25
La muerte más deseada: Liar Koch
Un año y medio atrás
Mis ojos se llenaron de lágrimas en cuanto los vi. Una cosa era sospecharlo; otra muy distinta era presenciarlo con mis propios ojos.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Los jadeos desesperados de la chica que estaba encima de mi novio llenaban la habitación. Su cabello oscuro caía sobre la espalda desnuda mientras se movía sobre él con una confianza que solo tenía alguien que ya había estado allí demasiadas veces.
Liar la sujetaba con fuerza por la cintura. Gruñía. Gemía. La miraba como nunca me había mirado a mí, como si aquella mujer fuera todo lo que necesitaba, como si yo jamás hubiese existido.
El pecho me ardió. Sentí náuseas. Me cubrí la boca con ambas manos para impedir que el sollozo escapara de mi garganta. Todavía no habían notado mi presencia. Podía irme. Podía fingir que nunca había abierto aquella puerta.
Di un paso hacia atrás. Solo uno.
Vete, Brisa. Solo vete. Respira. No hagas una escena.
Conocía a Valeria: éramos compañeras en la universidad.
Mientras yo estudiaba Psiquiatría, ella cursaba Derecho junto a Liar.
Siempre caminaba por los pasillos con la cabeza en alto, presumiendo de su vida perfecta, de sus notas perfectas, de su sonrisa perfecta.
Y ahora entendía por qué también sonreía cada vez que me veía.
No era arrogancia: era burla. Todo el mundo lo sabía; todo el mundo menos yo.
Ni siquiera intentaban ocultarlo. Ni Valeria ni Liar.
Y yo... como una estúpida, seguía creyendo cada una de las excusas que él inventaba. Porque eso era lo único que sabía hacer: creer, esperar, perdonar, aguantar.
Recordé la última discusión que habíamos tenido.
—¿Y tú por qué crees que busco a otras mujeres? —me había gritado Liar aquella noche, con los ojos inyectados de rabia después de que lo enfrentara por los rumores sobre Valeria—. ¡Respóndeme, Brisa!
Tragué saliva. Sentía la garganta tan cerrada que casi no podía respirar. Alcé la vista hacia él, sintiendo las lágrimas empañarme los ojos.
—¿No... no soy suficiente para ti? —pregunté en un hilo de voz—. ¿No soy lo que quieres?
Liar soltó una risa seca.
—¡Tú no eres suficiente para nadie!
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Él dio un paso hacia mí y, por puro instinto, retrocedí. Ya conocía esa mirada; sabía exactamente lo que venía después.
Cuando consiguió alcanzarme, apoyó un dedo sobre mi sien y presionó despacio.
—Métete esto en esa cabecita de idiota que tienes —su voz era baja, venenosa—. No eres suficiente para nadie, Brisa. Nunca lo has sido. Eres la persona más insignificante, reemplazable y patética que conozco.
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
—Liar... —susurré con la voz quebrada. Le acaricié la mejilla con una mano temblorosa—. No digas eso... Yo te amo.
Él sonrió con una mezcla de desprecio y diversión. Tomó mi muñeca y la apartó de su rostro como si mi contacto le produjera asco. Después descendió lentamente hasta sujetarme la mandíbula entre los dedos. Apretó con fuerza, demasiada fuerza. Un gemido de dolor escapó de mis labios.
—La única razón por la que sigo contigo es porque no pienso provocar un escándalo —me obligó a levantar la cabeza para que lo mirara—. Mi familia no merece verse relacionada con alguien como tú —sus ojos recorrieron mi rostro con absoluto desdén—. Eres una vergüenza.
Sentí cómo las lágrimas terminaban deslizándose por mis mejillas. Él continuó como si disfrutara cada segundo.
—No estaría bien visto abandonar a la mujer que lleva un hijo mío en el vientre... ¿verdad? Eso sería un problema para mi apellido.
Mi respiración se volvió inestable. Instintivamente llevé una mano hasta mi abdomen.
hacía unos días que había descubierto el embarazo.
—Te arrepentirás, Liar... —murmuré, reuniendo el poco valor que me quedaba.
Él soltó una risa seca. Luego apoyó la mano sobre mi vientre; no con ternura, sino con posesión.
—Claro que me arrepiento —su sonrisa se ensanchó—.
Me arrepiento de no haber terminado contigo mucho antes.
Solo estoy esperando que nazca ese niño para librarme definitivamente de ti.
Me quedaré con mi hijo y tú desaparecerás de nuestras vidas como si nunca hubieras existido —apretó un poco más mi mandíbula—.
Porque eso eres, Brisa: un error. Uno muy fácil de reemplazar.
Me soltó de golpe. Retrocedí un paso, tambaleándome. Él me observó con una expresión de absoluto desprecio. Inspiré con dificultad. Me negué a seguir llorando frente a él; apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas.
—No vas a quedarte con mi hijo. Te lo juro.
En la realidad seguí retrocediendo, un paso tras otro, alejándome de aquella habitación, alejándome de ellos. No iba a gritarles; no iba a suplicar; no iba a regalarles el espectáculo que, seguramente, esperaban.
Si Liar quería revolcarse con otra mujer en la cama que compartíamos, adelante. Que lo hiciera. Que se pudriera. Porque, de pronto, entendí algo: Liar era una maldita rata, una rata cobarde que jamás mereció el amor desesperado con el que intenté salvarlo durante tantos años.
Apreté los labios con tanta fuerza que me dolieron.
Las imágenes comenzaron a mezclarse dentro de mi cabeza: Liar empujándome contra la pared, Liar golpeándome hasta dejarme sin aire, Liar obligándome a soportar cosas que nunca quise, Liar llamándome inútil, insignificante, reemplazable.
Las palabras seguían clavadas dentro de mí como cuchillas.
Me había roto lentamente, día tras día, hasta convencerme de que realmente no valía nada.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, pero las limpié con rabia. No. Ya no más. Había llorado demasiado por ese hombre. Había soportado demasiado. Y él jamás lo valoró.
Respiré hondo, me di media vuelta y salí del lujoso departamento sin mirar atrás.
Tomé mi bolso de la pequeña mesa de la entrada y cerré la puerta con toda la calma que fui capaz de fingir.
Solo cuando el ascensor comenzó a descender sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Me apoyé contra la pared metálica y cerré los ojos.
Se acabó. Por fin se acabó.
Saqué el celular del bolso con manos temblorosas y marqué el único número que sabía que contestaría sin hacer preguntas: Max, mi mejor amigo; el hermano que la vida decidió regalarme; la única persona con la que todavía me sentía segura.
Amistad que debí dejar de lado por Liar.
Por sus celos. Por su control. Por eso, quizá, mi llamada le sorprendería un poco.
Él no sabía absolutamente nada de lo que ocurría cuando la puerta del departamento se cerraba.
Para él, igual que para el resto del mundo, Liar y yo éramos la pareja perfecta, la pareja que todos envidiaban.
Porque si había algo en lo que Liar era realmente extraordinario... era en fingir.
—¡Bri!
Solo escuchar la voz de Max hizo que el nudo en mi garganta se hiciera todavía más grande.
—Max...
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Él me conocía demasiado bien.
—¿Te pasa algo?
Cerré los ojos un instante y apoyé la cabeza contra la pared del edificio.
—Estoy bien... —mentí con la voz quebrada—. Solo quería saber si podrías pasar por mí al departamento. Necesito distraerme.
—Claro —su respuesta fue inmediata—. Dame cinco minutos. Estoy cerca.
No hizo más preguntas. No insistió. Simplemente colgó. Eso era muy propio de Max: siempre aparecía primero; las preguntas venían después.
Guardé el celular en mi bolso y respiré hondo varias veces, intentando recomponerme. Las lágrimas seguían amenazando con salir, pero me negué a dejarlas ganar otra vez.
Eran casi las siete de la noche. La calle estaba prácticamente vacía. Las luces de los edificios iluminaban la acera mientras el silencio terminaba de envolverlo todo.
Cinco minutos después, el sonido de unas llantas frenando frente a mí rompió aquella tranquilidad. Levanté la cabeza: era Max. Bajó la ventanilla del copiloto y se inclinó hacia mi lado con esa sonrisa despreocupada que parecía no abandonarlo nunca.
—El taxi que pidió acaba de llegar, señorita.
Pese a todo, una pequeña sonrisa escapó de mis labios. Subí al auto sin decir nada. En cuanto cerré la puerta, él subió la ventanilla y encendió el aire acondicionado.
El vehículo comenzó a avanzar lentamente. Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba el motor y mi respiración, demasiado pesada.
—¿Estás bien, Bri?
Apreté los labios. No podía mirarlo porque sabía que, si lo hacía, terminaría llorando.
Fijé la vista en las luces que pasaban al otro lado de la ventana.
Agradecí que estuviera actuando como si nunca hubiera dejado de hablarle.
Se sentía bien saber que, a pesar de todo, nuestra amistad seguía intacta.
—Discutí con Liar —la mentira salió demasiado fácil—. Creo que es mejor dejar que se calme un poco. Las cosas... están tensas.
El silencio volvió a instalarse dentro del auto. Podía sentir la mirada de Max sobre mí, aunque él mantenía la vista en la carretera.
—¿Te hizo algo?
La pregunta llegó con una calma que me rompió por dentro. Tragué saliva. Negué con la cabeza antes incluso de responder.
—No —hice una pausa—. Solo discutimos.
No me creyó. Lo supe por la forma en que aferró el volante, por cómo su mandíbula se tensó. Pero tampoco insistió. Simplemente siguió conduciendo, esperando a que, algún día, encontrara el valor suficiente para contarle la verdad.
En menos de diez minutos llegamos a Tinieblas, el bar del que Max era socio, uno de los pocos lugares donde siempre encontraba refugio. Allí nadie hacía preguntas incómodas, nadie se atrevía a molestarlo y, por extensión, tampoco a mí.
—Tinieblas —murmuró él con una sonrisa. Salió del auto y, como todo un caballero, rodeó el vehículo para abrirme la puerta—: Su carruaje ha llegado, damisela.
Tomé la mano que Max me ofrecía y salí del auto. Marcus, el tipo que custodiaba la entrada, cuando nos vio llegar nos hizo un gesto con la cabeza y apartó la cuerda.