RITTER 28 #2
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Años viéndola solo cuando ella lo quería. Años creyéndome capaz de controlar lo que sentía por ella, que ni yo mismo lo entendía.

Qué mentira tan grande. Los golpes volvieron a escucharse. Me incorporé y, de mala gana, me levanté para abrir la puerta. Me quedé quieto en mi lugar cuando me di cuenta de quién se trataba.

Brisa Jones.

La tenue luz del pasillo dibujaba su silueta a la perfección. Llevaba esa maldita bata blanca que transparentaba todo su cuerpo y no me dejaba nada a la imaginación. El cabello negro le caía por los hombros deteniéndose en su perfecto trasero.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Solo nos miramos.

Me relamí los labios y ella sonrió.

—Hola —susurró.

No respondí de inmediato. Me limité a observarla y a pretender que no me moría de ganas por acortar la poca distancia que nos separaba y besarla como un loco desquiciado.

Dos meses.

Dos malditos meses cruzándonos por los pasillos como si jamás hubiera recorrido su cuerpo con las manos.

Como si nunca hubiera dormido abrazada a mí.

Como si nunca me hubiera dicho que yo era el único lugar donde el ruido de su cabeza desaparecía.

Dos putos meses en los que fingió que yo no era nadie.

En los que me obligó a mí a actuar como si ella no fuera nadie.

Di unos cuantos pasos hacia ella, hasta que su espalda terminó apoyándose contra la pared del pasillo. Ella soltó un suspiro tembloroso, pero me sostuvo la mirada.

—Finalmente... —murmuré sin apartar la vista de sus ojos—. ¿Vas a decirme qué demonios haces aquí?

Brisa tragó saliva.

—Amor...

—¿O piensas seguir fingiendo que no me conoces?

—la interrumpí de golpe—. ¿Piensas seguir fingiendo que no fui el primer hombre en follarte?

¿Que recurrías a mí cada vez que tu mundo se iba de cabeza?

¿Que me llamabas y yo salía corriendo? ¿Que incluso te ayudé cuando asesinaste al idiota de Liar Koch?

Bajó la mirada durante un segundo, se relamió los labios. Levantó una mano y me tocó la mejilla. Mis ojos se cerraron ante el contacto.

—Ritter...

Aparté su mano de mi mejilla.

—Quiero la verdad. —Mi voz salió mucho más dura de lo que pretendía—. Llevas dos putos meses evitándome. Dos meses mirándome como si fuera un desconocido cuando conozco hasta la forma en que respiras mientras duermes.

Silencio.

—¿Sabes qué fue lo peor? —continué, incapaz de detenerme—. Que por un momento llegué a pensar que me habías olvidado.

Ella alzó la cabeza de golpe.

—Nunca.

Lo dijo tan rápido que casi sonó desesperado.

Solté una risa seca.

—Entonces explícamelo.

Brisa cerró los ojos unos segundos, como si estuviera reuniendo el valor suficiente.

Cuando volvió a abrirlos, había miedo en ellos. Un miedo que nunca antes le había visto.

—Después de que maté a Liar... todo empezó a salir mal. Era sospechosa, pero la policía no tenía pruebas en mi contra, así que... estaba bien por ese lado.

Frunció el ceño.

—¿Qué pasó entonces?

—Al principio pensé que era paranoia. Creía que solo estaba asustada por lo que había hecho. Pero después comenzaron las llamadas.

Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.

—¿Qué llamadas?

—Un número desconocido. Siempre el mismo silencio al otro lado de la línea. Después dejaron fotografías frente a mi casa. Fotografías mías. Mientras dormía... mientras salía de casa... de ese día que murió Liar... incluso había una contigo de cuando me recogiste esa noche.

—Pruebas en tu contra —murmuré.

Ella asintió despacio.

—Luego mi madre tuvo el accidente —su voz se quebró— y mi padre murió en el incendio.

La miré fijamente. Ya sabía hacia dónde iba todo aquello.

—Entonces entendiste que el siguiente objetivo eras tú —murmuré.

Brisa asintió.

—Sí. —Se abrazó a sí misma—. Necesitaba desaparecer un tiempo.

Necesitaba encontrar quién estaba haciendo todo aquello antes de que terminara de destruirme.

Incluso mi abogada viene los viernes, como si fuera mi mamá, para mantenerme informada de lo que sucede afuera.

—Ella suspiró y añadió—: Entonces sucedió lo que me temía.

—La persona le envió las pruebas a la policía de que asesinaste a Liar y te arrestaron.

—Sí. Fui a juicio y entonces... entonces recordé que me habías hablado de un lugar escondido, un psiquiátrico.

Sabía que este era el último lugar donde alguien pensaría buscarme.

—Hizo otra pausa—. Y... también sabía que tú seguías aquí, así que mi abogada finalmente logró que cumpliera mi condena aquí y no en una cárcel tradicional.

Luego de... todo lo que pasó con Liar, fui diagnosticada con TLP.

—¿Por qué fingir?

—Porque si alguien descubría lo importante que eras para mí... te convertirías automáticamente en un objetivo y no quería eso. Hice lo que creí correcto.

La observé durante unos segundos.

Porque aquella respuesta me había cabreado mucho más de lo que debería.

—¿Lo correcto? —repetí con una risa seca.

Brisa suspiró.

—Ritter...

—No. No me vengas con esa mierda. —Di un paso hacia ella—. ¿Sabes qué es lo único que entendí durante estos dos meses? Te vi pasar por mi lado una y otra vez, Brisa. Te vi fingir que no me conocías. Te vi actuar como si nunca hubieras existido en mi vida.

—Era necesario.

—¿Y quién decidió eso? —Silencio—. ¿Tú?

Ella apretó los labios.

—Lo hice para protegerte.

—No necesito que me protejan. ¿Se te olvida quién diablos soy y por qué mierda estoy aquí?

—Todo el mundo necesita que lo protejan alguna vez.

—Yo no.

Su mirada se endureció.

—Eres tan terco como siempre.

—Y tú sigues tomando decisiones por los demás.

Durante unos segundos ninguno habló. Luego resoplé. Abrí la puerta completamente para que pudiera entrar.

—Pasa.

Brisa arqueó una ceja.

—¿Eso es una tregua?

—No.

Ella sonrió. Entró en la habitación y cerré la puerta detrás de nosotros.

Brisa recorrió el lugar con la mirada.

La habitación era exactamente igual de deprimente que cualquier otra dentro del psiquiátrico: paredes blancas, una cama individual, una mesa pequeña y una ventana protegida por barrotes.

Cuando volvió a mirarme, su sonrisa se había ensanchado.

Y joder.

Había echado muchísimo de menos esa sonrisa.

La miré durante unos segundos. Intenté contenerme. Fracasé. Sin que ella lo esperara, la sujeté por el cuello con una mano y acorté la distancia de golpe, estrellando mi boca contra la suya.

Brisa respondió al instante, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía años. Me besó con la misma desesperación con la que yo la había imaginado cada una de las noches que pasé sin ella.

Era rabia. Era alivio. Era deseo. Era el reencuentro de dos personas que llevaban demasiado tiempo obligándose a fingir que no se conocían.

Nuestras bocas se encontraron una y otra vez sin darnos un solo segundo para respirar. Todo lo que habíamos callado durante aquellos meses parecía escaparse en ese beso. La necesidad. La frustración. La obsesión. Las despedidas que nunca aceptamos. Las preguntas sin respuesta.

La estreché más contra mi cuerpo, incapaz de creer que realmente estuviera allí. Que después de tanto buscarla, de tanto perderla, volviera a besarme como si nunca hubiera existido nadie más.

Y entonces, sin pudor alguno, ella metió las manos dentro de mi pantalón y agarró entre sus manos mi polla, que seguía muy dura.