Capítulo 4
Con la misma expresión que un preso camino al corredor de la muerte, Arizona se acomodó en el asiento del copiloto, abrazando el vaso de batido como si fuera su última cena antes de la ejecución.
En aquel momento habría dado cualquier cosa porque le quedara algo de líquido dentro que le aportara un poco de azúcar.
Con un suspiro resignado, hundió el dedo en el fondo del vaso, rescatando lo poco que quedaba del batido. Se lo llevó a la boca sin pensarlo, saboreándolo despacio, como si aquel gesto infantil fuera una victoria mínima en medio de la humillación. Lo repitió mientras el coche avanzaba.
No fue hasta que notó el silencio cuando alzó la vista. Tyler se había detenido y la estaba mirando. No con burla ni enfado, sino con una atención tensa, casi peligrosa, como si aquel gesto absurdo hubiese activado algo que no esperaba.
Arizona, que se chupeteaba ahora dos dedos disfrutando de más azúcar de la que había creído que quedaba en el vaso, los retiró de su boca despacio, con lentitud deliberada, sin romper el contacto visual con él, que observaba la escena en silencio.
Dejó el dedo corazón entre sus labios un segundo más…
…y después lo sacó muy despacio, húmedo aún, y lo alzó en el aire con una sonrisa insolente y descarada, mostrándole una peineta perfecta.
Tyler le sostuvo la mirada, después se concentró en su boca y sonrió con una sensualidad indolente que recorrió a Arizona como una descarga inesperada. No parecía tener prisa por decir nada. El silencio se espesó entre ambos, cargado de una electricidad incómoda, provocadora y casi peligrosa.
—Si pones tus dedos pringosos sobre mi tapicería… —murmuró al fin, en voz baja, inclinándose hacia ella—, te prometo que este accidente va a salirte mucho más caro.
Sus ojos volvieron a los de la chica, brillantes, desafiantes. Y Arizona comprendió, demasiado tarde, que aquel tipo no solo sabía jugar, también disfrutaba tensando la cuerda y su cuerpo respondía con absoluta entrega al reto.
Valoró sus opciones con calma. Que lo más sensato fuera limpiarse los dedos con premeditación en los asientos de cuero hablaba alto y claro de lo preocupantes que eran… el resto de opciones.
Por suerte o por desgracia, el mismo tipo al que le habían preguntado hacía unos minutos por las cabinas de lavado se acercó y le hizo un gesto a Tyler para que bajara la ventanilla.
—En este momento no funcionan los boxes —informó con tono afable.
Arizona fue la primera en reaccionar.
—¡ Uf , no me digas! Pues nos haces polvo —ironizó, esbozando una sonrisa luminosa.
El leve sonido de fastidio que escapó de labios de Tyler fue un punto extra.
—¿Vais a tardar en arreglarlas? —interrogó el chico.
—Ni idea, aún no sabemos si es un problema eléctrico o de presión de agua —se encogió de hombros el empleado—. Estamos esperando al de mantenimiento.
Tyler asintió.
—Yo usaría el túnel de lavado antes de que ese batido se seque demasiado —añadió el trabajador, señalando el frontal pringoso del Audi, y le tendió una especie de moneda—. Toma, para el túnel, por las molestias.
Se alejó hacia los surtidores, donde en el último minuto se habían acumulado varios coches.
—Pues qué lástima, ¿no? —sonrió Arizona—, con lo que me apetecía la ducha.
Tomó el picaporte dispuesta a bajarse, pero el inconfundible sonido del cierre central se escuchó alto y claro.
—¡No me jodas! —se quejó al comprobar que era imposible abrir—. ¡Abre!
—No te vas hasta que mi coche esté reluciente.
Soltando un bufido, se giró a mirarlo.
—¡Qué humor inglés el tuyo! —replicó con una sonrisa mordaz—, pero no le pillo la gracia.
La única respuesta de Tyler fue poner el coche en marcha y enfilar hacia el túnel de lavado.
—¡No me necesitas para eso! —protestó la chica.
—No pienso perder el tiempo solo yo cuando esto es culpa tuya —aseguró.
Arizona intentó salir de nuevo, irritada, incluso con el coche en movimiento.
—Podrías haberte ahorrado el trámite comportándote con un mínimo de educación en lugar de como una descerebrada —murmuró Tyler, encogiéndose de hombros—, pero supongo que no todos nacemos con ese talento.
—¡Déjame salir! Ya he perdido mucho tiempo con tus tonterías —se quejó.
—¿Tenéis toque de queda en el manicomio?
—¡Qué gracioso!
—Sí, humor inglés, ya sabes.
Ella resopló con fuerza y consultó su reloj de nuevo. Aún tenía tiempo. Quizá lo más inteligente sería esperar con calma junto a él a que el coche pasara por el túnel.
—Ok, perderé el tiempo contigo —aceptó cuando comprobó que el coche ya estaba alineado con los raíles para acceder—. Abre el cierre.
Él la miró como si se hubiera vuelto loca.
—Tenemos que salir —insistió ella.
—¿Quién lo dice?
—¿El enorme cartel de la pared? —señaló, cada vez más irritada.
—Pues nosotros nos quedamos.
Arizona soltó un bufido.
—¿Quién es el descerebrado ahora?
—No voy a arriesgarme a que salgas corriendo —dijo con toda calma mientras bajaba un poco la ventanilla e introducía la moneda que el empleado le había regalado en la ranura correspondiente.
El gesto, tranquilo y deliberado, terminó de ponerla nerviosa.
Arizona tragó saliva. No le gustaban nada los espacios cerrados. Incluso intentaba evitar los ascensores siempre que podía.
«Vale, calma, mientras el coche avance…, no pasará nada», se dijo, observando cómo aquella especie de agujero negro engullía poco a poco el enorme Audi.
Fue entonces cuando recordó que no estaba sola. Giró la cabeza y se encontró con una sonrisa cínica que la observaba con calma.
—No te gustan los espacios cerrados, ¿cierto? —adivinó, usando un tono que rozaba la burla.
Arizona lo mató con la mirada, lo que solo logró que él ampliara su sonrisa aún más.
El coche avanzó con un tirón suave y decidido, arrastrado por los raíles metálicos, y el mundo exterior desapareció de golpe.
La luz se volvió turbia, verdosa, filtrada por el plástico traslúcido del túnel, y enseguida los primeros rodillos cayeron sobre el Audi con un impacto sordo.
Las cerdas giraban y golpeaban la carrocería con un ritmo hipnótico, envolviéndolos por completo, mientras una lluvia espesa de agua y jabón resbalaba por los cristales como una cortina viscosa.
El interior se llenó de un olor limpio, artificial, mezclado con el leve aroma de su colonia.
El ruido era constante, un rugido amortiguado que vibraba bajo sus pies y le subía por el pecho.
Arizona apretó los labios, abrazando el vaso vacío como si aún pudiera sacarle algo de consuelo, y sintió el aire cada vez más denso.
Los rodillos golpeaban ahora los laterales, el techo, el capó, rodeándolos sin dar tregua, y por un instante tuvo la sensación absurda de que el coche estaba siendo engullido por algo vivo.
Luego, de pronto, el movimiento cesó. Los cepillos se detuvieron a la vez, el agua dejó de caer y el ruido murió sin aviso.
El silencio que siguió fue tan abrupto que casi dolió. Arizona tragó saliva, pegándose un poco más al asiento, con las manos crispadas sobre el vaso vacío.
—¿Qué narices ha pasado? —interrogó la chica con los ojos como platos.
—Tranquila, seguro que…
—¡No nos movemos! —insistió—. ¿Por qué no nos movemos?
Miró a su alrededor, cada vez más nerviosa.
La quietud de los rodillos, inertes, y el chorro de jabón que cubría cada centímetro del cristal, creaban una sensación de estar atrapados en una burbuja húmeda y espesa.
El aire estaba cargado de espuma y olor químico, y el eco apagado de sus propias respiraciones parecía multiplicarse entre las paredes del túnel.
Entonces, una voz metálica y fría surgió de los altavoces:
—Estimados clientes, hemos detectado un problema eléctrico. Ya estamos trabajando en su resolución. Los generadores de emergencia se activarán en unos quince o veinte minutos. Agradecemos su paciencia.
Arizona sintió cómo el corazón le dio un vuelco y Tyler soltó un suspiro largo, que casi vibró en el silencio que volvió a apoderarse del coche.
—¿Veinte minutos? —graznó Arizona.
—Tranquila.
—¿Sabes lo largos que pueden llegar a hacerse veinte minutos aquí dentro?
—Dímelo a mí —murmuró irritado—, que tengo que pasarlos contigo.
Arizona habría querido encontrar una réplica lo suficiente mordaz, pero la sensación de agobio era demasiado intensa. Un calor sofocante comenzaba a incomodarla.
Se quitó el chaleco buscando algo de fresco que la ayudara a calmarse. El pequeño corpiño que llevaba bajo él se ajustaba a sus pechos como una segunda piel, acentuando su escote y dejando al descubierto gran parte del tonificado abdomen.
Cuando fue consciente de lo pequeña y sexy que era aquella prenda, frunció el ceño:
—Ni se te ocurra mirarme —amenazó de inmediato.
—¡Qué más quisieras!
—¿Yo? ¡Esa sí que es buena! —ironizó—. Nos extinguiríamos si fuéramos los únicos sobre la tierra, te lo aseguro —soltó un improperio—. Joder, hace mucho calor aquí. ¿Tendremos aire suficiente?
—Espero que nos dé al menos para veinte minutos —sonrió divertido—. Salvo si sigues respirando tan rápido, en cuyo caso solo nos durará diez.
Arizona le arreó un manotazo y a Tyler se le escapó una carcajada.
—¡Imbécil! —se quejó irritada—. ¡Idiota!
Se abanicó con la mano, desesperada por encontrar un mínimo respiro, consciente de que debía de parecer ridícula a ojos de Tyler. Todo estaba en su cabeza, lo sabía, pero no podía evitarlo.
—¿Puedes encender el contacto? —rogó con voz temblorosa
Tyler frunció el ceño, incrédulo.
—Solo quiero abrir una rendija de la ventana —confirmó Arizona, esperanzada con la brillante idea.
—Ni hablar.
—Lo justo para que entre algo de aire.
—¡Y de agua!
—Pero…
—Hay aire de sobra aquí dentro —aseguró con firmeza—. No vamos a… ¡¿qué mierdas haces?!
Con movimientos rápidos, Arizona se inclinaba ahora sobre el salpicadero, toqueteando todos los botones y palancas que encontraba sin medir las consecuencias.
—¡Para!
—Desbloquea las ventanas —exigió sin dejar de pulsar botones.
—Nada funciona sin el contacto encendido—le recordó Tyler, tratando de apartar sus manos del salpicadero.
—¡Pues dale! —resopló desesperada.