Capítulo 2
Arizona se miró en el espejo iluminado del camerino y sonrió.
Las bombillas redondas enmarcaban su reflejo como si ya estuviera sobre el escenario. Se inclinó un poco hacia el cristal, ladeó el rostro y evaluó el conjunto con ojo crítico antes de asentir, satisfecha.
La falda vaquera apenas rozaba la mitad de sus muslos, dejando al descubierto unas piernas largas y firmes que terminaban en unas botas tejanas de cuero color caramelo, gastadas en el punto exacto para parecer auténticas.
El minicorpiño ajustado realzaba su cintura estrecha y delineaba con descaro unas curvas generosas, mientras el chaleco con flecos descansaba sobre sus hombros y se movía con cada respiración, prometiendo dinamismo bajo los focos.
El cabello, más colorido de lo habitual gracias a una mezcla de mechas rubias y anaranjadas de diferente intensidad que se entrelazaban entre sí, caía en ondas amplias sobre su espalda, con ese volumen deliberadamente exagerado que recordaba a las divas del country de los setenta.
El maquillaje era parte del juego: pestañas largas, delineado marcado y labios en un rosa vibrante que rozaba lo imposible y que, sin embargo, en ella no resultaba excesivo.
El personaje pedía descaro, brillo, presencia, y Arizona lo tenía todo. Pero incluso sin el vestuario y toda la parafernalia alrededor, seguía siendo una mujer de una belleza rotunda y espectacular, con un aura especial. De esas que entran en una habitación y obligan a voltear la cabeza.
Se puso en pie y giró sobre sí misma, dejando que los flecos del chaleco volaran alrededor de su cintura.
—Hoy me siento totalmente Dolly style —anunció al reflejo, guiñándose un ojo.
La puerta del camerino se abrió en ese momento.
—Y el teatro entero también lo sentirá —comentó Harper desde el umbral, apoyándose en el marco con una sonrisa cómplice—. En el ensayo casi consigues que el equipo técnico pida autógrafos.
Arizona soltó una carcajada, exageró un pequeño movimiento de cadera y se llevó la mano al pecho con teatralidad.
—Cariño, soy Callie West, nací para esto —canturreó, imitando a la perfección a la diva que representaba en escena.
Y en ese instante no había una sola duda en sus ojos.
—Y este bombón country va a salir a por uno de esos estupendos batidos gigantes de chocolate con nata que venden en la heladería de la gasolinera —anunció, saboreando ya aquella delicia.
—Me encargaré de que te lo traigan —concedió Harper, dejando sobre la mesa la tablet donde controlaba horarios, pedidos de catering, logística de ensayos y cualquier cosa que afectara a Arizona durante la gira.
La actriz sonrió y la interrumpió justo cuando tomaba su teléfono con gesto decidido.
—No te preocupes, necesito airearme un poco.
El ceño fruncido de su road manager y amiga alcanzó proporciones épicas.
—¿Consigo algo si me opongo? —preguntó.
—No.
—Pero no puedo ir contigo, Ari —protestó—, tengo mil cosas que comprobar, cada teatro es un caos distinto.
—Tranquila, volveré para el ensayo de sonido.
Harper consultó su reloj.
—Eso es en dos horas —informó—. Procura estar aquí mucho antes.
—Te preocupas demasiado —rio Arizona.
—Lo sé —admitió su amiga, soltando un improperio—. Dios, odio las giras.
—Sí, la verdad es que ya no recordaba lo agotador que resulta cambiar tanto de teatro —aceptó Arizona, esbozando una sonrisa para animarla—. Pero recuerda que solo nos quedan dos funciones antes de unas largas vacaciones.
—¿Como las que ya deberíamos estar disfrutando, dices? —replicó, fingiéndose malhumorada.
Arizona volvió a reír y se alegró de que Harper, por encima de todo, fuera su amiga, o era muy probable que hubiera pedido la dimisión hace tiempo.
Pero tenía razón, deberían estar disfrutando de unas merecidas vacaciones.
Después de once agotadores meses en Nueva York, no era para menos.
Dos funciones diarias en Broadway, con un solo día de descanso semanal, pasaban factura, una doble cuando vivías cada una de ellas subida en unos patines.
Ahora los dominaba como una profesional, pero no podía negar que eran una exigencia física extra que no echaba nada de menos.
Se suponía que tras finalizar la temporada iba a tomarse un respiro y regresar a casa por un tiempo, agotada de estar fuera, pero la voz y el encanto de aquella cantante country la habían atrapado de nuevo, y Harper se había dejado arrastrar a la carretera, algo a lo que ya no estaban acostumbradas.
Por suerte, el estar en California le permitía escaparse a casa a menudo, motivo por el que no le había importado aceptar el reto que suponía aquella gira.
Su teléfono sonó justo en ese instante y Arizona soltó un suspiro al leer el visor.
—Prefijo de Londres, otra vez —comentó, mostrando la pantalla a su amiga.
—Desde luego tiene interés —observó Harper, frunciendo el ceño al verla contemplar el teléfono—. Por favor, dime que no te lo estás planteando.
—Es tentador —reconoció Arizona con una sonrisa casi melancólica.
—Y una locura —afirmó Harper—. Solo tienes un par de meses para desconectar, y créeme, los necesitas, Ari.
—Pero tengo tan buenos recuerdos de mi época en Londres… —sonrió de nuevo—. Y ya hace diez años que no voy.
—¿Echas de menos el fish and chips o qué? —bromeó Harper con una sonrisa mordaz que dejaba entrever su desdén por todo lo británico.
—No seas mala —se quejó divertida—. Recuerda que mi carrera comenzó allí. Y le debo mucho a Arthur Marlow.
—Mándale una postal.
Arizona rio de nuevo y Harper se reiteró con un gesto más serio:
—Te lo digo en serio, Ari, no cuentes conmigo para cruzar el charco.
Sí, aquello Arizona lo tenía claro, como también sabía que Harper se guardaba para sí sus razones para odiar con aquella intensidad todo lo inglés.
Sería mejor no prestar demasiados oídos a Will Marlow, hijo del que consideraba uno de sus mentores, o corría el riesgo de dejarse llevar por la nostalgia, algo que su agenda no podía permitirse.
Arthur Marlow era un tipo muy especial y uno de los más grandes dramaturgos con los que había tenido la suerte de toparse siendo muy joven. Era tanto lo que había aprendido de él…
—Arthur me ofreció mi primer papel protagonista —rememoró, dejando que la nostalgia se filtrara en su voz—, cuando solo tenía diecinueve años y poca experiencia.
—Y te dejó tirada.
—No fue culpa suya, clausuraron su teatro.
—¿Y eso ha cambiado?
Arizona se limitó a encogerse de hombros.
No tenía muy claro los detalles de todo aquello.
No había dejado que Will le contara demasiado por miedo a sentirse tentada.
Su admiración y cariño por Arthur era muy real y mutuo.
Durante los últimos años, en uno u otro momento, aquel hombre encontraba un hueco para verla sobre el escenario siempre que estrenaba obra.
Cuando menos lo esperaba, aparecía entre bastidores para saludarla y felicitarla.
Por eso no podía prestarle los oídos a Will.
Harper recordó ahora:
—Por cierto, en taquilla he dejado las entradas que me pediste para tu hermano. Cuatro en total —contó—. Están a su nombre. ¿Cómo está Dannie?
—Feliz —declaró Arizona con una sonrisa sincera, como siempre que pensaba en su hermano—. Jamás creí que lo vería tan enamorado. Y Judd es una tía genial, hacen una pareja de cine.
—Qué envidia —suspiró Harper.
—¿Sí? —Arizona frunció el ceño—. No sé, a mí no es algo que me quite el sueño, ya lo sabes.
—Eso es porque aún no has conocido a alguien que te provoque un cortocircuito —se burló su amiga—, alguien sin título nobiliario, se entiende.
Arizona la miró con una mezcla deliciosa de diversión y mordacidad.
—Si no lo mencionas revientas, ¿no?
Harper soltó una carcajada.
—Estamos en Santa Carla, la ciudad… del buen vino.
—¡Qué cabrona! —se quejó Arizona—. No sé para qué te conté nada.
—¿Bromeas? ¿Cómo podrías privarme de un sketch así?
—En su momento no me hizo mucha gracia —reconoció Arizona, aunque sonreía. Y, pese al tono ligero, un leve estremecimiento le recorrió la espalda.
—Claro, porque estabas muy ocupada en otros menesteres.
—¡Y qué menesteres, amiga, no te haces idea! —concedió.
La risa de Harper resonó en el camerino.
—Y ahora me largo a por mi batido —anunció Arizona dirigiéndose a la puerta—, antes de que me digas que ya no son horas.
—¿Es necesario?
—Completamente.
—¿Y no se te olvida algo? —preguntó Harper señalando su atuendo de diva country ochentera.
Arizona volvió sobre sus pasos luciendo una sonrisa enorme.
—Es verdad, qué despistada —suspiró de forma teatral—, ¡casi me dejo el sombrero!
Lo tomó del aparador y se lo caló con tal estilo cowboy que Harper volvió a doblarse de risa.
—¡ Yeehaw ! —exclamó Arizona, fingiendo trotar sobre un caballo imaginario hacia la salida.
—¡Estás como una berza, amiga! —acusó Harper sin poder dejar de reír.
—¿Le prestarías tu coche a esta berza? —pidió desde la puerta.
—¿Te preocupa que la gente te mire raro o solo quieres una vía de escape por si te topas con otro finolis buenorro?
—Lo que me preocupa es que te dé un infarto si me retraso —se encogió de hombros—, pero puedo arriesgarme.
Dos segundos después, Harper le lanzó las llaves, que Arizona cogió al vuelo.
—Cuida de mi pequeñín —le gritó desde la puerta del camerino mientras la veía alejarse—. Tráelo de vuelta sin un solo arañazo.
—Sí, mami —fue todo lo que dijo Arizona ya sin volverse
—Te lo digo en serio, Ari, lo quiero impoluto.
Media hora más tarde… aquellas palabras se volvieron imposibles.
El sonido fue seco. Inconfundible. Plástico contra metal.
El parachoques del pequeño MG de Harper crujió con un lamento breve, casi ofendido.
—¡Mierda! —maldijo Arizona en alto, y cerró los ojos buscando estabilizar sus emociones.
Impoluto… ya no sería la palabra adecuada.
Miró el enorme batido que aún sostenía en la mano, agradecida de que al menos no hubiera ido a parar a la cuidada tapicería.
Seguía en la gasolinera. Apenas había avanzado unos metros desde la heladería, lo justo para apartarse a tomárselo con calma, pero no le había dado tiempo a detenerse.
Conducir con una sola mano no le había parecido tan mala idea… hasta que lo fue.
Se bajó del coche con el corazón golpeándole en las costillas, el olor a gasolina clavándosele en la garganta y el dichoso y enorme batido todavía en la mano.
—¡Oh, joder, Harper va a matarme! —susurró, comprobando con horror que el parachoques del pequeño MG estaba descolgado del lateral derecho.
Aquel coche era como un pequeño tesoro para su amiga, lo único inglés en el mundo que no odiaba, y el daño era evidente.
¿Cómo era posible? Avanzaba muy despacio para tanto destrozo.
Cuando alzó la vista, lo entendió de golpe.
Frente a ella estaba el coche con el que había chocado: un enorme Audi negro con un protector frontal de metal, que era evidente que le había ganado la partida al MG.
Estaba impecable y reluciente, sin un solo rasguño, algo que molestó un poco a la chica, que no dejaba de mirarlo con el ceño fruncido.
Ni siquiera se dio cuenta de que el dueño del Audi se había bajado del coche y la observaba con evidente irritación.
—¿Qué pasa contigo? —acabó diciendo el tipo—. ¿En qué narices ibas pensando?
Las palabras la golpearon más duro que el impacto del Audi cuando creyó reconocer aquella voz. Se quedó paralizada mientras fingía seguir comprobando los daños.
No, no era posible. No podía ser él.
Alzó la vista con cierta reticencia… y no pudo evitar que su corazón diera un vuelco.
¡Mierda! Con la cantidad de coches que circulan por el mundo… ¡¿por qué tenía que chocar precisamente con él?!