RITTER 20
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Ich sterbe vor Verlangen, dich zu küssen

Ritter llevó lentamente sus manos hasta mi rostro y sostuvo mis mejillas con delicadeza. Después inclinó la cabeza y besó mi frente. El gesto me tomó completamente desprevenida.

Me quedé inmóvil unos segundos.

—Gracias por quedarte —susurré ya mucho más calmada.

Él no se apartó enseguida. Sus ojos seguían observándome atentamente, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba bien.

—No iba a dejarte sola así.

Y fue extraño. Muy extraño. Porque Ritter jamás había sonado tan humano.

—¿Por qué estás aquí? —le pregunté, refiriéndome a por qué había entrado en mi habitación.

—Pensé que debíamos hablar de lo que sucedió en la oficina del Rector.

Desvié la mirada inmediatamente.

—No creo que debamos hablar de eso.

—¿Por qué?

—Fue... solo un momento de debilidad. No debería volver a pasar.

Ritter soltó una risa baja.

—¿Un momento de debilidad, Brisa? ¿En serio?

—Sí.

Sonrió y mi cuerpo se tensó cuando se acercó demasiado a mí. Levantó una mano y apartó con lentitud unos mechones rebeldes de mi rostro. Fue un gesto simple, pero sentí el corazón acelerarse de inmediato.

Mis ojos descendieron involuntariamente hasta sus labios entreabiertos y, otra vez, tuve ganas de besarlo. Ritter debió notarlo porque su mirada se oscureció mientras seguía observándome demasiado de cerca.

—Ich sterbe vor Verlangen, dich zu küssen —me susurró en alemán.

«Me estoy muriendo por besarte».

Fue muy bajo. Muy íntimo. Y claramente lo dijo creyendo que yo no entendería absolutamente nada. Parpadeé.

—¿Qué? —pregunté frunciendo ligeramente el ceño, fingiendo confusión.

La comisura de sus labios se curvó.

—Nada importante.

—¿Eso era alemán?

—Sí.

—Pues no entendí ni mierda.

Ritter soltó una risa baja negando con la cabeza.

—Mejor así.

Mis ojos volvieron a bajar hasta sus labios. Y entonces sonreí.

—Warum küsst du mich dann nicht? —susurré de pronto en alemán.

«¿Por qué no me besas entonces?».

El cambio en él fue inmediato. Se quedó completamente quieto por un segundo. Sus ojos se oscurecieron de golpe mientras me observaba como si acabara de perder el poco control que le quedaba.

—¿Hablas alemán? —preguntó lentamente.

Me encogí de hombros.

—Tal vez. No soy muy buena.

Él soltó una risa incrédula.

—Piccola bugiarda...

«Pequeña mentirosa».

Sus labios se entreabrieron mientras inclinaba el rostro hacia mí y mi corazón comenzó a golpearme brutalmente contra las costillas. Esta vez sí iba a besarme. Lo sabía. Y lo peor era que yo quería que lo hiciera.

Pero entonces algo cambió en él. De golpe. Se quedó completamente quieto. Sus ojos dejaron los míos y recorrieron rápidamente la habitación como si hubiese escuchado algo. Frunció ligeramente el ceño. Y después se apartó abruptamente de mí.

Parpadeé confundida mientras intentaba recuperar el aire.

—Oye... ¿qué... qué pasa?

No respondió enseguida. Seguía mirando alrededor con una expresión completamente distinta a la de hace unos segundos. Ya no había deseo en su rostro. Solo tensión. Alerta.

Entonces habló:

—Aquí hay alguien más.

Un escalofrío me recorrió completa.

—¿Qué?

Avanzó rápidamente hacia el baño de la habitación. Yo lo seguí casi por impulso. Y en cuanto crucé la puerta... el mundo entero se me vino abajo.

Me petrifiqué. El aire abandonó completamente mis pulmones.

—Que no sea real... —murmuré llena de pánico mientras mi espalda chocaba contra la pared del baño—. Que no sea real...

Todo mi cuerpo comenzó a temblar violentamente. No podía respirar. No podía dejar de mirar.

Había una chica tirada en el suelo del baño. Muerta.

Su cabello oscuro era exactamente del mismo color que el mío. Y sus ojos abiertos... Dios mío. Sus ojos eran azules. Azules como los de Merina.

Sentí el estómago revolverse brutalmente cuando mi vista descendió hasta su pecho. Y ahí estaba escrito con sangre: «Merina».

Un sonido desesperado salió de mi garganta.

Todo comenzó a girar. La noche en que encontramos el cuerpo de mi hermana regresó a mi cabeza de golpe.

Los labios azulados. La piel hinchada. El agua.

Dios mío, el agua. La chica tirada frente a mí parecía exactamente igual que Merina cuando murió. Ahogada. Muerta.

—Merina... —su nombre salió de mis labios como un ruego roto.

Las lágrimas comenzaron a caer violentamente por mi rostro mientras sentía que las piernas dejaban de sostenerme.

—¡Merina! —grité completamente desesperada.

Mi visión se volvió borrosa y todo sentido de la realidad se esfumó de mi cabeza. Lo único que veía era el cuerpo sin vida de mi hermana tirado en aquel baño. Sus ojos abiertos. Su piel pálida. Sus labios azulados.

Mi mente se convirtió en un caos absoluto y, antes siquiera de pensarlo, corrí hacia ella.

—¡Merina!

Caí de rodillas frente al cuerpo y mis manos comenzaron a tocarla desesperadamente.

Ya no sabía si realmente era ella o si era otra persona.

No sabía qué era real. Porque en mi cabeza veía a Merina respirando con dificultad.

La veía llorando. Escuchaba su voz diciéndome que no podía respirar. Que todo había sido mi culpa.

—¡Merina, respira! —grité desesperada mientras movía su cuerpo con fuerza—. ¡Respira, por favor!

Toqué su rostro. Sus mejillas. Su cuello. Intenté darle aire. Intenté despertarla. Pero seguía inmóvil. Demasiado quieta.

—¡Merina!

El dolor me atravesó completa cuando me abracé a su cuerpo y comencé a llorar desconsoladamente sobre él.

Las lágrimas caían violentamente por mi rostro mientras la sostenía entre mis brazos como si todavía pudiera salvarla.

Como si todavía existiera alguna oportunidad de arreglar todo lo que destruí.

—Perdóname... por favor... —sollocé con la voz completamente rota—. Yo no quise...

Mi garganta se cerró por completo. Me aferré más fuerte al cuerpo mientras el pecho me dolía tanto que sentía que algo dentro de mí estaba desgarrándose.

—Merina, lo siento tanto...

Escuché a Ritter decir mi nombre a lo lejos. Pero no podía escucharlo realmente, porque yo ya no estaba en ese baño. Había vuelto a aquella noche. A los gritos. Al agua. Al cuerpo de mi hermana siendo sacado sin vida mientras mi padre me miraba como si yo fuera el monstruo que la había matado.

—Brisa —sentí unas manos sujetarme con firmeza de los hombros—. Brisa, mírame.

Negué desesperadamente con la cabeza mientras seguía abrazando el cuerpo.

—Es mi culpa... —lloré—. Fue mi culpa...

—Brisa, escúchame.

Pero no podía hacerlo, porque en ese momento no había nadie más en mi cabeza excepto Merina.

Recordé todas las veces que jugamos de niñas. Cuando nos vestíamos iguales y confundíamos a todo el mundo haciéndonos pasar por la otra. Las noches que dormíamos juntas hablando hasta tarde. Las veces que nos dijimos lo mucho que nos queríamos.

Y por un tiempo... todo había sido perfecto. Hasta que crecimos. Hasta que Merina comenzó a convertirse en la gemela favorita. La más inteligente. La más amable. La más fácil de querer.

Y yo... Yo solo era la niña problemática. La niña ansiosa. La que lloraba demasiado. La que se rompía demasiado fácil.

Cuando comenzaron mis ataques de ansiedad, todo cambió.

Poco a poco las personas empezaron a apartarme de sus vidas como si fuera algo incómodo que esconder.

Ya no iba a reuniones familiares; Merina iba por mí.

Con el tiempo incluso olvidé cómo se veía la familia de mi padre, porque Merina ocupó mi lugar completamente.

Ella los visitaba. Ella hablaba por las dos.

Ella sonreía por las dos. Y cuando alguien preguntaba por mí, siempre respondían lo mismo: «Brisa está indispuesta».

La verdad era muchísimo más humillante. Brisa estaba sedada en una cama porque no podía salir a la calle sin riesgo de avergonzar a toda la familia si sufría uno de sus episodios.

Yo era la defectuosa. Merina era la completa.

Y lo peor era que ella terminó creiéndolo también.

Recordé a mi hermana y hermano por parte de papá. Los vi un par de veces cuando era pequeña. Todavía podía recordar vagamente cómo jugaban conmigo y con Merina en el jardín de la casa de mi abuela. Cómo nuestro hermano me cargaba sobre sus hombros mientras que nuestra hermana fingía perseguirnos.

Pero después mis ataques comenzaron. Y papá dejó de llevarme. Nunca más me permitió ir a reuniones familiares. Nunca más me llevó a verlos. Siempre iba Merina sola. Ella ocupó mi lugar incluso ahí.

Con el tiempo dejé de existir también para ellos.

Ellos crecieron viendo a Merina. Recordando a Merina.

Y olvidándome a mí. Dejé de jugar con mi hermana.

Dejé de escucharla entrar a mi habitación por las noches.

Dejó de hablarme como antes. Se apartó lentamente de mí como si todo lo que nuestra familia decía fuera verdad. Como si yo realmente estuviera rota.

—¡Brisa!

El grito me arrancó violentamente de mis recuerdos. Parpadeé varias veces completamente desorientada. Todavía seguía abrazada al cuerpo tirado en el suelo del baño. Estaba frío. Mis manos temblaban violentamente mientras levantaba lentamente la mirada.

Y entonces me encontré con los ojos de Ritter.

—Ayúdame —le supliqué entre lágrimas—. Ayúdame a salvarla.

Intentó tomarme de las manos, pero me aparté bruscamente. No iba a soltar a Merina. No otra vez.

—No es real, ella no es... —se interrumpió a sí mismo.

Lo vi quedarse callado un segundo, como si realmente estuviera preguntándose si Merina había existido o si era solo otra cosa rota dentro de mi cabeza. Soltó una maldición baja y se pasó una mano por el cabello despeinándoselo completamente. Después volvió a extenderme la mano.

—Vamos, levántate.

Negué desesperadamente con la cabeza mientras abrazaba todavía más fuerte el cuerpo frío junto al mío.

—Ella... Merina... no...

Mi voz se quebró violentamente.

Entonces se escuchó la puerta abrirse de golpe. El sonido hizo que Ritter levantara la cabeza inmediatamente.

Joe.

—Yo me encargo —fue lo que dijo.

Caminó hasta quedar frente a mí en el suelo del baño y cuando se agachó... algo dentro de mi pecho se detuvo.

Sus ojos. Dios mío. Mi respiración se entrecortó todavía más mientras la observaba. Verdes. Grandes. Demasiado cálidos. Su mirada...

Y entonces el recuerdo me golpeó de lleno: una niña pequeña sentada conmigo debajo de una mesa durante una reunión familiar, riendo conmigo, compartiendo dulces escondidas de los adultos.

Y luego... la fotografía. La maldita fotografía que habíamos encontrado escondida debajo de su cama semanas atrás. Dos niñas y un niño.

Recuerdo haber observado esa foto durante muchísimo tiempo porque había algo extrañamente familiar en ella. Una de las niñas tenía el cabello oscuro y estaba abrazando a otra niña pequeña de ojos marrones mientras un niño sonreía detrás de ambas.

En aquel momento no lo entendí, pero ahora sí. La niña de cabello oscuro era yo. Y la otra niña... la otra niña era Joe.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones mientras seguía mirándola completamente petrificada. No. No podía ser posible.

Joe tomó mi rostro entre sus manos con una delicadeza insoportable.

—Merina está muerta —me dijo mirándome directamente a los ojos.

Y entonces la realidad me golpeó de lleno. Parpadeé varias veces mientras mi respiración seguía desordenada. Lentamente bajé la mirada hacia el cuerpo tirado en el suelo. Y por fin lo vi.

No era Merina. Solo era una chica que se parecía demasiado a nosotras. Merina estaba muerta. De verdad muerta. Y nada iba a cambiar eso jamás.

—Merina murió —repitió Joe trayéndome completamente de vuelta a la realidad.

Un sonido quebrado salió de mi garganta mientras soltaba lentamente el cuerpo de aquella chica.

Mis manos comenzaron a temblar todavía más fuerte al darme cuenta de lo que acababa de hacer.

Había estado abrazando un cadáver creyendo que era mi hermana.

La vergüenza me golpeó de inmediato junto con el dolor.

Frunció el ceño mientras volvía a mirar a Joe.

—¿Cómo... sabes lo de Merina? —pregunté tragando grueso, aunque muy en el fondo ya sabía la razón.

Joe sonrió. Y ese gesto me destruyó más que cualquier otra cosa, porque hizo que pequeños fragmentos atravesaran mi cabeza de golpe.

Risas infantiles. Tres niñas corriendo por un jardín.

Una voz diciéndome que me escondiera más rápido.

Un niño persiguiéndonos mientras nosotras gritábamos entre risas.

Y esos ojos verdes mirándome exactamente igual que ahora.

Mi respiración volvió a entrecortarse. Joe me sostuvo suavemente de los brazos y me impulsó a ponerme de pie. Mis piernas temblaron violentamente.

—Porque Merina era mi hermana —susurró. Sentí que el mundo entero se detenía. Ella sostuvo mi mirada unos segundos más—. Tú también lo eres. ¿De verdad no me recuerdas, hermanita?