RITTER 22 #2
54%

22 #2

Aquello era exactamente lo que Carolina buscaba. No quería que hablara por desesperación. Quería que hablara porque ella lo convenciera de que guardar silencio era mucho peor que decir la verdad.

—¡Váyanse a la mierda! —gritó, perdiendo por completo la compostura—. ¡Ella los matará! ¡Los matará a todos!

¿Ella?

Ladeé la cabeza. Por primera vez desde que comenzó el interrogatorio, sentí verdadero interés por lo que tenía que decir o, más bien, por lo que sabía.

Sus ojos se clavaron en los míos y recorrieron mi rostro con rapidez.

La seguridad que había fingido hasta ese momento desapareció.

Avancé y me detuve frente a él.

—¿Quién es ella?

Mi voz sonó firme. Exigente.

Él no respondió. Solo tragó saliva sin apartar la vista de mí.

—No te diré nada, Ritter Meyer —murmuró con la voz quebrada.

Una leve sonrisa tiró de la comisura de mis labios. Así que sabía quién era. Sabía quiénes éramos.

Di un paso más y me incliné hasta quedar a la altura de su rostro.

—¿No?

—¡No!

Lo observé durante unos segundos. Después retiré el cigarrillo de entre mis labios y lo acerqué lentamente a su cara.

No apartó la mirada hasta que comprendió lo que iba a hacer. Demasiado tarde. Un alarido rompió el silencio de la habitación. El hombre se retorció con desesperación contra las correas que lo mantenían inmovilizado.

Yo no me moví. Ni siquiera cambié la expresión.

—¿Ya recordaste algo? —pregunté con absoluta calma.

Respiraba con dificultad. El miedo empezaba a ganar terreno donde antes había desafío.

—Vete... a la mierda... —escupió entre dientes.

Y entonces cometió el peor error de la noche. Me escupió en el rostro. Nadie dijo una palabra. Carolina dejó escapar una risa por lo bajo.

—No debiste hacer eso —comentó con una tranquilidad inquietante—. Créeme, conmigo todavía tenías una oportunidad.

No reaccioné de inmediato. Saqué un pañuelo del bolsillo. Limpié la saliva de mi mejilla con parsimonia. Lo doblé cuidadosamente. Y lo guardé otra vez.

Solo entonces levanté la vista hacia él.

—Qué desperdicio.

—Me importa un...

No terminó la frase. Di un paso al frente y el puñetazo lo hizo callar en seco. La silla chirrió contra el suelo mientras él perdía por completo el aire.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Respiré despacio. Una sonrisa perceptible se dibujó en mis labios.

—¿Sabes lo que es el senul? —pregunté con tranquilidad.

Él respiraba con dificultad. Negó lentamente con la cabeza.

—Era un método de ejecución utilizado durante la Edad Media. No buscaba una muerte rápida. Buscaba que la víctima comprendiera que cada segundo que seguía con vida era peor que el anterior. Y eso depende de una sola cosa.

Incliné la cabeza.

—¿De qué? —susurró.

—De cuánto tardes en cooperar.

El hombre tragó saliva. Por primera vez desde que lo capturamos, el desafío había desaparecido de su rostro. Solo quedaba miedo.

—¿Qué... qué vas a hacerme?

Sonreí. Después giré la cabeza hacia Rayner.

—El cinturón.

Mi hermano dejó la manzana sobre una mesa metálica y, sin hacer preguntas, rebuscó entre el equipo que habíamos llevado.

Regresó unos segundos después con un cinturón negro de aspecto robusto.

Lo colocó alrededor del torso del hombre con la misma naturalidad con la que un médico ajustaría un monitor cardíaco.

No había prisa. No había emoción. Solo rutina.

Cuando terminó, me tendió un pequeño control remoto.

Lo tomé sin apartar la vista del hombre.

Rayner volvió a su sitio como si aquello no tuviera la menor importancia.

—Ese dispositivo puede emitir descargas eléctricas de distinta intensidad —expliqué mientras hacía girar el control entre mis dedos—. La buena noticia es que tú decides cuántas vas a recibir.

Sus ojos se clavaron en el mando. Su respiración volvió a acelerarse. Intentó liberarse de las correas, inútilmente.

—Por... por favor...

La súplica fue un susurro. Sonreí un poco más.

—Perfecto.

Levanté el control frente a él y sonreí.

—Ahora sí estamos empezando a entendernos. ¿Vas a hablar?

El hombre apenas podía respirar.

—Es que... yo...

Pulsé el botón.

Un grito desgarró el silencio de la habitación. Se retorció contra las correas de la silla mientras intentaba escapar de una fuerza contra la que no podía luchar. Sus ojos se llenaron de lágrimas y el miedo terminó por borrar el poco desafío que aún le quedaba.

No aparté la vista de él. Era un juguete interesante.

—¿Y ahora? —pregunté con absoluta calma—. ¿Hablarás?

No respondió. Solo respiró con desesperación.

Volví a mirar el control. Estaba a punto de presionar el botón otra vez cuando una mano me lo arrebató.

—Ya basta.

Rayner rodó los ojos mientras dejaba el mando fuera de mi alcance.

—Muerto no nos servirá de nada.

Chasqueé la lengua, molesto. Odiaba cuando tenía razón.

Navaja se acercó al hombre, le retiró el cinturón y enderezó la silla de un tirón.

El tipo apenas conseguía mantenerse consciente. Su cuerpo temblaba sin control. Su respiración era errática. Su mirada ya no tenía nada de desafiante. Solo quedaba terror.

Lo observé unos segundos. Una parte de mí seguía queriendo acabar con él allí mismo. Pero necesitábamos respuestas. Y un cadáver nunca contestaba preguntas.

Carolina apareció entonces con un paño húmedo entre las manos. Se agachó frente al hombre con una delicadeza casi maternal. Le limpió parte de la sangre del rostro y acomodó con cuidado un mechón de cabello que le caía sobre la frente.

Cualquiera que entrara en ese instante pensaría que estaba consolándolo.

Yo sabía mejor que nadie que aquello era solo el principio.

—Te lo advertí —dijo con una sonrisa tranquila mientras sostenía el paño contra su rostro—. Conmigo siempre te habría ido mejor.

Esperó unos segundos. Lo suficiente para que recuperara un poco el aliento.

—¿Qué te parece si empezamos de nuevo?

Él levantó la vista hacia ella. Carolina le sostuvo la mirada sin parpadear.

—Dime lo que sabes.

El hombre cerró los ojos un instante. Su respiración seguía temblando.

—M... me...

Carolina sonrió.

—Eso es. No tengas prisa. Tenemos toda la noche. Sí vas a hablar conmigo, ¿verdad?

Sin dejar de sonreír, acomodó el paño húmedo sobre el puente de su nariz, limpiándole la sangre con una delicadeza casi enfermiza. Como si estuviera atendiendo a un paciente. No a un hombre aterrorizado.

Él evitó mirarla. Respiraba con dificultad.

—No... la conozco.

Carolina no respondió. Esperó. El silencio terminó haciendo el trabajo por ella.

—Nunca... nunca le he visto la cara —añadió al fin.

—Explícate.

Su tono seguía siendo cálido. Paciente.

El hombre tragó saliva.