Capítulo 3 #2
La expresión mezcla asombro e irritación que él lucía en el rostro estuvo a punto de arrancarle una carcajada, pero se contuvo.
—De verdad que no doy crédito a tu actitud —declaró Tyler al fin—. ¿Tú estás loca?
Arizona se encogió de hombros.
—Mi psiquiatra cree que sí.
Él soltó un bufido de impotencia.
—¿Y cómo demonios tienes tan claro que yo no estoy más loco que tú?
Aquello la descolocó y frunció el ceño.
—¿Cómo sabes que no me dedico a descuartizar a insolentes como tú? —insistió, y avanzó un paso en su dirección, clavando una mirada acerada en sus ojos—. No lo sabes, ¿verdad? Pero, aun así, te permites el lujo de comportarte como si… fueras inmortal.
Arizona tragó saliva.
—Si esto es por lo del tonto del pueblo… —murmuró muy seria.
—¿Al fin voy a escuchar unas disculpas?
—…siempre puedes ser un tonto de ciudad.
—¿Qué?
—Aquí los puestos están más cotizados, eso sí —puntualizó—, porque si algo sobra por todas partes son tontos.
Tyler soltó un improperio e hizo amago de estrangularla. Acabó girándose hacia el empleado de la gasolinera que pasaba ante él en ese momento.
—Perdona, ¿tenéis boxes de autolavado? —preguntó Tyler.
—Sí, y un túnel —señaló en la distancia—, justo a la vuelta.
Le agradeció el gesto y miró a Arizona de nuevo con una sonrisa cínica.
—Que te sea leve —repuso la chica de inmediato, y se giró dispuesta a marcharse.
Una mano de hierro volvió a retenerla antes de que pudiera avanzar.
—¡Ya estamos otra vez! —protestó, girándose a encararlo de nuevo—. No pienso lavar tu coche.
—Súbete.
—Ni loca.
—Puedes dejar tu coche aquí —se reiteró—. No molesta.
Arizona soltó un improperio.
—Junta la ene con la o —replicó—. ¡Es vocabulario básico!
—Te traeré de vuelta cuando hayas cumplido.
—Oye, tu cerebro y tu lengua tienen una historia de amor en la que no dejan participar a tus orejas —discrepó, ya irritada, y consultó su reloj—. Tengo prisa.
—Entonces no pierdas más tiempo. —Abrió la puerta del Audi e insistió—. Sube.
—Vamos a hacer una cosa… —se llevó la mano al bolsillo—. Yo pago el lavado, seré generosa, ¿te sirven tres mil dólares? —le tendió el cheque que él mismo acababa de extenderle—. Si es menos, quédate con el cambio.
Él sonrió con cinismo.
—No te vas a escaquear —afirmó con rotundidad—. Pagaría mucho más que eso solo por verte lavarlo.
—En tus pesadillas —ironizó.
—Bueno…, puede que ese sí fuera un sueño muy agradable.
Arizona tragó saliva. ¿Era una ligera ronquera lo que había apreciado en su tono? ¡Alerta roja! La punzada de deseo que la asoló solo al pensarlo le recordó que era hora de largarse. Y fue peor cuando él entrecerró los ojos e interrogó:
—Dime una cosa…, ¿tienes familia en Italia?
Ahora sí sonaron todas las alarmas dentro de su cabeza, pero no se amilanó. Se limitó a sonreír, eso sí, con el corazón en la garganta.
—Creo que tengo algún pariente en el Vaticano —afirmó con una amplia sonrisa—. De hecho, me beatifican en breve y ya llego tarde.
Se giró sobre sus talones, dispuesta a sorprenderlo y escapar antes de que pudiera añadir otra de sus pullas, pero se topó de frente con una pareja de policías de tráfico.
Los dos la observaban con expresión atenta y las manos apoyadas con calma estudiada en el cinturón reglamentario.
Uno de ellos alternó la mirada entre el Audi salpicado de batido, el pequeño coche maltrecho y el vaso vacío que aún goteaba en el asfalto.
El otro arqueó una ceja, recorriendo la escena con parsimonia, hasta que finalmente preguntó con voz neutra pero cargada de intención:
—¿Hay algún problema aquí?
«Mierda, no tengo tiempo para esto», se quejó la chica para sí, consultando su reloj.
—No, agente, está todo bien —aseguró de inmediato—. Hemos tenido un pequeño percance, pero ya está solucionado.
Miró a Tyler y le suplicó en silencio que no empeorara la situación. Maldijo entre dientes al ver cómo él se tomaba un segundo de más, con una maldita sonrisita de suficiencia dibujándose en su boca, disfrutando del momento.
—Sí, todo arreglado —aclaró al fin, dedicando a los agentes una sonrisa impecable—. Solo nos queda darle un manguerazo a mi coche. La señorita se ha ofrecido amablemente a encargarse.
Arizona apretó los dientes. Si las miradas matasen, él ya estaría tendido sobre el asfalto junto al batido.
Tyler, imperturbable, le sujetó la puerta del Audi y le indicó con un gesto elegante y exasperante que subiera.
No le quedó más remedio que sostener la sonrisa y obedecer, teniendo la precaución de recoger el vaso vacío del suelo para evitar más problemas.
En cuanto se acomodó en el asiento, el interior la envolvió con un aroma masculino limpio, profundo, peligrosamente familiar.
Cerró los ojos un segundo. Lo recordaba demasiado bien.
Tras un breve intercambio cordial con los agentes, Tyler rodeó el coche y se sentó al volante.
La miró con una sonrisa prepotente que Arizona habría querido borrarle a hostias.
—¿Ahora es cuando me secuestras y me cortas en pedacitos? —ironizó.
Tyler le devolvió una sonrisa socarrona mientras encendía el motor.
—Lo preferirías a tener que lavarme el coche, ¿no?
—Es posible.
—Pues lo siento, pero no vas a tener suerte.