RITTER 24 #3
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24 #3

—No la conocías.

Ella soltó una risa seca.

—La conocía mucho más de lo que tú crees —sus ojos se endurecieron—. Merina no era esa santa que construiste en tu cabeza.

Apreté la mandíbula.

—No hables de ella.

—¿Por qué? ¿Porque está muerta?

El silencio se hizo insoportable. Harper sonrió.

—¿Quieres saber si disfruté todo lo que hice? Sí —su sonrisa se volvió escalofriantemente tranquila—. Disfruté atropellando a nuestra madre. Y disfruté viendo morir al hombre que destruyó su vida.

La miré incapaz de reaccionar. Aquella mujer hablaba de todo aquello con una serenidad aterradora, como si estuviera recordando unas vacaciones.

Tragué saliva.

—Supongo que ahora sigo yo —me encogí ligeramente de hombros—.

¿Me trajiste aquí para matarme... o solo querías contarme la tragedia de nuestra familia?

—Harper abrió la boca para responder, pero no la dejé—: Estoy cansada —mi propia voz me sorprendió; estaba rota, pero también estaba harta—.

Estoy cansada de secretos, de mentiras y de dramas —respiré hondo—.

Solo quiero salir de aquí. Quiero encontrar a mis hermanos, Hansel y Joe, aunque creo que en realidad son mis primos.

De igual forma son los únicos que realmente me importaban en ese momento.

Así que, si piensas matarme, hazlo de una vez. Y si no... déjame ir.

Harper permaneció inmóvil unos segundos. Después, para mi sorpresa... sonrió. Pero no fue una sonrisa cruel; fue una sonrisa de auténtica incredulidad. Negó lentamente con la cabeza.

—En serio... Eres una perra —no había odio en su voz; había... admiración, o algo muy parecido—. Aunque sigo sin entender por qué estás tan convencida de que quiero matarte.

Fruncí el ceño. Ella cruzó los brazos.

—Supongo que todo el espectáculo del psiquiátrico te hizo llegar a esa conclusión —se encogió de hombros—.

Los mensajes de advertencia sí los envié yo, pero nunca fueron una amenaza: fueron una advertencia.

Quería creer que serías lo bastante inteligente para darte cuenta de que alguien estaba intentando protegerte.

—¿Protegerme? ¿Por qué?

Mi respiración se detuvo.

—Porque, aunque no lo creas, Breeze... —su sonrisa desapareció por completo— la persona que quiere matarte...

nunca fui yo. Allá afuera hay una persona que te odia, una persona que lleva años alimentando el mismo deseo: verte morir.

Porque, según ella, le arrebataste lo único que amaba en este mundo.

—Yo no hice nada.

—Mataste a Liar.

Sentí un vacío abrirse en mi estómago. La miré fijamente.

—¿Qué...?

—Lo descubrí cuando empecé a seguirte. Mientras investigaba nuestra familia, también investigué a las personas que te rodeaban.

Fue entonces cuando entendí que alguien más estaba jugando contigo —se inclinó sobre la mesa—.

Ella mató a Amaya. Ella mató a tu compañera de la universidad.

Ella dejó que tú cargaras con el miedo...

porque quería quebrarte antes de matarte.

Tragué saliva.

—¿Quién?

Harper sonrió despacio.

—Marga, la hermana de Liar. Quizá la viste en el psiquiátrico; fingió entrar por error a tu habitación el día de la fiesta en la que Amaya murió.

Las piezas comenzaron a encajar de golpe. Aquella chica que había entrado en mi habitación, aquella sensación de conocer su rostro... No era imaginación: se parecía demasiado a Liar. Por eso nunca logré recordarla, porque jamás la había visto; solo había visto su parecido.

—No... —susurré.

Harper disfrutó mi reacción.

—Sí.

—No puede ser...

—Claro que puede —se acomodó en la silla con absoluta tranquilidad—. Cuando te traje aquí, ella intentó adelantarse. Quería matarte antes de que pudiera hablar contigo.

Fruncí el ceño.

—¿La mataste?

Harper sostuvo mi mirada durante unos segundos. Luego sonrió.

—Eso creíste, ¿verdad? —El silencio se volvió insoportable—. Eres tan fácil de manipular, Breeze.

Mi respiración se aceleró.

—¿Qué...?

—Desde que entraste por esa puerta no has dejado de reaccionar exactamente como esperaba —la sonrisa de Harper se ensanchó—. Lloraste cuando quería que lloraras. Dudaste cuando quería que dudaras. Creíste cada palabra que decidí contarte.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Entonces...?

Antes de que pudiera terminar la pregunta, una carcajada femenina resonó detrás de mí. Mi cuerpo entero se congeló.

Giré lentamente la cabeza. Los tacones golpeaban el suelo de piedra con un ritmo pausado. Una figura emergió de las sombras, sonriendo.

—Harper... —dijo con diversión—. Creo que ya jugaste suficiente con ella. Es mi turno.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Ella se giró para verme.

—Hola, Brisa.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—Marga Koch...

—La misma —se acercó despacio, disfrutando cada paso que daba—.

Tú y yo tenemos muchas cosas pendientes —Marga se detuvo frente a la mesa.

Sus ojos no se apartaban de los míos. Había odio en ellos, un odio tan profundo que dolía mirarlo—.

Tenemos que hablar de mi hermano. Y de cuánto disfrutaste verlo morir.