RITTER 26 #2
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26 #2

Harper lo sabía. Y estaba disfrutándolo.

Entonces Harper ladeó la cabeza y habló sin apartar los ojos de Marga.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

—Le quitaré a alguien que quiera demasiado —dijo Marga.

Harper sonrió con calma. Se inclinó hasta quedar muy cerca de Marga y depositó un beso breve sobre sus labios.

—Yo, mientras, jugaré con ella y celebraremos nuestro cumpleaños. Es la primera vez que lo pasamos juntas, así que tiene que ser especial.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Por un momento creí que Harper solo era una chica abandonada, una mujer rota por una vida de rechazo. Quise creer que todo aquello era el resultado del dolor de una niña a la que nunca eligieron.

Pero no.

Harper era mucho más que eso.

Había asesinado al hombre que violó a nuestra madre y que, por desgracia, era nuestro padre. Había dejado a nuestra madre postrada en una cama. Y ahora estaba allí, mirándome con una tranquilidad aterradora, como si yo fuera la última pieza que faltaba para completar su obra.

Quería borrar a toda nuestra familia. Quería borrarme a mí. Y lo peor era que, por primera vez desde que la conocí, entendía de dónde nacía toda esa rabia.

Muchas veces imaginé cómo habría sido mi vida si Merina no hubiera existido. Me pregunté si papá me habría querido. Si mamá me habría mirado alguna vez con cariño. Si habría dejado de vivir bajo la sombra de la hija perfecta.

Esa noche obtuve la respuesta.

No.

Nunca habría importado.

Yo siempre habría sido el error. El recuerdo de la peor noche de la vida de mi madre. El monstruo nacido de una violación. La hija que nadie quería mirar demasiado tiempo. Y, para colmo, la mujer a la que todos señalaron cuando creyeron que Merina se había quitado la vida.

Siempre fui la sombra de mi hermana. Ella era la buena. La correcta. Yo era el problema. La grieta. La mancha negra de una familia que fingía ser perfecta. Quizá por eso entendía tan bien la rabia de Harper.

Porque una parte de mí también había querido ver el mundo arder alguna vez.

La diferencia era que yo la había enterrado. O eso me repetía todos los días desde aquella noche.

Desde la noche en que Liar murió.

Había algo nuevo dentro de mí. Algo que sonreía al recordar el miedo en los ojos de Liar. Algo que disfrutó verlo suplicar. Algo que disfrutó mucho más ver suplicar a la perra de Valeria.

Algo que todavía seguía ahí, respirando muy despacio, esperando el momento oportuno para volver a salir.

De repente, un recuerdo me llegó de golpe.

—Y ella solo se cayó, papi —dijo una Merina de nueve años durante la cena—. Debiste verla. Todo el colegio se rio y Brisa solo se echó a llorar.

—No es gracioso —protestó una pequeña Brisa desde el otro extremo de la mesa—. Deja de burlarte de mí.

—Eres muy torpe, Brisa —comentó su padre sin siquiera mirarla—. Deberías ser más como tu hermana. Ella sí que es una niña inteligente y hermosa.

—Gracias, papi —respondió Merina con una enorme sonrisa. Después buscó la mirada de su madre—. ¿Tú crees lo mismo, mami?

La mujer levantó la vista. Miró a Merina con un cariño que jamás había reservado para mí. Luego sus ojos se posaron sobre Brisa. Apretó los labios durante un instante, como si verla le despertara un recuerdo desagradable.

—Sí, eres muy inteligente —le dijo a Merina—. Deberías enseñarle a Brisa cómo serlo.

El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado. Ahora lo entendía. Nunca fui torpe. Nunca fui insuficiente.

Solo era más fácil compararme con Merina que aceptar lo que representaba para ellos. Siempre necesitaron que una de las dos fuera perfecta y la otra el fracaso.

Y yo nací ocupando ese lugar.

—Me gusta la idea —dijo Marga, arrancándome del recuerdo—. Es hora de llevarla al campo de juego.

No entendí qué demonios significaba aquello. Ni siquiera tuve tiempo de preguntarlo.

Marga se acercó, me sujetó con fuerza del brazo y tiró de mí hasta obligarme a levantarme. El agarre era firme, casi doloroso. Comenzó a arrastrarme fuera de la habitación como si yo no pesara nada.

A mi espalda escuché la risa baja de Harper.

Una risa tranquila. Satisfecha. Después la oí hablar con alguien por teléfono, aunque no alcancé a distinguir las palabras.

Cuando cruzamos la puerta me encontré de frente con Paul.

Caminaba de un lado a otro con evidente nerviosismo. En cuanto me vio se quedó inmóvil.

Sus ojos recorrieron mi rostro como si buscara comprobar que seguía viva.

—¿Estás bien? —preguntó, dando un paso hacia mí.

Solté una risa seca.

—Vete a la mierda, hijo de puta.

Marga ni siquiera me soltó. Clavó una mirada fría en él.

—Estoy segura de que tu trabajo aquí no es preocuparte por ella. Aléjate.

Paul abrió la boca, como si quisiera responder, pero terminó bajando la vista. No insistió.

Marga volvió a tirar de mí y seguimos avanzando.

Los pasillos parecían interminables. Oscuros. Fríos. Las paredes de piedra daban la impresión de pertenecer a una antigua fortaleza subterránea o a una caverna olvidada por el tiempo. Cada paso hacía eco, y el sonido de nuestras pisadas rebotaba en todas direcciones.

Intenté memorizar el camino. Derecha. Izquierda. Escaleras. Otro pasillo. Dos puertas metálicas. Otra escalera.

Conté cada giro, cada tramo recorrido, obligándome a no perder detalle. Si salía viva de allí... necesitaría recordar cómo volver a salir.

Durante todo el trayecto podía sentir a Harper detrás de nosotras. No hablaba. No apresuraba el paso. Simplemente caminaba con esa elegancia inquietante que parecía convertir incluso el silencio en una amenaza.

—Aquí está bien —dijo Harper de pronto.

Marga se detuvo y giró hacia ella, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿No estamos demasiado cerca? Podría resultarle fácil escapar...

Harper sonrió con paciencia.

—Este lugar es un laberinto sin salida. Aunque se esfuerce por recordar cada giro, cada escalera y cada puerta por la que hemos pasado, jamás encontrará la salida. Ya te conté la historia de este lugar.

Miré alrededor con discreción. Así que tenía razón. Había intentado memorizar el camino... y ella lo había sabido desde el principio.

Como si hubiese podido leerme la mente.

—¿Ahora qué? —preguntó Marga con impaciencia.

Harper se acercó a ella y apoyó ambas manos sobre sus hombros con una delicadeza casi maternal.

—Ahora jugaré un divertido juego con mi hermanita.