RITTER 19
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Estoy orgulloso de ti, Brisa Jones

Cinco días antes del suceso

El Rector estaba muerto pero nadie hablaba de eso. Pensé que habría más escándalo, pero el psiquiátrico estaba igual que siempre. Nada de nada.

Suspiré con dramatismo y volví mi mente a esa noche.

A Ritter. A su cuerpo. A lo que hicimos.

A lo mucho que deseaba volver a hacerlo.

Todavía podía recordar sus labios sobre los míos, su cuerpo pegado al mío, sus dedos acariciando mi intimidad y luego ese orgasmo que me desarmó por completo.

Podía recordar su cuerpo, su polla dura contra mi mano, su necesidad al besarme.

Cerré los ojos solo por un segundo, y luego, rompiendo el momento, los abrí. No. No tenía tiempo para estar pensando en esa noche. Tenía muchos otros problemas. Como por ejemplo, que aquel día me tocaba terapia convencional y, por primera vez en mucho tiempo, la necesitaba.

Abrí y cerré la puerta del consultorio.

—Puedes sentarte.

El Dr. Miller estaba detrás de su escritorio con una carpeta entre las manos y esa expresión cuidadosamente neutra que tenían todos los terapeutas. No sonreía demasiado. No intentaba parecer cercano. Solo... profesional.

Aun así, había algo en él que me incomodaba. Quizá la forma en que me observaba demasiado. O la manera en que fingía que cada silencio mío tenía algún significado profundo.

Con las manos escondidas detrás de mi espalda, caminé hasta la silla frente a él y me senté lentamente. El cuero crujió bajo mi peso.

El consultorio olía a café frío y desinfectante. El reloj colgado detrás de él hacía demasiado ruido.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

—Háblame de tus síntomas más recurrentes —pidió mientras abría la carpeta y tomaba un bolígrafo. Su tono era tranquilo.

Me encogí de hombros.

—Ansiedad. Culpa. Problemas para dormir.

Él anotó algo rápidamente.

—¿Ataques de pánico?

—A veces.

—¿Con qué frecuencia?

Pensé unos segundos.

—Más seguido desde que murió Amaya.

El Dr. Miller asintió despacio, como si aquello encajara perfectamente dentro de algo que ya esperaba escuchar.

—¿Qué tal llevas la muerte de tu compañera?

Solté una risa seca antes de apoyar la espalda en la silla.

—Es... complicado.

—¿Complicado cómo?

Lo miré en silencio por unos segundos. Esa era la parte que odiaba de la terapia convencional. Las preguntas. Las pausas incómodas. La sensación de que una persona intentaba abrirte el pecho con palabras suaves mientras fingía que no lo estaba haciendo.

—No sé —murmuré finalmente—. Supongo que todavía no termino de creerlo.

—¿Piensas mucho en ella?

Asentí una sola vez.

—¿Sientes culpa por lo ocurrido?

Sentí el cuerpo tensarse inmediatamente. Demasiado rápido. El Dr. Miller lo notó. Claro que lo notó. Los terapeutas siempre notaban todo.

—Sí —respondí después de unos segundos—. Pero creo que sentir culpa es algo bastante recurrente en mí.

Eso hizo que él levantara la vista de la carpeta.

—¿Por qué dices eso?

Desvié la mirada hacia una de las ventanas del consultorio. Afuera todo seguía gris. Igual que siempre.

—Porque cada vez que algo malo pasa... termino pensando que probablemente es culpa mía.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. El Dr. Miller dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—Brisa, ¿alguna vez has sentido que mereces que te hagan daño?

Sentí un nudo instalarse en mi garganta. Mis dedos se tensaron sobre mis piernas. Solté una risa baja. Vacía.

—Todo el tiempo.

—¿Por qué te afectó tanto la muerte de tu compañera? —inquirió—. ¿Eran muy cercanas?

—No... es solo que Amaya me recordaba muchísimo a mi hermana.

Él bajó la mirada hacia la carpeta.

—¿Merina?

Asentí lentamente.

—Sí.

El simple hecho de pronunciar su nombre hizo que algo doliera dentro de mi pecho.

—Cuéntame por qué.

—Tenían formas parecidas de hablar —tragué saliva mientras intentaba ordenar mis pensamientos—.

Las dos... intentaban ayudar a las personas incluso cuando ellas mismas estaban hechas mierda.

Amaya tenía esa costumbre de preocuparse demasiado por los demás.

Y Merina era igual. Siempre quería salvar a todo el mundo.

Creo que por eso me encariñé con ella tan rápido. Porque se sentía familiar.

—¿Como si aún tuvieras una parte de tu hermana cerca? —preguntó él con cuidado.

Negué inmediatamente con la cabeza.

—No. Nadie podría reemplazar a Merina —el silencio volvió a quedarse entre nosotros unos segundos—. Pero... Amaya me hacía sentir menos sola. Y ahora también está muerta. Y no puedo dejar de pensar que las personas que se acercan a mí terminan destruidas de una u otra forma.

El Dr. Miller apoyó los brazos sobre el escritorio sin dejar de observarme.

—¿Crees que tú destruyes a las personas?

Solté una risa amarga.

—Creo que jamás he sabido hacer otra cosa.

Suspiré con cansancio y me levanté de golpe de la silla. Sentía el cuerpo agotado. Me sentía agotada en general.

—Gracias, Dr. Miller.

Tomé la manga de mi sudadera entre mis dedos y me dirigí hacia la puerta del consultorio. Pero antes de salir, escuché nuevamente la voz calmada del Dr. Miller detrás de mí.

—Sabes que puedes ser totalmente sincera conmigo, ¿cierto? —mi mano se detuvo sobre el picaporte—. Yo no voy a juzgarte.

Cerré los ojos un segundo. Si él supiera la verdad...

sí lo haría. Si él supiera lo que le hice a mi hermana, me juzgaría.

Nunca le conté a ningún psiquiatra lo que le hice a Merina y cómo inició mi relación con Liar.

Nunca le conté porque en realidad me sentía tan culpable por la muerte de mi hermana. No estaba en mi expediente.

—Sí, lo sé, pero creo que... —murmuré sintiendo la garganta cerrarse mientras giraba el rostro para mirarlo por encima del hombro.

El Dr. Miller asintió despacio, observándome con demasiada comprensión.

—Has tocado tu límite. Lo entiendo. Continuamos en la siguiente sesión.

Abrí la puerta y salí del consultorio sin agregar nada más.

Caminé a toda prisa hasta mi habitación. Lo último que quería era asistir a clase de filosofía avanzada y verle el rostro al profesor. Seguía evitándolo y gracias a Dios estaba funcionando de maravilla.

Cuando llegué hasta el ascensor, me metí sin mirar hacia los lados. Las puertas se cerraron frente a mí con un sonido metálico y, quedé sola, apoyé la espalda contra la pared del ascensor y cerré los ojos un segundo.

Estaba agotada. Mentalmente agotada. Siempre había sabido contener mis sentimientos. Sabía sobrellevar mis recuerdos y había aceptado todo lo que había hecho. Pensé en Liar. Lo maté, pero no me sentía mal en lo absoluto por eso.

Cuando era niña pensaba —o más bien creía con absoluta certeza— todo lo que veía en la televisión. Veía a las personas volverse locas porque habían matado a alguien. Veía como no podían dormir, cómo escuchaban voces o veían a sus víctimas en todas partes.

Y yo nunca fui así. Nunca vi a Liar parado frente a mí. Nunca escuché su voz llamándome. Nunca desperté llorando después de soñar con él.

Lo único que sentía era un alivio constante de que ya no estuviera más vivo.

Y eso me asustaba muchísimo más. Porque quizá significaba que había algo realmente mal dentro de mi cabeza.

Y por primera vez en muchísimo tiempo pensé algo horrible: tal vez mi padre tenía razón.

Tal vez realmente había algo muy malo dentro de mí y no era tan buena como yo quería creer y como le quería hacer ver a los demás.

A veces pensaba que la culpa por haberlo matado sí estaba ahí, solo que había aprendido a vivir con ella. Como si se hubiera instalado dentro de mi cuerpo y hubiera dejado de sentirse extraña.

Pero con Merina... era diferente. Yo no la maté directamente pero la traicioné. La llevé hasta que ella misma se quitara la vida. Me dolía recordar la forma en que nos miró cuando nos encontró juntos a Liar y a mí esa noche. Me dolía recordar a mi padre gritándome que yo la había matado.

Pero lo extraño era que el dolor nunca me destruyó por completo. Seguía respirando. Seguía caminando. Seguía levantándome cada mañana aunque no quisiera hacerlo. Y eso era lo que realmente me aterraba.

Abrí lentamente los ojos y observé mi reflejo en las puertas metálicas del ascensor. Ojeras profundas. Labios partidos. La expresión vacía de alguien que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo.

Me veía rota. Pero todavía seguía aquí.

Las puertas del ascensor se abrieron sacándome de mis pensamientos. Suspiré con cansancio y salí de él arrastrando los pies por el pasillo vacío. Todo se sentía demasiado silencioso. Demasiado grande.

Caminé directamente hasta mi habitación y, sin muchas ganas, abrí la puerta. Todo estaba completamente oscuro.

Mis manos seguían apretadas entre sí, esta vez delante de mi estómago, como si intentara sostener algo dentro de mí para que no terminara rompiéndose. Cuando puse un pie dentro no encendí las luces. Solo me quedé ahí. Quieta.

Y entonces todo lo que había estado conteniendo mientras estaba afuera me golpeó de golpe.

Las lágrimas comenzaron a caer violentamente por mis mejillas. Mi garganta se cerró tanto que me costó respirar. Sentí el pecho comprimirse dolorosamente mientras el aire dejaba de entrar correctamente a mis pulmones.

No podía respirar.

Todo mi cuerpo empezó a temblar. Mis piernas se debilitaron y tuve que apoyar una mano contra la pared para no caerme. Sentía el corazón golpeándome demasiado rápido. Demasiado fuerte. Como si quisiera salirse de mi pecho.

Intenté inhalar, pero el aire no era suficiente.

Y entonces lo reconocí. Ataque de ansiedad.

—No... no... —murmuré entre respiraciones cortadas mientras negaba con la cabeza.

Las manos comenzaron a hormiguearme. Mi visión se volvió borrosa por las lágrimas y por la falta de aire. Sentía que me estaba muriendo. Que algo dentro de mí finalmente había explotado.

Me dejé caer lentamente al suelo, apoyando la espalda contra la puerta cerrada. Abracé mi propio cuerpo intentando detener los temblores, pero era imposible.

Todo dolía. Mi pecho. Mi cabeza. Mi garganta.

Y lo peor era que ni siquiera sabía exactamente por qué estaba llorando tanto.

Por Merina, por Amaya, por Liar, por mí. Por todo.

Un sollozo roto escapó de mi boca mientras enterraba el rostro entre mis manos.

—No puedo más... —lloré en voz baja sintiendo que el aire seguía sin entrar correctamente a mis pulmones—. Ya no puedo más...

Solté respiraciones fuertes y desordenadas mientras intentaba recuperar el aire. El miedo era tan palpable dentro de mi cuerpo que sentía que me estaba consumiendo desde adentro.

Lo único que había sentido mientras caminaba por los pasillos era eso. La sensación de que alguien iba detrás de mí. Siguiéndome. Observándome. Esperando el momento exacto para hacerme daño. Estaba pasando otra vez. Otro ataque.

Y lo peor era que había olvidado cómo manejarlo.

Cómo hacer que mi cabeza dejara de sentirse como una cárcel cerrándose poco a poco sobre mí.

No sabía cómo tranquilizarme. No sabía cómo hacer que el aire volviera a entrar correctamente a mis pulmones.

Sentía que me estaba hundiendo en un abismo dentro de mi propia mente y que no había forma de salir de ahí.

En medio de la oscuridad distinguí las camas vacías de Amaya y Joe. Y aquello terminó de destruirme.

Un nudo doloroso se formó inmediatamente en mi garganta. Porque me había quedado sola otra vez. Siempre terminaba sola. Las personas se iban. Morían. O simplemente dejaban de quererme lo suficiente como para quedarse.

Mis manos temblaban violentamente y me dolían muchísimo porque las estaba apretando demasiado fuerte contra mí misma.

Y entonces escuché una voz.

—¿Brisa?

Me sobresalté de golpe. Levanté la cabeza mientras intentaba respirar correctamente, pero era imposible. Cada bocanada de aire seguía sintiéndose insuficiente.

La habitación continuaba casi completamente oscura, iluminada por la tenue luz del pasillo que se colaba por debajo de la puerta.

—¿Brisa? —repitió la voz, esta vez más cerca.

Ritter Meyer.

Intenté responderle, pero solo salió una respiración rota de mi boca. Él debió escucharla porque en cuestión de segundos lo oí moverse rápidamente dentro de la habitación.

—Mierda...

Ritter caminó hacia mí y se agachó hasta quedar a mi altura.

—Ey, ey... mírame.

Negué rápidamente con la cabeza mientras llevaba una mano temblorosa hasta mi pecho. No podía. No podía respirar.

—No puedo... —logré decir con la voz quebrada—. Ritter... no puedo respirar...

Él soltó una maldición entre dientes y se colocó justo frente a mí.

—Sí puedes. Escúchame —su voz salió firme. Muchísimo más firme de lo habitual—. Respira conmigo.

Intenté hacerlo. De verdad lo intenté. Pero cada vez que inhalaba sentía que el aire seguía sin llegar suficiente a mis pulmones. Las lágrimas no dejaban de caer.

—Me estoy muriendo...

—No te estás muriendo —tomó mi rostro entre sus manos obligándome a mirarlo directamente—. Es un ataque de ansiedad. Ya pasó antes, ¿sí? Tu cuerpo está entrando en pánico, pero no vas a morirte.

Sus ojos seguían clavados en los míos.

—Yo... no... puedo...

Cada palabra salía rota entre respiraciones desesperadas. Sentía el pecho demasiado apretado y las manos completamente heladas.

Ritter no apartó la mirada de mí ni un segundo.

—Estoy aquí contigo —me susurró, muy bajo, muy cerca. Muchísimo más suave de lo normal en él.

Sus manos descendieron lentamente hasta las mías. Fue ahí cuando se dio cuenta. Mis dedos estaban cerrados con tanta fuerza que me había clavado las uñas en las palmas. La sangre me manchaba las manos y ni siquiera lo había notado hasta ese momento.

Él frunció el ceño mientras abría mis puños con cuidado.

—Brisa...

Mi cuerpo seguía temblando violentamente. Sudaba. Sentía el corazón demasiado rápido. Y todavía tenía la horrible sensación de que algo malo iba a pasar.

—Céntrate en la respiración —volvió a decirme con esa voz extrañamente tranquila—. Respira profundo y lento. Solo eso.

Intenté hacerlo. Inhalé temblorosamente mientras apretaba sus manos con fuerza. Seguro le estaba haciendo daño con mis uñas, pero él no reaccionó en absoluto. Ni siquiera intentó soltarse.

—Tengo... miedo... —sollocé sintiendo más lágrimas bajar por mis mejillas.

Ritter asintió.

—Lo sé. Y es normal sentir miedo cuando pasa esto —sus pulgares rozaron suavemente mis nudillos heridos—. Las sensaciones son horribles, pero no son peligrosas. No te vas a morir, ¿de acuerdo? Esto va a pasar.

Cerré los ojos con fuerza intentando concentrarme solo en su voz.

En inhalar y exhalar. Poco a poco el aire comenzó a entrar mejor en mis pulmones. Mi pecho seguía doliendo, pero ya no sentía que me estaba muriendo.

—Está... pasando... —murmuré con la voz todavía rota.

Una sonrisa pequeña apareció en sus labios. Y por alguna razón eso me calmó todavía más.

—Estoy orgulloso de ti —susurró—. Bien hecho, Brisa Jones.