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¿Brisa Jones merece ser salvada?

RITTER

—¿Quién demonios eres y por qué mierda te infiltraste en el psiquiátrico?

El hombre ni siquiera pudo responder.

—No sé... yo no...

—¡¿Qué tenía que ver Amaya en toda tu mierda?! —rugió Navaja inclinándose hacia él—. ¡¿Era parte del plan follártela y luego matarla?!

El tipo comenzó a temblar tan fuerte que la silla de inmovilización rechinó contra el suelo. Navaja estaba fuera de control. Y, sinceramente, lo entendía.

Amaya estaba muerta.

Joe había desaparecido.

Y Brisa también.

Nadie sabía dónde demonios estaba.

La habían visto por última vez entrando al consultorio del Dr. Miller y, después de eso, simplemente se había esfumado. Como si la tierra se la hubiera tragado.

¿Dónde estaba? Era un misterio que pronto íbamos a descubrir.

Yo observaba la escena apoyado contra una pared. Sin intervenir. Sin pestañear. El hombre tenía sangre seca en la cara. La ropa arrugada. Los ojos abiertos por el terror.

Patético. Había sido el último en ver a Amaya con vida.

El mismo que llevaba días siguiendo a Brisa.

El mismo que se infiltró en el psiquiátrico.

Y el mismo que, por alguna razón, decidió que era buena idea golpear a Brisa Jones.

Quizá pensó que no tendría consecuencias.

Pero se equivocaba. Estaba jodidamente equivocado.

Recordé el hematoma que vi en el rostro de Brisa. La sangre. Cómo temblaba. Mis ojos descendieron lentamente hasta sus manos. Las mismas manos que se habían atrevido a tocarla.

Algo oscuro se removió dentro de mí. Un deseo primitivo de hacerle mucho daño se apoderó de todo mi cuerpo pero, contra todo pronóstico, me aguanté. Necesitaba toda la información que pudiera darme antes de finalmente acabar con su patética vida.

—No sé nada, lo juro —balbuceó como tonto.

Navaja soltó una carcajada, histérico.

—Míralo, Ritter. Sigue creyendo que esto es una negociación. Joder, hombre, no me hagas perder la puta paciencia.

No respondí. Seguía observándolo. Estudiándolo. El hombre debió notar algo en mi expresión porque comenzó a ponerse todavía más nervioso.

—Yo no quería hacerles daño. Ni a Amaya ni a Brisa Jones. Yo solo... solo seguía órdenes.

La habitación quedó en silencio. Sentí cómo algo dentro de mí se enfriaba por completo. ¿De verdad iba a poder aguantarme y no matarlo allí mismo?

—¿Órdenes? —pregunté con una calma que hizo que incluso Navaja dejara de moverse.

El hombre asintió desesperadamente.

—Sí... yo no decidía nada. Me dijeron que... me acercara a Amaya, que me hiciera su amigo y me ganara su confianza. Y luego... que vigilara a la otra chica, Brisa, que informara de todo lo que hacía, de con quién hablaba, de cuándo salía. Yo solo obedecía.

Me incorporé lentamente de la pared. Cada paso que daba hacia él hacía que respirara más deprisa.

Cuando quedé frente a él, levantó la vista con los ojos llenos de miedo.

—¿Y quién te dio esas órdenes?

Negó con la cabeza de inmediato.

—Yo... no lo sé. Nunca le vi el rostro. Me enviaba textos.

Incliné la cabeza.

—Has cometido tres errores. —Tragó saliva—.

El primero fue ponerle una mano encima a Brisa Jones.

—Di otro paso hacia él. Sus pupilas temblaron—.

El segundo, incluir a Amaya en todo esto.

—Me incliné hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—.

Y el tercero... fue mentirme como si fuera estúpido.

Vi cómo toda esperanza abandonaba sus ojos. Por fin había entendido que conmigo no estaba negociando. Todo mi cuerpo me gritaba que le cortara la garganta.

Cerré los ojos un instante.

No tenía tanta paciencia como me habría gustado.

Solté el aire lentamente.

—Carolina.

Ni siquiera tuve que decir nada más. Mi hermana levantó la vista de la lima de uñas con una sonrisa que no prometía nada bueno. Yo no era el paciente de la familia. Carolina sí.

Mientras la mayoría de psiquiatras utilizaban sus conocimientos para ayudar a las personas, Carolina había encontrado un uso mucho más entretenido para los suyos. Le gustaba entrar en las cabezas ajenas. Desarmarlas. Encontrar la grieta exacta por donde romperlas.

Y, cuando terminaba, la gente acababa contándole hasta aquello que jamás había pensado revelar.

Cada uno de nosotros servía para algo.

Carolina —psiquiatría— se ocupaba de las mentes.

Rayner —medicina forense e informática— de los muertos y de todo aquello que dejaba rastros digitales.

Navaja —abogacía criminalística— nos mantenía fuera de prisión... y, cuando era necesario, se encargaba personalmente de convencer a los demás.

Y yo...

Criminología. Reconstruía escenas. Leía pruebas. Encontraba verdades donde los demás solo veían caos.

Navaja giró la cabeza hacia Carolina. No nos cuestionábamos entre nosotros. Nunca. Conocíamos demasiado bien las capacidades del otro para cometer ese error. Sin decir una palabra, se hizo a un lado y le cedió el lugar.

—Yo creo que no hablará —Rayner se hizo presente por primera vez antes de darle otro mordisco a la manzana que llevaba comiendo desde que empezó todo aquello. Parecía incapaz de tomarse algo en serio—. Ni siquiera debe saber quién da realmente las órdenes.

Miré al hombre. Temblaba. Sudaba. Respiraba como si estuviera a punto de desmayarse. Rayner probablemente tenía razón. Aquel imbécil olía a peón. A alguien que solo recibía instrucciones y obedecía sin hacer preguntas. Pero incluso los peones conocían nombres. Rostros. Lugares.

Y eso era suficiente para mí.

Carolina sonrió mientras caminaba hacia el hombre.

—Déjamelo a mí.

Por primera vez desde que lo habíamos sentado en aquella silla... sentí que el interrogatorio acababa de empezar de verdad. Navaja se detuvo al pasar por mi lado, intenté alejarme, pero su mano se cerró alrededor de mi brazo, deteniéndome.

Bajé lentamente la vista hasta sus dedos.

—Suéltame.

No lo hizo.

—¿Cuándo vas a perdonarme por enamorarme de Carolina?

La mandíbula se me endureció. No respondí.

Escuché cómo soltaba un suspiro cansado.

—¿Cuándo vamos a hablar de esto, Ritter? —insistió—. Ya es hora de dejarlo atrás.

Sentí un nudo cerrarse en mi pecho. No. Ese no era el momento. No allí. No delante de los demás.

—Suéltame.

Mi voz salió baja. Fría. Controlada.

Navaja ignoró por completo la advertencia.

—Ritter... esto no es un juego. Carolina no es un juego para mí.

Giré despacio la cabeza hasta encontrarme con sus ojos.

—Es tu maldita hermana —Las palabras salieron entre dientes—. Nuestra hermana, Navaja.

—No la veo como una hermana. No es mi hermana de sangre. Solo adoptiva.

Aquella respuesta hizo que la poca calma que me quedaba desapareciera.

Di un paso hacia él.

—Crecimos bajo el mismo techo. Comimos en la misma mesa.

Nos protegimos como una familia. No me importa la sangre.

Es nuestra hermana. —Apreté los puños—. Y sé perfectamente quién eres.

Sé cómo piensas. Sé cómo usas a la gente.

Sé que todo termina convirtiéndose en un juego para ti.

No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo haces lo mismo con ella.

Por primera vez desde que empezó la conversación, Navaja dejó de sonreír.

—Carolina no es un juego. Ella... saca lo mejor de mí. —Lo miré y él me sostuvo la mirada—. Además, Carolina es perfectamente capaz de decidir con quién quiere estar.

Lo sabía.

Joder si lo sabía.

Carolina era probablemente la persona más inteligente de los cuatro.

Y también la más peligrosa.

Pero para mí siempre seguiría siendo la pequeña de la familia.

La única que todavía quería mantener lejos de nosotros.

Lejos de todo lo que éramos.

—Navaja... Déjalo.

Él sostuvo mi mirada unos segundos más. Después rodó los ojos.

—Esta conversación no ha terminado.

Me soltó el brazo y se alejó.

Esperé hasta que estuvo lo suficientemente lejos para volver a respirar con normalidad. No desconfiaba de Carolina. Desconfiaba de él. Porque conocía el monstruo que llevaba dentro. Y sabía exactamente de lo que era capaz cuando dejaba de controlar sus propios impulsos.

Volví mi atención a Carolina. Ella se detuvo frente al hombre y sonrió. Para cualquiera habría parecido una sonrisa amable. Incluso tranquilizadora. Yo sabía que no lo era. Era la misma sonrisa que aparecía en su rostro segundos antes de romper la voluntad de alguien.

—Será mejor que cooperes —dijo con una calma inquietante—. No es buena idea hacerme perder la paciencia. —Hizo una breve pausa. Su mirada se deslizó hacia nosotros antes de volver al hombre—. Ni a mis hermanos.

El tipo la observó durante unos segundos. Se pasó la lengua por el labio roto y terminó sonriendo. Aun con la sangre escurriéndole por la barbilla, tuvo el descaro de sonreír. Como si todavía creyera que conservaba algo de control.

—¿Y por qué tendría que hablar? —preguntó, encogiéndose de hombros dentro de las correas que lo sujetaban—. ¿No van a matarme de todas formas?

Carolina soltó una risa baja. No era una risa divertida. Era la risa de alguien que acababa de escuchar una respuesta equivocada.

—Buena pregunta. —Se inclinó hasta quedar a su altura.

Tan cerca que casi parecían dos personas manteniendo una conversación casual—.

La diferencia es que todavía puedes decidir cómo termina esto.

Si colaboras, todo acabará rápido. Pero si decides seguir protegiendo a quien te envió...

entonces voy a tener todo el tiempo del mundo para conocerte.

El hombre dejó de sonreír.

Por primera vez desde que empezó el interrogatorio, la seguridad desapareció de su rostro.

Carolina lo notó.

Siempre lo notaba.

—¿Sabes qué es lo curioso? —continuó casi en un susurro—.

La gente cree que el dolor rompe a las personas.

No es cierto. Lo que realmente las rompe es el miedo.

—La habitación quedó en silencio. Incluso Rayner dejó de morder la manzana—.

Y todos tienen miedo de algo. Solo necesito descubrir cuál es tu caso.

Vi cómo el hombre tragaba saliva.