RITTER 30
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Destrucción

CAROLINA

Todo sucedió demasiado rápido ese día.

Paul.

Lo habíamos encontrado unas horas antes escondido en las cuevas. No opuso resistencia cuando Hansel y Navaja dieron con él. Simplemente levantó las manos y confesó todo.

Nos contó que había trabajado para Harper. Que la había ayudado. Que había traicionado a Brisa. Pero también explicó por qué: los hombres de Harper tenían retenida a su familia. Le habían dejado muy claro que, si no obedecía cada una de sus órdenes, matarían a su esposa y a sus hijos.

No intentó justificarse. Solo dijo que eligió a su familia. Por eso seguía vivo. Todavía. Nadie había decidido qué hacer con él. Ritter no estaba cuando lo encontramos, y ninguno de nosotros quiso tomar una decisión que le correspondía a él.

Así que Paul esperaba. Sentado en un sofá. Con la culpa consumiéndolo por dentro. No lloraba. No hablaba. Solo miraba fijamente la cama donde Brisa seguía inconsciente.

Navaja levantó la cabeza.

—Ya llegaron.

La puerta se abrió de golpe. Y sentí que el mundo entero se detenía.

Hansel entró cargando un cuerpo entre sus brazos.

Joe.

No necesitaba acercarme para entender que estaba muerta. Su piel tenía un color grisáceo. Una de sus piernas colgaba completamente destrozada. Tenía sangre seca por todo el rostro. Y los ojos cerrados para siempre.

Nadie dijo una palabra.

Hansel caminó hasta el centro de la habitación. No lloraba. No gritaba. Eso era precisamente lo que más miedo daba. Levantó la vista. Miró directamente a Paul.

—Mi hermana está muerta.

Su voz era tan tranquila que me recorrió un escalofrío por toda la espalda.

Paul tragó saliva.

—Hansel...

—La encontró Marga Koch —el nombre hizo que todos levantáramos la cabeza—. La hermana de Liar. Al parecer ella y Harper Peterson hacían equipo.

Apreté los labios. Hansel siguió hablando con la misma calma.

—La golpeó hasta dejarla así —miró un segundo el cuerpo de Joe entre sus brazos—. La maté.

Lo dijo igual que quien informa que afuera estaba lloviendo. Sin orgullo. Sin culpa. Solo como un hecho.

Luego volvió a mirar a Paul.

—Ahora solo falta decidir qué hacemos contigo.

Paul bajó la cabeza. No intentó defenderse. No tenía con qué hacerlo.

Hansel sonrió. Fue una sonrisa pequeña. Torcida. Y tan profundamente siniestra que comprendí por qué tantas personas evitaban sostenerle la mirada demasiado tiempo.

—Aunque siendo sincero, creo que esa decisión le pertenece a Ritter. Después de todo, tú fuiste quien ayudó a destruir a la mujer que ama.

—¿Qué? —balbuceó Paul.

Se relamió los labios despacio, como si estuviera saboreando una idea.

—Tú llevaste a Brisa directo a la boca del lobo —dijo con una calma antinatural—. Y Brisa arrastró a Joe con ella. ¿Y cómo terminó Joe? Muerta. ¿Y de quién es la culpa? Tuya.

El aire se volvió pesado. Yo no podía dejar de observar a Hansel.

No lloraba. Ni siquiera parecía enfadado.

Pero veía sus nudillos completamente blancos alrededor del cuerpo de Joe.

Veía cómo su mandíbula se contraía una y otra vez.

Cómo los músculos de su cuello temblaban.

Era un hombre intentando sostenerse con las últimas fuerzas que le quedaban.

—Hansel...

—No —lo interrumpió sin alzar la voz. Cerró los ojos durante un segundo. Respiró hondo. Muy hondo—. No hables. Porque ahora mismo... cada vez que escucho tu voz, mi cabeza solo puede imaginar una forma distinta de matarte.

El silencio volvió a tragarse la habitación. Paul permanecía inmóvil.

Hansel abrió los ojos lentamente. Y entonces sí. Lo miró. Con un odio tan absoluto que incluso yo sentí un escalofrío.

—Estoy intentando darte la oportunidad de salir caminando de aquí —su voz seguía siendo peligrosamente tranquila—. No la desperdicies.

Paul no reaccionó. Seguía paralizado.

Y fue entonces cuando Hansel explotó.

—¡LÁRGATE! —Toda la habitación retumbó con el grito—. ¡Lárgate antes de que deje el cadáver de mi hermana en el suelo para arrancarte la cabeza con mis propias manos!

Paul retrocedió por puro instinto.

—¡FUERA!

No había rabia únicamente. Había dolor. Había desesperación. Había un hombre al que acababan de arrancarle la mitad del alma.

Corrí hasta Paul y lo sujeté con fuerza de la muñeca.

—Vete —le ordené entre dientes—. Ahora mismo.

Lo obligué prácticamente a caminar. Él giró la cabeza lentamente hacia mí. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo en las manchas de sangre sobre mi ropa. Tragó saliva y, sin decir nada, permitió que lo empujara hacia el pasillo.

Cerré la puerta detrás de nosotros.

Le hice una seña a Navaja para que se llevara a Joe. Él entendió de inmediato. Se acercó con cuidado, tomó el cuerpo entre sus brazos y salió de la habitación sin decir una sola palabra.

Hansel ni siquiera intentó detenerlo. Se quedó inmóvil, de espaldas a mí, observando la cama donde Brisa permanecía conectada a un sinfín de máquinas.

—Necesitas que alguien te revise —dije con calma.

Hansel y yo casi nunca hablábamos. Nunca fuimos amigos. Apenas compartíamos palabras cuando era estrictamente necesario. Él no se giró. Solo vi cómo tensaba la mandíbula.

—No pienso hacer una mierda de lo que dices.

Suspiré. Era increíblemente difícil tratar con él incluso cuando no acababa de perder a su hermana. Me acerqué despacio hasta la mesa de instrumental. Busqué algodón, gasas y un poco de alcohol.

—Entonces deja que te cure yo.

Silencio.

Cuando volví a girarme, Hansel seguía exactamente en el mismo sitio. Mirando a Brisa. No pestañeaba. Su expresión había cambiado. Ya no era rabia. Era algo peor. Confusión. Como si hubiese olvidado cómo funcionaba el mundo.

Sus ojos recorrían lentamente el rostro lleno de heridas de Brisa, los tubos, las vendas, la sangre seca sobre su piel. Parecía estar intentando comprender algo que simplemente no tenía sentido.

—Se está muriendo... —por primera vez desde que entró, giró la cabeza hacia mí—. ¿Se va a morir?

Bajé la vista un instante. Odiaba cuando no tenía respuestas.

—Su estado es muy delicado. Perdió demasiada sangre. El médico decidió inducirle un coma para darle una oportunidad a su cuerpo de recuperarse.

Hansel permaneció callado. Asintió una sola vez. Despacio. Luego volvió a mirar a Brisa.

—No puede morirse —lo dijo tan bajo que, por un momento, dudé haberlo escuchado—. Joe ya está muerta. No pueden morirse las dos el mismo día.

Las palabras salieron de su boca con una calma que me heló la sangre. Me acerqué con cautela. Con Hansel nunca se sabía qué versión de él ibas a encontrarte. Le tomé la muñeca con cuidado y lo guie hasta una silla. Para mi sorpresa, no opuso resistencia.

Comencé a limpiar los cortes de sus nudillos con algodón empapado en alcohol. La piel estaba abierta, la sangre seguía brotando lentamente, pero él no reaccionó. Ni un gesto. Ni un músculo. Seguía mirando a Brisa. Como si nada más existiera.

Cuando terminé con sus manos, el silencio se volvió incómodo. Ni siquiera me había mirado una sola vez. Entonces, sin decir nada, se quitó la camisa del uniforme y me dio la espalda. Como si hubiera leído exactamente lo que estaba pensando.

Contuve el aire.

Su espalda era un mapa de violencia. Rasguños recientes. Moretones de distintos colores. Cortes superficiales. Y otras marcas mucho más antiguas. Algunas ya cicatrizadas. Otras todavía inflamadas. Marcas que no pertenecían a esa noche. Marcas que alguien le había dejado hacía mucho tiempo.

Tragué saliva.

Sin hacer preguntas, empapé otra gasa con alcohol y comencé a limpiar las heridas con la mayor delicadeza posible. Él permaneció inmóvil. Ni siquiera respiraba más fuerte cuando el algodón tocaba la carne abierta.

—Son bastante profundas... —murmuré sin pensar.

Hansel se encogió de hombros.

Entonces, un grito desgarró el silencio del hospital. Alcé la cabeza de golpe. Otro grito. Esta vez reconocí la voz.

—¡Carolina!

Sentí cómo el estómago se me encogía. Dejé la gasa sobre la bandeja y salí corriendo de la habitación sin siquiera mirar atrás.

Lo que encontré al doblar el pasillo hizo que me detuviera en seco.

Retrocedí un paso.

Porque aquello... aquello no era una escena que alguien pudiera olvidar jamás.

Paul estaba tirado en el suelo. Tenía la espalda pegada al piso, el pecho subiendo y bajando con violencia y los ojos completamente abiertos por el terror.

Ritter estaba arrodillado a su lado. Entre los dedos sostenía una pequeña navaja quirúrgica. Y estaba cortándolo. Con una precisión casi enfermiza. Como si estuviera realizando una cirugía y no destrozándole el rostro a un hombre vivo.

Fue entonces cuando comprendí por qué Paul no gritaba. No podía. El shock había sido tan grande que ni siquiera era capaz de procesar el dolor. Solo respiraba. Rápido. Desesperado.

Ritter estaba mucho peor que Hansel. La sangre seguía corriéndole por el costado, tenía el uniforme prácticamente destruido, el labio partido y uno de sus brazos temblaba ligeramente por el esfuerzo.

Pero nada de eso parecía importarle. Su expresión era completamente neutra. Las cejas fruncidas. Los labios formando una línea recta. Ni rabia. Ni placer. Solo concentración.

Movía la hoja sobre la piel de Paul exactamente igual que Harper lo había hecho sobre Brisa. Con la misma lentitud. Con el mismo cuidado. Como si quisiera que cada corte permaneciera para siempre.

De repente, Paul reaccionó. El primer grito fue tan fuerte que rebotó por todo el pasillo.

—¡Por favor! ¡Por favor, Ritter!

Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la sangre que ya cubría medio rostro.

—¡Lo siento! ¡Lo siento!

Ritter ni siquiera levantó la cabeza. Siguió cortando. Descendió lentamente hacia el cuello. La punta de la hoja dibujó varias letras sobre la piel.

—¿Puedes imaginarte cuánto sufrió ella? —preguntó con una tranquilidad espeluznante. Paul sollozaba; ni siquiera podía responder—. ¿Puedes imaginarte lo que sentí cuando la vi encadenada... llena de sangre... y apenas respirando?

Silencio.

—Yo sí puedo.

Ritter limpió la hoja contra la ropa de Paul. Después levantó la vista. Por primera vez pareció reparar en que el hombre seguía llorando.