29 #3
Y entonces le solté una bofetada tan fuerte que su cabeza giró hacia un lado. El golpe resonó por todo el pasillo. Antes de que pudiera reaccionar, le di otra. Y otra. La última terminó en un puñetazo directo a la nariz.
Sentí el cartílago romperse bajo mis nudillos. Harper escupió sangre. Luego sonrió con la cara bañada en rojo.
—Vas a tener que hacer algo mucho mejor si quieres vencerme.
No alcancé a ver el movimiento. Solo sentí cómo su cuerpo se abalanzaba sobre el mío. Caí de espaldas contra el suelo y el aire abandonó mis pulmones de golpe.
Su peso aplastó cada una de mis heridas. El dolor me arrancó un jadeo.
—No hará falta durante mucho tiempo —susurró sobre mi rostro.
Apreté los dientes. Y, sin pensarlo, alcé la cabeza con todas mis fuerzas. El cabezazo impactó directo contra su frente. Harper soltó un gruñido y se echó hacia atrás, aturdida. Aproveché esos segundos para quitármela de encima.
Rodé por el suelo hasta encontrar el cuchillo. La pistola había quedado demasiado lejos. Y, siendo sincera... Prefería terminar aquello con mis propias manos.
Me incorporé como pude. Las heridas de mi cara volvieron a abrirse y un dolor insoportable me recorrió el cuerpo entero. No me importó. Harper también consiguió ponerse de pie.
Las dos respirábamos con dificultad. Las dos estábamos cubiertas de sangre.
—Me encanta pelear contigo... —dijo limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Vamos a descubrir cuál de las dos hermanas es realmente la más fuerte.
Corrió hacia mí. Intentó sujetarme del brazo. Le lancé una patada directa a la pierna herida. El golpe fue seco. Harper gritó mientras caía de rodillas.
—¡Hija de puta!
Incliné la cabeza en una falsa reverencia.
—¿Qué puedo decir? Es uno de mis tantos talentos.
No le di tiempo para recuperarse. Corrí hacia ella y la derribé otra vez. Mi rodilla quedó clavada sobre su pecho. Apoyé la hoja del cuchillo contra su mejilla. Harper dejó escapar una risa rota.
—Hazlo de una vez. Mátame —Su sonrisa se ensanchó—. Y demuestra, otra vez, el monstruo que eres.
Deslicé lentamente la punta del cuchillo sobre su rostro.
—Primero voy a quitarte lo único que nunca debiste tener —Su sonrisa desapareció—. Mi cara.
Sin darle tiempo a reaccionar, hundí la hoja en su mejilla y tracé el primer corte. Harper soltó un alarido desgarrador. Otro corte. Y otro. La sangre comenzó a cubrirle el rostro exactamente igual que había cubierto el mío.
Ella intentaba apartarme, arañarme, golpearme. No pudo. La sujeté con tanta fuerza que apenas conseguía mover la cabeza. Mientras seguía desfigurándola, no podía dejar de pensar en lo irónico que era todo.
—¿Cómo se siente? —susurré, completamente embriagada por la escena. La sangre cubría su rostro. Sus gritos... sus gritos eran música.
Harper tosió sangre.
—¿Cómo se siente... qué? —jadeó.
Sonreí. Una sonrisa lenta. Enferma.
—Perder.
Sin darle tiempo a responder, hundí el cuchillo en su pecho. Una vez. Su cuerpo se arqueó. Dos veces. Su grito se rompió en un gorgoteo. Tres. La hoja atravesó la carne con una facilidad aterradora. Retiré el cuchillo lentamente. La sangre comenzó a llenar su boca.
Harper levantó una mano temblorosa, como si todavía quisiera alcanzarme. No llegó.
—Vete... al infierno... perra...
Una última bocanada de aire. Y después... Nada. Silencio. Me quedé observándola durante varios segundos. Esperando. Esperando que respirara otra vez. Que volviera a insultarme. Que intentara levantarme la mano. No pasó. Había muerto.
Y, por primera vez en muchos años... No sentí absolutamente nada. Ni alivio. Ni felicidad. Ni culpa. Solo un vacío inmenso. Solté el cuchillo. El metal chocó contra el suelo con un sonido seco.
Fue entonces cuando el dolor volvió de golpe. Todas las heridas que había ignorado comenzaron a arder al mismo tiempo. Las piernas me fallaron. Solté un gemido ahogado y eché a correr sin pensar. Solo quería alejarme. Del cuerpo. De la sangre. De mí misma.
Corrí por pasillos interminables dejando un rastro rojo detrás de cada paso. Mi respiración se volvía más pesada.
Mi vista... más borrosa. Hasta que mis piernas dejaron de responder. Caí de rodillas. Y después de lado. El suelo estaba frío.
Escuché voces. Pasos. Alguien gritó algo que no entendí.
Entonces una voz atravesó todo el ruido.
—Es ella...
Mi corazón reconoció esa voz antes que mi cabeza. Unos brazos me rodearon con desesperación. Una mano ensangrentada sostuvo mi rostro con una delicadeza que contrastaba demasiado con todo lo ocurrido.
Hice un esfuerzo por abrir los ojos.
La imagen era borrosa. Pero esos ojos... Los habría reconocido incluso muriéndome.
Ritter.
Sonreía. Una sonrisa pequeña.
—¿Terminaste con ella, amor? —preguntó en un susurro.
Con el poco aire que me quedaba, asentí.
Él cerró los ojos un instante. Apoyó su frente contra la mía. Y soltó una risa temblorosa.
—Esa es mi chica... —Sus dedos apartaron el cabello pegado a mi rostro por la sangre—. Ya está. Todo terminó.
—Ritter...
—Shh... —Me besó la frente—. Estoy aquí. Nadie volverá a alejarte de mí.
Sentí cómo me levantaba entre sus brazos.
Después... todo se volvió negro.