30 #2
—Ritter... por favor...
Mi hermano inclinó ligeramente la cabeza. Lo observó unos segundos. Y entonces sonrió. Fue una sonrisa pequeña. Casi imperceptible. Mucho más aterradora que cualquiera de sus ataques de ira.
Le dio dos palmadas amistosas en el hombro. Como si estuviera consolando a un viejo conocido.
—Ahora sí estás empezando a parecerte un poco a ella.
Sin previo aviso, volvió a levantar la navaja. La hoja descendió. Paul lanzó un alarido desgarrador. La oreja cayó al suelo segundos después.
El grito hizo que varios enfermeros se asomaran al fondo del pasillo. Nadie avanzó. Nadie.
Todos sabían quién era Ritter Meyer. Y todos comprendieron que acercarse sería un error.
Yo tampoco me moví. No porque aprobara lo que estaba haciendo, sino porque entendía perfectamente por qué lo hacía.
Paul no era un monstruo. Había cometido errores por miedo.
Lo sabía. Pero Ritter no estaba juzgando sus intenciones.
Solo veía una única imagen: Brisa encadenada, desangrándose.
Y, para Ritter Meyer... eso era suficiente para condenar a cualquiera.
De un momento a otro, Ritter pareció cansarse.
Se incorporó lentamente y observó a Paul tirado en el suelo.
Tenía el rostro completamente desfigurado por los cortes, el cuello bañado en sangre y una oreja menos.
Respiraba con dificultad, temblando, demasiado aterrorizado incluso para seguir suplicando.
Entonces Ritter levantó la vista. Fue ahí cuando pareció notar que no estaban solos. Navaja. La enfermera. Dos conserjes. El médico que atendía a Brisa. Y yo.
No mostró el más mínimo arrepentimiento. Ni siquiera incomodidad.
—Quédate aquí —le dijo a Paul con una calma espeluznante—.
Ya vuelvo. —Después nos miró a todos uno por uno—: Y escuchen bien: si una sola persona intenta ayudar a esta mierda...
aunque sea limpiarle la sangre o acercarle un vaso de agua...
cuando vuelva le meteré una bala en la cabeza.
Y si alguno cree que estoy bromeando... —Sonrió—... pruébenme.
Nadie se movió. Nadie respiró.
Ritter dio media vuelta y salió al pasillo como si acabara de terminar cualquier tarea cotidiana.
Lo seguí sin pensarlo. Lo encontré unos metros más adelante, apoyado contra la pared. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. Respiraba con dificultad. La sangre seguía deslizándose por su brazo y manchando el suelo.
De pronto golpeó la pared con el puño. Soltó un gruñido grave que retumbó por todo el pasillo.
—Estás actuando mal —solté sin rodeos.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Paul no es culpable de todo. Fue un peón.
Ritter se separó lentamente de la pared y caminó hasta detenerse frente a mí. Era mucho más alto. Mucho más intimidante. Y, en ese momento, muchísimo más peligroso.
Tenía sangre seca en el rostro, los nudillos destrozados y una expresión que habría hecho retroceder a cualquiera.
Yo no lo hice.
Me sostuvo la mirada durante varios segundos.
—Brisa te vuelve estúpido y ni siquiera lo notas. —Sus cejas se fruncieron al instante. Abrió la boca para responder, pero lo interrumpí—: No tengo absolutamente nada contra Brisa, y lo sabes. Pero estás actuando como un puto animal. Y como soy tu hermana, tengo que decírtelo.
—No te metas.
—Me voy a meter. Paul llevó a Brisa hasta Harper, sí. Pero también nos explicó por qué lo hizo. Amenazaron a su familia, Ritter. ¿Qué crees que habrías hecho tú si alguien hubiera puesto una pistola en la cabeza de Brisa para obligarte?
—Es diferente.
—No. Es exactamente la misma mierda. —Vi cómo apretaba la mandíbula—. Cada quien protege a las personas que ama como puede. Paul protegió a su familia. Tú estás dispuesto a incendiar el mundo por Brisa. Hansel acaba de matar a Marga por Joe. Todos estamos haciendo exactamente lo mismo.
—Carolina...
—No —alcé una mano para detenerlo—. Escúchame tú ahora. Eres mi hermano, pero no pienso quedarme callada mientras pierdes completamente la cabeza. No voy a dejar que lo mates.
Sus ojos se endurecieron.
—Si te atreves...
—¿Qué? ¿También vas a dispararme a mí? Porque eso es lo que prometiste hace un momento delante de todos: que cualquiera que intentara ayudarlo acabaría con una bala en la cabeza. —Di un paso más hasta quedar prácticamente frente a él—. Hazlo. Vamos. Dispara.
Me di la vuelta y comencé a caminar por el pasillo. Estaba a punto de doblar la esquina cuando me detuve.
Giré la cabeza.
—¿Quieres que Paul desaparezca? Perfecto. Lo mandaré al otro lado del mundo, haré que nunca vuelva a cruzarse en tu camino. Pero escúchame muy bien, Ritter... no estoy bromeando. No voy a dejar que lo mates. No cuando sé que la culpa de todo esto no fue únicamente suya.
Esperé una respuesta. No llegó.
Así que seguí caminando. Di tres pasos cuando su voz me detuvo.
—Voy a matarlo, Carolina. No hoy. Quizá tampoco mañana. Pero voy a hacerlo. —Sentí un escalofrío recorrerme la espalda—. Lo buscaré hasta encontrarlo. Si lo escondes en el último rincón del mundo, iré por él.
Cerré los ojos un instante.
—¿Por qué?
Hubo unos segundos de silencio antes de escuchar sus pasos acercarse.
—No muestro piedad con quien no me ha mostrado lealtad.
Pasaron cinco días. Y todo seguía exactamente igual. O quizá peor.
Cuando te acostumbras a resolver los problemas de inmediato, cinco días se sienten como una eternidad.
El ambiente dentro de la clínica era irrespirable.
Nadie hablaba más de lo estrictamente necesario.
Ritter vivía de mal humor, entrando y saliendo, dando órdenes, desapareciendo durante horas.
Nadie era lo suficientemente valiente como para acercársele.
Rayner apenas levantaba la vista de sus propios asuntos. Navaja aparecía únicamente cuando era indispensable y volvía a desaparecer. Hansel... Hansel simplemente dejó de existir para todos nosotros.
Y yo seguía ahí. Dando vueltas por la clínica. Observando. Pensando demasiado.
Todo se había ido al infierno. Nuestros verdaderos motivos para estar internados habían pasado a un segundo plano. Ya nadie hablaba de ellos. Toda nuestra atención giraba alrededor de una única persona.
Brisa Jones.
Era curioso. Desde que la conocí, Brisa había tenido esa extraña capacidad de alterar a todo el que se cruzaba en su camino. Como si poseyera una gravedad propia.
Todos terminaban orbitando a su alrededor. Y lo hacían por voluntad propia. La miraban y solo veían a la víctima. A la chica que creció sin el amor de sus padres. A la mujer que había sobrevivido a cosas que habrían destruido a cualquiera.
Y sí. Todo eso era cierto. Brisa había sufrido muchísimo. Pero esa nunca fue toda la verdad.
Porque detrás de esa historia también existía otra Brisa. Una que muy pocos querían admitir que estaba ahí. Manipuladora cuando lo necesitaba. Egoísta cuando algo se interponía entre ella y sus objetivos. Capaz de mover a las personas exactamente hacia donde quería con una simple mirada.
No obligaba a nadie. Nunca. Ese era precisamente su talento. Conseguía que los demás eligieran por ella. Y cuando abrían los ojos... ya era demasiado tarde. Lo más inquietante era que creía que ni siquiera lo hacía siempre de forma consciente.
Era simplemente... Brisa. Su forma de sobrevivir. Su manera de amar. Su manera de destruir.
Suspiré.
Porque lo realmente preocupante no era ella.
Éramos nosotros. ¿Cómo era posible que todos perdiéramos la cabeza cuando se trataba de Brisa Jones?
Hansel. Joe. Navaja. Rayner. Ritter. Incluso yo. Todos habíamos cambiado desde que ella apareció.
Y luego, como si todo lo que había provocado en el pasado no hubiera sido suficiente, apareció en el psiquiátrico Santuario.
Entró como si nada. Como si su sola presencia no fuera capaz de alterar el equilibrio de todo un lugar. Brisa sabía perfectamente que su llegada cambiaría muchas cosas. Sabía que removería heridas, despertaría viejas obsesiones y obligaría a todos a tomar partido.
Y, aun así, entró. Nunca supe si fue valentía o egoísmo. Quizá ambas.
A veces incluso me preguntaba por qué decidí ayudarla. Tal vez fue por Rayner, que, de una forma que todavía no entendía, le había tomado un cariño casi protector. O por Navaja, que insistía en verla como una mujer rota a la que había que salvar constantemente.
O quizá fue por Ritter. Porque Ritter estaba dispuesto a matar por ella. Y, si era necesario... también a morir.