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Necesidad
brISA
¿Suerte o desgracia? Quería saber exactamente qué significaba el hecho de que Paul Miller siguiera con vida.
No sabía si considerarlo una suerte o una desgracia.
Porque, sinceramente, me llenaba de una rabia casi incontrolable saber que esa mierda seguía respirando en algún lugar del mundo, viviendo como si nada hubiera pasado.
Como si no me hubiera traicionado. Como si no hubiera decidido jugar con mi vida.
No me importaba que me hubiera llevado hasta Harper. De hecho, eso era lo que ambos habíamos acordado. Era parte del plan.
Lo que me importaba, lo que realmente me cabreaba hasta un punto que no podía explicar, era que me hubiera traicionado una vez estuvimos allí. Que hubiera dejado de seguir mis órdenes. Que hubiera decidido cambiar las reglas cuando todo dependía de él.
Tampoco me importaba una mierda que mi hermana hubiese amenazado a su familia. Para otras personas, como Carolina, eso era una justificación suficiente. Ella siempre encontraba una razón para entender las decisiones de los demás. Pero yo no era Carolina.
A mí, sinceramente, no me importaba si su familia vivía o moría.
Era cruel. Lo sabía. Pero en ese momento no sentía culpa. Serían un simple y necesario daño colateral.
Paul tenía una única misión. Una sola: seguir el puñetero plan. Era simple. Era perfecto. Pero Paul no hizo lo que acordamos. Paul Miller no hizo una mierda de lo que habíamos planeado un mes antes de mi llegada al psiquiátrico. Un mes antes de que todo comenzara.
Cuando le pagué para que se convirtiera en mi psiquiatra. Cuando lo convertí en mis ojos y mis oídos dentro del psiquiátrico.
Porque yo sabía algo que los demás no. Conocía a mi hermanita.
Sabía cómo pensaba. Sabía que Harper no iría directamente por mí.
Primero buscaría a alguien que tuviera información personal sobre mi vida.
Alguien que pudiera llevarla hasta mí. Y Paul Miller era exactamente eso: el hombre perfecto para acercarla a mí.
Lo único que tenía que hacer era cumplir su parte.
Pero falló.
Y por su culpa, todo se salió de control.
«Debes de estar muy confundido, querido lector. Tranquilo, te lo voy a explicar todo. Toma asiento, consigue una taza de café y pongámonos al día.»
Antes de ingresar al psiquiátrico ya sabía que Harper Peterson existía.
Esa hermana en Italia que mis padres habían abandonado.
Lo descubrí una noche cuando escuché a mi madre llorar.
No era un llanto normal; era de esos que nacen cuando una persona lleva demasiado tiempo cargando con una culpa que no puede soportar.
La escuché pedirle a Dios que la perdonara por lo que había hecho.
Se justificaba una y otra vez diciendo que eso era lo que ella había creído correcto.
Que eso era lo que su esposo le había dicho que debía hacer.
Que no había otra opción. Entre lágrimas y súplicas mencionó el nombre del lugar donde había dejado a Harper.
Y después de eso... la verdad fue bastante fácil de descubrir.
No voy a mentir diciendo que no me impresionó cuando la vi por primera vez.
Estaba sentada en una mesa de una cafetería en Italia.
Junto a ella estaba Marga. Esa vez, antes de incluso matar a Liar, viajé hasta Italia únicamente para comprobar con mis propios ojos si las fotografías que había conseguido el detective privado eran reales.
Necesitaba verla. Necesitaba saber si todo aquello era cierto. Y lo era.
Ella era igual a mí. No parecida: igual. Éramos trillizas.
Todo lo que había dicho era verdad.
Pero había algo que Harper nunca supo. Yo la conocía desde antes de que ella siquiera supiera de mi existencia. Yo ya sabía quién era. Sabía que estaba con Marga. Sabía que algo estaba planeando. Y no me fue difícil descubrirlo.
Harper era inteligente. Nunca diría lo contrario. Sabía manipular, sabía esconder sus intenciones y sabía esperar el momento correcto.
Pero tenía que admitir algo: yo era mejor. Porque mientras ella intentaba descubrir quién era yo... yo ya estaba estudiando quién era ella.
Robé el número del novio de Harper del bolso de Marga y me hice pasar por mi hermana. Aprendí a ser ella. De la misma forma en la que ella, sin saberlo, había aprendido a ser como yo.
El idiota de su novio ni siquiera sospechó. Aunque, siendo justa, tampoco tenía muchas posibilidades de hacerlo. Durante semanas estudié cada detalle de Harper. Sus gestos. Su forma de hablar. La manera en la que caminaba. Cómo reaccionaba cuando estaba molesta. Cómo sonreía. Cómo mentía.
Y así, con la ayuda de su estúpido novio, descubrí cada uno de sus planes a futuro. Cada movimiento. Cada intención. Cada paso que pensaba dar.
Después llegaron las amenazas. Las fotografías. Las pruebas del asesinato de Liar entregadas a la policía.
Y nada de eso me sorprendió.
Harper estaba haciendo exactamente lo que creía que debía hacer. Estaba llevando el juego hasta donde ella quería. Hasta el psiquiátrico Santuario. Me quería ahí. Y entendía perfectamente por qué.
Ritter. Sus hermanos. Joe. Hansel. Todos ellos eran piezas importantes dentro de su venganza.
Y yo era el centro de todo. Así que la dejé hacerlo.
Dejé que creyera que estaba un paso por delante de mí.
Dejé que se convenciera de que me tenía completamente controlada.
Fingiría que no sabía nada. Que no tenía la menor idea de su existencia.
Que no sabía quién era la persona que estaba moviendo los hilos detrás del desastre que llegaría con su aparición.
Sí, sabía que algunas cosas podían salir mal. Sabía que Harper utilizaría métodos que involucrarían a otras personas. Que habría daños. Que algunas personas podrían salir heridas. Incluso muertas.
Pero, siendo completamente sincera... no me importaba demasiado. Porque yo también tenía un objetivo. Yo también tenía un plan.
Solo necesitaba sentarme, esperar y dejar que Harper creyera que finalmente me tenía en sus manos. Porque cuando alguien cree que ha ganado... es cuando más fácil es destruirlo. Quería hacer con ella lo mismo que hice con Merina: desaparecerla.
No la quería caminando por el mundo con mi rostro. Ya había tenido suficiente con una persona usando mi cara. No iba a permitir una segunda vez. No soportaba la idea de que alguien más pudiera verse como yo.
Pero entonces confié en la persona equivocada. Confié en Paul Miller.
Y ese fue mi error. Yo no amenacé a su familia. La verdad, ni siquiera tuve que hacerlo. Convencerlo fue bastante sencillo. Paul quería creer que estaba haciendo lo correcto, que de alguna forma podía controlar la situación y que podía jugar a dos bandos sin pagar las consecuencias.
Estaba furiosa. No era solo por lo que hizo; era por la forma en la que lo hizo. Paul me engañó de la peor manera posible. Muy probablemente, mientras tomaba sus decisiones, pensaba que Harper podía vencerme. Que ella tenía una oportunidad. Que, al final, él estaría a salvo de mí.
Qué ingenuo.
¿Por qué no le dijo a Harper que yo ya sabía quién era? ¿Por qué no le contó que conocía toda esa patética historia que ella pensaba usar para sorprenderme?
No tenía ni la más mínima idea.
Durante todo el tiempo que Harper me hizo daño, durante cada segundo en el que pensé que podía morir ahí dentro, hubo una sola cosa que ocupó mi mente: salir, encontrar a Paul, arrancarle la lengua, hacerlo pagar por su traición.
Pensé en mi adorado Ritter. En la forma en la que me miraba. En la forma en la que había estado dispuesto a destruirlo todo por mí.
Sabía exactamente qué haría cuando volviera a encontrar a Paul.
Porque también sabía que el noble Paul Miller regresarí́a.
Volvería para ayudarme. Volvería creyendo que podía compensar lo que hizo.
Creyendo que unas cuantas buenas acciones borrarían una traición. Pero algunas cosas no funcionan así.
Ritter estaba dispuesto a matar por mí.
Y Paul... Paul me había hecho daño.
¿No era eso suficiente?
Desde el inicio, cuando vi entrar a Paul en la caverna, cuando entendí lo que estaba sucediendo y cuando vi la disculpa reflejada en su rostro, solo hubo una cosa completamente clara para mí: quería matarlo. No había dudas. No había espacio para perdonarlo.
Ritter y yo éramos... una sola cosa.
Ni siquiera necesitaba explicarle lo que quería. Él lo sabía. Siempre lo sabía. Bastaba una mirada, un gesto, un silencio demasiado largo. Él habría querido ver muerta a la persona que me llevó hasta ese lugar. Él habría querido destruir a quien me hizo daño.
Ay, Paul... supongo que nunca imaginaste que al traicionarme también estabas traicionando al peligrosísimo Ritter Meyer. Y esa fue tu peor decisión.
Y aquí entramos en otro punto importante: Carolina.
Nunca fue un misterio para mí saber que yo no era de su agrado. Sabía que cualquier cosa que tuviera que ver conmigo sería cuestionada por ella. Sabía que no importaba lo que hiciera, siempre encontraría una razón para señalarme.
Y, sinceramente... me gustaba. Me gustaba porque Carolina era diferente al resto.
Ella no veía a la chica rota. No veía a la víctima.
No veía a la Brisa que necesitaba ser salvada.
Ella veía lo que realmente era. Ella, entre todas las personas, era la única capaz de mirar directamente hacia mí y no apartar la vista.
La única que entendía que detrás de cada sonrisa, cada lágrima y cada silencio había algo más.
Algo que los demás preferían ignorar. Porque Carolina sabía la verdad.
Sabía que yo no era inocente. Sabía que no era la persona que todos querían creer que era.
Sabía exactamente qué había dentro de mí.
Trastorno narcisista de la personalidad.