24 #2
—Entonces... ¿por qué no me abandonaron a mí?
Harper sonrió. No fue una sonrisa amable; fue la sonrisa de alguien que llevaba años esperando escuchar exactamente esa pregunta.
—Me la hice miles de veces —su voz perdió por un momento aquella calma artificial—. Lloré preguntándome por qué te habían elegido a ti... si las dos éramos el mismo pecado —sus ojos se endurecieron—. ¿Qué tenías tú que no tuviera yo?
Guardó silencio unos segundos. Después dejó escapar una risa amarga.
—Y entonces empecé a observar tu vida. La familia perfecta.
La casa perfecta. Las dos hermanas perfectas —negó despacio con la cabeza—.
Hasta que vi la verdad. No habría querido ocupar tu lugar.
Vi cómo siempre elegían a Merina antes que a ti.
Vi cómo tu padre la miraba con un orgullo que nunca tuvo contigo.
Vi cómo, poco a poco, te convencieron de que siempre serías la segunda.
—Por favor...
—La defectuosa. La que daba problemas. La que avergonzaba a la familia —cada frase dolía más que la anterior—. Debió doler muchísimo crecer así.
Su expresión cambió. Ya no parecía burlarse; parecía comprenderme. Y eso me asustó todavía más.
—Dolió —acepté.
Sonrió.
—Lo sé. ¿Sabes por qué? —su mirada se clavó en la mía—. Porque a mí me abandonaron con un mes de nacida... y eso duele mucho más.
Tragué el nudo que se había formado en mi garganta. De pronto demasiadas cosas comenzaron a tener sentido: por qué siempre había sido Merina, por qué papá la amaba con tanta devoción, por qué mamá me miraba como si yo fuera un error que jamás debió existir.
Mi voz salió en un susurro:
—¿Quién es nuestro padre?
Harper volvió a peinar su cabello con aquella elegancia casi ensayada y dio un paso más hacia mí.
—Era —corrigió con tranquilidad—. Murió hace unos meses de un infarto mientras cumplía condena en prisión —hizo una breve pausa sin apartar la vista de mis ojos—. Fue el hombre que violó a nuestra madre hasta dejarla desangrándose.
Sentí que todo el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Qué estás diciendo?
—Tú y yo fuimos producto de esa violación.
Mi estómago se revolvió, pero ella todavía no había terminado.
—¿Y sabes qué es lo más retorcido de toda esta historia? —Negué lentamente—. Que ese hombre era el hermano gemelo del padre de Merina.
Mi cuerpo entero se quedó inmóvil.
—Por eso nos parecemos tanto. Aunque Merina tuviera otro padre, ambos hombres compartían exactamente el mismo rostro. Como nosotras.
El asco me subió por la garganta. Todo lo que había creído sobre mi familia acababa de hacerse pedazos. El hombre al que llamé papá toda mi vida... no era mi padre. Su hermano gemelo había destrozado la vida de mi madre.
—Dios... —murmuré, sintiendo que me faltaba el aire—. ¿Qué...?
Harper soltó un suspiro.
—Se obsesionó con ella de una forma enfermiza. Cuando nuestra madre eligió a su hermano por encima de él, perdió completamente la razón.
Se inclinó debajo de la mesa y comenzó a buscar algo. Unos segundos después volvió a incorporarse con varios periódicos amarillentos entre las manos. Me los lanzó sin el menor cuidado.
—La locura lleva generaciones persiguiendo a esta familia.
Los atrapé por inercia. Mis manos temblaban. Bajé la vista hacia el primero:
La brutal violación de una mujer de veinticinco años en un oscuro callejón de Italia.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Continué leyendo.
La joven Edden Mitman denunció esta tarde a su presunto agresor.
El nombre de mi madre. Levanté otro periódico.
Detenido: Sand Jones.
Acusado de violar, maltratar e intentar asesinar a la joven Edden Mitman, quien era su cuñada.
El asco que sentí hizo que el papel temblara entre mis dedos.
No era una historia. No era una mentira.
Había ocurrido de verdad. Y toda mi vida...
había sido construida sobre aquel horror.
Todo lo que sentía en ese momento era dolor, rabia, impotencia.
Apreté con fuerza los periódicos entre mis manos.
Ese hombre... Yo era producto de ese hombre.
—Eso... es... —susurré, incapaz de terminar la frase.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos sin que pudiera detenerlas. Cada verdad que Harper dejaba caer era peor que la anterior. Era como si hubiera esperado toda su vida para destruir, palabra por palabra, la realidad en la que yo había vivido.
Ella, en cambio, se encogió de hombros, como si ya hubiera llorado todo lo que podía llorar por esa historia; como si el dolor se hubiera convertido, hacía mucho tiempo, en otra cosa: en resentimiento.
—Siempre soñé con ser querida —confesó con la mirada perdida—.
Todas las noches imaginaba que mi madre regresaba por mí, que me abrazaba, que me decía que todo había sido un error y que, por fin, me llevaba a casa —guardó silencio unos segundos y su voz perdió parte de aquella frialdad—: Entiendo lo que le pasó.
Entiendo que la destrozaran. Entiendo que verme le recordara el peor día de su vida —bajó lentamente la vista—.
Pero yo no tenía la culpa. Solo era un bebé.
Aquellas cuatro palabras me atravesaron el pecho porque tenía razón: ella solo había sido un bebé.
—Mira... —murmuré con cautela—. No puedo imaginar lo que viviste, pero...
Harper levantó una mano, silenciándome.
—No —su voz volvió a endurecerse—. No me entiendes. Jamás podrías entenderme —se acercó un paso más—. Tú tuviste una familia desde el día en que naciste. Te eligieron. Aun siendo igual que yo, el resultado de aquella violación.
—Harper...
Sus labios temblaron.
—¿Sabes cuántas noches lloré preguntándome por qué?
—La habitación quedó en silencio—. ¿Sabes lo que se siente crecer creyendo que nadie en el mundo te quiere?
Pasé años sintiéndome miserable, completamente sola.
Mientras tanto... las observaba a ustedes.
Las veía reír, celebrar cumpleaños, ir a la escuela, tener una casa. Y veía a Merina... La perfecta Merina.
Solo escuchar el nombre de mi hermana hizo que mi estómago se contrajera.
—Ella tampoco tuvo la culpa de haber nacido dentro de ese matrimonio. No eligió que la quisieran. No eligió que la escogieran a ella.
Harper apretó los labios. Durante unos segundos permaneció en silencio.
—Sigues viéndola como una víctima —dijo finalmente—. Qué curioso.
Fruncí el ceño.
—Merina sabía la verdad, Breeze —sentí que mi cuerpo se tensaba—. Siempre supo que tú no eras hija del hombre al que llamabas papá.
Mi respiración se volvió irregular.
—Siempre supo que existía otra hermana. Y jamás hizo nada.
Negué con la cabeza.
—No...
—Sí —Harper dio un paso más hacia mí—. Nunca le importó el daño que te hacían.
—No.
—Nunca preguntó por mí.