32 #2
Ella creía que ese era mi diagnóstico verdadero.
Lo vi en sus notas cuando las revisé. Carolina estaba convencida de que el TLP no era mi diagnóstico real, que solo lo había utilizado como una herramienta más para victimizarme, para que las personas vieran a una chica rota en lugar de ver lo que realmente había detrás.
Y, en parte, Paul tenía mucho que ver con ese diagnóstico «falso». Él había sido quien ayudó a construir esa versión de mí. La chica inestable. La chica herida. La chica que necesitaba comprensión.
Carolina estaba en lo correcto con una cosa: el diagnóstico que todos conocían no era el verdadero.
Pero la verdad era mucho más complicada.
Porque no era solo uno.
Eran dos.
Trastorno narcisista de la personalidad.
Y trastorno antisocial de la personalidad. Psicopatía.
La definición era bastante clara: «Los depredadores sociales que encantan, manipulan y se abren paso sin piedad en la vida; carecen por completo de conciencia y sentimientos por los demás, toman egoístamente lo que quieren y hacen lo que les place, violando las normas y expectativas sociales sin el más mínimo sentimiento de culpa o arrepentimiento».
Supongo que mi vida quedó marcada desde mucho antes de que pudiera entenderlo. Mi infancia. Mi familia. Todo lo que perdí. Todo lo que me hicieron. Todo eso creó algo dentro de mí. Lo guardé dentro de mí por mucho tiempo. Pero ya era momento de dejarlo salir.
Aprendí a mentir. A fingir. A construir versiones diferentes de mí misma dependiendo de quién estuviera frente a mí. Aprendí a interpretar emociones que no siempre sentía y a decir exactamente las palabras que las personas necesitaban escuchar. Una doble vida perfecta. Una máscara perfecta.
Algo que, incluso después de tantos años, seguía sorprendiendo a los psiquiatras que tuvieron el placer —o la desgracia— de estudiarme.
De nuevo, y solo por un segundo, pensé en Ritter. Era capaz de matar a un ejército completo si se lo pedía. Y nada me gustaba más que eso. Era fascinante. Excitante. Peligroso. Y, sobre todo, era mío.
La idea me provocaba una satisfacción difícil de explicar.
Me quejé internamente. Ya estaba demasiado cansada de mantener los ojos cerrados, de no poder moverme y de pasar todo el maldito día fingiendo ser una estatua rota. Mi cuerpo estaba agotado, sí, pero mi mente seguía funcionando perfectamente.
De hecho, había tenido una idea bastante brillante: fingir que estaba más grave de lo que realmente estaba para poder escuchar cualquier conversación que ocurriera a mi alrededor. Y había descubierto algo bastante interesante.
Navaja.
Su trastorno disociativo de la personalidad. Así que... había conocido a una de sus dos personalidades. La amable. La que parecía más humana. La que todos preferían.
Carolina seguía en la habitación. Podía escucharla perfectamente. El sonido de su lengua chasqueando con molestia. Sus respiraciones fuertes, cargadas de frustración.
Me quejé otra vez. Todo mi cuerpo dolía. Mi rostro. Mis heridas. Cada maldito músculo parecía recordarme lo que había pasado.
Pero, sinceramente, no me importaba demasiado mi estado. Había miles de formas de borrar esas marcas, de recuperar mi piel, de volver a verme como antes. El cuerpo era algo que podía arreglarse. Siempre había soluciones para eso.
Mi verdadero problema era otro.
Tenía que encontrar la forma de hacer que Carolina dejara de meterse en mis asuntos.
Debía hacer algo para que ella dejara de...
—Abre los ojos, Brisa —escuché de repente.
Era la voz de Carolina. Su tono estaba cargado de gracia, burla y esa inteligencia molesta que siempre parecía usar para analizarme.
No me moví. Seguí interpretando mi papel.
—¿Quieres seguir fingiendo que no has despertado frente a los demás? —continuó—. Está bien. Pero abre los ojos y hablemos. Tenemos mucho que hablar.
Sus pasos se acercaron lentamente. Y después sentí el golpe directo en mi hombro. El dolor explotó por todo mi cuerpo. Fue intenso. Muchísimo más de lo que esperaba.
Por un segundo, mi mente me pidió reaccionar. Abrir los ojos. Quejarme. Hacer algo. Pero no lo hice. Me quedé exactamente igual.
—Brisa Jones...
Y no esperó a ver si decidía obedecer. Carolina simplemente se acercó, tomó una almohada y comenzó a ahogarme con ella.
No podía seguir fingiendo.
Intenté apartar la almohada de mi rostro, y cuando finalmente lo hice, la encontré frente a mí.
Carolina estaba inclinada sobre la cama, con las cejas profundamente hundidas y el rostro cargado de una rabia que no intentaba ocultar.
—Mierda, hija de... —murmuró entre dientes—. Sabía que estabas despierta.
La observé durante unos segundos. Había algo curioso en ella. La mayoría de las personas se alejaban cuando descubrían quién era realmente. Carolina no. Ella se acercaba más. Como si quisiera comprobar hasta dónde llegaba mi oscuridad.
—Si lo sabías, ¿por qué no se lo dijiste a nadie? —pregunté con curiosidad.
Intenté sonreír, pero el dolor en mi rostro me lo impidió, así que simplemente la miré.
Carolina frunció los labios y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Quería hablar en privado contigo.
—Soy toda oídos —murmuré.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —preguntó molesta—. Estás acabando con medio mundo por donde pasas, Brisa. ¿Eso te hace feliz?
La miré en silencio. Pensé en todas las personas que habían muerto. En Joe. En Merina. En Liar. En Harper.
—No —mentí.
Carolina soltó una pequeña risa sin humor.
—Mírate. Estás destrozada, Brisa. Casi mueres. Hay un montón de gente muerta para salvarte. Incluso Joe. Te cuidaba mucho. Te amaba. —Sus ojos se endurecieron—: Pero dime algo... ¿realmente había que salvarte de algo?
—Creo que supones demasiado, Carolina —respondí finalmente.
Ella me sostuvo la mirada.
—Y yo creo que tú te crees demasiado —me respondió—. Crees que tienes a todos a tus pies. Que todo el mundo te venera, que eres como una jodida diosa.
La observé sin decir nada durante unos segundos.
—¿Y no es así? —pregunté con una pequeña sonrisa.
Carolina ni siquiera dudó.
—No —zanjó—. No eres nadie, Brisa. Y me encargaré de que todos vean la mierda que eres. Te lo juro.
Su seguridad casi me hizo gracia. Casi.
—¿En serio crees que alguien te hará caso? —cuestioné, mirándola directamente—. Te ves patética en esta faceta de defensora de todos.
Por un segundo solo me fijé en ella. Tenía el cabello recogido en una coleta alta, el rostro perfectamente arreglado y llevaba el uniforme del DI.
Sabía perfectamente qué era. Sabía que Ritter la lideraba, sabía lo que representaban y, sinceramente, agradecía que estuvieran de mi lado.
Porque tener a una organización como esa en tu contra podía convertirse en un pequeño problema.
—Joe murió, Hansel se está volviendo loco... —dijo con molestia—. ¿No te importa eso?
Me encogí de hombros.
—Tú sabes la respuesta.
Carolina apretó la mandíbula.
—No sé qué ve mi hermano en ti.
Sonreí ligeramente.
—¿Mi encanto natural? ¿Mi belleza? ¿Mi inteligencia? —enumeré con diversión—. ¿No te parece interesante?
Ella no sonrió.
—Me parecen interesantes muchas cosas —murmuró con calma.
Incliné un poco la cabeza.
—¿Ah, sí?
Carolina dio un paso más hacia mí.
—Sí. Me parece interesante cómo consigues que todos crean que eres una víctima mientras destruyes todo lo que tocas.
—Su voz no tembló—: Me parece interesante cómo Ritter, que siempre fue incapaz de necesitar a alguien, ahora no puede respirar si no estás cerca.
—Silencio—: Me parece interesante cómo Navaja encontró una razón para volver a ser humano después de años escondido detrás de Loyd.
—Sus ojos se clavaron en los míos—: Y me parece todavía más interesante cómo tú, Brisa Jones, una persona que asegura no necesitar a nadie, has conseguido convertirte en el punto débil de cuatro personas.
—Ten cuidado —susurré.
—¿Es una amenaza?
—No. Es un consejo. —La miré fijamente—: Las personas que buscan demasiado dentro de mí suelen terminar encontrando cosas que no pueden manejar.
Carolina soltó una pequeña risa.
—Ese es tu problema, Brisa. —Se inclinó ligeramente hacia mí—: Crees que todos tienen miedo de lo que eres. Pero yo no.
Y por primera vez, fui yo quien dejó de sonreír.
—Qué curioso el hecho de que Paul dijera, en medio de un ataque de pánico, que ibas a matarlo. —Carolina ladeó la cabeza, estudiándome—. ¿Por qué quieres matarlo?
No tardé en responder.
—Por lo obvio. Es su culpa mi estado actual.
Ella soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor, y se inclinó hacia mí.
—¿Y no era eso lo que tú querías? —Sus ojos se clavaron en los míos—: ¿No querías que Paul te llevara hacia Harper? ¿No era ese tu plan?
Por un instante no dije nada. Y entonces sonreí. Como pude, ignorando el dolor de mi rostro, formé una sonrisa lenta, maliciosa.
—Te lo dijo —deduje.
Carolina no apartó la mirada.
—¿Y qué esperabas? —respondió con tranquilidad—. Fui la única persona capaz de ayudarlo. La única persona a la que no pudiste manipular a tu antojo.
Incliné ligeramente la cabeza.
—¿Estás segura de eso?
Por primera vez, Carolina sonrió. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa de desafío. Me mostró sus perfectos dientes y su expresión cambió por completo.
—Pruébame. —Hizo una pausa—: Vamos, Brisa Jones. Prueba tu poder de manipulación conmigo.
La observé. Era interesante. Muy interesante.
—Estás aquí —susurré, sonriendo—. Sentada conmigo, en esta habitación, diciéndome que sabes todo sobre mí. ¿Sigues creyendo que no lo hice?
Carolina caminó hasta la pequeña mesa que estaba junto a la cama. Tomó una carpeta que descansaba encima y volvió hacia mí. No dijo nada. Solo me la lanzó.
La atrapé con ambas manos. No necesitaba verla para saber qué era. Pero aun así la abrí.
Mi sonrisa se mantuvo.
Era mi historia clínica psiquiátrica real. La que Paul había guardado. La que explicaba quién era realmente. No la versión conveniente. La verdadera.
Pasé la primera página lentamente.
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