Rivales con derecho a roce Capítulo 1
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Capítulo 1

Londres. Un año y medio después

Tyler Hamilton, sentado en el desierto patio de butacas del Lyric Hall Theatre, contemplaba el escenario vacío con una atención casi quirúrgica.

Sostenía entre los dedos el boceto original que había trazado unos meses atrás: líneas firmes, anotaciones precisas y cálculos al margen.

Lo comparaba en silencio con el resultado final, dejando que la mirada recorriera la curva impecable de los palcos restaurados, el dorado renovado de las molduras o el terciopelo rojo que volvía a absorber la luz como en sus mejores tiempos.

Aquel teatro había sido uno de los más majestuosos y concurridos de Londres.

Propiedad de los Marlow, familia a la que lo unía un profundo vínculo, el Lyric Hall había sido un emblema cultural.

Hasta que, diez años atrás, una maraña de litigios, permisos bloqueados y deudas mal gestionadas obligó a cerrar sus puertas.

El silencio posterior fue casi obsceno.

Ahora, por primera vez en una década, el aire volvía a oler a madera pulida y barniz reciente en lugar de polvo y abandono.

Tyler inclinó apenas la cabeza, evaluando el resultado.

Como arquitecto y restaurador de patrimonio histórico sabía detectar una grieta estructural a simple vista y anticipar el desgaste antes de que fuera visible para otros. El Lyric Hall había sido una herida abierta en el corazón del West End durante demasiado tiempo.

Ahora había motivos para devolverlo a la vida. Motivos personales que, de algún modo, convertían en agridulce el fantástico trabajo.

—De verdad, me quitaría el sombrero si fuera tan hortera como para llevar uno —declaró Will desde el pasillo entre butacas—. Amigo, sé que no copas todas las portadas de arquitectura por casualidad, pero esta vez te has superado. Deberías centrarte solo en la restauración.

Tyler esbozó una sonrisa contenida. William Marlow, propietario del teatro, director de escena y uno de sus mejores amigos tenía una peligrosa tendencia a exagerar los elogios como para tomárselos demasiado en serio.

—A ver… —insistió Will, tomando asiento a su lado—, no digo que levantar auditorios para filarmónicas europeas o diseñar complejos futuristas de acero y cristal no tenga su mérito…

—Vaya, gracias —ironizó Tyler, divertido.

—Pero esto es distinto.

—Y ¿crees que el hecho de que el teatro sea de tu familia pueda estar influyendo en tu criterio? —bromeó.

Will fingió sopesarlo con detenimiento.

—No, para nada —acabó diciendo.

Ambos rieron y observaron el espacio durante unos largos segundos.

—¿Cómo está Arthur? —se interesó Tyler ahora, algo más serio.

—Cada vez más cansado —contó preocupado, con una expresión de angustia —, y empieza a tener dolores, aunque no lo diga.

Tyler asintió con tristeza.

—Pero está tan emocionado con volver a abrir las puertas de este lugar que ahora mismo parece capaz de durar cien años más —sonrió Will—. Y le hace una ilusión doble el poder estrenar, por fin, la obra que tuvo que dejar a medias.

Tyler asintió despacio. Aquello compensaba el esfuerzo, sin duda, aunque ambos sabían que, si no conseguían hacerle cambiar de opinión respecto al tratamiento, esa sería probablemente la última historia que Arthur Marlow, uno de los mejores dramaturgos y directores de teatro musical del país, tendría ocasión de contar.

—Tenemos que agilizar los trámites. ¿Sabes algo de Jake? —preguntó Will ahora—. ¿No se reunía esta mañana con los del ayuntamiento?

—Con Patrimonio y Urbanismo —precisó Tyler—. Si alguien puede desenredar ese nudo legal, es él.

—Esperemos que hoy esté inspirado.

Como si lo hubieran conjurado con el pensamiento, unas pisadas resonaron en el pasillo lateral. Tyler giró la cabeza justo a tiempo para ver aparecer a Jake, con su traje impecable, una amplia sonrisa y esa expresión que solo lucía cuando traía buenas noticias.

—O me habéis invocado con el pensamiento o el destino tiene un sentido del dramatismo exquisito —anunció Jake mientras avanzaba hacia ellos—, porque vengo con novedades y esta vez son de las buenas.

No aceleró el paso, pero tampoco hizo nada por disimular esa media sonrisa suya que siempre precedía a un triunfo legal.

Ambos aguardaron, conteniendo la respiración como si estuvieran a punto de escuchar el veredicto de un jurado.

El abogado llegó hasta ellos y, sin más ceremonia, alzó un documento.

—¡Vía libre! —informó, señalando con el dedo el sello estampado al pie de la página—. Ahí tienes la última firma. Ya es oficial.

Durante un segundo se hizo un silencio extraño, casi reverencial.

Will fue el primero en reaccionar. Se llevó una mano a la boca, incrédulo, y después soltó una carcajada que resonó en el teatro vacío con una fuerza que hacía años que no se escuchaba entre aquellas paredes

—No me lo creo —murmuró con la voz quebrada—. ¿Está hecho?

—Puedes abrir las puertas del teatro cuando quieras —aseguró Jake.

Los tres estallaron al unísono en risas y aplausos, chocando las manos con un entusiasmo contagioso. Tyler casi saltó de la butaca para festejar y Will no pudo evitar abrazar a ambos mientras el eco de su alegría llenaba el teatro.

—Hoy mismo confirmaré en los medios la fecha del estreno —anunció Will, feliz—. Vamos tarde con la promoción.

—Era más prudente esperar a tener los permisos —le recordó Jake—, pero hiciste bien en anticiparte con el elenco y los ensayos.

Will asintió y miró a Tyler con una expresión ansiosa.

—Hazme aún más feliz y dime que ya podemos retomar los ensayos aquí.

—¿Tan malo es el centro cultural? —sonrió el arquitecto.

—Eso espero, que sea un problema de acústica y espacio, o los malos serían mis actores —suspiró—, y eso ya no me lo puedo permitir a estas alturas.

Sabía que bromeaba, aunque detrás de la broma había mucho esfuerzo.

El casting para llevar Almas Errantes al Lyric Hall había sido duro, incluso implacable.

Buscaban a los mejores cantantes, actores y bailarines, tres disciplinas que raramente se encontraban juntas en una sola persona, y aun así, habían logrado reunir un elenco excepcional.

Cada escena y cada número musical estaba pensado para desbordar emoción.

La combinación de talento y energía que habían encontrado prometía que la obra no solo se representaría, sino que dejaría huella.

—Ya podéis usar el escenario. Puedes completar el montaje de los decorados cuando quieras —confirmó Tyler con una sonrisa satisfecha—. Pediré que retiren ese último andamio antes de irme. Quedan algunos retoques, pero los dejaré para cuando regrese de Santa Carla.

—Al final te vas mañana, ¿no? —se interesó Jake ahora.

—Sí, ya no puedo posponerlo más —asintió Tyler con un deje de impaciencia—. Quiero conocer a mi sobrino antes de que tenga edad para votar.

—Qué exagerado —rio Will, cruzando las piernas y reclinándose en la butaca—, pero si solo tiene un mes. Tampoco te he entretenido tanto por aquí y… —carraspeó con una sonrisa traviesa— no sabes lo genial que me viene tu viaje en este momento.

Tyler frunció el ceño. O mucho se equivocaba o estaba a punto de escuchar algo que no iba a hacerle ninguna gracia. Aún de pie, se apoyó sobre el respaldo de una de las butacas y lo observó desde arriba.

—Dispara —pidió resignado.

—Es que… ella está allí también —acabó confesando Will con cierto rubor que intentó disimular tras una sonrisa.

—¿Ella? ¿Esa dichosa actriz otra vez?

—Arizona Kerrs, sí. Lleva dos meses de gira por los mejores teatros de la costa californiana con su última obra y clausuran precisamente con dos funciones en Santa Carla. ¿No es una casualidad casi mística?

Recibió una mirada suspicaz como respuesta.

—Sí, demasiado —opinó Tyler—. Dime que no me has estado reteniendo a propósito para que mis fechas de viaje coincidieran con las suyas.

El gesto de culpa de su amigo habló por sí solo.

—¡No me lo puedo creer! —bufó, algo molesto.

—Bueno…, eh…, es que no quiere aceptar la propuesta.

—¡Pues busca a otra! —se quejó Tyler—. ¡Será por actrices!

—Mi padre escribió esa obra para Arizona —le confió por enésima vez—. Ya sabes que…

—Sí, sí —interrumpió Tyler con una mueca—, no me cuentes la historia otra vez.

—Solo te pido que vayas a verla en persona —rogó Will—, intercede un poco. Necesito que acceda a ser mi actriz principal.

—¿No tienes ya una?

—Belinda solo es la suplente.

—¿Y ella lo sabe? Porque la veo demasiado diva como para aceptar hacerse a un lado.

—Siempre supo que el papel es de Arizona.

—¿Y eres consciente del caché de tu americana? —insistió Tyler—. Solo ella se lleva la mitad del presupuesto.

—Y te aseguro que vale cada libra —afirmó sin una duda—. Tengo que conseguir traerla a Londres antes de que decida regresar a Broadway, y no tardarán en reclamarla.

—¿Y qué hace en California?

—Creo haber leído que su familia es de allí, pero eso da igual —contó de carrerilla—. La cuestión es que alguien tiene que ir a verla en persona.

—¿Y tengo que ser yo? —se quejó Tyler de nuevo.

—Yo no puedo abandonar los ensayos en este punto y da la casualidad de que tú vas a… —recibió una mirada tan irónica que tuvo que admitir—: Sí, vale, quizá no es casualidad y he manipulado un poco las fechas, pero esto es importante.

—Como mi familia —resopló Tyler, pasándose una mano por el cabello—, y voy con los días contados para disfrutar de ellos.

—Solo tienes que ir a verla al teatro y quizá desplegar un poco tu encanto para que acepte —frunció el ceño con algo de recelo—, pero no mucho, eh, además de mi actriz principal, tengo toda la intención de que sea la madre de mis hijos.

Jake, que se había dejado caer en una de las butacas, soltó una carcajada divertida.

—¿Y vas a mandar a este playboy a buscarla?

—Claro —sonrió Will—, ¿quién mejor que un tipo con encanto, pero alérgico al compromiso? Las mujeres acaban huyendo de los tíos como él.

—Sí, pero después de pasar por su cama.

—Hola, sigo aquí —intervino Tyler, alzando la voz con fastidio—. Y no, lo siento, pero paso de tu Arizona.

—Pero mi padre siempre ha soñado con verla interpretar el papel de Isabella —le recordó.

—No empieces con el chantaje emocional —se ofuscó Tyler—. Esta vez no va a funcionar.

Pero ambos sabían que ya había funcionado. Había pocas cosas que Tyler no hiciera por Arthur Marlow, quien siempre estuvo ahí para él en sus peores momentos, cuando su propio padre estaba demasiado centrado en sí mismo.

—Si queremos que el Lyric Hall despegue con un éxito rotundo, nadie mejor que ella para lograrlo —aseguró Will por si acaso la presión no era suficiente—. La necesitamos. Mi padre la necesita.

Tyler soltó un suspiro de pura resignación.

—No entiendo qué obsesión tenéis los Marlow con la tal Arizona —se quejó, y aquello era una cesión en toda regla.

—Las obsesiones son caprichosas —opinó Jake en un tono jocoso—. Nunca se sabe cuándo uno se va a quedar colgado de algo: una canción absurda que no puedes dejar de tararear, una superstición ridícula —amplió su sonrisa—, una patinadora italiana…

Tyler soltó un divertido improperio y Jake rompió a reír a carcajadas.

—¿Me he perdido algo? —preguntó Will, mirando a ambos con curiosidad y diversión.

—No, es Jake quien ha perdido una toma de su medicación hoy.

El abogado volvió a reír con ganas y miró a Will.

—¿No te ha parlado de la bella ragazza ?

—No sé ni para qué te parlaría a ti, la verdad —murmuró Tyler, frunciendo el ceño y mostrando un deje de mal humor.

—Si no fuiste tú, fue nuestro amigo Jack Daniels.

—¿Por qué no sé nada de una ragazza en patines? —indagó el director con rapidez, con la curiosidad brillándole en los ojos.

—¡Porque no hay nada que saber! —se quejó Tyler, perdiendo la paciencia—. Y hace año y medio de aquello, Jake, ¿puedes dejar de recordármelo?

—Eres tú quien la menciona en cada borrachera —le recordó su amigo—. Solo necesitas un whisky de más para bajar la guardia.

—A ver si logro enterarme de algo —se quejó Will—, ¿te acostaste con una patinadora italiana?

—¡No! —Tyler acabó poniéndose nervioso—. Solo le di… una pequeña lección.

—¿Ahora se llama así? —se burló Jake entre risas contenidas.

—¿Puedes dejar de decir sandeces? —protestó—. Al final va a parecer que hablas en serio.

—¿Y no es así? —Will los miraba confuso.

—Tendrás que invitarlo a unas cuantas copas si quieres esa respuesta —bromeó Jake—. La ragazza es tabú estando sobrio.

Tyler lanzó el lápiz que sostenía en la mano y Jake, entre risas, lo esquivó sin esfuerzo.

—Con lo serios que suelen ser los abogados —declaró Tyler en un tono demasiado irritado— y a nosotros nos ha tocado el aspirante a payaso.

—¡Oh, vaya! —rio Will ahora—. ¡Sí que te alteró esa bambina !

—Te delataste solo —se burló Jake con diversión.

—Fue una chorrada —se quejó, ya de veras muy molesto—, de la que ni siquiera me acordaba, un beso simple y olvidable.

Apretó los dientes, consciente de que su cuerpo reaccionaba al recuerdo en cuanto lo dejaba entrar en su cabeza. Joder, odiaba a aquella maldita mujer.

—¿Y no has vuelto a verla? —se interesó Will, cada vez más fascinado con la historia.

—No, por fortuna, porque os aseguro que estaba como una cabra.

— Ja , reconoce que volviste a buscarla y no la encontraste por ninguna parte —apostilló Jake de nuevo.

—Cuenta, cuenta —rogó Will.

«Joder, puñetero whisky de más», blasfemó Tyler para sí.

—¿Podéis dejarme en paz? —repitió, y miró a ambos con expresión crítica—. Los dos tenéis por donde callar, ¿no os parece? Tú, Will, encaprichado de una actriz que ni siquiera conoces en persona —miró a Jake—. Y lo tuyo es peor, ¡que estás comprometido con un bebé, por el amor de Dios!

—¡Eh! Dicho así suena siniestro —se defendió el abogado—. ¿Te importaría añadir que ahora ella tendrá alrededor de los treinta años?

—Eso no lo hace menos siniestro —replicó Tyler, al fin algo más relajado. No había como atacar para templar los nervios—. Condenados a la peor de las cárceles desde la cuna.

Jake le devolvió una mirada mezcla resignación y diversión.

—Ay, bambino , te pones molto nervioso.

—¿Sabes? Estoy a punto de despedirte —gruñó Tyler—, como abogado y como amigo —sonrió a medias—. ¿ Capichi ?