RITTER 24
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Monstruosa realidad

Ni siquiera podía asegurar que lo que tenía delante fuera real. Parecía una ilusión, una de esas pesadillas tan vívidas que, incluso al despertar, seguían persiguiéndote durante días.

Estaba tan cerca... Tan absurdamente cerca... Que sentí el impulso irracional de alargar la mano y tocar su rostro. Necesitaba comprobar que no desaparecería al contacto de mis dedos.

Quizá estaba soñando. Quizá el sedante seguía haciendo efecto. O quizá... Después de todo lo que había vivido, mi mente por fin había terminado de romperse.

Tragué con dificultad. Mi garganta se cerró por completo. Quise hablar, preguntarle quién era, cómo era posible, pero ningún sonido salió de mi boca. Solo podía mirarla con incredulidad, con horror, con un reconocimiento que no lograba explicar.

Ella permanecía inmóvil, observándome con una calma desesperante, como si hubiera esperado durante años aquel instante.

Fue entonces cuando la realidad terminó de golpearme.

No era una alucinación. Era real. Llevábamos el mismo peinado, el mismo maquillaje; incluso el vestido parecía una versión del mío en otro color.

Era como contemplar mi reflejo en un espejo.

Un espejo que respiraba. Un espejo que sonreía. Un espejo que tenía vida propia.

Mi estómago se revolvió.

No... No estaba viéndome a mí. Estaba viendo a Merina. O, al menos, eso fue lo primero que mi cerebro quiso creer.

Los mismos ojos. Los mismos rasgos. La misma forma de mover la cabeza.

Durante un segundo absurdo quise convencerme de que mi hermana seguía viva, pero esa esperanza murió tan rápido como apareció.

No era Merina. Lo sabía porque esa no era su voz. Porque Merina había muerto. Porque ella se había suicidado por mi culpa.

Ladeé la cabeza y casi sentí cómo dejaba de respirar a medida que la miraba. Necesitaba asegurarme de que aquello era real, de que realmente estaba viendo otro rostro igual al mío.

Recorrí cada uno de sus rasgos con desesperación: cabello largo y oscuro, piel pálida, nariz respingada, párpados caídos, los mismos labios, el mismo mentón.

No me incomodaba ver mi propio rostro desde otra perspectiva; había crecido compartiendo mi cara con alguien más.

Desde niña entendí que existía otra persona idéntica a mí: Merina.

Pero aquello era distinto.

Merina y yo teníamos pequeñas diferencias que, con el tiempo, aprendimos a reconocer.

En cambio, la mujer que tenía frente a mí...

era exactamente igual a mí. No había una sola diferencia.

Si una tercera persona entrara en aquella habitación, no tendría forma de saber cuál de las dos era Brisa. No podría. Éramos el mismo rostro.

La única diferencia era la voz.

Y entonces comprendí aquella sensación que me había acompañado desde que crucé la puerta. No era que ella me recordara a alguien; era que, de alguna manera, me había reconocido en ella.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Tú... —murmuré con la voz quebrada—. Tu chi sei?

«¿Quién eres?».

Ella sonrió despacio. Una sonrisa elegante, pacífica, como si hubiera esperado aquella pregunta durante años.

—¿Quién soy? —repitió con suavidad—. Ya llegaremos a eso, pero primero... —se acercó a la mesa y deslizó la yema de sus dedos sobre el mantel—. Quiero que me cuentes una historia.

Fruncí el ceño. Ella levantó la vista hacia mí.

—Cuéntame la historia de Merina Jones.

Mi pecho se tensó.

—No...

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—Dime, Breeze... ¿por qué tu hermana se suicidó?

Apreté la mandíbula. No respondí.

Ella dejó escapar una risa apenas audible.

—Yo la contaré por ti porque la conozco muy bien —sus ojos no abandonaban los míos—.

Las dos personas que más amaba la traicionaron.

El hombre del que estaba enamorada, con el que soñaba envejecer, la engañó.

Y su propia hermana hizo exactamente lo mismo.

¿Fue excitante acostarte con el novio de tu hermana?

¿Hizo que toda esa envidia que sentiste toda la vida disminuyera?

—Ya basta —susurré cerrando con fuerza los ojos.

—Breeze... —su voz descendió hasta convertirse en un susurro—. Si tú hubieras sido Merina... ¿no habrías querido desaparecer también?

Guardé silencio. Ella sonrió. Y fue esa sonrisa la que terminó de estremecerme. La conocía porque era mi sonrisa. La misma curvatura en los labios, la misma inclinación de la cabeza; incluso la forma en que sus ojos se entrecerraban era idéntica a la mía.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Ni siquiera con Merina experimentaba algo semejante. Mi hermana y yo compartíamos el mismo rostro, sí, pero con los años habíamos desarrollado pequeñas diferencias: gestos propios, expresiones distintas, formas diferentes de caminar, de reír, de mirar.

Ella no. Era como si hubiera estudiado cada uno de mis movimientos, como si hubiera aprendido a ser yo. Y esa idea me aterró mucho más que el secuestro.

—¿Quién eres? —repetí.

Me sostuvo la mirada unos segundos. Después arqueó una ceja, como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—¿De verdad todavía no lo entiendes? —Negué lentamente. Ella sonrió otra vez—. Soy tu hermana, Breeze. ¿No es bastante obvio?

El mundo pareció detenerse. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Negué con más fuerza.

—No —mi voz salió quebrada—. No... no puede ser.

Ella soltó un pequeño suspiro, divertido.

—Puede ser. Y es.

Abrí la boca para responder, pero ninguna palabra salió. Tuve que intentarlo de nuevo.

—Mira... —me interrumpí de golpe al darme cuenta de algo ridículo—. Ni siquiera sé cómo te llamas. No puedes ser mi hermana. Yo sabría si tuviera otra hermana con mi misma cara.

Ella sonrió con elegancia.

—Soy Harper —hizo una breve pausa—. Harper Peterson.

Yo seguía intentando ordenar el desastre que acababa de provocar en mi cabeza. Miré nuestros vestidos. Después el suyo. Después el mío.

—¿Por qué estamos vestidas igual? —mi voz salió mucho más baja—. ¿Por qué demonios llevo este ridículo vestido en primer lugar?

Harper bajó la vista hacia el suyo, acomodó una pequeña arruga de la falda y volvió a sonreír. Una sonrisa llena de satisfacción.

—Porque hoy estamos celebrando.

Fruncí el ceño.

—¿Celebrando qué?

Ella sostuvo mi mirada.

—Feliz cumpleaños, Breeze —hizo una pausa, y luego, con calma y con dulzura que me heló la sangre, añadió—: Feliz cumpleaños para mí también.

Tragué saliva. No fui capaz de responder. Mi mente se quedó completamente en blanco. Era mi cumpleaños. El de Merina. Y... el de ella. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Ella sostuvo mi mirada unos segundos antes de sonreír otra vez.

—Trillizas —la palabra cayó entre nosotras como una bomba—. Éramos tres.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que dolía.

—¿De qué estás hablando?

—Nacimos tres niñas —su voz era tranquila, demasiado tranquila para lo que acababa de decir—. Pero solo dos tuvieron una familia: tú y Merina —la sonrisa desapareció lentamente de su rostro—. ¿Y yo? ¿Dónde quedé yo?

Me puse de pie de golpe y, cuando ella dio un paso hacia mí, retrocedí por puro instinto, como si mi cuerpo hubiera decidido protegerse antes de que mi mente pudiera entender de qué.

Ella observó mi reacción con curiosidad. Y, lejos de molestarse... pareció disfrutarla.

—No... no entiendo... —murmuré sintiendo la garganta completamente seca.

Harper dejó escapar un largo suspiro. Con un movimiento elegante apartó un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Durante años me hice la misma pregunta —su mirada se perdió unos segundos en algún punto de la habitación—.

Pasé toda mi infancia en un orfanato al norte de Italia preguntándome qué había hecho mal —su voz perdió parte de aquella frialdad y, por primera vez, sonó...

cansada—. ¿Por qué mis padres me abandonaron?

¿Qué tenía yo que no tenían los demás niños?

—bajó la vista hacia sus propias manos y sonrió sin alegría—.

¿Por qué nadie vino nunca por mí? Nadie sabía responderme, Breeze.

Nadie podía explicarme por qué me dejaron allí... completamente sola.

La rabia apareció poco a poco en sus ojos. No era una rabia explosiva; era mucho peor: una rabia antigua, cultivada durante años.

—Yo no...

—Hasta que dejé de hacer preguntas —una sonrisa torcida apareció en sus labios— y empecé a buscar respuestas por mi cuenta.

Fue entonces cuando descubrí la verdad —se acercó un paso más—.

Tenía dos hermanas. Dos niñas exactamente iguales a mí —otro paso—, viviendo una vida perfecta —otro—, con una familia —otro—, mientras yo crecía detrás de los muros de un orfanato —se detuvo a escasos centímetros de mí—.

Me dejaron en Italia cuando tenía un mes de nacida.

Inclinó ligeramente la cabeza y preguntó con una serenidad que resultaba infinitamente más aterradora que un grito:

—Dime, Breeze... —sonrió—. ¿No te parece una crueldad imperdonable?

Parpadeé varias veces, pero no dije nada. ¿Qué podía responder? Cada palabra que salía de su boca hacía que todo se sintiera todavía más absurdo, más imposible. Era como si estuviera escuchando la historia de otra persona, no la mía. Nada tenía sentido.

—¿Y sabes por qué me dejaron? —preguntó con una serenidad inquietante. Ni siquiera esperó a que contestara—: Porque mi padre era otro.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Nuestra madre llevaba tres niñas en el vientre...

de dos hombres distintos —dejó escapar una pequeña risa—.

Suena ridículo, ¿verdad? —guardó silencio un instante, buscando en su memoria—.

Cuando lo descubrí tampoco lo creí. Investigué durante meses.

Encontré casos documentados, aunque casi todos hablaban de gemelos.

Al final di con el término —sus labios volvieron a curvarse—: superfetación. Es extremadamente raro... pero posible.

La observé sin pestañear.

—Tú y yo somos hijas del mismo hombre —hizo una pausa—. Merina no. Merina era la hija del esposo de nuestra madre. La hija legítima. La que debía existir.

Mi garganta se cerró. Solo fui capaz de formular una pregunta: