Prólogo #2
Varias risas divertidas sonaron muy cerca, y una de las cocineras se atrevió a susurrar:
—Acaba de preguntarle si está tan enfadado porque tiene el pene pequeño.
Sí, correcto, por alguna razón desconocida, entre las pocas palabras de italiano que había aprendido estaban los insultos, algunos tan sutiles como ese.
Pero ya se había divertido suficiente. Aprovechó el desconcierto del tipo para batirse en retirada, rogando para hacer el mutis perfecto antes de dar un traspié.
—¡Eh, trae esa copa aquí! —alcanzó a escuchar desde la cocina mientras salía por la puerta.
¡Ja! Ni loca. Se merecía degustar hasta el último sorbo, y más después de lo que había tenido que soportar para conseguirla.
Salió disparada de la cocina, intentando a duras penas mantener la copa de vino llena, llevándola en alto, como si fuera un trofeo de guerra.
El pasillo se extendía ante ella, interminable y traicionero, pero en ningún momento se le ocurrió detenerse y arriesgarse a que aquel ogro le arrebatara su preciado tesoro.
Cada paso era un pequeño milagro que confiaba en que durase algunos segundos más…
…y justo cuando empezaba a creer, ilusa, que aquella vez ganaría la partida, el destino decidió intervenir.
Al doblar en un recodo, se topó de frente con lo que, por un instante, le pareció un muro de ladrillos.
Se tambaleó, la copa osciló de forma peligrosa y por un segundo creyó que iba a terminar estampada contra el suelo, hasta que unos brazos fuertes la rodearon, sosteniéndola con precisión y firmeza.
—¡ Mamma mía ! —susurró para sí, con la mirada clavada en la copa que aún sujetaba en alto y que, de alguna manera casi sobrenatural, aún conservaba el vino.
Se le escapó un pequeño sonido de triunfo, orgullosa de aquella proeza digna de aplauso, y solo entonces se permitió apartar la vista del vino para mirar al tipo que acababa de salvarla del desastre.
Y casi sin pretenderlo, la misma expresión volvió a brotar de sus labios, aunque esta vez con una connotación bien distinta.
—Oh, ¡ mamma mía !
Frente a ella estaba el tipo más impresionante que había visto jamás.
Elegante, impecable, con una presencia que no necesitaba presentación y una mirada capaz de atravesarte hasta el tuétano sin pedir permiso.
No era solo atractivo, parecía diseñado por alguien que sabía con exactitud cómo hacer que una mujer temblara de anticipación y deseo de la cabeza a los pies con solo mirarla.
Sobre todo cuando te miraba como si fueras lo único que quería degustar durante el resto de la fiesta.
Bajo la luz artificial del pasillo no podía distinguir de qué color eran sus ojos, pero el brillo con el que la admiraba resultaba cegador.
El estallido de pura lujuria que recorrió su cuerpo fue tan intenso que no advirtió en qué momento dejó de prestar atención a la copa que aún sostenía… hasta que la inclinó sin querer y el vino se derramó, generoso e implacable, sobre la impoluta camisa blanca de su salvador.
Arizona parpadeó, embobada, y necesitó unos segundos para comprender por qué él había pasado de mirarla igual que si fuera parte del menú a apartarla a un lado con brusquedad, como si acabara de descubrir que el primer plato eran aquellas cagarrutas que repartían en bandejas.
Él bajó la vista hacia su ropa con visible disgusto y luego volvió a mirarla, recorriéndola de arriba abajo por primera vez con atención real. Ya no había admiración en sus ojos, sino una mezcla peligrosa de sorpresa, incredulidad… y un enfado incipiente que crecía a toda velocidad.
—Ni siquiera voy a preguntar —declaró el tipo en un tono bajo, cargado de una ira contenida que se palpaba en el aire.
— Io… eh…
La mirada de reproche que recibió en respuesta la silenció al instante. ¿Qué demonios le pasaba? Como diría su madre, ¿en qué momento se le había comido la lengua el gato?
«Hablando de lengua…, seguro que este tipo sabe darle muy buen uso a la suya», pensó, mordiéndose el labio inferior de forma involuntaria.
Y aquel gesto pareció molestarlo aún más.
—Creo que se ha equivocado de fiesta, señorina —sentenció sin rodeos—. El show de patinadoras strippers es en el palacete de al lado.
Arizona suspiró con teatralidad mientras recuperaba por completo la compostura.
«Genial. Igual de guapo que de gilipollas. Una lástima».
Ahora muy molesta, esbozó una amplia sonrisa que de ser solo un poco más tensa le haría competencia al Joker. Y, para que todo quedara en familia, se convirtió en Harley Quinn.
Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró de frente, sin bajar la barbilla, evaluándolo con una mezcla calculada de descaro y desafío.
Era inglés. El acento británico resultaba demasiado evidente. Y por el porte y el gesto altivo con el que la miraba ahora, no le extrañaría nada que también ostentara algún título de rancio abolengo como muchos de los invitados.
Sus ojos recorrieron el atractivo rostro masculino con lentitud deliberada, cargados de prejuicios que no se molestó en esconder, deteniéndose apenas un segundo de más en su boca, en el gesto rígido de su mandíbula, en la arrogancia que parecía llevar cosida a la piel.
Lo escrutaba con una mirada afilada, burlona, cargada de un desdén insolente. Lo estaba juzgando con la misma frialdad con la que él acababa de despreciarla y, desde luego, sin la menor intención de disculparse, algo que él pareció leer al vuelo.
—Ni se te ocurra mirarme como si la culpa hubiera sido mía —exigió cada vez más molesto.
Arizona respiró hondo antes de responder.
En cualquier otro momento habría soltado alguna fresca sin pensarlo dos veces, pero no se le ocurrían con tanta naturalidad en italiano, y antes muerta que salirse de su personaje.
Si lograba superar a aquel pedante manteniendo su papel, sería como ganarse un Óscar, así de simple.
—Maldita sea, voy a tener que subir a cambiarme —siguió protestando el tipo frente a su silencio.
«Así que tiene una habitación en el palacete», se dijo Arizona mientras intentaba mantener la compostura y lo escuchaba murmurar entre dientes, malhumorado.
—Tendré que quitarme el traje entero.
«Eh…, vale, eso no suena nada mal», respondió su lado lascivo por ella, y torció el gesto. Inglés, imbécil, estirado, pero…
Carraspeó resignada. Sí, lo que venía después del pero podía ser un problema. Le costó no llenar su mente de imágenes demasiado explícitas.
El tipo puso sobre ella una mirada cargada con una mezcla de cinismo y arrogancia, como si pudiera leer sus pensamientos.
—¿Te ha dado un aire o qué? —preguntó entre dientes—. Porque aún no te he escuchado disculparte.
Arizona sonrió con una calma peligrosa.
— Oh, gracie mille —respondió irónica.
Él frunció el ceño, desconcertado, pero sin perder ni un ápice de autoridad.
—¿Me das las gracias por salvarte de caer?
— No, por recordarme que sei un imbezille —declaró sin contención.
«Vestido o desnudo», pensó, pero aquello no lo dijo.
Sintió que sus ojos la taladraban de un modo que la obligaba a mantener la mirada.
—¿Acabas de insultarme?
— Non capisco …
—Tú capiscas lo que te da la gana, me parece —replicó mientras se quitaba la chaqueta del traje.
Arizona fue incapaz de apartar sus ojos de él.
Su neurona indecente estaba en modo puñetero y empeñada en contagiar al resto.
Sin remedio, observó cómo los hombros y el torso se definían bajo la camisa blanca y la tela se pegaba a cada músculo como si estuviera hecha a medida.
Recordó el impacto del choque unos minutos antes, la fuerza con la que sus brazos la habían sostenido, y una mezcla de admiración y deseo recorrió su espalda.
La camisa parecía delinear cada línea de su cuerpo atlético: abdomen firme, pecho fuerte, brazos que hablaban de poder contenido…
Su respiración se aceleró sin que pudiera evitarlo.
Cada segundo que él se movía, deslizaba o ajustaba la camisa, Arizona se mordía el labio, luchando para mantenerse en modo camarera italiana , mientras aquella maldita neurona se empeñaba en recordarle…
que quizá añadir pilingui a la ecuación era una cuestión a considerar.
—¡Pero qué mierdas te pasa! —murmuró para sí, molesta, desviando la mirada al fin mientras buscaba el mejor lugar para escabullirse, pero aquel anuncio de condones ambulante ocupaba casi todo el pasillo.
Ahora él se concentraba en intentar limpiarse la camisa con un pequeño pañuelo de mano.
Lo frotaba sobre el vino con evidente frustración, sin lograr más que extender la mancha.
Sin alzar la cabeza, le tendió la chaqueta a Arizona, esperando que la sujetara para poder moverse con más soltura.
Ella no reaccionó. No movió un solo dedo.
Cuando él alzó por fin la vista, el reproche estaba ya escrito en sus ojos.
—¿La mímica tampoco la entiendes? —gruñó, cada vez más irritado—. Esa es universal.
—Io no…
No llegó a terminar. Él le agarró el brazo con impaciencia, le colocó la chaqueta contra el pecho y cerró sus dedos sobre la tela, obligándola a sujetarla.
El gesto fue rápido, seco… y demasiado cercano.
—¡Eh! —intentó protestar.
—Quizá deberías ponértela antes de pillar una pulmonía —sugirió él, con un cinismo tan pulcro como su dicción.
Arizona apretó los dientes. Cada segundo que pasaba tenía más ganas de pegarle. Sí, su aspecto dejaba bastante que desear en ese momento, pero aquel tipo no tenía ningún derecho a amonestarla. ¿Quién demonios se creía que era?
Y, sin embargo, allí estaba ella. Haciendo de perchero humano mientras luchaba contra el impulso absurdo y peligroso de llevarse la prenda a la nariz para aspirar su aroma.
Y para colmo, a punto de reventar por no poder decirle todo lo que se le pasaba por la cabeza con la verborrea afilada que la caracterizaba.
Maldito italiano improvisado.
Maldito él.