EPÍLOGO
brISA JONES
Un año después
Empecé esta historia diciendo que extrañaba a la Brisa Jones de antes.
La verdad era otra. No la extrañaba en absoluto. Me gustaba muchísimo más la mujer en la que me había convertido.
Sonreí mientras contemplaba el escenario frente a mí.
El suelo estaba cubierto de sangre.
Los hombres que habían intentado proteger a Paul yacían muertos alrededor del almacén. Algunos seguían con los ojos abiertos, inmóviles. Otros aún se ahogaban lentamente en su propia sangre. El olor a pólvora, hierro y muerte impregnaba cada rincón del lugar.
Y, en el centro de todo aquel desastre... Paul Miller. Atado a una silla. La cabeza inclinada hacia un lado. El cuerpo completamente destrozado después de horas de tortura. Estaba muerto.
Pensé que sentiría más satisfacción cuando llegara este momento. Pero la verdad... solo sentía calma. Una tranquilidad enfermiza. Había esperado demasiado para cobrar aquella traición.
Un año. Un puto año.
Giré la cabeza hacia Ritter. Permanecía apoyado contra una de las columnas del almacén, con un vaso de whisky entre los dedos, como si aquello fuera una reunión cualquiera y no una ejecución.
Observó el cadáver de Paul durante unos segundos. Después me miró a mí. Y sonrió. Era esa sonrisa torcida, oscura y peligrosa que solo existía cuando estábamos completamente solos.
La misma que me dedicó el primer día que nos conocimos. La misma con la que me recibió cuando fui hasta su habitación del centro de rehabilitación. La misma que apareció cuando lo busqué después de matar a Liar. La misma con la que me observó mi primera noche en el psiquiátrico.
—Espero que mi regalo de cumpleaños te haya gustado, amor.
Sonreí, encantada. Dejé caer el cuchillo ensangrentado sobre el cemento y caminé hasta él.
Rodeé su cuello con los brazos y dejé un beso lento sobre sus labios.
—Me encantó —susurré—. Te amo, Ritter Meyer. Te amo de la forma más enferma que existe... pero te amo.
Él apoyó la frente contra la mía.
—Y yo te amo a ti, Brisa Jones. —Rozó mi nariz con la suya—. No hay lugar para escapar de este caos.
—Somos tú y yo hasta el final —prometí.
Entrelazó sus dedos con los míos y volvió a mirar el cadáver de Paul.
—Debo admitir que esperaba que tardaras un poco más en matarlo.
Me encogí de hombros.
—Me aburrí.
Él soltó una risa baja.
—Sigues siendo desesperadamente impaciente.
Nuestros ojos volvieron a encontrarse.
Y durante unos segundos todo desapareció. Los cadáveres. La sangre. El olor a muerte. Solo quedábamos nosotros. Amándonos y deseándonos de la forma más enferma que existía.
Hasta que el sonido metálico de varios cerrojos rompiéndose al mismo tiempo llenó el almacén. No hizo falta girarme para saber quiénes eran.
Los desertores del DI.
Los hombres que habían decidido seguir al consejo después de traicionar a Ritter. Los mismos que llevaban meses cazándome. Según ellos, yo era un peligro demasiado grande para seguir con vida.
Qué ironía.
Decenas de armas apuntaban directamente a mi cabeza.
No me moví. Ni siquiera pestañeé.
Solo seguí mirando a Ritter. Él levantó lentamente la vista hacia ellos.
Y toda calidez desapareció de su rostro.
Ya no estaba viendo al hombre que me besaba y que me decía que me amaba. Estaba viendo al líder del DI. Al monstruo. Al hombre capaz de exterminar un ejército entero por proteger aquello que consideraba suyo. Yo era suya. Y era capaz de todo por mí.
Su voz atravesó el almacén como una sentencia:
—Bajen las putas armas ahora mismo —ordenó.
Me rodeó por la cintura. Su cuerpo quedó entre el mío y todas las armas—.
Si alguno de ustedes comete la estupidez de dispararle a mi mujer...
los voy a matar yo mismo. Pero primero voy a cazarlos.
Voy a encontrar a cada uno de ustedes. Y voy a asegurarme de que rueguen por una muerte que nunca llegará.
Todos bajaron las armas de golpe.
Sonreí. Me encantaba cuando hablaba así.
Levanté mi mano todavía cubierta de sangre y volví a entrelazar nuestros dedos.
—Parece que tendremos que volver a ensuciarnos las manos, amor.
Ritter giró el rostro hacia mí. Esa sonrisa volvió. La que solo existía para mí.
—Nunca dejaron de estarlo, amor.
Sonreí.
—Entonces... —Apreté su mano—. Destruyamos el mundo juntos.