30 #3
Desde que Brisa puso un pie en el psiquiátrico, todo empezó a desmoronarse. Perdimos personas. Perdimos la tranquilidad. Perdimos el verdadero motivo por el que habíamos llegado allí.
Y no podía evitar hacerme una pregunta que me carcomía por dentro.
¿De verdad todas esas muertes le dolían a Brisa? ¿O simplemente las veía como el precio inevitable para llegar hasta Harper?
Porque, por más que quisiera pensar lo contrario... había momentos en los que estaba convencida de que, desde el primer día, Brisa solo había tenido un objetivo: encontrar a Harper. Y que todo lo demás... incluso nosotros... habíamos sido únicamente piezas en el camino hacia ella.
¿Queríamos encontrar un culpable por la muerte de Joe? ¿Por qué no empezábamos por Brisa?
La chica que, por más desastres que dejara a su paso, siempre terminaba siendo perdonada. Siempre aparecía alguien dispuesto a defenderla.
Las justificaciones cambiaban. El resultado era siempre el mismo. Pero... ¿de verdad existía una justificación para todo? ¿Para Merina? ¿Para Liar? ¿Para el caos que dejó en el psiquiátrico? ¿Para Joe? ¿Para Amaya?
Solté el aire lentamente y recorrí con la mirada el pabellón privado que nos habían asignado dentro de la clínica.
Era un ala aislada del resto de pacientes, silenciosa a cualquier hora del día.
Apenas un par de enfermeros iban y venían por el pasillo, evitando cruzar palabra con cualquiera de nosotros desde el incidente entre Ritter y Paul.
Nadie quería acercarse demasiado. Y, siendo sincera, no podía culparlos.
Nosotros tampoco hablábamos. Cada uno estaba hundido en sus propios pensamientos. Como si todos estuviéramos esperando que alguien hiciera el primer movimiento.
Volví la vista hacia la habitación. Brisa seguía exactamente igual.
Cinco días. Cinco malditos días sin abrir los ojos.
El médico insistía en que ya debería haber reaccionado.
Aunque fuera un movimiento involuntario.
Un reflejo. Cualquier señal. Pero no. Seguía inmóvil.
Respirando únicamente gracias a las máquinas.
A veces me preguntaba si, en el fondo, simplemente no quería despertar. Porque cuando lo hiciera tendría que enfrentarse a una realidad devastadora. Paul ya no estaba. Lo había ayudado a escapar. Lo hice aun sabiendo exactamente lo que Ritter me había prometido la semana atrás.
Respiré hondo antes de empujar la puerta de la habitación.
—Te traje un café.
Ritter ni siquiera se giró. Estaba sentado junto a la cama de Brisa, completamente inmóvil, observándola como si pudiera obligarla a despertar únicamente con la fuerza de su mirada.
Dirigí la vista hacia ella. Le habían retirado algunas vendas y varios de los aparatos que la mantenían conectada. Seguía pálida. Demasiado quieta. Parecía frágil. Casi inocente.
Costaba creer que aquella mujer fuera la misma capaz de sembrar el caos allá donde iba.
—Déjame solo.
Su voz sonó seca. Cortante. Como una orden.
Suspiré.
—Solo tómate el café, por favor.
Lo dejé sobre la mesa de noche. No lo había visto comer en cinco días. Dormía poco. Hablaba menos. Y solo abandonaba esa habitación cuando algún asunto urgente requería su presencia.
Después siempre regresaba. Como si alejarse demasiado de Brisa fuera a costarle la vida.
Fue entonces cuando, por fin, giró el rostro hacia mí. Me sorprendió lo cambiado que estaba. La arrogancia que solía llevar escrita en la cara había desaparecido por completo.
Ya no estaba el Ritter burlón. Ni el hombre que disfrutaba provocando a cualquiera. Solo quedaba alguien agotado. Con ojeras profundas. La mandíbula rígida. Los ojos apagados. Como si en cinco días hubiera envejecido varios años.
Se pasó ambas manos por el cabello con frustración y soltó una risa sin humor.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? Que puedo solucionar prácticamente cualquier problema —bajó la vista hacia Brisa—. Menos este. Daría absolutamente todo lo que tengo para que abriera los ojos ahora mismo... y resulta que eso es lo único que no puedo comprar, ni amenazar, ni controlar.
Ritter suspiró.
Con una delicadeza que jamás le había visto con nadie, tomó la mano de Brisa entre las suyas y entrelazó sus dedos con los de ella. Después llevó sus nudillos hasta sus labios y los besó despacio. Como si temiera romperla.
—Mierda, preciosa... —susurró, apoyando la frente sobre su mano—. Abre los ojos. No puedes dejarme aquí solo. Vuelve a hacer que el mundo entero me importe una mierda con tal de tenerte cerca.
Guardé silencio. Sinceramente, no entendía la forma en la que Ritter la quería, si es que era posible.
Tenía años de experiencia en psiquiatría y nunca había visto algo como lo que tenían ellos dos.
Muy en el fondo sabía que no era amor. No era algo sano.
Era una necesidad. Una dependencia. Una obsesión.
Como si Brisa hubiera dejado de ser una persona para convertirse en algo imprescindible para que él pudiera seguir funcionando. La necesitaba igual que un cuerpo necesitaba oxígeno. Brisa Jones era la kryptonita de Ritter Meyer.