Rivales con derecho a roce Prólogo
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Rivales con derecho a roce

Rivales con derecho a roce

Por Keily Fox

© inepub.com

Prólogo

Santa Carla, California

Aquella no había sido, ni de lejos, la idea más brillante de su vida. Estaba segura de que cuando Stanislavski hablaba de mimetizarte con el personaje, no se refería a terminar en el hospital.

En algún punto entre ponerse unos patines, agarrar una bandeja e infiltrarse de camarera en un palacete durante una fiesta de compromiso, Arizona debió escuchar a esa vocecita interior que le advertía de que aquello tenía todas las papeletas para acabar en desastre…

…un desastre inminente, dada la velocidad que estaban alcanzando aquellas ruedas sobre el resbaladizo suelo de mármol del pasillo que daba acceso a la atestada cocina.

—Ay, Dios… —murmuró, preparándose para aterrizar de la forma menos humillante y dolorosa posible.

Por suerte, llevaba la bandeja vacía. Si es que se le podía llamar suerte al hecho de que fuera a pegarse un hostiazo de los que hacen historia.

De milagro, logró esquivar al camarero que salía de la cocina cargado con una bandeja de algo que, por el aspecto, debía de ser carísimo…

y absolutamente incomestible. Le habría gustado tener tiempo para hacer un comentario ingenioso al respecto, pero se conformó con que aquel montón de cagarrutas de lujo no acabaran desparramadas sobre su cabeza.

Cuando aún trataba de decidir si gritar pidiendo socorro o encomendarse a alguna virgen, al fondo del extenso pasillo divisó un perchero repleto de abrigos que de repente parecieron abrirle los brazos con vocación maternal.

Con la repentina esperanza de conservar todos los dientes, se enfiló hacia él, y durante un glorioso segundo creyó que lo lograría.

Y empezaba a estar agradecida con la vida cuando un pequeño derrape para esquivar un panecillo solitario desató el caos: trastabilló, agitó la bandeja como si estuviera espantando moscas y acabó estampándose contra el perchero.

Los abrigos amortiguaron el impacto lo justo para que quedara colgada de ellos un instante antes de deslizarse al suelo y pegarse un culetazo monumental, hasta quedar sepultada bajo una avalancha de lana, cachemira y dignidad ajena.

—¡ Mamma mía ! —resopló para quitarse una pluma de la cara, esbozando una sonrisa de puro alivio cuando estuvo segura de que no se había roto nada esencial.

Suspiró resignada mientras se miraba en la bandeja metálica, que le devolvió un reflejo demasiado cómico de sí misma como para no reírse.

La peluca rubia, estilo Cleopatra de saldo, se le había torcido hasta quedar ladeada en un ángulo imposible; había perdido una de las enormes pestañas postizas y el pintalabios se le había corrido lo justo para parecer recién salida de una película porno de bajo presupuesto.

Prefirió no pensar en cuál de aquellas prendas carísimas llevaría ahora, orgullosa y sin permiso, una muestra gratuita de su barra de labios rojo pasión primaveral .

Se apresuró a recolocarse la peluca, se arrancó la pestaña postiza que le quedaba y limpió el pintalabios corrido, todo con una precisión que rozaba lo milagroso, hasta que recordó que, durante la caída, su camisa se había enganchado en un paraguas y varios de los botones habían salido volando en estampida.

Comprobó el desastre con cierta alarma. Solo habían sobrevivido los dos botones centrales, lo que mostraba un canalillo considerable y dejaba parte del abdomen y el ombligo al descubierto tras improvisar un nudo.

Desde luego, el disfraz cumplía con su cometido. Nadie diría que bajo aquel desastre se escondía una de las actrices de teatro musical más reconocidas de todo Estados Unidos. Por suerte para su reputación, claro.

Se puso en pie ayudándose con el único abrigo que quedaba colgado en el perchero.

El trasiego de camareros entrando y saliendo de la cocina unos metros más allá parecía ajeno del todo a su desventura.

Podría haberse escornado contra la pared y aquella gente seguiría repartiendo sus mini canapés de boñiguitas a tutiplén, incluso esquivando los sesos desperdigados por el suelo.

Comprobó su ropa y torció el gesto. La falda, que ya de por sí era más corta de lo que le habría gustado, parecía ahora más un simple cinturón, como si tanta piel al descubierto hubiera asustado a la tela hasta hacerla encoger de forma alarmante.

—Ay, la leche —murmuró—, he pasado de ser una camarera patinadora… a una camarera patinadora pilingui.

Y en versión italiana, se recordó ahora, un detalle fundamental del papel que no debía olvidar, algo que para alguien con manías tan americanas no era tarea fácil.

—No me he matato de milagrato —susurró con un acento italiano casi perfecto.

Se le daba bien imitar acentos. Escuchándola, nadie diría que no era oriunda de la mismísima Roma. Al menos, nadie que tuviera la menor idea de italiano, claro, porque hablar lo que se decía hablar…, a lo sumo conocía unas veinte palabras, el resto se las inventaba por el camino…

…y su camino solo había llegado hasta aquel perchero.

Sería mejor que se fuera a casa antes de hacerse un daño irreversible, algo que, para colmo, pudiera impedirle comenzar los ensayos oficiales de la obra para la que se estaba preparando.

Suspiró y tuvo que admitir que en aquella ocasión había llevado su método de interpretación demasiado lejos.

Por norma, se mimetizaba tanto con sus personajes que no siempre era fácil encontrar a la Arizona real bajo ellos, pero acabar magullada, medio desnuda y colgando de un perchero ajeno no solía figurar en el proceso creativo.

Además, no debía olvidar que había pedido un favor enorme para poder estar allí y no quería dejar mal a Sarah ni meterla en problemas.

Aquella era la fiesta de compromiso de la propia Sarah con Rob, dos de los mejores amigos de su hermano, celebrada en el palacete de la familia paterna de ella, una estirpe británica con más antepasados con títulos nobiliarios de los que Arizona podría recordar sin bostezar.

Al otro lado de aquellas paredes se congregaba una multitud de apellidos largos e impronunciables, mezclados, de forma casi milagrosa, con los amigos del futuro novio, entre ellos su hermano, que habían llegado hasta allí a lomos de sus motos custom y que, sin duda, cambiarían la música de pianoforte que sonaba en aquel instante por cualquier acorde rasgado en una guitarra eléctrica.

Sonrió al recordar el gesto de incomodidad de todos ellos cuando un mayordomo inglés, vestido como un pingüino con nómina vitalicia, les había abierto las puertas de mármol del sofisticado palacete.

Arizona estaba segura de que ninguno de ellos habría puesto un pie en aquel sitio de no ser tan importante para Rob, con el que no compartían sangre, pero sí cicatrices, lealtad y la certeza de que ninguno dejaría caer al otro.

Por un día, habían cambiado sus vaqueros y cazadoras de cuero por algo más apropiado, pero no sentirse fuera de lugar en un sitio como aquel, como ciudadanos de a pie, seguía siendo una misión imposible.

Ella misma se sentía mucho más cómoda vestida de… lo que demonios fuera que pareciera en ese momento que teniendo que salir a aquel salón de baile y enfrentarse a miradas altivas, títulos nobiliarios y copas de champán sostenidas con juicios silenciosos.

Una vez más, se centró en el desastre en el que se había convertido su uniforme de camarera y soltó otro largo suspiro.

«¿Por qué demonios he dejado mis botas en el coche?», se lamentó. En aquel momento se moría de ganas de pisar suelo firme.

Se planteó la posibilidad de quitarse los patines allí mismo y salir caminando descalza hasta la calle, pero se obligó a no sucumbir. En escena jamás podría abandonar su papel así, de modo que aquello de el espectáculo siempre debe continuar también se aplicaba a aquel momento.

Avanzó con cuidado por el pasillo. Los patines, recién domesticados tras días de moratones y juramentos, parecían tener vida propia sobre aquel maldito suelo, que estaba segura que alguien había embadurnado de aceite aposta, quizá con intención de recomendarle a su primo odontólogo antes de que acabara la noche.

Estuvo a punto de chocar con el camarero que salía ahora de la cocina con una bandeja cargada de copas de vino y blasfemó para sí.

—Oh, joder, escuse mua .

«Eso es francés, ¡mierda!», se lamentó.

—¿Está bien, señorita? —interrogó el hombre—. Antes me pareció verla caerse, pero…

—Pero tenías que salir con las cagarrutas, capisco .

—¿Disculpe?

—Eh…, niente —carraspeó, ya agotada, y miró la bandeja—. Sería geniale una copitale .

—¿Quiere una copa de vino? —La miró como si se hubiera vuelto loca de remate, alejando la bandeja de ella igual que si fuera una leprosa en cuarentena—. Esto es para los invitados. El servicio no puede…

Lo dejó hablando solo. Ya estaba harta. Incluso los camareros parecían resignados a su papel de plebeyos; se largaba de allí justo en ese instante, pero antes…

Se coló en la cocina, buscó una botella de vino, localizó una copa y se la llenó hasta arriba del que le pareció el más caro de todos.

—¡ Molto bene ! —suspiró tras probarlo.

—¡Tú, descerebrada! No puedes beberte el vino —la increpó un tipo con el delantal diferente al de todos los demás, que supuso sería el mandamás.

La chica sonrió con candidez frente al gesto hosco.

— Mi spusi, io no capisco .

—El vino.

— Squisito, grache .

—Sí, imagino —bufó exasperado—, ¡pero es para los invitados!

Arizona le devolvió un gesto de inocencia.

— Io no sono invitata .

—Eso ya lo sé —la miró de arriba abajo—. Ay, mi madre, si pareces una pilingui .

Fingiendo cierta confusión, Arizona le devolvió una mirada asombrada.

—¿La sua mamma e una…?

—¡No! —masculló el hombre indignado—. Rubia y tonta, no falla nunca.

—¿ La tua mamma ? —sonó desconcertada.

—¡Tú!

Arizona bebió de su copa, ahora un poco preocupada por la vena que comenzaba a hinchársele al tipo en la sien, pero la cantidad de faltas de respeto acumuladas le impidieron acobardarse del todo.

— Scusi, calmati , sei enfatato —le hizo gestos con las manos—. ¿ E a causa del pene piccolo ?

—¿Qué? —la miró confuso—. ¡No te entiendo, pero…!