RITTER 29
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¿Qué se siente perder? Brisa

brISA

Había un sinfín de cosas que eran ciertas, pero también era cierto que aquel no era el momento de detenerme a pensar en ninguna de ellas.

Apenas me quedaban fuerzas.

Cada respiración me ardía. Sentía la sangre correr por mi piel, el dolor latiendo en cada corte y el cansancio tirando de mis párpados como si mi cuerpo quisiera rendirse de una vez.

Pero no iba a hacerlo.

Me negaba.

Harper quería verme quebrarme. Quería que la última imagen que conservara de mí fuera la de una mujer derrotada, suplicando por su vida.

Se iba a llevar una decepción. Porque lo único que me mantenía consciente era una idea: verla morir. No en manos de alguien más. En las mías.

Quería mirarla a los ojos cuando comprendiera que el juego había terminado. Quería devolverle cada segundo de dolor, cada herida, cada cicatriz que había decidido dejar sobre mi cuerpo. Quería verla descubrir, demasiado tarde, que ya no existía una salida para ella.

Solté el aire lentamente por la nariz y obligué a mi cuerpo a permanecer inmóvil. No podía seguir desperdiciando fuerzas.

Si quería sobrevivir... tendría que esperar. Y cuando llegara el momento... Harper Peterson iba a desear haberme matado cuando todavía tenía la oportunidad.

—¿Me estás amenazando? —La voz de Harper sonó mucho más frenética que antes, si es que eso era posible.

Definitivamente no esperó que Ritter cumpliera su exigencia solo a medias.

Sí, se había arrodillado. Pero nunca le suplicó.

Ritter siguió ahí, de rodillas, con la espalda recta y la cabeza en alto. Sonrió despacio, con esa calma enfermiza que siempre aparecía cuando estaba a punto de hacer algo terrible.

La estaba provocando. Empujándola, poco a poco, hacia el borde de su propia locura.

Yo no conseguía mantener los ojos abiertos, pero, aun así, una extraña sensación de calma comenzó a instalarse dentro de mí.

Porque él estaba aquí. Porque incluso en mi peor momento, Ritter seguía encontrándome.

Siempre lo hacía. Y qué alivio descubrir que eso jamás había cambiado.

—Se podría decir que sí —respondió él con una tranquilidad insultante—. Exactamente eso estoy haciendo.

Harper perdió por completo la poca cordura que le quedaba. La pistola dejó de apuntarme a mí. Ahora el cañón descansaba directamente sobre la frente de Ritter.

Caminó hasta él sin prisa, disfrutando el momento. Los dos hombres que la acompañaban hicieron lo mismo y, en cuestión de segundos, tres armas distintas apuntaban a su cabeza.

Ritter ni siquiera pestañeó. Seguía de rodillas. Seguía sonriendo. Como si fuera Harper la que estuviera atrapada y no él.

Solté un gemido ahogado cuando intenté moverme. El sonido hizo que él desviara la vista un instante hacia mí. Solo un instante. El suficiente para comprobar que seguía viva.

Después volvió a mirarla a ella. Lo entendí. No podía permitirse mirarme demasiado. Harper ya había descubierto cuál era su punto débil y él no iba a darle más munición.

—Si no me suplicas... te vuelo la cabeza aquí mismo.

Ritter soltó una carcajada baja.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto, Harper? —Ella apretó el gatillo un milímetro—. Que todavía sigues creyendo que el problema fueron tus padres. El problema siempre fuiste tú.

—¡Cállate!

—¿Crees que esto va a llenar el vacío que llevas dentro? ¿Que matar a Brisa hará que, por fin, alguien te quiera? —Ritter negó despacio con la cabeza—. No eres una víctima, Harper.

Ella respiraba cada vez más rápido.

—Tú no sabes nada de mí.

—Lo suficiente.

Sus ojos grises no abandonaban los de ella.

—Llevas toda la vida culpando a los demás de una verdad que te aterra aceptar. Jamás fuiste la segunda opción de nadie. Simplemente nunca fuiste una opción.

Sentí cómo el cuerpo de Harper temblaba de rabia.

—Cállate...

—No eres nadie, Harper. ¿Crees que haber planeado esta estúpida venganza te ayudará a aliviar el vacío que sientes?

Déjame decirte que no, por dos simples razones.

La primera: dejaste tantos cabos sueltos que no me sorprendería que algo que no te esperas sucediera hoy.

La segunda: estarás muerta antes de que anochezca, así que no vas a disfrutarlo.

Harper soltó un grito cargado de furia.

—¡CÁLLATE!

—Por eso nadie se quedó contigo.

—¡HE DICHO QUE TE CALLES!

—Porque incluso quienes intentan salvarte terminan deseando escapar de ti.

Las manos de Harper comenzaron a temblar. Por primera vez desde que todo aquello había empezado... perdió el control.

Eso, incluso a mí, me habría dolido.

Y fue exactamente lo único que Harper necesitó para perder por completo la poca cordura que le quedaba.

Lo siguiente ocurrió tan deprisa que mi mente apenas pudo seguir el ritmo.

Harper dio un paso al frente, cegada por la rabia, y volvió a apuntarle con la pistola. Esta vez desde mucho más cerca.

Ese fue el error que Ritter llevaba provocando desde que decidió arrodillarse.

Lo vi sonreír un segundo antes de moverse.

Fue un borrón.

Un movimiento limpio, brutal y preciso.

Con una mano desvió el cañón justo cuando Harper intentó disparar. El estruendo del disparo retumbó en toda la habitación mientras la bala se incrustaba en el techo.

Antes de que los otros dos hombres pudieran reaccionar, Ritter giró sobre sí mismo, le torció la muñeca a Harper hasta arrancarle un grito y le arrebató el arma.

En el mismo movimiento la arrastró violentamente contra su pecho. Un brazo rodeó su cuello. La pistola quedó presionada contra su sien.

Todo volvió a quedarse inmóvil.

Los dos hombres levantaron inmediatamente sus armas y apuntaron a Ritter, pero ninguno apretó el gatillo.

No podían. Harper estaba justo en medio.

Ritter ni siquiera respiraba agitado. Era como si acabara de levantarse de una silla y no de desarmar a tres personas en menos de tres segundos.

Apoyó la boca junto al oído de Harper y sonrió.

—Te dije que no me tocaras.

Harper forcejeó, pero él no tuvo que hacer fuerza para inmovilizarla.

—¡Dispárenle! —gritó ella.

Los dos hombres intercambiaron una mirada. Ninguno se movió. Ritter soltó una risa baja.

—¿Ves? Ni tus propios perros saben qué hacer cuando eres tú la que está en peligro.

Harper apretó los dientes.

—¡Mátenlo!

—Háganle caso —dijo Ritter con absoluta tranquilidad—. Dispárenme.

Nadie disparó. Él volvió a reír. Sus ojos buscaron los míos un instante. Solo uno. Luego volvió a concentrarse en Harper. Porque, en ese momento, la mayor ventaja de Ritter Meyer no era el arma que sostenía entre las manos. Era Harper Peterson.

—Bajen las armas —ordenó Ritter sin alzar la voz. Empujó ligeramente la pistola contra la cabeza de Harper—. Bajen las putas armas.

Harper tragó saliva. La veía temblar. La misma mujer que unos minutos atrás disfrutaba viéndome sangrar.

—Háganlo... —murmuró con la voz quebrada.

Los dos hombres obedecieron lentamente. Las armas descendieron.

—Podemos llegar a un acuerdo —dijo uno de ellos con cautela—. No hace falta que esto termine así.

Ritter soltó una risa baja. Una risa sin humor.

—¿Un acuerdo? —Miró a Harper. Después volvió a mirar a los hombres—. Qué curioso. En algo tenías razón, Harper: soy el diablo y tú tocaste lo único que me importa.

Silencio.

—Por favor...

—Ya es demasiado tarde para acuerdos.

Los disparos resonaron casi al mismo tiempo. Los cuerpos de ambos hombres cayeron al suelo antes siquiera de comprender que estaban muertos.

Harper dejó escapar un grito ahogado. Yo ni siquiera podía mantener los ojos abiertos, pero incluso así vi cómo todo el color desaparecía de su rostro. Ya no parecía la mujer que había controlado la situación durante horas.

Ahora parecía exactamente lo que era.

Una asesina, no una psicópata.

—Ritt... —susurró con la respiración completamente descompuesta.

Ritter la empujó con tanta fuerza que Harper salió disparada varios metros y cayó de bruces contra el suelo. El golpe resonó por toda la sala.

Ella soltó un quejido, apoyó ambas manos contra el piso e intentó levantarse. No llegó muy lejos. El disparo retumbó antes de que lograra incorporarse. La bala atravesó su muslo. Harper gritó. Un grito desgarrador.

Ritter le había disparado. Volvió a desplomarse contra el suelo, sujetándose la pierna mientras la sangre comenzaba a extenderse debajo de ella. Ritter ni siquiera parpadeó. Seguía apuntándole.

—¿Quieres otra bala en la pierna que todavía te funciona... o vas a quedarte quieta?

Harper apretó los dientes, pero no respondió. Solo respiraba con dificultad.

Ritter dejó de prestarle atención como si ya no representara ninguna amenaza. Se giró hacia mí de golpe y antes de llegar ya me estaba evaluando.

Él caminó hasta mí con pasos rápidos y comenzó a arrancar las cadenas que sujetaban mis muñecas. Las manos le temblaban. No sabía si de rabia... o de impotencia.

—Ritter... —susurré cuando la primera cadena cayó al suelo.

No respondió. Tenía la mandíbula tan apretada que podía verse el músculo saltarle bajo la piel. Su mirada recorría una y otra vez los cortes de mi pecho. La sangre. Mis muñecas. Mi respiración. Como si estuviera contando cada cosa que Harper iba a pagar.

—Ritter... mírame.

Se quedó completamente inmóvil. Después levantó la cabeza. Sus ojos...

—No eres una mujer débil, Brisa —dijo con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Nunca lo has sido. —Su mano acarició mi mejilla—. Y no vas a empezar a serlo hoy.

Asentí como pude. Él terminó de romper las últimas ataduras y prácticamente me sostuvo antes de que mis piernas cedieran.

Me sentó con cuidado sobre la camilla. Rebuscó desesperadamente por la habitación hasta encontrar varias toallas limpias. Las presionó contra mis heridas.

—Aprieta.

Obedecí. Él seguía sin apartar la vista de mi cuerpo. Cada nueva mancha de sangre parecía hacerlo enfurecer un poco más.

—Cuidado... —alcancé a gritar.

Harper. No se había rendido. Con una pierna destrozada, había conseguido ponerse de pie apoyándose en la pared y, completamente fuera de sí, se lanzó sobre Ritter con un cuchillo que había recogido del suelo.