28
Dejar de fingir
RITTER
Cuando conocí a Brisa ella tenía dieciocho y yo veinte años. Estábamos en el mismo lugar por razones diferentes.
Yo era un paciente. Ella era una voluntaria.
Una clínica de rehabilitación.
Me di cuenta de su presencia desde el primer segundo que entró en la sala de forma apresurada. Era imposible no notarla.
Entró con una carpeta contra el pecho, el uniforme blanco perfectamente planchado, el cabello negro cayéndole en suaves ondas por los hombros y una expresión demasiado tranquila para alguien rodeado de adictos violentos.
Tragué saliva, demasiado afectado por su presencia. ¿Quién demonios era y por qué no la había visto antes?
Pensé que la cosa no podría ir peor para mí, pero entonces ella levantó la vista y sus oscuros, pero profundos ojos chocaron con los míos y mi mundo completo se detuvo. Joder. Joder. Joder. Qué preciosa era.
La mayoría de las personas apartaban la mirada cuando yo las observaba. Pero ella no lo hizo. Frunció ligeramente el ceño, confundida, como si intentara entender por qué un desconocido la miraba de esa forma.
Yo tampoco entendía por qué la estaba mirando así.
Solo sabía que no podía dejar de hacerlo.
El terapeuta seguía hablando sobre recaídas y control de impulsos.
Yo no escuché una sola palabra. Pasé toda la reunión observándola caminar entre las filas, repartir hojas y sonreír con esa amabilidad que parecía genuina.
Sonreí cuando escuché su nombre: Brisa.
Brisa Jones.
La primera vez que hablamos fue tres días después.
Desde entonces, no podía apartar la vista de ella y verla se había convertido en lo único bueno de estar metido en un lugar como aquel.
Ese día, de noche, la encontré sola en una de las salas de lectura.
Estaba organizando unos expedientes dentro de un archivador. No había nadie más.
Me apoyé contra la puerta y la observé con mucha más profundidad. Al principio fingió no darse cuenta. Luego, hastiada, cerró el archivador con un golpe seco.
—¿Qué? —preguntó sin girarse.
No respondí. Ella soltó un suspiro molesto, dejó la carpeta sobre la mesa y finalmente se dio la vuelta.
Nuestros ojos volvieron a encontrarse y mi mundo giró solo en torno a sus ojos y a esa boca que me pedía a gritos que acortara la distancia y la besara como un loco enfermo.
—¿Tienes algún problema? —volvió a preguntar cuando no le respondí a la primera pregunta.
—No. No tengo ningún problema.
—Entonces deja de mirarme. —Frunció el ceño y yo sonreí—. Me he dado cuenta de cómo me miras todo el tiempo y no es... lo normal.
—No quiero dejar de mirarte.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque eres preciosa.
Todo su cuerpo se tensó y tragó grueso. Desvió la mirada hacia otro lado y yo ladeé la cabeza con curiosidad. ¿Por qué no me creías, pequeña Brisa?
Después de un largo rato pareció reaccionar e intentó salir de la sala. Me moví antes que ella y bloqueé el paso. Ella puso los ojos en blanco y yo quise tenerla de rodillas haciéndola pagar por eso.
—Muévete.
Negué lentamente con la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque quiero salir.
—No.
Brisa soltó una risa incrédula.
—¿Siempre eres tan idiota?
—Solo cuando algo me causa mucha curiosidad, y tú, Brisa Jones, me tienes totalmente cautivado.
Vi cómo tragó saliva de nuevo. Su cuerpo entero reaccionó a mis palabras aunque ella fingió que no le afectaron en lo absoluto. Su respiración cambió. Sus pupilas se dilataron y abrió ligeramente los labios.
De repente, pareció recuperar la cordura y retrocedió por puro instinto. Su espalda terminó chocando contra la pared. La seguí hasta quedar frente a ella.
Muy cerca. Lo suficiente para que pudiera sentir mi respiración.
Lo suficiente para que yo sintiera la suya.
Pero seguía sin tocarla. Ni siquiera levanté una mano. Solo la observé.
Ella intentó sostenerme la mirada, pero sus ojos descendieron por un instante hacia mi boca, se relamió los labios y... fue solo un segundo, después volvió a mis ojos, furiosa. Como si se odiara por haberlo hecho.
Oh, pequeña Brisa, sí que te gustan los chicos malos.
—¿Ya terminaste? ¿Estás contento? ¿Puedes, por favor, alejarte de mí?
—¿De verdad quieres que me aleje de ti? —inquirí en un susurro muy bajo. Di otro paso para estar más cerca, todavía sin tocarla—. Porque tu cuerpo me está gritando todo lo contrario.
—Déjame salir.
—No te estoy cortando el paso. Puedes rodearme y salir perfectamente. Ni siquiera te estoy tocando.
Brisa abrió la boca para responder.
No salió ninguna palabra. Porque ambos sabíamos la respuesta.
Si realmente hubiera querido escapar, habría gritado. Habría llamado a algún enfermero. Habría salido corriendo en cuanto le bloqueé el paso.
No hizo ninguna de las tres.
Seguía allí. Respirando igual de rápido que yo. Con la misma tensión que sentía en mi propio cuerpo.
De pronto, molesta, me empujó con ambas manos. No fue un empujón fuerte. Pero bastó para alejarme de ella. Pasó por mi lado sin dejar de mirarme. Cuando llegó a la puerta se detuvo.
Giró la cabeza.
—No vuelvas a acercarte a mí nunca más. Conozco a los hombres como tú, y créeme cuando te digo que no tengo el más mínimo interés en ti.
No esperó mi respuesta; salió de la sala hecha una furia.
Un mes después de aquella conversación estaba tirado sobre la cama de mi habitación, de un humor de perros. El terapeuta seguía empeñado en retenerme en ese maldito lugar como si unas cuantas semanas más fueran a arreglar todo lo que llevaba roto desde hacía años.
Solté una risa sin gracia.
Pobres ilusos.
El sonido de la puerta al abrirse me hizo alzar la vista. Durante un segundo pensé que era uno de los enfermeros haciendo la ronda nocturna. No lo era.
Era Brisa Jones.
Cerró la puerta con cuidado tras de sí y permaneció unos segundos, inmóvil, escuchando el pasillo, asegurándose de que nadie la hubiera seguido.
Sonreí despacio.
—Mira nada más...
Intenté que no se me notara que la polla se me puso dura nada más verla. Ella apoyó la espalda contra la puerta y cruzó los brazos, como si se protegiera de mí.
—No debería estar aquí —susurró.
Bajé la vista por todo su cuerpo sin el menor pudor. Vestía unos jeans oscuros, zapatillas blancas y un suéter negro de mangas largas que le quedaba grande. Llevaba el cabello suelto y el rostro completamente limpio de maquillaje.
Tragué grueso y, con todo el cuidado del mundo, me puse de pie. Quedé a una distancia prudente de ella.
—¿Por qué estás aquí entonces? —susurré igual de bajo que ella.
Ella apretó los labios.
—No lo sé. Ya me iba... solo...
—¿Qué quieres de mí, Brisa?
Su mandíbula se tensó.
—Fue un error venir.
Sonreí.
—Todavía puedes irte.
No se movió. Mi sonrisa se hizo más amplia. Avancé unos cuantos pasos hasta estar cerca de su cuerpo. Levanté mi mano, le aparté un mechón de cabello de la frente y se lo coloqué detrás de la oreja. Se tensó, pero no se apartó.
—No sé qué me pasa —susurró; me miró a los ojos, luego a los labios y tragó grueso—. No sé qué me pasa contigo, Ritter Meyer. He hecho... de todo para no sentir... esto. Te evito, cambio mis horarios, salgo si entras a un lugar, trato de fingir que no existes, pero...
—Pero...
—Me miras de una forma que... —Cerró los ojos por un segundo y luego volvió a abrirlos—. Me miras como si fuera la mujer más hermosa que has visto en tu vida.
—Lo eres.
Entonces, tomándome con la guardia baja, ella dijo:
—Quiero... quiero que me lo demuestres.
Esta vez quien cerró los ojos por un segundo fui yo. Aspiré su aroma y mi polla vibró. Todo mi cuerpo estaba vibrando. Me quedé quieto cuando ella, con duda, acercó su rostro al mío y con muchísima vergüenza rozó sus labios con los míos.
—Joder, Brisa Jones, no sé qué tienes, pero me estás... volviendo loco.
—Me siento igual —volvió a rozar nuestros labios—. Y te odio por eso. Te odio por hacerme dudar. Por hacer que quiera perder el control. Por querer que me poseas como si fuera... tuya.
—Sí —jadeé contra sus labios—. Ódiame. Ódiame mucho más.
Y, sin darme tiempo a decir nada más, Brisa Jones pegó sus labios a los míos y me besó.
Esa noche me la follé como un puto animal. Como si fuera la única mujer sobre la tierra; y para mí, lo era.
Y también, fue la última vez que vi a Brisa Jones en el centro de rehabilitación.
Brisa Jones se desvaneció sin dejar un solo rastro.
Nunca más supe de ella, hasta años después, cuando mi celular sonó alertándome de una llamada de un número que no conocía. La noche en que Liar Koch murió.
—¿Sí?
Al otro lado solo hubo silencio. Después una respiración temblorosa.
La reconocí antes incluso de que hablara.
—Ritter... yo...
Mi corazón dejó de latir durante un segundo. Era ella. Joder. Era su voz. Su maldita voz. Mis piernas se debilitaron y mi cuerpo entero reaccionó a ella.
—Te necesito. Yo sé que no...
—¿Dónde estás? —pregunté sin más.
Ella no lo sabía, pero iría al fin del mundo por ella.
Un año después ella apareció en el psiquiátrico Santuario fingiendo que no me conocía y yo le seguí el juego.
Volví a mi tortuosa realidad dentro del psiquiátrico cuando unos golpes suaves resonaron en la puerta de mi habitación.
Estaba tirado sobre la cama, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera Brisa Jones y en lo mucho que me estaba costando seguir fingiendo que no la conocía y que ella no era...
Suspiré.
Me miré la polla dura como una piedra y me reí de mí mismo.
Lo que había ocurrido con ella en la oficina del rector hacía menos de una hora seguía reproduciéndose en mi cabeza una y otra vez.
Joder. Por un instante los dos nos habíamos olvidado de dónde estábamos y qué juego estábamos jugando, y solo nos habíamos dejado llevar.
Seguía volviéndome tan loco como la primera vez. Sabía exactamente lo que hacía. Recordé sus manos tocándome, su boca sobre la mía... utilizó mi propia navaja para amenazarme y, lejos de asustarme, la deseé con más fuerza.
Maldita mujer.
Había aprendido a conocer cada una de mis debilidades y no dudaba en utilizarlas en mi contra.
Me dejé caer de nuevo sobre la almohada, soltando una risa baja.