Rivales con derecho a roce Prólogo #3
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Prólogo #3

No lo pensó. Mientras él se centraba aún en limpiarse, le puso la chaqueta de gorro e intentó escabullirse por el único lateral libre, pero los patines no estaban hechos para huidas elegantes.

Ni siquiera había logrado avanzar un metro cuando una mano de hierro se cerró alrededor de su muñeca, provocando que la copa que aún sujetaba cayera y se hiciera añicos.

—¡Eh! —protestó e intentó recuperar su brazo con fuerza, sin demasiado éxito.

El tirón la hizo perder el equilibrio y acabó girándose hacia él y cayendo en sus brazos…, de nuevo.

—¿A dónde crees que vas? —gruñó, bajando la voz—. Aún no te has disculpado.

Arizona alzó la barbilla, desafiante, y lo miró a los ojos, aunque el pulso le latía con una traición escandalosa bajo la piel.

— Ha sito la tua culpa .

—A ver si te he entendido —entrecerró los ojos—. Déjame traducirlo… Tú eres la que vas corriendo por los pasillos subida en esas cosas, medio desnuda y con una copa en la mano, ¿y la culpa es mía? —Una sonrisa peligrosa curvó sus labios—. ¿De qué psiquiátrico te has escapado?

Uf, debía salir de allí antes de mandarlo al carajo en un idioma muy clarito.

Intentó que la soltara, pero solo consiguió que la atrajera aún con más fuerza, esta vez usando las dos manos. Sintió cómo el vino de su camisa terminaba empapando la suya y torció el gesto.

—¿A que no es nada agradable? —se burló él, dejando claro que había sido premeditado—. No me parece justo que tú sigas limpia.

—¡ Imbezille !

—Sí, eso ya lo dijiste —sonrió a medias—. Ahora repite conmigo: lo siento, discúlpame .

—Ja.

—Muy internacional, pero no es lo que te he pedido.

—¡ Tu sei un ritardato mentale ! —Estaba a puntito de usar contra él todos los insultos que conocía, que eran muchos y abarcaban varios idiomas.

—Te estás ganando una lección de las grandes —declaró él, con los ojos cargados de algo mucho más peligroso que la furia contenida.

Por alguna razón absurda, el cuerpo de Arizona respondió a aquella mirada con un calor sofocante e irracional.

— Tu parli molto .

—¿Sí? —replicó con un tono mordaz—. ¿Crees que hablo mucho?

Arizona frunció el ceño. ¿La había entendido? Y él pareció leerle la mente.

—¿Prefieres que encuentre otra forma para ganarte mis disculpas que… no implique hablar?

—¡No! —casi graznó para preservar su dignidad, aunque su cuerpo gritaba algo muy distinto.

—Qué bien capiscas ahora, ¿no? —se burló con acidez.

«Mierda, maldito 007 de las narices».

Forcejeó de nuevo, pero solo consiguió que él girara con ella en brazos hasta acorralarla contra la pared.

Arizona tragó saliva. Volvía a estar demasiado cerca como para… que su cuerpo no estuviera haciendo ya la ola frente a tanta testosterona.

—Así que… —murmuró él—, ¿vas a escoger la disculpa en palabras o…?

—¡ Porca miseria ! —escupió furiosa. No sabía muy bien qué significaba, pero siempre la había oído pronunciada con ese mismo tono de cabreo.

La carcajada del tipo la pilló desprevenida. Lo fulminó con la mirada, lo que pareció divertirlo aún más.

—¿De qué parte de Italia eres? —preguntó, sin disimular su diversión—. Porque sabía que tenía oxidado mi italiano, pero no creía que tanto. De verdad tienes un acento muy raro.

Arizona apretó los dientes, irritada.

«¡Mi acento italiano es perfecto, pedazo de gilipollas en versión inglesa!».

Lo miró con furia contenida, consciente de que cualquier cosa que añadiera en aquel momento le saldría en un idioma claro y cristalino. Todo lo que intentara decir en italiano rozaría la parodia.

Aquel tipo la ponía muy nerviosa. ¿Y por qué demonios irradiaba tanto calor? Su cuerpo era como una enorme estufa humana que empezaba a calentarle la sangre de un modo alarmante.

—Así que… —insistió él—, con respecto a esas disculpas…

—¡ Sei un idiota ! —Intentó zafarse de nuevo

Él entornó los ojos, evaluándola como si fuera un problema matemático especialmente irritante, y se aseguró de que no tuviera escapatoria posible.

—Eres muy terca —replicó molesto—. Hasta hace un segundo, me habría conformado con un lo siento .

Le miró los labios y el pulso de Arizona se disparó.

—Ahora quiero mucho más.

Hasta el último momento, ella creyó que aquello solo era una amenaza vacía…

…pero no.

Cuando fue consciente de que iba en serio, la famosa neurona descarriada se demoró apenas una décima de segundo en poner al resto de su parte, justo lo que tardó él en llegar hasta sus labios y abrirse paso dentro de su boca.

«Mierda, debería estar prohibido que alguien tan gilipollas bese tan bien». Aquel fue el último pensamiento lógico que pudo hilvanar.

El choque de calor, sorpresa y deseo le borró cualquier atisbo no solo de protesta, sino de cordura. Sus labios eran firmes, seguros, demasiado expertos, y se movían sin un leve titubeo. La invasión dentro de su boca fue lenta, calculada, como si supiera con exactitud cómo desarmarla.