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Instrumentos de tortura
PARTE I
Por mi mente nunca pasó que alguien cercano a Liar pudiera querer venganza. Es decir, ¿quién podría querer a semejante idiota insoportable?
La imagen de Liar apareció en mi cabeza sin que pudiera evitarlo. Su cuerpo consumiéndose entre las llamas. Sus gritos. El olor a humo mezclado con sangre.
Y, por un instante, también recordé a la otra Brisa. La que lloraba cuando él la insultaba. La que se encogía cada vez que levantaba la voz. La que todavía creía que, si lo amaba lo suficiente, algún día él cambiaría.
Esa Brisa murió aquella noche.
Murió junto con Liar.
Las llamas no solo lo consumieron a él. También redujeron a cenizas la parte de mí que todavía era capaz de sentir culpa por defenderse.
Desde entonces había fingido ser la misma. La chica impulsiva, sarcástica, aparentemente normal. Había sonreído, había seguido adelante, había convencido a todos de que seguía siendo Brisa.
Pero, en el fondo... algo mucho más oscuro había nacido esa noche. Algo que disfrutaba demasiado viendo sufrir a quienes lo merecían. Algo que llevaba demasiado tiempo encerrado.
Parpadeé con fuerza y aparté aquellos pensamientos.
Nunca conocí personalmente a Marga durante mi relación con Liar porque, según él, y por lo que escuchaba y veía, Marga había hecho algo que había desagradado a sus padres y la habían enviado lejos, a un internado o algo así. Liar decía que él ya no la consideraba su hermana.
Entonces, ¿por qué ella sí a él?
¿Por qué, cuando su hermano evidentemente no la quiso, ella quería vengarse?
Qué idiota, en serio.
Suspiré y aparté esos pensamientos de mi cabeza. Alcé la vista para encontrarme con los ojos oscuros de Harper. Incluso teníamos el mismo color de ojos y la misma forma de mirar.
Qué puta incomodidad.
Con Merina era diferente; sus ojos eran azules y no éramos tan idénticas.
—Me engañaste. Supongo que eso significa que también me quieres muerta. Como al resto de la familia.
Harper desvió la mirada antes de finalmente responderme.
—En mis planes no estaba que murieras —admitió, encogiéndose de hombros—, pero si tienes que morir para que mis planes concluyan con éxito, lo siento. Serás un simple daño colateral.
Solté una risa sin humor y giré la cabeza hacia Marga.
La recordé de inmediato. Era la misma chica que había ingresado al psiquiátrico haciéndose pasar por una ingenua e indefensa paciente. Recordé cuando fingió equivocarse de habitación y entró a la mía. El mismo día que Amaya murió.
La mujer que tenía delante era completamente distinta. En ella no había timidez. No había miedo.
Solo rencor. Solo rabia. Solo esa clase de odio que conocía demasiado bien.
Y, por alguna razón, eso no me intimidaba.
Me resultaba familiar.
Como si una parte de mí entendiera perfectamente esa oscuridad. Como si la llevara viviendo dentro desde hacía mucho más tiempo del que estaba dispuesta a admitir.
Sonreí.
—Me decepcionas —le dije a Harper sin dejar de mirar a Marga—. Creo que estaría más orgullosa de mi muerte si la hubieras planeado sola. No con ella...
Marga dio dos largos pasos, quedando frente a mí. Yo seguía sentada detrás de la mesa. No me había movido más de la cuenta porque, hacía unos minutos, había estudiado la habitación y no encontré una salida rápida ni una oportunidad real para escapar. Debía mantener la cabeza fría.
—Creo que aún no has entendido la situación —soltó ella. Dio otro paso y se agachó hasta quedar a la altura de mi rostro—. No estás en posición de hablar, muchísimo menos de menospreciarme.
Relamí mis labios antes de sonreír con una calma que ni yo misma entendía.
—Déjame ver si entendí... ¿Debo tenerte miedo?
Ella asintió lentamente.
Marga, a diferencia de Harper y de mí, se veía increíblemente común.
Todavía llevaba el uniforme del psiquiátrico, el cabello recogido en una coleta alta y el rostro completamente limpio de maquillaje.
Si la hubiera visto por la calle, jamás habría pensado que era capaz de secuestrar o matar a alguien.
—Deberías. Me estás subestimando demasiado. Esa no es una buena idea.
Negué despacio.
—No te tengo miedo, Marga.
—Tomando en cuenta que me arrebataste lo único real que tenía... sí deberías. Mataste a mi hermano como si nada.
Por un instante guardé silencio. Las llamas. El olor a humo. Los gritos. La sangre cubriendo mis manos. Recordé exactamente cómo Liar me había suplicado mientras ardía. Recordé el calor golpeándome el rostro cuando dejé caer el encendedor y me marché sin volver atrás.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Cómo que como si nada? —Negué con la cabeza—. Tu hermano era una mierda de persona que se merecía mucho más de lo que le hice. Y sí... lo disfruté muchísimo, si me lo preguntas.
—¡Cállate!
—¿En serio apoyas que me violara, me golpeara y me humillara?
La dureza en su expresión vaciló un segundo.
No aparté la mirada de sus ojos.
—Tú no estabas ahí. Estabas en algún lugar del mundo porque tu familia decidió esconderte. No viste cómo toda tu maldita familia me convirtió en un saco de boxeo durante años. No viste las palizas. No viste las violaciones. No viste las humillaciones.
Di una breve pausa.
—No viste absolutamente nada... y aun así estás aquí, mirándome como si yo fuera el monstruo y él la víctima. Minimizar todo lo que ese maldito hijo de puta me hizo no lo convierte en un santo. Solo te convierte a ti en otra cómplice de su historia.
—Liar...
La interrumpí antes de que pudiera terminar.
—Liar mató a su propio hijo, Marga. Estaba embarazada y él lo sabía. Aun así me golpeó. Lo hizo tan fuerte que tuve un aborto y terminé con un bebé muerto dentro de mí. ¿Sabes cómo se siente eso? No, ¿verdad, maldita idiota?
Su expresión cambió de inmediato.
Tragó grueso. Las cejas se le fruncieron con desconcierto y dio un paso hacia atrás por puro instinto. Lo vi en sus ojos. Esa parte de la historia no la conocía.
—¿Qué...?
—Lo que oíste. —La miré fijamente—. ¿Te sigue pareciendo Liar alguien por quien merezca la pena ensuciarse las manos?
—Estás mintiendo —replicó de inmediato, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. Liar no era ese tipo de persona. Él no era como lo quieres pintar. Yo conocía a mi hermano. Si estuviera aquí...
—Lo mataría de nuevo frente a ti.
Los ojos de Marga se abrieron de golpe. Por un instante vi cómo la rabia vencía cualquier rastro de razón. Perdió el control y se lanzó hacia mí con la intención de arrancarme la cabeza, pero Harper la sujetó del brazo antes de que pudiera alcanzarme.
—¡Suéltame! —rugió Marga, forcejeando.
Harper no la soltó. Sus dedos se clavaron con fuerza en su brazo mientras mantenía la mirada fija en mí.
Una mirada cargada de furia. Sonreí despacio. ¿De verdad esperaban que me sintiera culpable? ¿Que llorara? ¿Que pidiera perdón? Después de todo lo que había vivido...
Qué poco me conocían. Eso solo demostrabas que, por mucho que Harper creyera haber investigado mi vida, jamás entendió quién era realmente. Todos conocían a la Brisa que sonreía. La que fingía estar rota. La que aparentaba seguir adelante.
Nadie conocía a la mujer que salió caminando de aquel departamento mientras Liar ardía vivo.
Porque esa parte de mí... jamás volvió a morir.
—Te está manipulando y la estás dejando hacerlo, Marga. No le creas. No le des ese poder. Sabe cuánto amabas a Liar y está intentando destruir la imagen que tienes de él.
Cuando aparté la vista de Marga y la clavé en Harper, lo entendí todo. Sentí una risa amarga escaparse de mis labios.
Claro. Marga no sabía nada. No sabía de las golpizas. No sabía de las violaciones. No sabía del bebé que perdí. No sabía de los años de humillaciones.
Harper jamás le contó esa parte de la historia.
Solo le enseñó el final. El cadáver de su hermano, o lo que quedó en las cenizas de él. Y me convirtió en el monstruo perfecto.
Parpadeé varias veces mientras todas las piezas encajaban en mi cabeza. La mente maestra nunca había sido Marga. Era Harper. Ella había encontrado a una chica rota por el duelo y la había moldeado a su conveniencia. Marga solo era un peón convencido de que estaba haciendo justicia.
—No se lo dijiste... —murmuré sin apartar los ojos de Harper—. Nunca le contaste quién era realmente Liar. Hiciste que creyera que la villana de la historia era yo.
Para ese momento, Marga ya se había alejado de mí. Se colocó junto a Harper, unos pasos detrás de ella.
Exactamente donde Harper quería tenerla.
Mi hermana levantó una mano con elegancia, como si bastara un simple gesto para silenciarme.
—No la escuches, Marga —dijo con una calma inquietante—. Está intentando confundirte. Ya conoces la verdad.
—¿Y cuál es la verdad según tú? —pregunté con auténtica curiosidad.
Harper sonrió. No una sonrisa cualquiera. Era la sonrisa de alguien completamente convencido de sus propias mentiras.
—No te hagas la tonta, Breeze. —Su voz sonó casi divertida—. Creíste que Liar te engañaba... y lo asesinaste. Estás enferma. Inventas cosas que jamás ocurrieron y terminas creyéndotelas.
Alcé lentamente las cejas. Después giré hacia Marga.
—Dime que no le crees.
Ella no respondió. Solo seguía mirándome.
—Porque, de verdad, escúchala. —Solté una risa incrédula—. Según Harper, un hombre completamente sano apareció muerto porque a su novia le dio un ataque de celos. Esa es la historia. ¿No te parece ridícula?
Marga tragó saliva.
Vi la duda cruzar fugazmente por su rostro.
Solo un segundo.
Harper también la vio.
—No la escuches —repitió con firmeza, adelantándose un paso—. Los psicópatas siempre intentan justificar lo que hacen. Necesitan convencerse de que las víctimas eran los malos.
Aquella frase no iba dirigida a mí. Iba dirigida a Marga. La estaba sujetando de nuevo. Asegurándose de que no empezara a pensar por sí sola.
—Mataste a mi hermano... —susurró Marga, aunque ya no sonaba tan convencida como antes—. Y ahora intentas manchar su nombre. Él era lo único bueno que tenía. Lo único que me quedaba. Por tu culpa no volveré a verlo jamás.
La observé unos segundos. Qué fácil era romper a una persona cuando alimentabas solo una parte de la verdad.