RITTER 31 #3
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Finalmente dejó escapar lentamente todo el aire que sus pulmones habían estado reteniendo y abrió los ojos.

La fotografía seguía entre sus manos. La única fotografía que tenían de su hermana. La única prueba de que alguna vez había existido antes de convertirse en otra víctima.

Tenía dieciséis años cuando desapareció. Era una niña. Su cabello era de un rubio oscuro, exactamente como el de Ava. Sus ojos eran oscuros, heredados de Zelig. Incluso en una simple fotografía podía verse que había algo de ambos en ella. Era hermosa. Demasiado hermosa.

Apartó la mirada de la fotografía y observó la habitación. Seguían allí. En la misma habitación de la clínica.

Un día había pasado y Brisa continuaba exactamente igual. Sin despertar. Sin reaccionar.

Esta vez, quien ocupaba el lugar junto a la ventana era Navaja.

Permanecía completamente quieto, mirando hacia el exterior con esa expresión distante que Carolina conocía demasiado bien. No sabía qué estaba pasando por su cabeza, pero podía verlo: la mandíbula tensa, el ceño fruncido, los labios apretándose constantemente.

Navaja siempre había sido el más difícil de leer. El que escondía todo detrás del silencio. Se veía tan ajeno y tan diferente en aquella posición que Carolina se permitió observarlo con detenimiento.

Era extraño verlo así. Porque Navaja no se parecía en nada a la otra parte de sí mismo.

Él era más amable. Más empático. Más humano.

Brisa había tenido suerte de conocer esa versión de él y no la otra.

La que todos temían. La que incluso sus propios hermanos sabían que era capaz de convertirse en algo mucho más peligroso.

Se llevó las manos al rostro y se frotó los ojos antes de sentarse.

Ya no llevaba el uniforme del psiquiátrico.

Lo había cambiado por el del DI. Completamente negro.

Las iniciales de la organización estaban marcadas en la parte trasera y en el hombro derecho.

Era sencillo, práctico y hecho para el tipo de trabajo que realizaban.

Hacía casi dos años que no lo usaba. Y hacía demasiado tiempo desde la última vez que había llamado a Navaja por su verdadero nombre.

Así que, por alguna razón, sintió la necesidad de pronunciarlo.

—Loyd Meyer —lo llamó desde su lugar.

El cuerpo de Navaja se quedó completamente quieto. La tensión apareció en sus hombros antes de que siquiera se girara. Finalmente, se giró y sus ojos encontraron los de ella.

—Ese nombre solo significa caos, muerte y dolor.

Carolina se humedeció los labios y sonrió. Porque conocía esa mirada. Conocía esa voz. Conocía a la persona detrás de todo eso. Y, siendo completamente sincera, Loyd Meyer seguía siendo demasiado atractivo incluso con aquella expresión fría e indiferente en el rostro.

—Pues sí —respondió con tranquilidad—. Loyd Meyer es todo eso que dijiste y justamente eso es lo que lo hace tan... peculiar. Y peligroso. Y difícil de olvidar.

Navaja ladeó ligeramente la cabeza, mirándola con esa mezcla de aburrimiento y burla que siempre lo caracterizaba.

—No sabes lo que dices.

Carolina soltó una pequeña sonrisa. Porque claro que sabía. Más que nadie.

—Yo conozco tu peor faceta, Loyd —susurró—. Conozco esa parte de ti que todos intentan ignorar. Y aun así sigo aquí.

Por primera vez en mucho tiempo, el rostro de Navaja pareció cambiar. Una mínima grieta en esa máscara perfecta.

—Es hora de que Loyd vuelva —continuó Carolina—. Lo sabes.

Navaja se tensó. Después volvió a mirar hacia la ventana. El silencio cayó sobre la habitación. Y Carolina supo exactamente lo que estaba ocurriendo.

Estaba en transición.

La parte de él que había mantenido dormida durante tanto tiempo estaba regresando. Loyd estaba volviendo.

Durante unos segundos no pasó nada. Solo permaneció quieto, completamente inmóvil, como si estuviera peleando una batalla dentro de su propia mente.

Entonces se giró hacia ella. Y Carolina supo que ya no era Navaja.

Sus ojos eran diferentes. Más oscuros. Más fríos. Más peligrosos.

Su postura había cambiado completamente. Su espalda estaba más recta, sus hombros más firmes y la forma en la que observaba la habitación no era la de alguien que simplemente miraba. Era la de alguien que analizaba. Que buscaba amenazas. Que calculaba cada detalle.

Llevó una mano hasta su cabello y lo desordenó con tranquilidad, casi como si estuviera acomodándose después de despertar de un largo sueño. Las cicatrices de su rostro parecian encajar perfectamente con él. Loyd Meyer no necesitaba levantar la voz para intimidar. Su presencia hablaba por él.

Primero dirigió la mirada hacia Brisa. La observó durante unos segundos, en silencio. Después sus ojos viajaron hasta Carolina.

Y entonces sonrió. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa torcida. Peligrosa. Una que Carolina conocía demasiado bien.

—Hola, Schön —murmuró.

Loyd también llevaba el uniforme del DI. Todo negro.

Ella sonrió ligeramente.

—Hola, Schön.

Él extendió una mano hacia ella, invitándola a acercarse.

—¿Willst du deine Liebe nicht begrüßen?

Carolina soltó una pequeña sonrisa antes de tomar su mano.