para que avanzaran unos metros más. Ambos los miraban con una curiosidad nada disimulada.
Tyler puso el coche en marcha con una serenidad impostada.
Arizona sonrió mordaz. Si aquello era dignidad, estaba sobrevalorada.
—Mira, tu amigo —ironizó con un tono de reproche, señalando al empleado—, que ya te digo yo por dónde debería haberse metido esa moneda.
—¿Por donde tú el dichoso batido?
—¡Sí! Por el mismo sitio por el que a ti te metieron aquel palo enorme que todavía no has conseguido sacarte. —Apretó los dientes, buscando algo más que añadir a su indignación.
Lo escuchó soltar un improperio, pero lo ignoró.
—¿Y mi maldito chaleco? —se concentró en buscar a su alrededor poco después.
—Vete a saber. Jamás debiste quitártelo —murmuró él, ajustándose los puños de la camisa con estudiada indiferencia.
—Sí, es evidente que hay muchas cosas que nunca debieron pasar —escupió molesta.
Él giró la cabeza hacia ella con una expresión acusatoria casi teatral.
—¿Y de quién es la culpa?
—No recuerdo haber sido la primera en meterte la lengua en la boca.
—Mi coche era prioritario —repuso con una solemnidad absurda—. He tenido que sacrificarme por la causa.
En ese momento, el empleado abrió la puerta del Audi con una expresión que oscilaba entre la culpa profesional y una curiosidad apenas disimulada. Detrás de él, su compañero intentaba parecer muy concentrado en una manguera inexistente.
Tyler carraspeó y adoptó su máscara más neutra. Arizona aprovechó para ponerse el chaleco con movimientos rápidos y poco elegantes.
—Lo siento, el fallo en los boxes era eléctrico —explicó el empleado—, y ha terminado provocando un cortocircuito en el túnel.
Sí, y no era lo único que había cortocircuitado allí. Arizona comenzaba a ser cada vez más consciente de lo que acababa de hacer.
«Joder, ¿cómo se me ocurre?».
Consultó su reloj y soltó una exclamación de asombro al comprobar lo tarde que era. ¿Cuánto tiempo habían estado…? ¡La leche, aquello no había sido lo que podría calificarse como un aquí te pillo aquí te mato !
«Mierda, Harper va a movilizar a los S.W.A.T.».
—Eso no han sido veinte minutos, amigo —le dijo al empleado, molesta.
—Sí, creímos que tardaríamos menos en resetear el sistema, lo lamento —respondió el hombre, rascándose la nuca. Entonces frunció el ceño, mirándola con más atención—. Anda…, ¿tú no eres…?
—¡Seguro que no! —cortó Arizona con una sonrisa demasiado rápida. Conocía muy bien ese brillo de reconocimiento.
El empleado guardó silencio, todavía dudando.
—Me quedaría a charlar, pero…
Tyler carraspeó y le hizo un leve gesto con la cabeza hacia el coche.
Arizona siguió la dirección de su mirada y se quedó en silencio.
—¿A dónde dices que vas? —insistió él.
Asombrada, paseó la vista por el Audi, que en aquel instante estaba hecho un auténtico asco.
El batido no solo seguía allí, sino que el intento de lavado lo había redistribuido con creatividad casi artística.
Ahora no solo abarcaba el capó. Había salpicaduras y churretes por todo el parabrisas, gotas esparcidas por el techo y un reguero espeso descendiendo por la puerta del copiloto como si una vaca enfadada hubiera decidido vengarse a conciencia…
—Uy… —carraspeó—, eso es…
Intentó mantener la compostura, pero fue incapaz. Una carcajada le quebró la voz antes de que pudiera acabar la frase.
—Genial —suspiró Tyler, mirándola como si fuera una loca en potencia.
Le costó mucho dejar de reír. Cuanto más miraba el coche y a Tyler, más subían de decibelios sus carcajadas.
—Esto es surrealista —declaró todavía entre risas.
Pero el sentido del deber la devolvió a la tierra, cuando sintió vibrar su teléfono en el bolsillo trasero de la falda. Al consultarlo, se le cortó la risa de golpe al comprobar que era Harper y que aquella era la llamada número quince de la última media hora.
—Oh, joder… —murmuró abatida, comprobando que ya llegaba tarde a la prueba de sonido—. Tengo que irme.
—¡Ja! —soltó Tyler, cruzándose de brazos.
Ni ja ni nada, ya no tenía tiempo que perder. En apenas un par de horas debía salir al escenario de un teatro abarrotado para su penúltima función de la gira, y aún quedaban mil detalles por cerrar.
Marcó el número de Harper y, cuando descolgó, apartó el teléfono del oído lo justo para evitar quedarse sorda.
—Sigo viva —anunció cuando al fin la escuchó calmarse un poco—. Dame quince minutos para llegar. Yo…, espera…
Sin colgar, se retiró el teléfono de la oreja para mirar a Tyler con una expresión ahora contrariada. Él la observaba en silencio, como si de repente tampoco supiera qué decirle, pero hubiera entendido que era el momento de ceder y dejarla marchar.
Arizona suspiró. Se metió la mano en el bolsillo y sacó el cheque que él le había dado esa tarde. Acortó la distancia entre ambos y, sin dramatismos, lo deslizó en el bolsillo de su pantalón.
Tyler no protestó. No hizo ningún comentario, ni siquiera se movió. Ambos sabían que aquello era lo más parecido a una disculpa que podía esperar de ella.
Obligándose a marcharse, Arizona le dio la espalda y regresó al teléfono.
—Oye, una cosita, Harper —dijo, acelerando el paso—, define impoluto , porque…
A escasos metros de allí, alguien que no debería estar observando con tanto interés… no había perdido detalle de todo lo sucedido.
En cuanto el encuentro terminó, sacó su teléfono y envió una foto.
En ella aquel batido de chocolate parecía un cuadro abstracto sobre el flamante Audi mientras la pareja discutía frente a él: ella, encendida, gesticulando, con esa mezcla de furia y magnetismo imposible de ignorar; él, tenso, contenido, con una rigidez que gritaba control… a punto de romperse.
Era una imagen que hablaba por sí sola.
Apenas tardaron cinco segundos en contestar al otro lado.
MACBETH:
Interesante.
¿De cuándo es esa foto?
GERTRUDIS:
De hace tan solo media hora .
MACBETH:
Confieso que estoy sorprendido .
GERTRUDIS:
¡Dímelo a mí!
¿Intervengo?
MACBETH:
No de momento.
GERTRUDIS:
Presiento que las cosas podrían complicarse
MACBETH:
Bien, eso es justo lo que necesitamos.