23 #2
Se inclinó despacio y comenzó a desabrochar las correas que inmovilizaban mis muñecas. Después mis tobillos. La circulación regresó a mis manos con un dolor punzante. Antes de que pudiera reaccionar, Paul retiró también la mordaza.
Aspiré aire con desesperación.
Él me observó con una tranquilidad irritante.
—No te hagas ilusiones —Miró la inmensidad del lugar antes de volver a fijarse en mí—Puedes correr si quieres. No hay ninguna salida.
Luego, como si nada, se giró hacia la chica.
—Avísame cuando esté lista.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Sí, doctor.
La obediencia con la que respondió hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Paul no volvió a mirarme.Simplemente dio media vuelta y desapareció entre las sombras, dejando que el sonido de la puerta metálica cerrándose retumbara por toda la habitación.
Estábamos solas.
Aproveché el momento.
—¿Qué está pasando? —pregunté con la voz todavía ronca por la mordaza—. Necesito que me ayudes. Me secuestraron. Por favor...
La mujer ni siquiera levantó la vista. Abrió el maletín con absoluta calma. Comenzó a sacar objetos uno tras otro. Una brocha. Una base de maquillaje. Paletas de sombras. Labiales. Perfume. Y varios vestidos perfectamente doblados.
Fruncí el ceño.
¿Qué demonios...? ¿Pensaban... arreglarme? ¿Para qué? ¿Para matarme?
El estómago se me revolvió.
Ella siguió ordenando sus cosas como si estuviera preparando a una novia el día de su boda. No a una mujer secuestrada.
—Escúchame —insistí, intentando captar su atención—. Si haces esto también eres cómplice. La policía...
Ni siquiera terminó de dejar el maquillaje sobre la mesa cuando me interrumpió.
—No intentes convencerme —Su voz era completamente plana. Por primera vez levantó la vista. Sus ojos no transmitían absolutamente nada—. No lo vas a lograr. Limítate a quedarte quieta. Yo me encargo de hacer mi trabajo. Para eso me pagan.
Apreté los labios. No había empatía. Ni culpa. Solo indiferencia.
Se colocó detrás de mí y comenzó a cepillar mi cabello con movimientos lentos y meticulosos. Desenredaba cada mechón como si el tiempo no existiera. Como si nada de aquello fuera extraño.
Intenté volver a hablarle.
No respondió.
Era como si hubiera decidido que yo había dejado de ser una persona en el instante en que crucé aquella puerta.
Cuando terminó con mi cabello, rodeó la silla y se colocó frente a mí.
Tomó mi barbilla con dos dedos.
—No te muevas.
Comenzó a maquillarme. Cubrió las ojeras. Marcó mis ojos. Pintó mis labios. Cada movimiento era preciso.Profesional. Silencioso.
Cuando terminó, dio un paso hacia atrás y me observó durante unos segundos.
Inclinó ligeramente la cabeza.
Después sonrió, satisfecha.
Como un artista contemplando una obra recién terminada.
—Perfecta.
Aquella única palabra consiguió asustarme mucho más que cualquier amenaza.
—Ponte esto.
La mujer me tendió un vestido azul marino. Lo observé unos segundos. Era un vestido de gala. Largo. Elegante. Los tirantes estaban decorados con pequeños cristales que brillaban incluso bajo la escasa luz de aquella habitación.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que es esto?
—Póntelo.
No respondió otra cosa.
Rodé los ojos y me levanté con desgana. Sentía el cuerpo pesado después de haber estado atada tanto tiempo.
Bajo su atenta mirada me quité el uniforme del psiquiátrico y me puse el vestido lo más rápido que pude.
Cuando terminé, levanté ambas manos con ironía.
—¿Contenta?
Ella no respondió.
Se acercó hasta mí despacio.
Durante unos segundos observó cada detalle del vestido. Acomodó uno de los tirantes. Alisó una pequeña arruga sobre mi cintura. Después dio un paso hacia atrás.
—Mírate.
Señaló un espejo de cuerpo entero.
Negué con la cabeza.
—No tengo ningún interés en hacerlo—Mi voz sonó cargada de fastidio—¿Qué soy para ustedes? ¿Una muñeca a la que pueden vestir cuando les dé la gana?
La mujer soltó un largo suspiro. Por primera vez parecía cansada.
—Solo mírate. Cuanto antes termine contigo...Antes podré irme de este lugar y olvidar que estuve aquí.
La observé unos segundos.
—¿De verdad crees que vas a olvidar tan fácilmente que participaste en un secuestro?
Su expresión no cambió.
—Mírate.
Esta vez había una orden en su voz. Bufé y dirigí la vista al espejo. El aire abandonó mis pulmones. No parecía yo. El maquillaje había ocultado el cansancio, las ojeras y el miedo. El vestido se ajustaba perfectamente a mi cuerpo. El cabello caía sobre mis hombros en suaves ondas.
Parecía lista para asistir a un baile. No para estar encerrada en un lugar que olía a muerte. Una sonrisa amarga apareció en mis labios. La mujer sonrió satisfecha como si aquella reacción fuera exactamente la que esperaba.
Entonces la puerta volvió a abrirse. Paul entró sin hacer ruido. Su mirada recorrió mi figura lentamente. Con demasiada calma. Como quien inspecciona una obra terminada. O una mercancía.
—Estás hermosa —dijo con una satisfacción que me revolvió el estómago.
Se acercó y acomodó un mechón de cabello detrás de mi oreja. Contuve el impulso de apartarlo de un golpe.
—Perfecta para morir —respondí con una sonrisa cargada de veneno.
Él ni siquiera se molestó en contestar.
Hacía tiempo que había descubierto que ignorarme era una de sus estrategias favoritas. Apoyó ambas manos sobre mis hombros y me obligó a mirarlo.
—Voy a llevarte con ella—Hubo una breve pausa. Su expresión perdió aquella falsa amabilidad que utilizaba durante las sesiones—Pero escúchame con mucha atención. Si haces exactamente lo que ella diga...No va a lastimarte.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Paul acercó su rostro unos centímetros al mío.
—Yo no...
—En cambio...—me interrumpió—. Si la haces enfadar...No serás tú quien pague las consecuencias. Serán las personas que amas.
Tragué saliva.
Él sonrió.
—¿Lo entiendes, Brisa?
—¿Y tú qué eres? —escupí con desprecio—. ¿Su maldito perro faldero?
Algo cambió en la expresión de Paul. La paciencia que fingía tener desapareció por completo. Sus dedos se cerraron alrededor de mi brazo con tanta fuerza que estuve a punto de quejarme.
—Camina.
No me dio oportunidad de responder. Prácticamente me arrastró fuera de la habitación. La puerta metálica se cerró a nuestras espaldas con un estruendo que retumbó durante varios segundos.
Comenzamos a recorrer un pasillo estrecho.
Las paredes eran de piedra desnuda, húmedas, cubiertas por manchas oscuras que preferí no identificar. El techo era bajo. Las pocas bombillas colgantes parpadeaban de vez en cuando, bañándolo todo con una luz amarillenta y enfermiza.
Olía a humedad. A hierro. A muerte.
Tragué saliva.
Aquello no se parecía a ninguna parte del psiquiátrico. Parecía una construcción muchísimo más antigua. Como si hubieran excavado bajo el psiquiátrico hasta encontrar unas galerías olvidadas y las hubieran convertido en.… aquello.
Inspiré profundamente. Entrar en pánico no me serviría de nada. Si quería salir con vida tenía que dejar de actuar por impulso. Debía observar. Memorizar. Cada giro. Cada puerta. Cada escalón.
Paul había dicho que no existía una salida.
No le creía.
Siempre había una salida. Solo había que encontrarla antes de que fuera demasiado tarde. Seguimos caminando durante varios minutos. El sonido de nuestros pasos era lo único que rompía el silencio.
Hasta que vi una enorme puerta de acero. Dos hombres armados la custodiaban. No parecían simples guardias. Parecían soldados. El de la derecha era enorme. Moreno. Con los brazos cruzados sobre el pecho y un fusil colgando del hombro.
El de la izquierda era algo más bajo. La piel pálida contrastaba con la tinta negra que cubría casi todos sus brazos. Los tatuajes parecían símbolos. Marcas. Más que dibujos.
Ambos permanecían completamente inmóviles, como estatuas. Solo sus ojos se movieron cuando nos acercamos. Me observaron de arriba abajo. No con deseo. No con curiosidad. Como quien inspecciona un paquete que acaba de llegar.
El moreno desvió la mirada hacia Paul.
—¿Estás seguro de que es ella?
Hubo una breve pausa. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Paul asintió sin vacilar.
—No hay duda.
El hombre volvió a mirarme. Esta vez con más atención. Como si intentara encontrar en mi rostro algo que justificara todo aquello.
Paul se colocó frente a mí. Su expresión era distinta. Ya no quedaba rastro del psiquiatra amable. Solo había obediencia. Y un respeto casi enfermizo hacia la persona que estaba detrás de esa puerta.
—Escúchame bien, Brisa —su voz salió baja. Seria—. Lo que está a punto de ocurrir depende únicamente de ti. Hazme caso y no la hagas enfadar. Pase lo que pase... yo seguiré aquí.
Lo miré con una sonrisa cargada de desprecio.
—Vete a la mierda.
Sus labios se tensaron, pero no respondió. Uno de los hombres accionó el mecanismo de seguridad.
El sonido metálico de varios cerrojos deslizándose retumbó por el pasillo. La enorme puerta comenzó a abrirse lentamente.
Contuve el aire.
Lo primero que vi fue una mesa inmensa. Demasiado elegante para un lugar como aquel. Mantel blanco. Copas de cristal. Velas encendidas. Platos servidos como si esperaran invitados para una celebración.
Aquello era ridículo. Parecía la escena de una película. Por un instante recordé aquella cena de La Bella y la Bestia, donde todo aparentaba ser hermoso mientras el peligro seguía sentado al otro lado de la mesa.
Fruncí el ceño.
Aquella habitación no encajaba con el resto de aquel lugar. Era... preciosa. Y precisamente por eso resultaba perturbadora. Mi vista siguió recorriendo el salón.
Hasta que la vi.
Estaba de espaldas, frente a una enorme ventana. Llevaba un vestido rojo oscuro que rozaba el suelo. La tela caía con elegancia alrededor de su cuerpo. Su piel era increíblemente pálida. El cabello negro descendía por su espalda en suaves ondas.