RITTER 25 #2
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—Buenas noches, jefe.

Max respondió con una sonrisa distraída:

—Gracias, Marcus.

Ni siquiera revisaron nuestras identificaciones; entramos directamente al interior del bar.

—¿Qué quieres tomar? —preguntó Max mientras subía las escalerillas que llevaban a la zona VIP.

Lo pensé un instante. Pensar en alcohol me hizo pensar en otra cosa: en la sangre, en el baño, en el dolor insoportable, en el silencio que siguió cuando el médico pronunció aquellas palabras. Hacía un mes había perdido a mi bebé.

Liar ni siquiera lo sabía; nunca se lo conté. Supuse que fue lo bastante inteligente para entender que, después de la paliza que me dio aquella noche, nada podía haber sobrevivido dentro de mí.

Él había matado a su propio hijo.

—Ron —murmuré.

Max asintió sin hacer preguntas y caminó hacia la barra. Lo seguí. Pidió dos botellas y me tendió una.

La destapé sin pensarlo y bebí un largo trago. El alcohol me quemó la garganta y me hizo cerrar los ojos durante un segundo. Después dejó de arder, como todo.

No supe cuánto tiempo pasó. Solo sabía que seguía allí, inclinada sobre la barra, con la botella casi vacía entre las manos y el cuerpo completamente adormecido.

El alcohol no borraba los recuerdos: los hacía más ruidosos.

Volví a sentir la pérdida de mi bebé. Sentí los puños de Liar golpeándome una y otra vez.

Escuché cada insulto, cada humillación, cada vez que me hizo creer que yo no valía nada, cada vez que me convenció de que nadie podría quererme, cada vez que me utilizó y después me hizo sentir culpable por existir. Todo volvió de golpe.

Y por primera vez en mucho tiempo entendí algo.

No estaba llorando porque hubiera perdido a Liar. Estaba llorando porque me había perdido a mí misma intentando amar a un hombre que jamás supo lo que significaba esa palabra.

Recordé los desprecios de su familia. De la mía. El cuerpo de Valeria moviéndose sobre el suyo. Sus gemidos. La forma descarada en la que ambos actuaban cuando yo estaba cerca, como si mi presencia no significara absolutamente nada.

Se burlaban de mí. En mi maldita cara. Y recordar todo aquello hizo que el dolor dejara de doler. Poco a poco fue reemplazado por algo mucho peor.

Rabia.

Una rabia tan intensa que me quemó el pecho.

Molesta, le di otro trago a la segunda botella de ron. Arrugué los labios cuando descubrí que ya estaba vacía. Levanté la mano hacia el chico detrás de la barra.

—Vodka.

—Quizá deberías dejar de beber, Brisa —escuché la voz de Max detrás de mí.

Giré la cabeza despacio para mirarlo. Tenía esa expresión preocupada que siempre ponía cuando creía que estaba a punto de hacer una estupidez.

Lo empujé con una mano.

—Quizá deberías dejar de decirme lo que tengo que hacer.

El bartender dejó el vaso frente a mí. Lo vacié de un solo trago. El alcohol me quemó la garganta, pero ya casi no lo sentía.

—Otro.

El segundo llegó unos segundos después y corrió la misma suerte. Todo comenzaba a sentirse... ligero.

Mi cabeza daba vueltas. Las luces del bar parecían mezclarse unas con otras. Ya no sabía si estaba llorando o simplemente tenía los ojos húmedos por el alcohol.

—Brisa... —insistió Max.

Lo miré con los párpados a medio cerrar.

—¿Me harías un favor?

Max soltó un largo suspiro antes de asentir.

Sonreí satisfecha, intenté ponerme de pie y el mundo entero se inclinó hacia un lado. Mis piernas dejaron de responderme y estuve a punto de terminar en el suelo. Max me sostuvo por la cintura antes de que pudiera caer.

De acuerdo... Estaba completamente borracha.

Me apoyé contra él y acerqué mi boca a su oído.

—Llévame a casa con Liar. Ya quiero ver a mi chico.

Max me ayudó a ponerme de pie. Dejó suficiente dinero sobre la barra y prácticamente me cargó fuera de Tinieblas.

No recuerdo cómo consiguió meterme en el auto. Solo conservo recuerdos dispersos: él deteniéndose en una cafetería abierta a esas horas, comprándome un café absurdamente cargado y obligándome a beberlo mientras yo protestaba como una niña.

—Te lo vas a tomar completo.

Después me ordenó dormir un rato.

Y, por primera vez en toda la noche, le hice caso.

Sentí una mano moviendo mi brazo con suavidad.

—Brisa...

Abrí los ojos lentamente.

Max seguía allí, observándome con esa expresión entre preocupado y resignado que siempre ponía cuando yo hacía alguna estupidez.

—Llegamos.

El café había hecho parte de su trabajo. También la media hora que había permanecido dormida. El mundo seguía balanceándose ligeramente, pero ya no daba vueltas. Veía con claridad.

Caminar... eso era otra historia.

Sonreí torpemente.

—Eres un amor, Max.

Me incliné y le dejé un beso húmedo en la mejilla antes de abrir la puerta.

Apenas puse un pie en el suelo, tuve que sostenerme del coche para no caerme.

—¡Brisa! —me llamó él.

Seguí caminando hacia el edificio sin siquiera volverme. Levanté una mano en el aire, despidiéndome.

—¡Estoy perfectamente!

Era mentira. No conseguía caminar en línea recta. Entré al departamento y encontré todas las luces encendidas.

El silencio era absoluto. Mi mirada descendió hasta el suelo. La ropa masculina mezclada con prendas femeninas formaba un camino que conducía directamente a nuestra habitación.

Apreté la mandíbula.

Ni siquiera se habían molestado en recoger. Ni en ocultarlo. Crucé la sala sin hacer ruido y entré en la cocina. Abrí el refrigerador, saqué una botella de agua y bebí un largo trago intentando apagar el incendio que llevaba dentro.

No sirvió de nada. Cerré la puerta del refrigerador con lentitud. Después me giré hacia la encimera donde estaba la vajilla. Mis dedos recorrieron uno a uno los mangos de los cuchillos hasta detenerse sobre el más grande y afilado.

Lo sujeté con fuerza. El acero estaba frío. Una sonrisa extraña apareció en mis labios mientras lo observaba reflejar la luz de la cocina.

—Me las van a pagar, Liar... —murmuré, balanceándome ligeramente por el alcohol—. Igual que esa perra.

Avancé hacia la habitación tarareando una melodía que solo existía en mi cabeza. El alcohol seguía nublándome los pensamientos, pero había una claridad inquietante en uno de ellos.

Sonreía.

Y no entendía por qué. Empujé la puerta con cuidado.

Allí estaban. Liar dormía profundamente con un brazo rodeando el cuerpo desnudo de Valeria, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Como si esa hubiera sido siempre su cama.

Sentí una punzada de asco. Ni siquiera habían tenido la decencia de esconderse. Caminé despacio hasta el lado de la cama. Ninguno de los dos parecía haber notado mi presencia. Liar respiraba con tranquilidad. Tenía el rostro relajado, en paz.

Qué curioso. Yo llevaba meses sin saber lo que era dormir en paz por su culpa. Bajé la vista hacia el cuchillo que sostenía entre mis manos. Lo giré lentamente entre mis dedos.

¿Qué pasaría si, por una sola vez, el miedo cambiaba de dueño? Acerqué el filo hasta su cuello. Lo rozó un poco.

Él se removió entre las sábanas, todavía dormido. Presioné un poco más. Sus ojos se abrieron de golpe. Primero me miró a mí. Después, al cuchillo. El sueño desapareció de su expresión en un instante. Intentó incorporarse, pero se quedó completamente inmóvil.

Por primera vez desde que lo conocía... tenía miedo.

—Brisa... —susurró con la voz quebrada.

Lo observé unos segundos sin responder. Me sorprendió descubrir que verlo asustado no me producía satisfacción.

Solo me hacía pensar en todas las veces que yo había ocupado ese mismo lugar.

—¿Sabes cuál es el problema de personas como tú? —pregunté con una calma que ni yo misma reconocía.

Él no respondió.

—Que terminan creyéndose invencibles. Confían demasiado en el miedo que provocan. Piensan que sus víctimas jamás dejarán de temblar, jamás levantarán la cabeza, jamás encontrarán el valor para enfrentarlos.

Incliné ligeramente la cabeza, sin apartar los ojos de los suyos.

—Duermen a nuestro lado. Comen en nuestra mesa. Nos dan la espalda convencidos de que nunca haremos nada.

Solté una risa seca.

—Qué manera tan estúpida de vivir, ¿no crees? Creer que el miedo dura para siempre. Creer que una persona rota no puede decidir, algún día, dejar de tenerte miedo.

—Irás a la cárcel si me haces algo —susurró él, completamente dominado por el pánico.

—Sí, lo sé. —Asentí despacio—. Qué curioso... La policía parece ser muy eficiente cuando no se trata de mujeres maltratadas.

Liar alternaba la mirada entre mis ojos y el cuchillo que permanecía inmóvil sobre su cuello. El terror comenzaba a desfigurarle el rostro.

Qué rápido cambiaban las cosas.