Capítulo 4 #2
Ante su negativa, Arizona decidió actuar por su cuenta e intentó llegar al botón de arranque, que estaba junto al volante.
Para lograrlo tuvo que levantarse de su asiento e intentar sorprender al chico, pero se inclinó demasiado y acabó perdiendo el equilibrio.
Antes de poder corregirse, cayó sobre su regazo.
El contacto fue inevitable… y demoledor.
Durante un segundo que pareció eterno, ninguno de los dos se movió. Un calor muy diferente se apoderó de cada fibra de su ser. Era imposible no sentir aquel cuerpo firme contra el de ella. Intentó revolverse, pero él reaccionó de inmediato, bloqueando el movimiento y sujetándola con firmeza.
—Suéltame —exigió, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
—¿Para que puedas convertir mi coche en una piscina? —replicó—. Me parece que no.
Y entonces se miraron a los ojos. Demasiado cerca, demasiado conscientes el uno del otro. Arizona sintió su cuerpo arder cada vez con más virulencia.
La respiración de Tyler se volvió más acelerada.
Sus ojos descendieron a sus labios apenas un instante antes de regresar a los de ella, y aquello fue suficiente para que Arizona lo deseara con toda su alma.
Ahora la miraban con un brillo inequívoco, oscurecidos por algo que ya no tenía nada que ver con la burla.
—Necesito aire —insistió la chica casi en un susurro, a punto de cometer la mayor estupidez de su vida.
—Lo que necesitas es calmarte —declaró Tyler.
—No puedo.
—Maldita sea, entonces… —respiró con dificultad— me temo que tendré que ayudarte a distraerte.
Recortó la distancia hasta sus labios y los devoró con una intensidad que no hablaba de ayuda, sino de hambre, desesperada y desmedida ya.
Arizona se dejó arrastrar por la vorágine de deseo contenido que asoló su cuerpo a la velocidad de la luz y que le impidió emitir una sola protesta.
Había querido besarlo desde que se había bajado del maldito coche…
, pero sabía que aquello pronto se quedaría corto.
Aquel hombre tenía una maestría en besos que hacía muy difícil no desear más, mucho más.
Cuando sintió aquellas manos quemarle la piel desnuda del abdomen, de la espalda…
, la lujuria más absoluta e irracional se apoderó de su razón por completo.
Dejó escapar un gemido que provocó que él profundizara aún con más intensidad dentro de su boca, asaltando cada uno de sus sentidos mientras la saboreaba con apremio.
Cuando una de las manos masculinas ascendió por su abdomen y se coló sin dudarlo bajo su corpiño, el estallido de lujuria la tomó desprevenida.
Entonces supo, incluso perdida en una vorágine de locura, que aquello se le había escapado de las manos.
Lo deseaba, a él, completo, de un modo animal y primitivo. Allí y ahora.
Él abandonó su boca para saborear su cuello mientras jugueteaba con sus pechos y sus pezones de la forma más exquisita.
—Esto es… un error —declaró Arizona entre jadeos para proteger su orgullo, pero sin hacer un solo amago para pararlo.
—Sí…, de los grandes —murmuró él contra su piel, lamiendo cada poro al que tenía acceso.
—Yo…, eh…, no me gustas nada.
—Ni tú a mí.
—¿Nada?
—Ni un poco —regresó a sus labios y los devoró de nuevo a conciencia—. Solo… preservo mi coche.
Arizona no pudo contener un gemido intenso cuando aquella mano descendió ahora con rapidez por su abdomen hasta sus piernas y se coló entre sus muslos, que ella se preocupó de entreabrir para facilitarle el acceso, sin ningún tipo de pudor.
La falda vaquera era demasiado estrecha, pero aun así él se las apañó para llegar hasta sus braguitas, colarse en ellas con sorprendente habilidad y perderse dentro.
Para sorpresa de Arizona, lo escuchó soltar un gemido ronco cuando sus dedos se empaparon de forma inequívoca de la intensa excitación…
…Y en los siguientes minutos, no dejó de asombrarse, segundo a segundo.
Lo que aquel hombre era capaz de hacer con los dedos resultó un atentado contra la cordura, pero, para mayor asombro, apenas le dio tiempo a disfrutarlo.
El clímax más impresionante llegó rápido, intenso y fulminante, y no tuvo más remedio que abandonarse a las oleadas exquisitas que recorrían su cuerpo con una fuerza devastadora.
«Dios…, pero qué…, madre mía…, ¿cuánto estaba durando aquel orgasmo?
». Y solo entonces fue consciente de la caricia apenas perceptible que él seguía obsequiándole, con la que de alguna manera estaba logrando prolongar aquella delicia.
Todo eso la fascinó de tal forma que su excitación creció de nuevo como la espuma, incluso antes de desaparecer del todo, y entonces…
lo deseó entre sus piernas con salvaje necesidad.
A él, en todo su esplendor. Sentía su dureza contra su muslo con demasiada claridad como para no saber que aquello también estaría a la altura de todo lo demás.
Se incorporó lo justo, sin dejar de besarlo, y él tiró de su falda con fuerza hasta enroscarla en su cintura al tiempo que ella se sentaba a horcajadas sobre él con impaciencia.
Apenas podía razonar mientras se mecía sobre sus pantalones loca por sentir la enorme dureza más y más cerca. El grado de excitación resultaba enloquecedor.
Tyler se movió rápido. En lo que a Arizona le pareció una décima de segundo, él liberó su erección, apartó a un lado sus braguitas y se hundió dentro de ella en profundidad, de una única y certera embestida.
Ambos dejaron escapar un gemido ronco de bienvenida, hasta que Arizona tomó el mando y comenzó a moverse sobre él con deliberada y exquisita lentitud, mientras él la instaba a continuar entre gemidos roncos de satisfacción.
Casi en trance, durante largo rato disfrutaron de lo que Arizona estaba segura que debía de ser el paraíso, hasta que la necesidad se volvió locura y el ritmo creció hasta convertirse en imparable.
El clímax estalló en cada fibra del cuerpo femenino, en un universo de colores tan intenso que ni siquiera sabía que pudiera existir.
Unos segundos después, Tyler claudicó también a su propio deseo, como si hubiera estado aguardando, como todo un caballero, a que ella terminara.
Los sonidos roncos y entrecortados que salieron de su garganta fueron lo más excitante que Arizona había escuchado jamás.
Durante unos instantes, solo se oyó la respiración agitada de ambos, que aún no podían normalizar, y el leve crujido del chasis acompañado de aquel zumbido eléctrico.
Se miraron a los ojos durante unos largos segundos. Sin ironía. Sin pullas. Solo calor. Ninguno de los dos parecía querer ser el primero en hablar y…
¡¿Zumbido eléctrico?!
Arizona se tensó al identificar el sonido. Tyler levantó la cabeza al mismo tiempo. La comprensión fue simultánea.
Ambos se quedaron congelados.
—¡Mierda! —exclamó ella incorporándose de golpe.
—Nos estamos moviendo —añadió Tyler de forma innecesaria.
—No me digas.
El coche avanzó con un tirón más decidido.
—Coño, coño, ¡no me jodas! —protestó Arizona mientras intentaba volver a su asiento, pero no era tarea fácil. Solo ahora fue consciente del escaso margen de maniobra. Estaban casi encajados entre el volante, el asiento y la maldita palanca de cambios.
—¡Muévete! —exigió, nerviosa, intentando liberar una pierna.
—Me movería si me dejaras espacio para hacerlo —replicó él, irritado, tratando de recolocarse sin estamparla contra el salpicadero.
—¡Pues deja de sujetarme!
—¿Sujetarte? ¡Te lanzaría por una ventanilla, si pudiera!
—Haberla abierto antes y nos habríamos ahorrado todo esto —le espetó, fulminándolo con la mirada mientras intentaba recuperar el pie que se le había quedado atrapado entre el asiento y la puerta.
Otro avance brusco del Audi la desestabilizó justo cuando casi lograba incorporarse.
—¡Ay! —se quejó, cayendo de nuevo hacia delante.
—¡Cuidado con el volante! —gruñó Tyler.
El coche seguía avanzando de forma imparable hacia la salida y la claridad del exterior empezaba a colarse por el parabrisas.
Y ninguno de los dos estaba, ni remotamente, en condiciones presentables.
—¡Levanta el culo!
—¿Y qué crees que intento?
—¿Te pesa o qué?
—Joder, qué hostia te meto al final —murmuró, apretando los dientes entre esfuerzos considerables. Consiguió alzarse lo justo para intentar girar el cuerpo, pero otro tirón del raíl la lanzó hacia atrás y terminó casi sentada sobre el volante.
Para colmo, el pitido agudo y prolongado del claxon retumbó dentro del túnel.
Ambos se quedaron quietos.
—Perfecto —susurró Tyler con una calma irritante—. Ahora, además, anunciamos nuestra salida triunfal.
—Sí —resopló—, pero soy yo la que va a protagonizar el desfile, enseñándole el culo a media Santa Carla.
Al fin ella consiguió deslizar una pierna hacia su asiento, luchando por mantener algo parecido a la dignidad.
—Desde luego, la puesta en escena es… memorable —lo oyó apenas murmurar.
Arizona apretó los dientes, consciente de la visión que debía representar a sus ojos en aquel instante, con la falda subida hasta la cintura y el culo en pompa. Aquello la fustigó demasiado. Algo insólito, teniendo en cuenta todo lo que acababa de pasar entre ellos.
Otro tirón. Otro avance. La cortina de aire del final del túnel empezó a elevarse, dejando entrar una leve luz blanca y cruel.
—¡Date prisa! —rogó Tyler ahora, perdiendo por fin la compostura, y casi la empujó hacia su asiento.
—¡Eh!
—Eres muy lenta.
—¡Estoy tratando de no morir en el intento!
Con un movimiento torpe y desesperado, Arizona logró dejarse caer en su asiento justo antes de que el coche cruzara la salida.
Se bajó la falda a toda velocidad, recolocó el corpiño con manos aún temblorosas y, de reojo, observó a Tyler.
En algún punto del caos él había conseguido abrocharse los pantalones.
Ahora se pasaba una mano por el pelo, que ella recordaba haber despeinado a conciencia.
Un segundo después, el mundo exterior reapareció con una normalidad insultante.