RITTER 27 #2
74%

27 #2

Aún podía sentir el cosquilleo recorriendo cada músculo de mi cuerpo, la sangre deslizándose por mi muñeca, el sudor pegándose a mi piel y el cabello adherido a mi frente. Me quejé al intentar moverme, y el roce de las correas solo consiguió que el corte de mi muñeca ardiera todavía más.

—Ellos te eligieron a ti sobre mí, ¿y por qué? —preguntó con una calma que daba más miedo que cualquier grito.

Vi cómo extendía la mano hacia la bandeja y tomaba otra navaja, aún más pequeña. La acercó a mi pecho y comenzó a dibujar líneas invisibles sobre mi piel.

—Éramos la misma cosa. Fuimos engendradas por el mismo hombre.

Compartimos el mismo rostro, la misma sangre...

y aun así me dejaron a mí. ¿Por qué? —Su voz se quebró un instante antes de endurecerse otra vez—.

¿Sabes todo lo que sufrí en ese orfanato?

¿Sabes lo que me hicieron cuando entendieron que nadie iba a volver por mí?

Que no había una madre, un padre o un hermano que preguntara si seguía viva.

Tragué saliva.

—Tú... sabes cómo ellos me criaron. ¿De verdad querías esa vida?

Harper soltó una risa seca.

—Tuve una vida mucho peor.

—Nuestros padres eran horribles conmigo, Harper.

Su expresión cambió de golpe.

—¡El puto mundo fue horrible conmigo! —estalló—. ¡Todo el mundo! ¿Entiendes la diferencia? Tú llegabas a casa y al menos había un techo esperándote. Yo no tenía absolutamente a nadie. Nadie me defendía. Nadie preguntaba si había comido. Nadie me abrazaba cuando tenía miedo.

Bajó la navaja. La hoja se hundió lentamente en un costado de mis costillas. Sentí la piel abrirse y un dolor punzante me arrancó el aire de los pulmones. Apreté los dientes con todas mis fuerzas para no darle el grito que esperaba.

—No... no querías esa vida, Harper... —murmuré entre respiraciones agitadas—. Ellos... ellos eran monstruos.

—Pero eran tuyos. Al menos tuviste una familia que pudiera odiarte. Yo ni siquiera tuve eso. ¿Quién me protegía a mí? ¿Quién lloraba por mí cuando me enfermaba? ¿Quién iba a buscarme cuando tenía pesadillas? Nadie, Breeze. Nadie.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

—Estoy segura de que... de alguna forma... estuviste mejor lejos de nosotros.

Harper volvió a reír, aunque esta vez había tristeza en aquel sonido.

—Qué ingenua eres.

Deslizó nuevamente la punta de la navaja sobre mi pecho, examinando mi piel con una paciencia enfermiza, como si decidiera dónde hacer el siguiente corte.

—Tú sigues creyendo que una familia rota es peor que no tener ninguna.

Sus ojos encontraron los míos.

—Te equivocas. Una familia que te desprecia todavía recuerda que existes.

A mí me borraron antes de que aprendiera a caminar.

Nunca fui una hija. Nunca fui una hermana.

Nunca fui nadie. —La punta de la navaja se detuvo justo sobre mi pecho—.

Así que decidí convertirme en alguien imposible de olvidar.

Me hicieron muchas cosas en ese lugar, Breeze.

Ellos también abusaron de mí cuando era una niña.

Y cuando crecí... fue mucho peor. ¿Sabes lo que me hacían cuando me negaba?

Mi respiración se quebró.

—Entonces... entonces me entiendes.

Harper negó despacio.

Después apoyó nuevamente la punta de la navaja sobre mi piel. La arrastró con una lentitud insoportable.

El metal abrió mi carne como si estuviera dibujando sobre un lienzo.

El grito salió de mi garganta antes de que pudiera contenerlo. Sentía el calor de la sangre deslizándose por mi costado mientras ella seguía escribiendo sobre mi cuerpo con una precisión enfermiza.

Cuando terminó el último trazo, apoyó la palma sobre la herida y contempló su obra con una satisfacción que me revolvió el estómago.

—No compares nuestras historias —susurró—. Tú elegiste a la persona que te hizo daño. Yo no tuve elección. Yo solo era una niña abandonada y ellos aprovecharon que nadie iba a buscarme.

Respiré con dificultad.

—¿Por qué tienes esta necesidad enfermiza de culparme por todo lo que te pasó? —escupí entre jadeos—. ¡¿Por qué demonios?!

Harper limpió la hoja de la navaja con la tela de mi vestido, como si aquel acto de tortura fuese el procedimiento más normal del mundo.

Después levantó la vista.

—Porque sí tienes la culpa. —Fruncí el ceño.

Ella dio un paso hacia mí—. ¿Por qué te enamoraste de Liar?

Era el novio de tu hermana. ¿No había millones de hombres más?

—Ladeó la cabeza mientras me estudiaba—.

Eras hermosa, Breeze. Lo sigues siendo. Podías conseguir a cualquiera...

y aun así decidiste obsesionarte con el único hombre que pertenecía a Merina.

Una risa cansada escapó de mis labios.

—Es curioso que me hables de obsesiones.

Ella ignoró el comentario.

—Siempre fue así. Querías ocupar su lugar. Querías su atención. Querías el amor de tus padres. Querías a Liar. Siempre terminabas deseando lo que era de Merina.

Sonreí, aunque el simple movimiento me hizo arder las heridas.

—No. Yo solo quería que alguien me quisiera.

Durante un instante, Harper permaneció en silencio.

Solo un instante. Porque enseguida volvió a endurecer el rostro.

—Mentira.

—¿Mentira?

—Sí. Porque cuando Liar empezó a mirarte, no huiste. Cuando comenzó a buscarte, tampoco. Cuando él decidió traicionar a Merina contigo, aceptaste.

La miré fijamente.

—¿Y sabes qué fue lo peor? —continuó—. Que por primera vez alguien eligió a Brisa antes que a Merina... y tú disfrutaste esa victoria.

Aquellas palabras me golpearon más fuerte que la navaja. Porque había una parte de verdad en ellas. Una parte diminuta. Una parte que yo llevaba años enterrando.

Negué con la cabeza.

—No sabes nada de mí.

Harper sonrió despacio.

—Te seguí durante años, Breeze. Aprendí cada uno de tus gestos.

Sé cuándo mientes, cuándo finges y cuándo de verdad estás rota.

—Se inclinó hasta quedar a pocos centímetros de mi rostro—.

Y sé cuál fue el día en que murió la Brisa buena.

Y no fue el día que mataste a Liar. Pero supongo que esa es una historia que contarás tú misma.

Mi respiración se detuvo.

Tragué fuerte y cerré los ojos, sintiendo la sangre deslizarse por mi muñeca, por mis costillas y por el pecho. El ardor era insoportable. Todo mi cuerpo temblaba por los cortes, por los choques eléctricos y por el agotamiento.

—Eso no es cierto... —murmuré.

Ella, como si nada, volvió al tema de Merina.

—Sentías tanta envidia de tu hermana que disfrutabas de su dolor y de robarle todo lo que ella quería.

Fue así desde el principio. Comenzaste con cosas simples; sus juguetes, por ejemplo.

Luego con sus novios. Liar no fue el primer chico que le arrebataste.

La única diferencia es que a él ella sí lo amaba y tú te aprovechaste de eso.

Abrí la boca para responder, pero otro electrochoque atravesó mi cuerpo. El grito escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.

Me removí desesperadamente contra las correas, intentando liberar las muñecas, aunque solo conseguí que el metal lastimara más mi piel.

—Mátame ya... —supliqué entre jadeos.

—¿Y hacértelo tan fácil? —Harper soltó una carcajada—. Pero si estamos empezando con la celebración.

Dos hombres distintos a los que custodiaban la entrada entraron en la habitación. Harper hizo un pequeño gesto con la mano. Uno comenzó a desatar mis piernas mientras el otro hacía lo mismo con mis brazos. Durante un segundo pensé que había cometido un error. Que por fin tendría una oportunidad.

No la tuve. Antes siquiera de incorporarme, volvieron a inmovilizarme.

Esta vez levantaron mis brazos por encima de mi cabeza y sujetaron mis muñecas con gruesas correas unidas a unas cadenas que descendían del techo. El peso de mi propio cuerpo cayó sobre mis hombros y un dolor insoportable me atravesó las articulaciones.

Sentía que iban a arrancármelos.

—Te tengo un regalo de cumpleaños —dijo Harper con una sonrisa que me revolvió el estómago.

—D-déjame... en paz...

Uno de los hombres me sujetó el brazo y me inyectó un líquido transparente. El frío recorrió mis venas casi de inmediato. Mi cabeza empezó a pesar. Todo se volvió ligeramente borroso. No perdía la conciencia. Peor. La conservaba.

—Traigan mi regalo para mi hermana.

Los hombres asintieron y abandonaron la habitación. El silencio que quedó fue mucho peor que cualquier grito. La sangre seguía cayendo lentamente de mis heridas. Mis brazos ardían suspendidos sobre mi cabeza. Las piernas apenas respondían.

Respiraba con dificultad.

«Nadie vendrá». La voz apareció dentro de mi cabeza con una claridad aterradora.

«Nadie sabe dónde estás».

«Nadie puede encontrarte».

«Nadie va a salvarte».

Por un instante estuve a punto de creerla, pero la puerta volvió a abrirse. Y entonces el verdadero miedo me golpeó. Los dos hombres regresaron. No venían solos, sujetaban a Ritter Meyer con fuerza por ambos brazos.

Cada uno apuntaba una pistola contra su cabeza para impedir que intentara liberarse. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No.

Ritter recorrió la habitación con la mirada. Cuando sus ojos encontraron los míos, todo su cuerpo se tensó.