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El sobre del psiquiátrico era, con diferencia, el más voluminoso. Estaba lleno de fotografías, informes, nombres, fechas y mapas del lugar. Había imágenes de cada pabellón, de casi todos los internos, de los médicos, del consejo administrativo, de los donantes y, especialmente, del Rector.
También había decenas de fotografías de una joven llamada Joe. Su expediente ocupaba casi una carpeta completa.
Fue entonces cuando comprendieron el motivo. El Rector utilizaba el psiquiátrico como una fachada. Lo que hacía con Joe no era un caso aislado. Era un patrón.
Elegía a las internas más vulnerables, abusaba de ellas, las manipulaba y, cuando dejaban de servirle, las vendía al mejor postor. Pero aquello era la superficie. Mientras seguían leyendo, los hermanos Meyer descubrieron algo mucho peor.
El psiquiátrico Santuario jamás había sido un centro de rehabilitación. Era una tapadera. Un lugar construido para esconder una red de crímenes que involucraba al Rector, a parte del personal médico, a miembros del consejo y a varios donantes con enorme poder económico.
Las últimas páginas resumían el verdadero negocio del lugar en una sola frase: Trata de mujeres con fines de explotación sexual.
Y fue en ese instante cuando los cuatro comprendieron cuál era la misión que Zelig y Ava Meyer nunca habían podido terminar.
Había hombres poderosos involucrados. Políticos.
Doctores. Sacerdotes. Personas con influencia y dinero suficiente para comprar silencio.
Ellos pagaban por aquellas chicas. Las convertían en sus pertenencias, en sus víctimas privadas, en sus exclusivas fuentes de placer.
¿Y qué ocurría cuando alguna de ellas hablaba?
¿Cuando alguna intentaba revelar lo que realmente sucedía dentro del psiquiátrico?
La respuesta era simple: las eliminaban.
El psiquiátrico Santuario no era solo un lugar lleno de secretos. Era una organización criminal escondida detrás de una institución. Y ahora era el siguiente objetivo del DI.
Era su objetivo.
En los archivos encontraron que Ava Meyer tenía planeado ingresar como maestra dentro del psiquiátrico y que Zelig lo haría como guardia de seguridad.
Ellos serían los encargados de infiltrarse.
Pero con su muerte, todo cambió. El plan original desapareció.
Y los únicos que quedaban para terminar aquella misión eran ellos: sus hijos.
Porque todo ese tiempo Zelig y Ava no los habían entrenado simplemente para sobrevivir. Los habían preparado para el DI.
Gracias a sus conocimientos y habilidades, los cuatro hermanos Meyer lograron entrar en la unidad avanzada de la organización, donde perfeccionaron todo aquello que ya dominaban y aprendieron mucho más.
Ritter, por ser el mayor, asumió el liderazgo inmediato de la organización.
Durante dos años no hicieron otra cosa que prepararse.
Aprendieron más de cinco idiomas. Llevaron sus habilidades físicas y mentales al límite.
Cumplieron misiones para el DI. Ganaron reconocimientos.
Acumularon experiencia. Se convirtieron en expertos dentro de las áreas que la organización necesitaba: Psiquiatría, Medicina forense y Tecnología, Abogacía Criminalística y Criminología.
Cada uno se especializó en algo diferente. Cada uno se convirtió en una pieza necesaria. Se volvieron la excelencia. Una combinación de inteligencia, entrenamiento y violencia perfectamente controlada.
Un mes antes de ingresar como internos al psiquiátrico Santuario, Alaric, quien había permanecido junto a ellos desde la muerte de sus padres, apareció con un nuevo sobre entre las manos. Uno que cambiaría todo.
Una de las internas utilizadas dentro de la red de trata de personas era la hija biológica de sus padres. La hija que Zelig y Ava habían perdido años atrás. Ella había salido una noche a divertirse con unas amigas y nunca volvió. Fue secuestrada.
Tiempo después, Zelig descubrió la verdad: el psiquiátrico Santuario estaba detrás de su desaparición.
Un alto funcionario se había encaprichado con ella.
La quería para él. Pero, por supuesto, jamás imaginó quiénes eran sus padres.
No sabía que la chica que había convertido en una víctima pertenecía a la familia Meyer.
No sabía que acababa de enfrentarse a dos de las personas más peligrosas que existían dentro del DI.
Porque Zelig y Ava Meyer eran leyendas incluso antes de morir.
Entonces, todo estaba listo para su ingreso al hospital psiquiátrico.
Tenían la tapadera perfecta. Eran expertos en infiltración.
Eran sospechosos de asesinato. Y los cuatro tenían diagnósticos psicológicos que supuestamente estaban siendo tratados, algo que no era extraño dentro del DI.
La organización incluso contaba con un área especializada en psiquiatría para tratar a sus propios miembros.
Era la coartada perfecta. El DI movió todas sus influencias. Reabrieron el caso de asesinato de Zelig y Ava Meyer. Manipularon pruebas. Construyeron una historia creíble, una donde los cuatro hijos adoptivos eran los principales sospechosos de haber asesinado a sus propios padres.
No se sorprendieron cuando el juez terminó ofreciéndoles el psiquiátrico como destino. Era exactamente lo que habían planeado.
Y así comenzó todo: su infiltración.
Ritter, Rayner y Carolina tenían el perfil perfecto para sobrevivir dentro del psiquiátrico.
Eran inteligentes. Calculadores. Peligrosamente observadores.
Sabían cómo leer a las personas, cómo manipular situaciones y cómo conseguir información sin levantar sospechas.
Sabían cómo hacerse notar, cómo crear alianzas, cómo construir un sistema dentro del caos, cómo convertirse en líderes.
Navaja era una de las piezas más importantes, aunque nadie lo supiera.
Para el resto del mundo, ellos no tenían nada que ver entre sí.
Eran demasiado diferentes, demasiado opuestos, demasiado separados como para imaginar que existía algún tipo de vínculo entre ellos.
Y después entendieron lo efectivo que eso era.
Navaja podía investigar cosas que ellos jamás podrían.
Era así de simple: Ritter, Rayner y Carolina eran quienes atraían todas las miradas.
Eran los rostros visibles, los que provocaban reacciones, los que generaban rumores y sospechas.
Navaja era diferente. Él existía entre las sombras.
Era el último nombre que alguien relacionaría con ellos.
Incluso podían imaginar la historia: una rivalidad.
Cuatro personas que no se soportaban. Cuatro individuos demasiado distintos para estar del mismo lado.
Y todos la habrían creído, porque nadie podía imaginar la verdad: que los cuatro eran uno solo. Que eran hermanos. Que destruirían el mundo entero si eso significaba salvar a uno de ellos. Que si uno caía, los otros tres caerían detrás.
Eran los hijos de Zelig y Ava Meyer. Eran una unidad. Eran una amenaza.
Solo les faltaban unos meses de investigación cuando Brisa Jones ingresó al psiquiátrico Santuario. Al principio acordaron dejarla fuera de todo. No involucrarse. No alterar la misión. Ritter incluso prometió mantenerse alejado de ella.
Pero entonces el Rector puso sus ojos sobre Brisa. Y todos entendieron lo que eso significaba. Ella sería la siguiente. La próxima Joe.
Y eso fue suficiente para que algo dentro de Ritter cambiara. Su instinto tomó el control. No fue una decisión planeada. No fue una orden del DI. Ni siquiera fue algo que alguien tuviera que pedirle. Simplemente no pudo ignorarlo.
Ritter Meyer, el hombre que había pasado años aprendiendo a controlar cada emoción, cada impulso y cada reacción, perdió el control por ella. Y no le importó desafiar al consejo de la organización. No le importó poner la misión en riesgo. Lo hizo. Y siguió haciéndolo.
Porque Brisa Jones se convirtió en la única cosa capaz de hacer que Ritter olvidara quién se suponía que debía ser.
Así fue como la misión cambió. La investigación quedó en segundo plano. El verdadero propósito de su llegada tuvo que esperar. Y todo por una persona.
Carolina suspiró.
El objetivo seguía esperando. Y ellos tenían todo lo necesario para terminarlo. Tenían pruebas. Demasiadas. Pero, sin duda, el video de Joe era la pieza más importante de todas. La prueba que podía destruirlo todo.
Esa era su última jugada. Aunque el golpe final no sería simplemente exponerlos.
No. El verdadero golpe sería ir por cada una de esas chicas.
Sacarlas de ese lugar. Darles la oportunidad de tener una vida lejos de todo aquello.
Y después hundir a todos esos malditos enfermos que habían creído durante años que podían hacer lo que quisieran sin consecuencias.
La rabia dominaba a Carolina cada vez que pensaba en ello.
Cada vez que revisaba una prueba. Cada vez que veía un documento nuevo.
Cada vez que pensaba en su hermana. Aquella chica cuyo rostro solo habían visto en fotografías.
Una persona que nunca habían abrazado, nunca habían escuchado reír y nunca habían tenido cerca. Pero que, aun así, querían.
Porque ellos habían recibido el amor, la protección y la familia que a ella le habían arrebatado.
Carolina volvió a suspirar y pensó en Navaja y en su otra personalidad. Esa versión de Navaja que no dudaba. Que no sentía miedo. Que podía caminar directo al infierno y regresar sin mirar atrás. Esa era la persona que necesitaban.