RITTER 21
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—Estás a salvo aquí.

—¿Lo estoy?

Día del suceso, unas horas antes

Finalmente, después de casi una semana, el hospital psiquiátrico Santuario había decidido hacer pública la muerte del rector.

Y el lugar entero se había convertido en un completo desastre. Policías entrando y saliendo. Guardias revisando habitaciones. Doctores nerviosos caminando de un lado a otro. Preguntas. Gritos. Murmullos.

Todo el mundo parecía estar al borde del colapso.

Me quedé detrás de una de las puertas observando discretamente la escena. La policía rodeaba el cuerpo sin vida del rector mientras tomaban fotografías y hacían preguntas a los trabajadores del lugar.

Una pequeña sonrisa de lado apareció en mis labios. Eso era exactamente lo que merecía. Joe hizo bien. Después de todo lo que él le hizo pasar... merecía algo muchísimo peor que morir.

Al recordar a Joe, también recordé lo ocurrido el día de ayer.

Ella era mi hermana. Hansel también. Ahora, después de saberlo, podía recordarlos con un poco más de claridad.

Podía recordar los pocos momentos que compartimos, lo bien que me trataban y las veces que le pidieron a papá llevarme a casa para verme.

Pero... nunca supe qué pasó después con ellos. Papá nunca más volvió a mencionarlos y nunca más volvió a verlos.

Sentí algo extraño retorcerse dentro de mi pecho.

Joe era mi hermana.

Hansel también.

Todavía me costaba procesarlo. Durante años, en mi vida adulta, pensé que estaba completamente sola.

La gemela defectuosa.

La reemplazable.

La hija que nadie quería mirar demasiado tiempo.

Y ahora, de repente, tenía hermanos.

Una familia rota y enferma, sí. Pero familia al final. ¿Pero por qué nunca más supe de ellos? ¿Qué fue de sus vidas y por qué papá nunca más los mencionó?

Mis ojos viajaron automáticamente por el pasillo buscando a Joe entre toda aquella gente. No la vi. Probablemente seguía escondiéndose después de lo que hizo. Y honestamente... esperaba que nadie jamás sospechara de ella.

Solté aire por la nariz y recorrí el lugar con la mirada. A lo lejos, recogiendo documentos apresuradamente de encima de un escritorio, estaba el Dr. Miller. Mi psiquiatra.

Entrecerré ligeramente los ojos, curiosa.

Los demás parecían demasiado conmocionados por la muerte del rector.

Algunos evitaban mirar el cadáver, otros murmuraban entre ellos con evidente nerviosismo.

Pero el Dr. Miller no parecía afectado por la escena en absoluto.

Parecía preocupado por otra cosa. Por los papeles. Por lo que escondían.

Lo observé atentamente durante unos segundos más. Se movía rápido. Nervioso. Guardaba carpetas dentro de un maletín negro sin siquiera ordenarlas bien.

Y entonces salió apresuradamente de la oficina del rector. Le di una rápida mirada al pasillo antes de comenzar a seguirlo discretamente.

Caminaba tan rápido que parecía convencido de que alguien iba detrás de él para matarlo. Miraba constantemente sobre su hombro, respirando cada vez más agitado. Hasta que finalmente llegó frente a la puerta de su consultorio.

Lo vi sacar las llaves con manos ligeramente temblorosas.

Interesante.

La puerta comenzó a cerrarse cuando aceleré el paso y logré entrar antes de que se cerrara completamente.

—Dr. Miller —saludé casualmente mientras le sonreía.

El hombre dio un pequeño salto del susto.

—¡Señorita Jones, me asustó! —murmuró llevándose una mano al pecho.

Formé una sonrisa de disculpa. Una bastante fingida, claro.

—Lo siento, ¿está bien? —hice una pequeña pausa mientras lo observaba cuidadosamente de arriba abajo—. Parece algo... agitado.

—La situación con el rector...

Asentí lentamente como si la tristeza me hubiera golpeado de pronto.

—Es muy lamentable lo que sucedió.

La pena en mi voz sonó tan real que mentalmente me felicité. Qué buena actriz era.

—Lo es —respondió él todavía algo tenso.

—¿Está ocupado? —pregunté mientras observaba el consultorio antes de volver a mirarlo.

El Dr. Miller negó con la cabeza y me dedicó una sonrisa profesional. Después dejó las carpetas y los documentos sobre el escritorio.

Mi mirada se quedó fija ahí unos segundos. Esos papeles parecían importantes.

Muy importantes.

—¿Qué necesitas? —preguntó finalmente, haciendo que volviera a mirarlo.

Solté una respiración profunda y me acerqué lentamente hasta tomar asiento frente a su escritorio.

—Últimamente he tenido demasiados ataques de ansiedad. Ni siquiera la medicación me está ayudando ya.

Él tomó asiento frente a mí inmediatamente. Guardó los papeles dentro de una de las gavetas del escritorio y después colocó ambas manos sobre la superficie de madera.

Exactamente como hacía siempre durante las sesiones. Pulcro. Correcto. Confiable.

Pero últimamente comenzaba a parecerme todo menos inocente. Había algo extraño en él. Algo cuidadosamente escondido detrás de esa voz tranquila y de esas sonrisas falsas de terapeuta comprensivo. Como si llevara demasiado tiempo ocultando algo horrible.

—Habla conmigo —me pidió en tono suave—. Recuerda que estás en tu zona segura. ¿Cómo puedo ayudarte?

¿Lo estaba?

Porque mientras observaba al Dr. Miller... lo único que sentía era peligro.

Ni siquiera supe por qué, pero me quedé observándolo fijamente. Escudriñándolo. Como si intentara encontrar la grieta exacta en toda aquella fachada de hombre tranquilo y profesional. Había algo que no encajaba. Algo que se me escapaba.

Y cuanto más lo observaba, más segura estaba de que escondía algo.

Mis ojos descendieron involuntariamente hasta la gaveta donde había guardado los documentos que sacó de la oficina del rector.

Necesitaba esos papeles. Fuera lo que fuera que contenían, habían sido lo suficientemente importantes como para ponerlo nervioso y atreverse a meterse a la oficina del rector cuando había tanta policía por los alrededores.

—Creo que finalmente estoy cayendo en mi realidad —murmuré.

El Dr. Miller me observó con expresión comprensiva.

—Explícate.

Abrí la boca para responder. Pero el celular que estaba sobre el escritorio comenzó a vibrar. Una vez. Dos veces. Tres veces. Mensajes. Después una llamada. Insistente. Molesta. Desesperada.

Mis ojos se deslizaron hacia la pantalla iluminada. Solo alcancé a ver dos letras antes de que él reaccionara.

H. P.

Sentí curiosidad inmediatamente. Deseé que contestara. Pero el Dr. Miller tomó el teléfono con rapidez, bloqueó la pantalla y se lo guardó dentro de la bata. Demasiado rápido. Demasiado nervioso.

¿Quién demonios era H. P.?

¿Y por qué parecía tan alterado por una simple llamada?

Fruncí ligeramente el ceño. Algo estaba mal. Muy mal.

El Dr. Miller volvió a mirarme intentando recuperar la compostura.

—¿En qué estábamos?

Sonreí ligeramente.

—En que usted iba a convencerme de que no estoy en peligro.

Una pequeña risa salió de sus labios. Forzada.

—Exacto.

Y ahí fue cuando tuve una idea. No era brillante. Tampoco elegante. Pero podía funcionar. ¿Cuál era la mejor arma de una mujer? Sí, exacto. Ser mujer.

Bajé la mirada hacia mis manos y dejé escapar una respiración temblorosa. Después otra. Vi cómo su expresión cambiaba inmediatamente.

—Brisa...

Negué con la cabeza.

—No puedo respirar.

Mentira. Podía respirar perfectamente.

—¿Está comenzando un ataque? —preguntó incorporándose ligeramente.

Dejé que mis hombros temblaran.

—Creo que sí.

Eso fue suficiente.

El Dr. Miller se puso de pie inmediatamente y rodeó el escritorio para acercarse a mí.

—Mírame. Concéntrate en mi voz.

Perfecto. Exactamente donde lo quería. Mientras él se inclinaba frente a mí intentando evaluar mi respiración, mis ojos viajaron discretamente hacia el escritorio.

La gaveta. Entreabierta. Y dentro alcancé a distinguir el borde de una carpeta amarilla. La misma que había sacado de la oficina del rector.

Mi corazón se aceleró. No por el supuesto ataque de ansiedad. Por la emoción. Porque por primera vez sentía que estaba cerca de descubrir algo importante.

Muy importante.

Volví a la realidad cuando el Dr. Miller carraspeó, llamando mi atención. Mi mente trabajó a toda velocidad. Necesitaba esos documentos. Y necesitaba una distracción. Una buena.

No respondí de inmediato. Me puse de pie lentamente y comencé a caminar por el consultorio como si intentara recuperar el control de mi respiración. Pasé una mano por mi cuello y después por mi cabello.

—Brisa... —me llamó con cautela.

Negué con la cabeza.

—Estoy intentando tranquilizarme.

Me alejé unos pasos más y terminé frente al librero que ocupaba una de las paredes. Pasé los dedos por algunos títulos, fingiendo interés.

Sentía su mirada clavada en mí. Atenta. Analítica. Como si intentara decidir si aquello era realmente un ataque de ansiedad o algo diferente.

Sonreí para mis adentros.

—Veo que tiene buenos gustos, doctor —murmuré observando los libros.

—Si quieres, puedo prestarte alguno.

—¿Sí?

—Claro.

Me giré para mirarlo.

Se había vuelto a sentar detrás de su escritorio. Muy cerca de mí. Perfecto.

Se veía tranquilo y profesional, aunque había algo de tensión en su postura. Algo que no terminaba de ocultar.

—¿Te gusta leer? —preguntó.

—Mucho.

Lo cual, de hecho, no era una mentira.

Caminé despacio hacia él. Lo suficiente para invadir un poco su espacio personal. Lo suficiente para incomodarlo. Me apoyé con ambas manos sobre el escritorio y sostuve su mirada.

El Dr. Miller permaneció inmóvil.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó.

Incliné ligeramente la cabeza.

—Un poco.

El silencio se instaló entre nosotros. Uno extraño. Incómodo. Calculado.

—Creo que todavía tengo miedo —confesé en voz baja.

Sus facciones se suavizaron.

Exactamente lo que esperaba.

—Estás a salvo aquí.

Sonreí.

—¿Lo estoy?

Por primera vez pareció dudar. Solo un segundo. Pero lo vi. Y supe que había acertado. Aproveché ese instante.

Mientras su atención permanecía fija en mí, deslicé una mano por el borde del escritorio como quien no quiere la cosa.

Mis dedos rozaron el montón de documentos que había intentado ocultar.

Ahí estaban.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Brisa.

Volví a mirarlo.

—¿Sí?

—¿Qué ocurre realmente?

La pregunta me hizo sonreír.

Porque era exactamente lo mismo que yo quería preguntarle.

¿Qué ocurre realmente, Dr. Miller?

¿Qué estaba escondiendo?

¿Por qué parecía más nervioso él que cualquiera de sus pacientes?

Mis dedos se cerraron discretamente sobre la carpeta mientras mantenía su atención fija en mi rostro.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El Dr. Miller sonrió. No era la sonrisa amable de siempre. No era la sonrisa del psiquiatra paciente y comprensivo. Era otra. Más fría. Más consciente.

Como si hubiera estado esperando aquel momento. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—Interesante —murmuró.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Qué es interesante?

Su mirada descendió brevemente hacia la carpeta que intentaba ocultar.

Después volvió a mis ojos. Y sonrió de nuevo.

—Ella tenía razón.

El aire pareció quedarse atrapado en mis pulmones.

—¿Qué?

—Harías cualquier cosa por obtener esos documentos. Incluso insinuarte como una zorra.

Por primera vez desde que entré en el consultorio sentí que algo no iba según mis planes —omitiendo, claro, la parte en que me llamaba zorra—.

Porque el Dr. Miller no parecía sorprendido.

No parecía enfadado. Parecía satisfecho.

Como si yo acabara de hacer exactamente lo que él esperaba que hiciera.

Me había engañado. Y yo había caído de lleno. Lo había subestimado. A él. A su nerviosismo. A los documentos. A todo. Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro. Intenté retroceder. Intenté pensar. Intenté encontrar una salida.

Pero ya era demasiado tarde.

—¿Qué...?

No terminé la pregunta.

El Dr. Miller se movió con una rapidez que no esperaba. Se puso de pie de golpe y sujetó mi brazo antes de que pudiera alejarme.

Intenté zafarme. Intenté correr.

Pero algo golpeó mi cuello. Una aguja.

El ardor fue inmediato.

—¡Suélteme!

Me removí con todas mis fuerzas.

Tiré una de las sillas. Golpeé el escritorio. Pero mi cuerpo comenzó a fallarme casi al instante. Mis piernas se volvieron pesadas. Mis brazos, torpes. La habitación empezó a girar lentamente.

—No... no...

Retrocedí un paso.

Luego otro.

El Dr. Miller me observaba sin moverse. Sin ayudarme. Sin fingir preocupación. Por primera vez veía quién era realmente.

Y eso me aterró más que cualquier otra cosa.

Mis rodillas cedieron. Caí al suelo.

Intenté arrastrarme. Intenté alcanzar la puerta. Pero mis dedos no respondían. La oscuridad comenzó a cerrar mi visión desde los bordes.

Todo se volvió borroso. Lejano. Irreal. Escuché sus pasos acercarse. Después se agachó frente a mí. Sus ojos permanecieron clavados en los míos. Tranquilos. Calculadores. Como si hubiera ganado. Como si todo hubiera salido exactamente como lo había planeado.

—Lo siento, Brisa —murmuró.

Mentira. No sonaba arrepentido. Sonaba satisfecho. Intenté hablar. Intenté preguntarle qué estaba pasando. Pero las palabras ya no salían. Mi lengua pesaba demasiado. Mi cuerpo ya no era mío.

La oscuridad avanzó otro poco.

Y entonces él sonrió. Una sonrisa pequeña. Extraña. Inquietante.

—Ella te está esperando.

Sentí un escalofrío atravesarme incluso en medio del efecto del sedante.

¿Ella?

Mi corazón golpeó una vez contra mis costillas. Una sola vez. Fuerte. Desesperado.

—Le encantará verte finalmente.

Fueron las últimas palabras que escuché. Después todo desapareció. Y la oscuridad me tragó por completo.