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Instrumentos de tortura
PARTE II
Marga me dedicó una sonrisa cargada de anticipación.
No me gustó nada.
Era la sonrisa de alguien que sabía exactamente lo que iba a pasar y esperaba disfrutarlo.
—¿Estarás bien con ella? —preguntó después, mirando a Harper con cierta inseguridad—. No sé si...
No terminó la frase. Como si, por primera vez desde que llegó allí, dudara de que Harper pudiera controlarme.
Qué curioso.
Ni siquiera su aliada confiaba del todo en ella.
—Estaré bien —respondió Harper con absoluta tranquilidad—. Ahora vete. Yo me encargo.
Marga dudó un segundo antes de asentir y marcharse.
Esperé a que su figura desapareciera entre los pasillos.
Harper caminó despacio hasta mí. No había prisa en sus movimientos. Como si hubiera esperado toda su vida ese instante.
Sujetó mi brazo con firmeza y comenzó a obligarme a caminar otra vez.
Su mano estaba helada.
—Será tan divertido... —susurró mientras doblábamos una esquina y luego otra—. Siempre soñé con jugar con mis hermanas.
Soltó una pequeña risa. Era una risa suave. Infantil.
Y por eso mismo resultaba mucho más perturbadora.
—¿Quieres jugar conmigo, Breeze?
Apreté la mandíbula y, por primera vez en todo el recorrido, giré la cabeza para mirarla directamente.
Sus ojos brillaban con una emoción genuina. Como si de verdad creyera que aquello era un juego.
Hundí las cejas.
—Vete al diablo.
Ella sonrió. Después soltó una carcajada escandalosa que me erizó la piel. No respondió. Simplemente siguió caminando conmigo, obligándome a doblar otra esquina. Al final del pasillo se detuvo frente a una pesada puerta de metal.
La abrió despacio.
El aire que escapó del interior era frío. Denso.
Fruncí el ceño mientras observaba el lugar. Al principio solo distinguí sombras. Un cuarto amplio, oscuro y repleto de objetos cuya forma no lograba reconocer.
Harper me empujó hacia dentro.
Di dos pasos y mis ojos terminaron de acostumbrarse a la luz.
Entonces lo entendí.
En el centro de la habitación había una mesa metálica, demasiado grande para ser una simple camilla.
A unos metros descansaba otra mesa más pequeña cubierta por una bandeja de acero inoxidable.
Encima había bisturís, pinzas, agujas, sierras pequeñas, cuchillas y herramientas que jamás había visto, pero cuyo propósito era imposible confundir.
A un lado había una silla gruesa, reforzada con correas de cuero y cadenas oxidadas. No era una habitación.
Era una sala de tortura.
Harper cerró la puerta con calma. El clic de la cerradura resonó como una sentencia.
Después caminó hasta un interruptor y lo accionó.
Las lámparas del techo se encendieron una por una, bañando todo el cuarto con una luz azulada, casi clínica. El ambiente se volvió todavía más inquietante.
Respiré hondo.
No.
No iba a darle el gusto de verme temblar.
Había sobrevivido a golpes, humillaciones, violaciones disfrazadas de amor, pérdidas y abandono. Había visto morir partes de mí una y otra vez.
Si Harper creía que un cuarto lleno de instrumentos iba a quebrarme, estaba muy equivocada. La verdadera Brisa llevaba demasiado tiempo enterrando monstruos para asustarse de los de alguien más.
Harper juntó las manos con entusiasmo, como una niña a punto de abrir un regalo de cumpleaños.
—¿Estás lista para sentir un poco de dolor?
La observé sin pestañear.
—Disfrútalo mientras puedas, Harper.
Ella sonrió todavía más.
—No saldrás con vida de aquí. Y cuando tus amigos vengan a buscarte... Marga y unos cuantos hombres se encargarán de ellos.
Todo mi cuerpo se tensó. Giré la cabeza de golpe hacia ella. Ella levantó ambas manos con fingida inocencia.
—¿Qué puedo decir? Daños colaterales. Ellos realmente no me importan. Pero a Marga sí le importa hacerte sentir lo que ella sintió. Necesita quitarte a alguien.
Sentí un calor desagradable subir por mi pecho.
—No te atrevas a ponerles una mano encima.
Harper abrió lentamente los ojos. Su sonrisa cambió. Ya no era divertida.
Era satisfecha. Como si acabara de descubrir el secreto mejor guardado del mundo.
—Ah... ahí está. —Avanzó un paso hasta detenerse a menos de un metro de mí—. Finalmente encontraron la forma de agrietarte.
Guardó silencio unos segundos, disfrutando de mi expresión.
Apreté la mandíbula.
—Eso no significa que puedas usarlos contra mí.
—¿No? —Negué despacio, divertida—. Toda persona tiene un punto débil, Breeze. El tuyo nunca fuiste tú. —Su dedo índice señaló directamente mi pecho y luego se lo acercó hasta sus labios haciendo una señal de silencio—. Y yo conozco muy bien el tuyo aunque estés fingiendo no conocerlo...
Mi cuerpo se tensó de golpe. Harper sonrió como un depredador que por fin encuentra el cuello de su presa.
—Hija de puta...
—Perfecto —susurró interrumpiéndome—. Ahora sí podemos empezar a jugar.
—Déjalos fuera —susurré—. Ellos no vendrán, no te preocupes por eso. Yo soy tu venganza. No ellos.
Ella abrió los ojos como si acabara de descubrir el tesoro más valioso del mundo.
—Te seguí durante años, Breeze. Durante años vi lo fría, lo insensible y lo cruel que podías llegar a ser. Y ahora resulta que un puñado de personas consiguió que las quisieras. Oh, pequeña Breeze... no aprendiste bien. El amor nos vuelve débiles. Estúpidos. Nos da puntos por donde rompernos.
Sostuve su mirada sin apartarla un solo segundo.
—La rabia y el rencor hacen exactamente lo mismo. Solo que, además, te convencen de que eres invencible cuando en realidad estás a un paso de destruirte a ti misma.
Su sonrisa desapareció.
Por un instante vi cómo algo se quebraba detrás de sus ojos. Había entendido perfectamente lo que quise decir.
No respondió.
Simplemente caminó hasta mí.
Antes de que pudiera apartarme, me sujetó del brazo y me obligó a subir sobre aquella fría mesa metálica.
—Quédate quieta —susurró junto a mi oído cuando intenté zafarme—. O tendré que empezar usando los choques eléctricos.
Mi mirada viajó hasta la bandeja. Instrumentos que parecían sacados de una sala de tortura medieval mezclada con un laboratorio.
Harper terminó de inmovilizarme. Ajustó unas gruesas correas alrededor de mis muñecas y tobillos, comprobando dos veces que no pudiera moverme.
Tiró de una de ellas para asegurarse.
Sonrió, satisfecha.
Dentro de mí todo era un caos.
La Brisa que llevaba años fingiendo ser fuerte estaba aterrorizada. Gritaba desesperada. Suplicaba que alguien encontrara aquel lugar. Que Paul regresara. Que Hansel, Joe, Ritter... cualquiera, apareciera antes de que fuera demasiado tarde.
Quería vivir. Quería salir de allí. Quería seguir respirando. Pero esa voz no era la única. Había otra. Mucho más silenciosa. Mucho más antigua. No gritaba. No lloraba. Solo observaba. Esperaba.
Como si llevara demasiado tiempo dormida y aquella habitación, aquellas correas y aquella amenaza fueran exactamente lo que necesitaba para abrir lentamente los ojos.
No entendía qué era. Solo sabía que estaba ahí. Y que, cuanto más sonreía Harper, más fuerte parecía hacerse esa presencia dentro de mí.
Harper tomó uno de los instrumentos de la bandeja y lo hizo girar entre sus dedos con una calma inquietante.
—Empecemos. —Se mordió lentamente el labio inferior—. Llevo demasiado tiempo imaginando este momento.
Acercó el instrumento a mi piel.
—Me muero por escuchar tus gritos de dolor, hermanita.
La miré fijamente.
Y, por primera vez desde que entré en aquella habitación, fui yo quien sonrió. Una sonrisa pequeña.
No sabía por qué, pero algo dentro de mí estaba dejando de tener miedo. No supe cuánto tiempo pasó. Cuando volví a la realidad seguía atada de pies y manos. Completamente inmovilizada.
—¿Qué sientes? —preguntó Harper con una serenidad que daba escalofríos.
Pegó otro de esos pequeños dispositivos sobre mi piel. Cuando hizo contacto, una descarga eléctrica atravesó todo mi cuerpo.
El grito escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
Maldita sea.
Todo mi cuerpo se arqueó por el espasmo. Cada músculo dolía. Cada respiración quemaba. Y lo único que conseguía pensar era que todavía no encontraba la forma de liberarme.
Eso era lo que más rabia me daba.
No el dolor. No el miedo. Sino seguir ahí, inmóvil, viendo a Harper sonreír mientras hacía conmigo lo que quería.
Porque yo solo podía imaginar una cosa. Su rostro cuando fuera ella quien estuviera sobre esa mesa. Su voz suplicando. Sus ojos llenos del mismo terror que intentaba provocar en mí.
Hacía unos minutos me había arrancado el vestido y me había dejado únicamente en ropa interior.
El frío de la habitación se pegaba a mi piel sudada, haciéndome sentir todavía más vulnerable.
Podía sentir gotas resbalando por mi frente. Mi respiración era irregular.
Y mi muñeca... Mi muñeca ardía.
No entendía por qué al principio. Solo recordaba a Harper sujetándola con fuerza, escribiendo algo sobre mi piel y, segundos después, el filo de una pequeña navaja abriéndose paso lentamente.
El escozor era insoportable.
—Estoy segura de que esto no es ni la quinta parte del dolor que sentí cuando me abandonaron —murmuró sin apartar la vista de lo que hacía, como si estuviera terminando una delicada obra de arte.
Giré lentamente la cabeza hacia ella.
El cabello húmedo se pegó a mi frente. Desde aquella posición, tumbada y completamente inmovilizada, Harper parecía gigantesca.
Una reina. No. Un demonio. Uno convencido de que había ganado. La observé en silencio durante unos segundos. Después sonreí. Muy poco.
Lo suficiente para que ella lo notara.
—¿Cuándo vas a superar esa enfermiza necesidad de culparme por algo que jamás pude controlar? —pregunté cuando el último espasmo terminó de recorrer mi cuerpo—. Porque, créeme... si sigues buscando una culpable, algún día dejarás de mirar a las personas correctas.
Vi cómo su mandíbula se tensaba.
Había vuelto a tocar una herida que nunca cicatrizó. Y por primera vez desde que comenzó aquel juego... sentí que yo también estaba haciéndole daño.