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Mataría a todo el mundo solo por ti
RITTER
Solté un suspiro mientras entraba a la ducha de la habitación de Brisa. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo mientras apoyaba las manos contra la pared.
Y pensé. Demasiado. En la organización. En mis hermanos.
En todo lo que habíamos perdido.
En todo lo que todavía podíamos perder.
De repente, tensándome por un segundo, sentí unas manos rodearme la espalda y entrelazarse sobre mi abdomen. Las reconocí de inmediato.
Era Brisa.
Se suponía que dormía.
—Mierda, preciosa...
—Extrañaba mucho poder tocarte así —susurró ella, apoyando la mejilla contra mi espalda mientras sus dedos recorrían lentamente la piel de mi abdomen hasta detenerse sobre el tatuaje.
El tatuaje que llevaba su nombre.
Por un instante, solo me quedé así, con los ojos cerrados, las manos apoyadas en la pared, la cabeza agachada y su mejilla descansando contra mi espalda.
Solo por un segundo me permití sentirla cerca. Sentir el calor de su cuerpo. Sentir que seguía viva. Que seguía allí conmigo.
—Deberías estar dormida —le respondí finalmente, sin moverme.
—Estoy cansada de estar en la cama, Ritter —susurró—. ¿Podrías mirarme?
Brisa retiró lentamente los brazos de mi cintura y apartó la mejilla de mi espalda. Todavía con el agua cayendo sobre mí, me giré despacio.
Ella se había quitado la bata del hospital y, al igual que yo, estaba desnuda. El agua caía sobre su cuerpo, empapándole el cabello y haciendo que varios mechones se le pegaran al rostro. También se había quitado las vendas antes de entrar a la ducha.
Por suerte, ya no se veía tan pálida.
Pero, por un instante, no fui capaz de verla a ella. Solo vi las heridas. Las cortadas seguían inflamadas, rojizas, profundas. Algunas comenzaban a cerrar. Los moretones continuaban marcando su piel y, sobre su pecho, seguía grabada la palabra que Harper le había dejado.
Sentí cómo se me endurecía la mandíbula. Odiaba esas marcas. Odiaba haber llegado tarde. Odiaba que Brisa nunca me hubiera dejado protegerla. Ni con Liar, ni con Merina, y ahora menos con Harper.
—No deberías estar aquí, Brisa... —murmuré con la voz tensa.
Ella dio un paso hasta quedar frente a mí. Luego levantó una mano y me sujetó la barbilla, obligándome a mirarla directamente a los ojos. Sus ojos oscuros y perfectos. Los mismos que habían conseguido destruir todas mis malditas barreras y hacerme sentir algo que ni yo mismo entendía.
—No quiero que por esto... —Su mano descendió hasta rozar una de las cicatrices de su rostro—... por esto me desprecies.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Ni siquiera puedes mirarme a la cara. No puedes ver todas las cicatrices. —Tragó saliva y vi una inseguridad que jamás pensé ver en ella—. ¿Te doy asco? ¿Ya no te gusto? Entiendo que ya no me vea como antes, te prometo que...
La tuve que interrumpir antes de que continuara. Tomé su mano, la que me sostenía el rostro, y la llevé directamente a mi polla dura. Estaba tan dura que me dolía.
Ella jadeó, sorprendida.
—Joder, preciosa, ¿cómo puedes pensar siquiera que no me gustas o que me das asco? Mira cómo me tienes. Mira cómo estoy por ti. ¿No es suficiente para demostrar que me vuelves loco?
Ella sonrió, satisfecha, y entonces se inclinó hasta poder sostener mi rostro entre sus manos y pegar su boca a la mía. Me empujó hasta que quedé pegado a la pared, envolvió sus manos en mi cuello, todavía de puntillas, y profundizó el beso.
El agua seguía cayéndonos encima y, sinceramente, nos importaba una mierda.
—Te necesito como no tienes una idea... —susurró ella contra mis labios antes de separarse unos centímetros. Pareció ver la preocupación en mi rostro porque añadió—: No me harás daño, de verdad... estoy bien.
No tenía la fuerza de voluntad para alejarme y pretender que no la necesitaba y que no la deseaba como un enfermo obsesionado, así que, en cuestión de segundos, quien estaba contra la pared era ella.
Mi boca encima de la suya, de nuevo. Mis manos en su cintura, pegándola a mí. El beso volviéndose más violento.
Sin dejar de besarme, deslizó una de sus manos por mi abdomen y sostuvo mi polla entre sus manos. La movió de arriba a abajo con una lentitud que me estaba matando. Gruñí contra su boca y, al igual que ella, deslicé mi mano por su abdomen y toqué su intimidad.
No supe cuánto tiempo pasó. Solo supe que tuvo que alejarse un momento de mi boca para gemir.
Se me escapó un gruñido cuando ella movió la mano con mayor rapidez.
―Quiero arrodillarme ―susurró entre jadeos; mis dedos todavía seguían tocándola―. Y tomarlo todo en mi boca.
Ella gimoteó cuando metí dos de mis dedos en su interior.
Brisa se arrodilló sin dejar, en ningún momento, de mirarme. Su mano volvió a mi polla y jugueteó con ella. Luego, se la llevó hasta la boca y se la metió tan profundo que emití un gruñido de placer, y ella, una arcada.
Bajé la mirada para encontrarme la unión de mi polla entrando y saliendo de su boca. Sus ojos fijos en los míos, volviéndose blancos de vez en cuando. Sus dos manos en mi cintura, haciendo que mi polla se enterrara cada vez más profundo.
Gruñí llevando mi mano hasta su cabello, recogiéndolo en una coleta y marcando mi propio ritmo, follándome su preciosa boca con fuerza, justo como le gustaba.
Brisa gimió con fuerza cuando me enterré más profundo en su boca.
―Vamos, Schatz ―gruñí extasiado, cerrando los ojos por un segundo―. Demuéstrame que eres mía.
Sonrió contra mi polla, lamió y yo perdí el poco control que tenía.
―De pie ―ordené. Ella lo hizo, limpiándose la comisura de la boca con sus dedos―. Date la vuelta, inclina ese culo para mí y agárrate de la pared.
Lo hizo sin dudar.
Me acerqué a ella, deslizando mis dedos por todo su precioso cuerpo. Brisa gimió cuando sostuve su culo entre mis manos y lo abrí para mí antes de arrodillarme. Su intimidad quedó ante mí, tan malditamente mojada, palpitante y necesitada que la polla se me hinchó mucho más.
Ella gimió con fuerza cuando acerqué mi boca, aspirando su olor. Era jodidamente embriagador.
―Tenerme en la boca te moja de una forma impresionante, Brisa ―gruñí, abriéndola más para mí. Brisa había inclinado el culo hacia arriba y se sostenía con fuerza de la pared.
―Joder, sí ―gimió cuando mi lengua hizo contacto directo con su intimidad; se sostuvo con más fuerza de la pared―. Sí, sí, sí.
Gruñí contra su intimidad metiendo dos de mis dedos en su interior, follándola con mis dedos, con mi lengua, con todo lo que tenía. Ella gimió, se restregó contra mi cara, se sostuvo de la pared como si su vida dependiera de ello.
—Ritter —alcanzó a decir entre gemidos y jadeos desesperados—. Fóllame, por favor, fóllame ya.
—¿Eso quieres, amor?
—Sí, te lo suplico. Por favor.
Saqué mis dedos de su interior al mismo tiempo que me ponía de pie. Subí mi mano por su cuerpo y rodeé su cuello con ella, apretando.
Y con mi otra mano libre me acomodé en su entrada y me enterré en su interior de golpe. Duro. Ella gimió con fuerza.
Yo gruñí, extasiado, contra su oreja.
―Te juro que mataría a cualquiera que intentara quitarme esto ―ella gimió contra la pared―. Mataría a todo el mundo solo por ti, Ritter.
Cerré los ojos con fuerza.
—No tienes idea de lo jodido que me tienes —gruñí—. Porque yo también mataría a todo el mundo solo por ti, Brisa.
Ella gimió cuando aumenté totalmente la brutalidad con la que me la estaba follando. Su cuerpo golpeaba contra la pared de la ducha, mi mano sostenía su cuello con fuerza, y ella... joder, ella gemía complacida moviéndose junto a mí.
―Ahora saldré de tu interior, te girarás hacia mí y me dejarás follarte mirándote a los ojos ―susurré, con la voz tan ronca de... necesidad pura.
Me salí de su interior y la giré hacia mí. Su cabello se había pegado a su cara, su boca estaba entreabierta, extasiada. Joder, se veía preciosa.
―¿Duro o suave?
Ella tragó con dificultad.
―Como si fuera tu peor enemiga.
Y entonces Brisa me pegó a su cuerpo y me besó. Ella envolvió sus manos alrededor de mi cuello y, sin dejar de besarme, envolvió sus piernas a ambos lados de mi cintura, pegándose a la pared. Se alejó solo un segundo para ella misma introducirme en ella.
Sin dejar de mirarla y con la fuerza que sabía que le gustaba, me enterré en su interior una vez más, con fuerza, con ganas, con necesidad. Brisa gimió contra mi boca y pegó nuestras bocas de nuevo.
brISA
Debí alejarme de él cuando me di cuenta de lo iguales que éramos. Pero no lo hice. Y, la verdad, ya no me creía capaz de hacerlo.
Lo nuestro, realmente, no tenía nada de racional. Ritter Meyer no era un protagonista. Yo estaba muy lejos de serlo también. Él era el jodido villano.
Un asesino que, unas veces, mataba por trabajo y, otras, porque simplemente podía hacerlo.
Estaba completamente jodido. Igual que yo.
Dejé escapar el aire por la nariz y me quedé observándolo mientras terminaba de ponerse el uniforme del DI. El negro le sentaba de maravilla.
Se ajustó la chaqueta con movimientos mecánicos, se colocó la funda del arma en la cintura y revisó el reloj de su muñeca. Todo con esa precisión enfermiza que tenía para hacer cualquier cosa.
Sus hombros estaban demasiado tensos. Su mandíbula no dejaba de apretarse. Y llevaba varios minutos evitando mirarme.
—¿Todo va bien? —pregunté con genuino interés.
Ni siquiera levantó la vista mientras respondía:
—Sí. Todo está bien.
Mentiroso. Era un pésimo mentiroso cuando se trataba de mí. Podía engañar a una organización entera, infiltrarse en cualquier lugar, inventarse diez identidades distintas y sostenerlas durante años. Pero conmigo... jamás. Lo conocía demasiado bien.
Y la forma en la que respiraba, la rigidez de su espalda y el ligero temblor con el que terminó de acomodarse el uniforme decían exactamente lo contrario. Algo estaba pasando. Y no me lo estaba contando.
Abrí la boca para replicar, pero la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. Estaba en ropa interior y, evidentemente, eso le importó una mierda.
Navaja cruzó la habitación en un par de zancadas.
Llevaba el mismo uniforme negro del DI que Ritter.
El cabello revuelto. Las cicatrices de su rostro parecían mucho más marcadas.
Pero no era eso. Era la forma en la que caminaba. La forma en la que me miraba. La forma en la que sonreía.
No era Navaja. Era Loyd Meyer.
Todo sucedió demasiado rápido.
Antes de que pudiera moverme, me empujó contra la pared con una fuerza que me arrancó el aire de los pulmones. Su mano rodeó mi cuello de inmediato, inmovilizándome sin llegar a estrangularme, pero dejando muy claro que podía hacerlo si quería.
Su rostro quedó a escasos centímetros del mío.
Podía sentir su respiración mezclándose con la mía. Sus ojos... ya no eran los de Navaja. Habían perdido cualquier rastro de calma. Solo quedaba algo oscuro. Frío. Depredador. Me observaban como si estuvieran intentando decidir qué hacer conmigo.
—Na... Navaja... —intenté pronunciar mientras sujetaba su muñeca con ambas manos.
Inútil. Ni siquiera conseguí moverla un centímetro.
Una sonrisa torcida apareció lentamente en sus labios.
—No vuelvas a llamarme así... —murmuró con una calma escalofriante—. Navaja no está aquí. Llámame Loyd.
—Loyd...
Él me interrumpió.
—Me importa una mierda que a Navaja le importes.
A mí no me importas en absoluto —se quedó callado un segundo—.
Solo sé que quiero matarte por todo el daño que hiciste...
y por todo el que todavía vas a hacer. ¿Amenazarla?
Oh, joder, qué límite más jodido has tocado. Es intocable. Carolina es intocable.
Abrí la boca. Le iba a responder. Pero no alcancé a pronunciar una sola palabra. Un brazo apartó a Loyd de mí de un tirón tan brusco que su mano abandonó mi cuello de inmediato.
Ritter.
Lo empujó hacia atrás sin apartar los ojos de él y se colocó entre los dos, obligándome a quedar a su espalda.
—Tócala... —La voz de Ritter sonó baja, peligrosamente calmada—. Tócala otra vez y se me va a olvidar que eres mi hermano. Vuelve a ponerle una mano encima a mi mujer... y te mato.
Loyd soltó una risa baja, ladeando la cabeza.
Los dos se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Ninguno retrocedió. Ninguno parpadeó.
Parecían dos depredadores decidiendo cuál de los dos atacaría primero.
Asomé la cabeza por detrás del hombro de Ritter y sonreí con diversión.
—¿Ves? —murmuré, disfrutando demasiado de la escena—. Tócame... y él te mata.