23 #3
Por un instante me pareció que llevaba exactamente el mismo vestido que yo. Solo cambiaba el color.
No se giró.
Ni siquiera parecía tener prisa por verme. Como si supiera que, tarde o temprano, terminaría entrando.
Entonces habló.
—Non stare lì... entra, Breeze. «No te quedes ahí... entra, Breeze.»
Su voz atravesó la habitación con una calma inquietante.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Había algo en esa voz... Algo que hizo que mi pecho se comprimiera. No era únicamente el italiano. Era su tono. Su forma de pronunciar mi nombre. O, mejor dicho... El apodo que acababa de usar.
Breeze.
Nadie me llamaba así.
Nadie.
Fruncí el ceño, intentando buscar aquel recuerdo que se empeñaba en esconderse en algún rincón de mi memoria.
La conocía. Estaba segura de ello. No sabía de dónde. No sabía cuándo. Pero esa voz... Ese porte. La manera en que permanecía inmóvil frente a la ventana. Todo en ella me resultaba absurdamente familiar.
Avancé despacio hacia el interior. La calidez de las velas contrastaba con el frío de los túneles por los que Paul me había arrastrado. Era un calor agradable, casi acogedor. Demasiado acogedor para el lugar en el que estaba.
Me abracé a mí misma cuando la enorme puerta de acero se cerró a mi espalda con un estruendo seco. El sonido retumbó por toda la estancia.
Ya no había salida.
Escuché una risa baja. Suave. Musical. Como si hubiese percibido el estremecimiento que recorrió mi cuerpo. Curiosamente, el miedo comenzaba a disiparse.
No porque confiara en ella. Sino porque aquella mujer irradiaba una tranquilidad tan extraña que casi resultaba contagiosa.
Sin girarse todavía hacia mí, habló otra vez.
—Prego... accomodati. «Por favor... toma asiento.»
Su tono era el de una anfitriona recibiendo a una invitada importante. No el de alguien que acababa de secuestrarme. Solté un largo suspiro.
Si quería respuestas, tendría que dejar de actuar como una presa. Enderecé la espalda. Y, sin darme cuenta, respondí en el mismo idioma. Un italiano impecable.
—Chi sei? «¿Quién eres?»
Esta vez sí soltó una risa más evidente. Lenta. Divertida.Como si hubiese encontrado exactamente la reacción que esperaba de mí.
Seguía sin darse la vuelta.
—Mangia, Breeze —Hizo una breve pausa antes de continuar—Avremo tempo per chiacchierare. Devi essere affamata.«Come, Breeze. Tendremos tiempo para hablar. Debes de tener hambre.»
La miré fijamente. No me moví. No pensaba sentarme. Mucho menos probar la comida que había preparado una desconocida que me había secuestrado.
—No tengo hambre.
Ella soltó otro suspiro divertido. Ella debía ser la persona que me había dejado todas esas notas, la que había asesinado a esas personas. Después de tanto tiempo... La tenía frente a mí.
Y, aun así, no sentía miedo. Era extraño. Después de todo lo que había hecho para llevarme hasta allí, después de secuestrarme, de jugar con la muerte de Merina, de mostrarme el cadáver del profesor Grace...
Lo único que lograba sentir era una familiaridad enfermiza. Como si una parte de mí la conociera. Como si mi memoria insistiera en abrir una puerta que alguien había mantenido cerrada durante años.
¿Quién demonios era?
¿De dónde la conocía?
¿Por qué mi cuerpo reaccionaba como si estuviera delante de alguien importante para mí?
—Vedo che non hai paura di me... «Veo que no me temes.»
Su voz volvió a deslizarse por la habitación con aquella calma desesperante. Avancé despacio hasta la enorme mesa. Aparté una silla y me senté sin dejar de observar su espalda.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa. La comida seguía intacta. Ni siquiera pensaba acercar la mano. No era tan estúpida. No sabía qué había en aquellos platos. Ni qué clase de mujer tenía delante.
—No... non ho paura di te. «No, te tengo miedo.»
Ella dejó escapar una risa poco audible. Lenta. Satisfecha. Como si esa respuesta la complaciera. Yo seguía estudiándola. Era alta. Esbelta. El vestido rojo abrazaba su figura con una elegancia inquietante.
Había algo en la manera en que permanecía inmóvil...En la postura de sus hombros...En la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza... Todo me resultaba insoportablemente familiar.
Pero no lograba recordar por qué.
—Sono stanca di guardare fuori dalla finestra... «Ya me cansé de mirar por la ventana.»
Y entonces comenzó a girarse. Despacio. Demasiado despacio. El vestido se balanceó alrededor de sus piernas. Su cabello negro resbaló sobre uno de sus hombros. Primero apareció el perfil de su rostro, después sus labios. Su nariz. Sus ojos...
Y el mundo dejó de tener sentido. El aire desapareció de mis pulmones. Mi corazón se detuvo.
No.
No.
Eso era imposible.
Retrocedí bruscamente con la silla. El chirrido de las patas contra el suelo rompió el silencio. Sentí un grito desgarrarme la garganta.
—¡No...!
Mi voz rebotó por toda la habitación. La miré otra vez esperando que mi mente estuviera equivocándose, que fuera un efecto de la poca luz, que estuviera alucinando.
Pero no, ese rostro lo conocía. Lo conocía demasiado bien.
—¿Estoy... soñando...? —susurré con la respiración completamente descompuesta.