Capítulo 3
Lo reconocería en cualquier parte. Su cuerpo reaccionó de la misma inapropiada manera que la primera vez que lo vio en aquella fiesta.
Su memoria no le había hecho justicia. A la luz del día era todavía más devastador.
Unos asombrosos ojos verdes ardían con indignación, rasgo que no pudo distinguir en aquel pasillo tiempo atrás.
Su presencia imponía. Incluso vestido con ropa informal, desprendía un magnetismo difícil de ignorar.
Increíblemente atractivo se quedaba a años luz de aquel tipo. Y sus labios…
Arizona se descubrió conteniendo la respiración al recordar su sabor. Una mezcla de adrenalina, desconcierto y deseo salvaje estalló en su pelvis. Todo su cuerpo reaccionaba a su mera presencia y aquello le molestó.
—¡Mierda! —masculló ahora en alto, rompiendo al fin el hechizo.
—¿Perdona? —Tyler la miró aún más irritado.
Sí, aquel no había sido el saludo del siglo.
Lo sintió observarla de arriba abajo, desde las botas tejanas hasta el maquillaje de estrella country, como si intentara decidir en qué categoría absurda clasificarla. La miraba con evidente enfado y sin el menor atisbo de reconocimiento.
Eso la irritó más de lo que esperaba. Claro que ella tenía poco que ver con aquella patinadora italiana.
—¿Te ganaste el carné en una tómbola o qué? —insistió Tyler.
«¡Pero él seguía siendo el mismo gilipollas!».
Arizona se cruzó de brazos con una calma que no sentía.
—¿Y tú tienes claro que en América conducimos por la derecha?
Aquello pareció desconcertarlo y frunció el ceño. Ella lo observó mirar a su alrededor, revisando el entorno como si dudara de sí mismo un instante, y le costó no reír.
—Sabes que venía en la dirección correcta —aseguró, molesto, tras unos segundos.
—¿Y tienes licencia especial para conducir ese mastodonte? —señaló el Audi.
—¡Pide disculpas y deja de inventar cosas!
¡Disculpas! ¿Qué maldita obsesión tenía aquel hombre con las disculpas?
Arizona sonrió a medias con una mordacidad evidente.
Sí, debió aparcar antes de bajarse a por aquel batido; y sí, era culpa suya el no haber podido dar la curva completa por llevar en la mano aquel enorme vaso, pero antes se cortaría la lengua que pedirle disculpas a aquel estirado.
Al fin y al cabo, era el pequeño MG quien había sufrido los daños. Miró el parachoques con disgusto.
—¿Ese hierro metálico es legal? —se reiteró ahora, señalando las barras cromadas que habían destrozado el parachoques.
—Por supuesto. Está homologado y protege mi coche de conductoras incompetentes como tú.
—Pues la aduana debería protegernos a nosotras de tipos como tú —masculló—, pero siempre se cuela alguno.
«¡Qué gustazo poder usar contra él todas las palabras del diccionario!», sonrió mordaz.
Tyler arqueó las cejas y la miró con cierta irritación.
—¿Cómo sabes que no vivo aquí?
—A estas alturas ya habrías perdido esa arrogancia inglesa de la que te jactas —se encogió de hombros—. En fin, espero que tu visado caduque pronto. Buenas tardes.
Se giró con rapidez dispuesta a hacer un mutis perfecto, pero él no estuvo de acuerdo.
La sujetó con firmeza de un brazo para impedirlo, aunque no midió bien el ímpetu con el que ella se alejaba.
Al verse frenada, Arizona trastabilló, perdió el equilibrio y el enorme vaso de batido salió disparado de su mano.
Voló por el aire como un proyectil imparable…
y aterrizó de lleno sobre el capó del Audi, salpicándolo de chocolate con nata casi al completo.
—¡Ay, madre, lo…! —la disculpa comenzó a formarse sola, pero la contuvo a tiempo.
—¿Lo siento , quizá? —masculló Tyler con la furia brillando en sus ojos verdes.
—Iba a decir que lo… —carraspeó algo nerviosa— tienes merecido.
—¡Vaya por Dios! —ironizó.
—Por agarrarme sin permiso. —Cruzó los brazos sobre el pecho y miró el Audi de reojo.
«Madre mía, sí que era grande aquel vaso, sí».
—Ahora tendré que ir a por otro batido —suspiró.
—También puedes lamer ese —propuso él, de evidente malhumor—. Así usarías para algo más productivo esa lengua viperina que tienes.
—¡Viperina tu tía, imbécil!
La sonrisa sarcástica que vio en sus labios no ayudó a calmar los ánimos.
—Deberías intentar usarla para algo más que parlotear —insistió Tyler en un tono ácido.
—Sí, también le doy otros usos, descuida —afirmó con una mordacidad descarada—, que jamás descubrirás, claro.
«Oh, joder, ¿de dónde ha salido ese comentario?».
—Por suerte —apostilló él de inmediato—. Dios me libre de tenerla demasiado cerca.
« Uf , qué pedazo de idiota», bufó Arizona para sus adentros, a punto de echarle en cara que en cierta ocasión no pareció hacerle muchos ascos.
Frunció el ceño, algo desconcertada, no debería molestarle tanto que él no la reconociera.
Lo miró irritada y por un segundo se sintió contrariada.
No parecía furia el brillo que leía ahora en sus ojos.
—¿Y entonces? ¿Piensas limpiarme el parachoques o…?
—O.
—Ya veo —sonrió sin rastro de humor—. Pues esperemos entonces a que llegue la policía.
¿La policía? Arizona entrecerró los ojos, confusa.
—¿Quieres llamar a la policía por un batido?
—Y por el golpe —señaló el guardabarros caído—, por si se te ocurre denunciarme en algún momento.
—¡No voy a denunciarte! —protestó, sin saber si la amenaza policial la decía en serio o solo pretendía asustarla.
Consultó su reloj. Tenía una hora para llegar al teatro antes de que Harper la pusiera en la lista de desaparecidos.
—Si quieres evitarte el trámite —declaró Tyler—, limpia mi coche.
Arizona cruzó los brazos sobre el pecho.
—Cuando tú arregles mi parachoques.
Tras mirarla fijamente hasta incomodarla, Tyler caminó hacía el Audi, abrió la puerta y regresó con un talonario bancario entre las manos. Arizona lo miraba con el ceño fruncido, aguardando sus movimientos.
—Tú ganas —aceptó con un gesto de evidente arrogancia mientras escribía en la chequera—. ¿A nombre de quién lo extiendo?
Arizona apretó los dientes y guardó silencio.
—Vale, lo haré al portador —anunció con una prepotencia que ella, con gusto, le habría borrado de un guantazo—.
Te doy tres mil dólares. Cien para que arregles esa chatarra que llamas coche, si te cobran mucho más, ya te digo que no te compensa el arreglo.
El resto para que te hagas un favor y contrates un asesor de imagen que te ayude a entrar en el siglo veintiuno.
A pesar de todo y por algún extraño motivo, a Arizona le hizo gracia aquella última apreciación, aunque se cuidó de exteriorizarlo. Se quitó el sombrero fingiendo escepticismo.
—¿Qué le pasa a mi imagen? —Miró el sombrero con interés.
Tyler la observó con atención durante unos segundos.
—¿Qué? —interrogó la chica, extrañada, como si aquel cardado de colores estuviera a la última moda.
—¿Has perdido una apuesta con tu peluquero? —ironizó él, arqueando las cejas.
«No te rías. Si este fuera tu aspecto de verdad, estarías muy ofendida», tuvo que recordarse.
—¿Puedes añadir otros mil por daños y perjuicios?
—¿Contra qué?
—Mi autoestima.
—Algo me dice que no es tan fácil influirte —repuso, y sonrió con acidez—, pero puedo añadir mil más solo por el placer de escucharte pedir disculpas.
Arizona le sostuvo la mirada durante unos largos segundos, sin mover una ceja. ¡Maldito elitista arrogante!
—Ni en tus mejores sueños —aseguró al fin.
—Que se convertirían en pesadillas si te dejara colarte en alguno —le tendió el cheque—. Toma, métete en tu máquina del tiempo y regresa a mil novecientos setenta.
«Ya le estaba tocando las narices aquel payaso».
—¿Me das un papelito? —Lo miró con las cejas arqueadas.
—Se llama cheque —ironizó—, en el banco te lo canjean por dinero.
—Sí, ya, pero ¿cómo sé que tiene fondos?
Tyler esbozó una sonrisa arrogante.
—¿Tengo pinta de ser de los que están en números rojos?
Entrecerrando los ojos, Arizona se encogió de hombros.
—Por lo que a mí respecta, ese coche puede ser robado.
Ahora sí se veía enfadado. Al parecer, llamarlo pobre había resultado ser el peor insulto hasta el momento. Sonrió satisfecha y lo observó con atención, pero lo lamentó un segundo después.
«Joder, ¡es injusto! ¿Cómo se puede estar tan bueno?», se quejó, molesta.
—Vale, obviaré el comentario para soportar las ganas de matarte —acabó diciendo él—. Ahora es tu turno de pagar.
Ella arqueó las cejas sin comprender y se irritó cuando sintió cómo su cuerpo se rendía de antemano a cualquier forma de pago que él pretendiera.
«¡Ni hablar! Como se le ocurra intentar cobrarse con otro beso…».
—Te toca limpiar mi coche —le recordó él.
«¿El coche? ¿El muy gilipollas no hablaba de un beso?».
Frunció el ceño de nuevo, irritada, no sabía si con él o consigo misma. Su cuerpo ya había decidido cómo quería pagar su peaje. La punzada constante en la pelvis era muy molesta. No deseaba de aquella forma a alguien desde… ¡nunca!
«Nunca no, di más bien desde cierta fiesta, en cierto pasillo…». ¡Joder, lo que le faltaba, la neurona descarriada haciendo su aparición estelar!
—Yo arreglo tú parachoques, tú limpias mi coche —insistió él en recordarle.
—¿Y si me niego?
—Me aseguraré de que la policía tome cartas en el asunto.
—¡Perfecto! —Se llevó la mano al bolsillo trasero de la falda, sacó su teléfono y fingió marcar.
Disfrutó del absoluto desconcierto en los ojos masculinos. Así que se tomó su tiempo para aguardar a que contestaran. La expectación del tipo era total y absoluta, incluso diría que había cierta inquietud en su rostro.
—Hola, señora —habló ella al teléfono en un tono serio—, sí, la llamo para informarla de que el retrasado que se le perdió ha aparecido y está diciendo gilipolleces en mitad de una gasolinera.
Frunció el ceño y fingió escandalizarse.
—¡¿Cómo que ya no lo quiere?! —se quejó tras una pausa teatral—. ¿Oiga?
Miró a Tyler con lo que parecía decepción.
—Me ha colgado, ¿te lo puedes creer? —repuso con fingido asombro mientras guardaba el teléfono—. Pero tú no te preocupes, eh, no tardaré en encontrarte trabajo —sonrió—, hay un montón de pueblos buscando su tonto.