25 #3
Hacía unas horas era él quien me hacía temblar. Ahora era yo quien decidía cuánto iba a temblar él.
—¿Me tienes miedo? —susurré. Él tragó saliva con dificultad—. Ya no eres tan valiente, cariño.
—Brisa...
Sonreí y acerqué un poco más el filo, solo lo suficiente para que entendiera que no estaba jugando.
—¿Qué pasó con «pequeña zorra»? —pregunté con una ironía tan tranquila que incluso a mí me sorprendió—. ¿Qué cambió?
Él respiró con dificultad.
—Brisa... cariño... No quieres hacer esto. Baja ese cuchillo. Podemos hablar. Podemos resolverlo. Sé que hemos tenido... diferencias, pero yo te amo y… sé que tú también me amas.
Solté una carcajada baja.
—Sí quiero hacerlo. Deseo matarte con mis propias manos —confesé sin apartar la mirada de la suya—.
Ahora mismo no puedo dejar de imaginar cómo sería ver desaparecer de mi vida a la persona que la convirtió en un infierno.
¿Sabes qué es lo más peligroso de todo esto, Liar? Que ya no siento lástima por ti.
—Amor...
Mi sonrisa se ensanchó un poco.
—Y empiezo a preguntarme si alguna vez estuve enamorada de ti... o si solo me aferré a alguien que me convenció de que no merecía nada mejor. —Lo observé unos segundos más, disfrutando del silencio—. Qué capricho tan caro me saliste.
—Estás loca.
Solté una risa vacía.
—No. Los años de golpes, humillaciones e insultos pasan factura. Eso es todo.
—Brisa, podemos resolverlo.
Negué despacio.
—Sigues perdiendo el tiempo intentando manipularme.
En ese instante, Valeria abrió los ojos de golpe. Desorientada, miró a su alrededor, después el cuchillo entre mis manos y, por último, a Liar.
—¿Amor...? —susurró con la voz quebrada.
Liar ni siquiera la miró. Toda su atención seguía puesta en mí.
—Brisa...
Sonreí otra vez.
—Brisa, Brisa, Brisa... Qué curioso. Nunca pronunciaste mi nombre con tanto miedo. —Me incliné hasta quedar junto a su oído—: ¿Alguna vez pensaste cuáles serían tus últimas palabras? Quizá deberías empezar a elegirlas.
Él no respondió.
Entonces vi a Valeria moverse por el rabillo del ojo. Estaba intentando alcanzar su teléfono sin que yo lo notara.
Sonreí. Qué estúpida.
Ya era muy tarde.
Saboreando el momento, bajé el cuchillo y, sin previo aviso, se lo clavé justo en el estómago a mi querido novio.
Él gritó, desesperado. Pero no me importó, no me detuve. Bajé jugueteando con el cuchillo sobre su piel y lo dejé sobre su polla. El pánico inundó sus ojos y yo sonreí, satisfecha.
—Ni siquiera era tan grande —me burlé.
Lo apuñalé.
Seguí bajando y lo inmovilicé cortándole los nervios de cada pierna.
—No podrás correr aunque quieras, amor.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó Valeria, llevándose las manos a la boca—. ¡Dios mío! ¡Lo estás matando!
Sentí que la persona que había sido hasta esa noche desaparecía para siempre. La Brisa buena dejó mi cuerpo y una nueva Brisa nació esa noche.
Todo el dolor, la humillación y el miedo de años se mezclaban dentro de mí hasta dejar un vacío imposible de explicar.
—Corre —susurré, mirándola y sonriendo; Valeria me miraba como si no me conociera: con pasmo y mucho miedo—. Levántate y corre porque le sigues tú, maldita perra.
Valeria dudó un segundo.
Después salió huyendo. No llegó muy lejos. Cuando volvió a mirarme, el terror había sustituido por completo el orgullo con el que siempre había caminado.
Igual que hice con Liar, la inmovilicé, la corté y la apuñalé a mi antojo y la coloqué junto a Liar sobre la cama. Ambos vivos, desangrándose y sin poder moverse para pedir ayuda.
Sus respiraciones eran agitadas, desesperadas, y el miedo había borrado por completo la arrogancia que siempre los había acompañado.
Los observé en silencio.
Durante años fui yo quien conoció ese miedo.
Esa noche les pertenecía a ellos. No sentía compasión.
No después de todo lo que me habían arrebatado.
Una parte de mí solo quería que enfrentaran las consecuencias de cada decisión que habían tomado, que comprendieran, aunque fuera demasiado tarde, el infierno que me obligaron a vivir.
No era suficiente con matarlos. Quería que estuvieran vivos para que ardieran en el puto infierno.
Todavía con el cuchillo entre mis manos llenas de sangre, avancé hasta el minibar del departamento. Tomé una botella, le di un largo trago y luego, bajo su atenta mirada, comencé a verter todo el líquido sobre ellos, la cama y el departamento.
—¡Te lo suplico, no, por favor! —susurró Liar, con la voz quebrada.
—¡Perdóname... perdóname! —sollozó Valeria.
—¡Perdónanos! —insistió él, desesperado.
Los observé en silencio. Era muy tarde para perdonar. Ya estaba con el encendedor encendido entre mis manos.
Sonreí con malicia. Algo que no lograba reconocer se adueñaba de mí.
—No —dije simplemente.
Y, sin más, dejé caer el encendedor sobre la cama.
La cama, el suelo, las paredes y ellos comenzaron a incendiarse de inmediato.
Escuché sus gritos mientras salía del departamento con el cuchillo lleno de sangre en una mano y la botella en la otra.
Miré hacia atrás solo para darme cuenta de que todo el departamento estaba en llamas.
Sonreí, libre al fin.
—Feliz cumpleaños para mí.