23
Ella
Brisa
Sentía cada latido golpeándome el pecho con una fuerza insoportable. Mi corazón parecía querer escapar de mi cuerpo. El miedo me recorría las venas como un veneno lento.
Había ocurrido lo que siempre temí.Volvía a ser la presa.
La niña indefensa. La cobarde. La misma que traicionó la confianza de su hermana al enamorarse del hombre equivocado.
Abrí los ojos de golpe.
La oscuridad fue lo primero que me recibió.
Tardé unos segundos en enfocar la vista. Intenté incorporarme, pero un tirón seco en las muñecas me lo impidió. Miré hacia atrás y descubrí un grueso cinturón de cuero marrón sujetándome las manos con fuerza. Bajé la vista. Mis tobillos estaban inmovilizados de la misma manera.
Intenté hablar. Un sonido ahogado escapó de mi garganta. También estaba amordazada. El pánico comenzó a trepar lentamente por mi espalda. Moví la cabeza de un lado a otro, desesperada por reconocer el lugar. No había ventanas.
Apenas una tenue luz amarillenta iluminaba parte del sitio. Las paredes eran de piedra húmeda, cubiertas de manchas oscuras. El techo era tan alto que apenas lograba distinguirlo.
No sabía dónde estaba. Ni siquiera sabía si seguía dentro del hospital psiquiátrico. O si ya me habían sacado de allí.
Entonces llegó el olor. Un hedor metálico, espeso, mezclado con humedad y óxido. Tan intenso que me revolvió el estómago. Parecía una mina abandonada. O un túnel subterráneo olvidado hacía décadas. Comencé a forcejear.
Tiré de los brazos con todas mis fuerzas. Retorcí las muñecas hasta sentir el cuero quemarme la piel. Pateé el suelo intentando encontrar cualquier cosa que pudiera ayudarme.
Nada. El cinturón cedió un milímetro y las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
Respiré hondo. Otra vez. Y otra. No. No podía entrar en pánico. No allí. No ahora.
Me obligué a pensar.
¿Qué quería Paul Miller de mí? ¿Por qué había fingido ayudarme? ¿Por qué arriesgarse a secuestrarme justo después de la muerte del rector?
Nada tenía sentido.
De pronto reuní todo el aire que pude y grité a través de la mordaza.
—¡Mmmfff...! ¡Mmmfff!
Lo único que respondió fue mi propio eco. Después... Silencio.
Un silencio tan absoluto que hizo que mi corazón comenzara a latir todavía más deprisa. Cerré los ojos con fuerza durante un instante. Nunca me preparé para algo como esto.
Contuve incluso la respiración. Escuché. Nada. Ni pasos. Ni voces. Ni el más leve movimiento. Solo el golpeteo desesperado de mi propio corazón.
Por un instante tuve la absurda sensación de ser la única persona viva en el mundo. Como si aquel lugar hubiera devorado toda forma de vida y solo me hubiera dejado a mí.
Entonces el olor cambió. Hasta ese momento solo había percibido humedad y metal oxidado. Ahora había algo más. Algo espeso. Dulzón. Repugnante. Una arcada me revolvió el estómago.
Conocía ese olor. No porque lo hubiera sentido muchas veces, sino porque era imposible olvidarlo.
Olía a muerte. Abrí los ojos de golpe y recorrí la oscuridad con desesperación. Fue entonces cuando lo vi.
En un rincón algo sobresalía entre las sombras. Parecía una pierna humana. Inmóvil. Rodeada de manchas oscuras y pequeños insectos que se movían alrededor.
Todo mi cuerpo se quedó helado. El cuero se clavó todavía más en mis muñecas cuando tiré de las correas con todas mis fuerzas.
Fue inútil.
No podía moverme. No podía escapar. El aire empezó a faltarme. Intenté gritar.
—¡Mmm...! ¡Mmh...!
Lo único que salió fueron sonidos ahogados detrás de la mordaza. Sacudí la cabeza con desesperación, intentando que quien estuviera allí me escuchara.
Nadie respondió. Volví a forcejear.
Las correas me quemaban la piel. Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
Mi respiración se volvió cada vez más rápida.
No. No podía perder el control. No allí.
No ahora. Pero el silencio... Ese maldito silencio...
Estaba consiguiendo exactamente lo que quería: hacerme creer que estaba completamente sola.
Me quedé completamente inmóvil. De pronto, una pantalla gigantesca descendió lentamente frente a mí. El ruido del mecanismo rompiendo el silencio hizo que se me erizara la piel.
Al principio permaneció en negro.
Después...La imagen apareció. Mi respiración se detuvo.
Era Merina.
Llevaba el cabello suelto, con un par de trenzas adornándolo. Vestía uno de aquellos vestidos floreados que tanto le gustaban y caminaba de la mano de Liar por uno de los parques de la ciudad.
Sonreía.
Se veía feliz.
Tan feliz como antes de que yo destruyera su vida. Sentí un nudo cerrándome la garganta. Toda la coraza que había construido desde su muerte comenzó a resquebrajarse otra vez.
La Brisa fría. La que fingía que nada le dolía. La que aprendió a vivir con culpa. Desapareció. Porque siempre ocurría lo mismo. Bastaba con verla a ella. Con recordar su sonrisa. Y volvía a convertirme en la misma hermana que la había perdido.
Mis ojos comenzaron a arder. No quería llorar. No allí. No delante de quien fuera que estuviera observándome.
La imagen desapareció. La pantalla volvió a quedar completamente negra. Y, por alguna razón, aquello me aterró mucho más. Mi respiración empezó a acelerarse. Sacudí las muñecas intentando liberarme.
—¡Mmh...! ¡Mmm...!
Los sonidos murieron detrás de la mordaza.
Sentí un miedo infantil. Uno que hacía muchos años no experimentaba. El miedo de querer que alguien llegara. Que alguien me sacara de allí. Que, por una sola vez...Alguien me protegiera.
Entonces la pantalla volvió a encenderse.
No era una fotografía. Era un video.
La imagen temblaba, como si hubiese sido grabada con un teléfono.
Al principio solo escuché golpes. Después apareció un cuerpo. Cada impacto resonaba en aquella habitación. Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro.
No.
No...
No podía ser.
El hombre tirado en el suelo estaba siendo golpeado con una brutalidad inhumana. Tenía el rostro deformado por los hematomas. La ropa empapada de sangre. Apenas podía defenderse.
Y aun así seguían golpeándolo. Lo reconocí al instante. El profesor Grace. Mi estómago se contrajo con tanta fuerza que pensé que iba a vomitar. La culpa me aplastó el pecho. Todo era por mi culpa. El profesor Grace nunca debió involucrarse conmigo. Nunca debió acercarse a mí. Intenté suplicar.
—¡Mmh...! ¡Mmm...!
Las palabras murieron detrás de la mordaza. Lo único que salió fueron sonidos ahogados, desesperados e inútiles.
Negué una y otra vez con la cabeza mientras las lágrimas me nublaban la vista.
Por favor...
Déjenlo.
Déjenlo en paz.
Quise cubrirme el rostro con las manos. Olvidé que seguían atadas detrás de mi espalda. Un sollozo se abrió paso por mi garganta. Y entonces...
Todo terminó. La pantalla quedó completamente negra. Él desapareció. No hizo falta ver más para entender lo que había ocurrido. Un gemido desgarrado escapó de mi garganta.Mi cuerpo comenzó a temblar sin control.
¿Por qué? ¿Por qué me estaban haciendo aquello? Bajé la cabeza, incapaz de apartar la vista del lugar donde, unos segundos antes, el profesor Grace seguía con vida.
Respiraba con dificultad. Sentía el pecho tan pesado que podía llenar los pulmones. Y, por primera vez en mucho tiempo, deseé que alguien viniera por mí. Que alguien me sacara de allí.
Pensé en Ritter Meyer.
El pensamiento apareció sin pedir permiso. ¿Por qué no estaba allí? ¿Por qué seguía esperando que apareciera? Apreté los ojos con fuerza.
No.
Tenía que dejar de pensar así. Ritter Meyer no podía saber dónde estaba. Ni siquiera sabía si seguía viva. El silencio volvió a adueñarse de todo. No tenía idea de cuánto tiempo pasó. Podían haber sido minutos, o horas.
Solo regresé a la realidad cuando un sonido rompió el silencio. El chirrido lento de una pesada puerta metálica abriéndose.
Mi corazón dio un vuelco. Levanté la cabeza de golpe. La escasa luz que entró desde el otro lado dibujó una silueta sobre el suelo de piedra.
Después escuché unos pasos. Lentos. Firmes. Cada uno resonaba con claridad en aquel lugar y se acercaban hacia mí.
De entre las sombras apareció una figura que reconocí al instante.
Paul Miller. Mi psiquiatra.
El hombre al que le había contado mis peores recuerdos. El mismo que me había escuchado hablar de Merina, de Liar, de mis ataques de ansiedad... fingiendo que quería ayudarme.
Y el mismo que me había drogado para traerme hasta allí. Todo cobró sentido de golpe. Él no era la mente maestra de lo que me estaba pasando. Solo era un estúpido peón. Lo podía ver en su cara enrojecida.
Él le había contado todo a la verdadera persona que estaba detrás de todo aquello. Mis miedos. Mis culpas. Mis puntos débiles. Él sabía exactamente dónde romperme.
Por eso la chica que apareció en mi habitación se parecía tanto a Merina.
Por eso el profesor Grace.
Por eso todo.
Una oleada de rabia me recorrió el cuerpo. Tiré con todas mis fuerzas de las correas que sujetaban mis muñecas.
No me importó sentir el cuero arrancándome la piel. Solo quería alcanzarlo. Quería hacerle pagar cada una de las veces que me había mirado a los ojos mientras me mentía.
—Mmm... ¡Mmh!
El grito quedó atrapado detrás de la mordaza.
Paul suspiró.
—Deja de intentarlo.
Su voz seguía siendo la misma. Tranquila. Serena. Como si aún estuviéramos en una sesión de terapia.
Dio otro paso hacia mí.
—Es inútil. No vas a escapar.
Mis ojos ardían de odio.
Él sonrió.
—No saldrás de aquí hasta que ella lo decida.
Mi respiración se aceleró.
¿Ella?
Sacudí la cabeza con violencia mientras intentaba hablar.
—¡Mmh! ¡Mmm!
Paul me observó unos segundos.
Como si realmente entendiera lo que intentaba decir.
—Sí. Sé exactamente qué quieres preguntar. ¿Quién es ella?
Esbozó una sonrisa que me revolvió el estómago.
—La conocerás muy pronto.
Chasqueó los dedos. El sonido retumbó en toda la habitación.
Segundos después, una mujer de unos treinta años apareció desde otro pasillo. Vestía completamente de negro y sostenía un maletín metálico entre las manos.
No dijo una sola palabra. Ni siquiera me miró. Se detuvo junto a Paul. Él hizo un gesto con la cabeza.
—Arréglala.
Solo entonces caminó hasta mí.