Rivales con derecho a roce Prólogo #4
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Prólogo #4

Y lo hizo. El aire para Arizona se volvió espeso, caliente, y el latido en sus oídos ahogó con rapidez cualquier pensamiento coherente. Había algo peligrosamente adictivo en la forma en que la besaba, en que saboreaba ahora cada recoveco dentro de su boca.

Pronto, el deseo devastador que ardía en su pelvis exigió más, mucho más, mientras él devoraba sus labios con una intensidad creciente, como si el beso se hubiera convertido también para él en una necesidad urgente, casi desesperada.

Había dejado de ser un pulso de poder para transformarse en algo más primario, más visceral, y la forma en que su respiración se desacompasaba contra la de ella le confirmó que no era la única al borde de perder el control.

El fuego se propagó sin permiso. Una llamarada que le prendió la piel por dentro y le hizo olvidar dónde estaba, quién era y por qué demonios debería detenerse.

No protestó cuando sus manos descendieron por su cuerpo, lentas pero firmes, dejando tras de sí un rastro de calor que la hizo estremecerse.

Cada centímetro de piel desnuda que tocaba parecía reaccionar a su presencia como si llevara electricidad en los dedos.

Cuando se cerraron sobre su trasero, atrayéndola un poco más contra él, Arizona jadeó dentro de su boca, traicionada por una respuesta que ya no podía disimular.

Aquello era una locura y aun así no quería que terminara. Jamás le había sucedido nada igual.

Justo cuando ambos parecieron sucumbir al incendio sin remedio, un estruendo metálico retumbó en el pasillo, demasiado cerca como para que no los sobresaltara.

Cuando buscaron la procedencia, se toparon a un camarero casi a sus pies, que se afanaba en devolver a la bandeja una especie de conchas que, por suerte, ya parecían venir vacías procedentes del salón. Era evidente que se había sobresaltado al topárselos allí tan… enfrascados en lo suyo.

—Lo siento, mil disculpas —balbuceó el camarero, mortificado por el desastre.

—Mira lo fácil que es pedir disculpas —escuchó Arizona murmurar a su estufa personal mientras con una mano tomaba la chaqueta del traje que el camarero recogió del suelo.

Se revolvió inquieta, todavía en sus brazos, demasiado consciente de cada parte de su cuerpo contra el suyo, pero el tipo no se veía dispuesto a dejarla ir aún.

Sin soltarla, le echó la chaqueta por los hombros.

De alguna manera parecía querer preservarla de otros ojos.

Ella intentó rechazarla, pero acabó dejándose envolver por el calor de la prenda, que sintió como si él mismo estrechara aún más el abrazo.

La mirada masculina seguía tan intensa y provocadora como un desafío y parecía medir cada reacción suya.

Arizona no sabía dónde esconder la cabeza mientras decidía si quería pegarle o arrastrarlo a un lugar más íntimo.

—Pídeme disculpas y te dejo ir —dijo él en un tono bajo, cargado de amenaza y un evidente reto.

Ella parpadeó, entre enfadada y atónita. Sabía que era una trampa: si cedía y pronunciaba las palabras, perdía. Pero si guardaba silencio, aceptaba permanecer en sus brazos, atrapada en la tensión que ambos sabían que estaba lejos de disiparse.

—Así que vas a escoger la segunda opción —le miró los labios y sonrió con tanta arrogancia que las ganas de borrarle aquella sonrisa prepotente fueron acuciantes para ella.

—¡No! —bufó—. ¡Aparta, imbezille !

Lo empujó con fuerza, maldiciéndose por no haber aprendido un repertorio más amplio de insultos. El calor de la frustración se mezcló con un deseo que seguía ahí, incómodo, insistente, pero debía sofocarlo antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.

Aprovechó su desconcierto para escabullirse por un lado y, de paso, se aseguró de pisarle uno de sus caros zapatos con las ruedas de los patines. Sonrió satisfecha al escucharlo soltar un gruñido contenido.

— Ups…, scusa —se permitió añadir al fin, en un tono demasiado dulce como para ser sincero.

Él masculló un improperio y Arizona lo observó un segundo, casi pesarosa.

¿Se había pasado? No era su intención hacerle daño de verdad, aunque tampoco dominaba del todo aquellas ruedas.

Estuvo a punto de preguntarle si estaba muy dolorido, pero la furia contenida en su mirada la disuadió al instante.

No. Aquello no iba a acabar bien.

Ahora era la clara vencedora del asalto, pero esa ventaja podía ser efímera.

Así que aprovechó aquellos segundos de engañosa calma para girar sobre sus patines y alejarse de allí con un movimiento fluido y decidido, como si estuviera patinando en el aire, rogando para desafiar la ley de la gravedad el tiempo suficiente para desaparecer de su vista.

Aún sentía cada músculo de su cuerpo vibrar por la mezcla de enfado, excitación y adrenalina, y apenas podía evitar una sonrisa triunfante.

Cada impulso, cada metro que ponía entre ellos seguía impregnado del recuerdo del calor de sus manos, de la presión de sus labios y de esa tensión eléctrica que aún crepitaba en su cuerpo.

En parte… porque todavía llevaba sobre ella el calor y el aroma de la chaqueta de su traje, que en aquel punto no tenía ninguna intención de devolverle.

— Mamma mía —murmuró para sí con una sonrisa traviesa—. Menudo desastre de noche…, ¡y cuánto me ha gustado!