RITTER 18
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Desastre y más desastre

Un año y medio atrás

No existía una persona más miserable que yo.

No existía.

Y dudaba muchísimo que algún día existiera alguien peor.

Froté mi rostro contra mis manos intentando detener el temblor de mi cuerpo. Las lágrimas retenidas nublaban completamente mi visión y el dolor en mi pecho era tan insoportable que respirar se sentía como un castigo.

Quería arrancarme el corazón. Quería dejar de sentir. Pero seguía ahí. Viva. Y eso era lo peor de todo.

Cerré los ojos con fuerza y entonces aparecieron en mi mente esos ojos azules. Los de ella. Exactamente iguales a los de papá, y completamente distintos a los míos.

Me miré en el espejo y la vi a ella reflejada en mí. El parecido era tan dolorosamente evidente que sentí el pecho apretarse de inmediato.

Mi padre había tenido razón. Ese era mi castigo: parecerme demasiado a ella.

Recordé perfectamente aquella noche. Sus ojos completamente rojos por las lágrimas. Las manos temblándole. La forma en la que me miró y luego apartó la vista casi de inmediato, como si observarme le hiciera daño. Como si verme fuera abrir una herida imposible de cerrar.

—Este será tu castigo, Brisa —dijo con la voz rota mientras me señalaba—. Mirarte al espejo y verla a ella reflejada en ti cada día... será tu maldito castigo.

Quería pedirle perdón. Quería decirle que nada de lo sucedido había sido mi culpa. Que yo también estaba rota. Que yo también había perdido a alguien importante. Ella no era solo su hija. Merina era mi hermana. Mi mejor amiga. La persona que me protegía incluso cuando nadie más lo hacía.

—Papá... —murmuré entre lágrimas acercándome hacia él—. Papá...

Entonces él enloqueció.

—¡No te atrevas a llamarme una vez más así!

El grito fue tan brutal que retrocedí inmediatamente. Mi cuerpo entero tembló. Sus ojos estaban completamente llenos de odio mientras me señalaba con las manos temblorosas.

—¡Tú la mataste! —vociferó con la voz quebrándosele por el llanto—. ¡Por tu maldita culpa Merina está muerta!

La culpa me golpeó de lleno. Porque él tenía razón. Merina se había suicidado por mi culpa.

Si yo no hubiese sido tan miserable... Si no hubiese caído tan bajo como para acostarme con su novio... Ella seguiría viva. Si hubiese sabido cerrar las piernas. Si hubiese sido una mejor hermana. Si hubiese sido una mejor persona.

Merina estaría viva. Papá tenía derecho a odiarme. Yo también me odiaba. Las lágrimas caían sin control mientras sentía el pecho aplastado por todo el peso de aquella verdad horrible. Casi no podía respirar ni mantenerme de pie.

Volví a la realidad cuando unas manos masculinas apartaron las mías de mi rostro. Me sobresalté y alcé la vista solo para encontrarme con Liar agachado frente a mí. Sus cejas estaban ligeramente fruncidas mientras me observaba tirada en el suelo del baño.

Debía verme horrible. Mis ojos ardían por el llanto, tenía la respiración descontrolada y las manos tan tensas que mis uñas se habían clavado en mis propias palmas.

—¿Qué haces tirada ahí? —preguntó mirándome fijamente—. ¿Por qué lloras esta vez?

Solté una risa rota antes de apartar la mirada.

—Lloro porque mi hermana se quitó la vida por nuestra culpa.

Liar soltó una risa seca. Después me agarró del brazo y me obligó a levantarme del suelo. Mis piernas temblaron al incorporarme. Él sostuvo mi rostro entre sus manos y me forzó a mirarlo directamente.

—Tu hermana se suicidó porque era una maldita cobarde —escupió sin el más mínimo remordimiento—. No supo aguantar el hecho de que su hermana follara mejor que ella.

Sentí algo romperse dentro de mí. Lo empujé con fuerza inmediatamente.

—¡Cállate! —grité con la voz quebrada—. ¡No vuelvas a hablar así de ella!

Liar ni siquiera retrocedió demasiado. Solo volvió a mirarme con esa calma cruel que tanto odiaba.

—No. Pudo. Soportar. Que. Su. Hermana. Me. Follara. Mejor. Que. Ella —recalcó cada palabra inclinando la cabeza.

Lo miré sintiendo un asco insoportable subir por mi garganta.

—¿Acaso sabes algo de mí de verdad, Liar? —pregunté casi contra su cara.

Él frunció el ceño.

—¿Qué mierda significa eso?

Solté una risa amarga mientras me limpiaba las lágrimas con rabia.

—Que tú no sabes nada de mí. Nunca lo has sabido. Solo sabes cómo hacerme daño. Cómo humillarme. Cómo hacerme sentir pequeña para que nunca me vaya de tu lado.

Los ojos de Liar se endurecieron inmediatamente.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿O qué? —lo reté sintiendo el pecho arderme—. ¿Vas a volver a golpearme? ¿Vas a recordarme otra vez que soy una mierda? Porque créeme, ya me lo sé de memoria.

Liar dio un paso hacia mí y sujetó mi rostro con brusquedad, apretándome las mejillas.

—No actúes como una víctima ahora. Tú siempre vuelves. Siempre.

Sus dedos me dolían. Pero esta vez no aparté la mirada.

—Porque me rompiste la cabeza —susurré temblando—. Porque lograste convencerme de que nadie más podría quererme.

Por un instante él se quedó en silencio. Solo un instante. Después sonrió otra vez.

—Y aun así sigues aquí conmigo —murmuró inclinándose hacia mí—. Así que quizá tan equivocado no estaba.

Sentí náuseas. Asco de él. Y muchísimo más de mí misma.

Sin poder evitarlo recordé esa noche.

Merina nos había dicho emocionada que su novio se quedaría en casa. Mamá y papá lo adoraban casi tanto como ella. No hubo ninguna objeción. ¿Cómo podría haberla? Liar era encantador en todos los sentidos posibles. Perfecto.

Sabía exactamente qué decir. Cuándo sonreír. Cómo mirar a las personas para hacerlas sentir especiales. Incluso mi padre, que desconfiaba de casi todo el mundo, parecía relajarse cuando Liar estaba cerca. Y mi madre... mi madre lo trataba como si ya fuera parte de la familia.

Y yo... Dios. A mí me encantaba.

Me gustó desde la primera vez que lo vi entrar tomado de la mano de mi hermana. Odiaba admitirlo incluso dentro de mi propia cabeza, pero sentía envidia. Muchísima.

Porque Merina siempre obtenía lo mejor. Siempre. El mejor trato. La mayor atención. El amor más grande de nuestros padres.

Éramos idénticas físicamente, pero para todos ella era la original y yo una copia barata. Merina brillaba y yo solo existía a su lado. Yo no era nadie sin ella. Solo su sombra.

Y quizá por eso terminé deseando su vida completa. Su libertad. Su lugar dentro de la familia. Y sí... también deseé a Liar. Al grandísimo y perfecto Liar.

Y esa noche inició todo. Yo no podía dormir, así que no dejaba de dar vueltas en la cama durante horas mirando el techo, escuchando la lluvia golpear las ventanas de la casa y sintiendo esa incomodidad extraña instalada en mi pecho cada vez que pensaba en él.

Así que bajé a la cocina por agua, pero no esperaba que Liar también estuviera ahí.

Todavía podía recordarlo perfectamente. Apoyado contra la encimera con una camisa negra y el cabello desordenado, sosteniendo un vaso entre sus manos mientras la tenue luz de la cocina le marcaba el rostro.

Cuando me vio entrar, sonrió.

—¿No puedes dormir? —preguntó.

Negué con la cabeza mientras evitaba mirarlo demasiado. Me acerqué al refrigerador intentando ignorar el peso de sus ojos sobre mí. Pero podía sentirlo. Sentía cómo me observaba.

—La verdad, no —respondí—. ¿Y tú?

—Tampoco puedo dormir —murmuró—. ¿Nos hacemos compañía un rato?

Debí decir que no, pero dije sí y entonces me perdí. Porque Liar me miró como nadie lo había hecho jamás. No como «la hermana gemela de Merina». No como la copia. No como alguien invisible.

Me miró a mí. Me hizo sentir especial. Escuchada. Importante.

Liar habló conmigo esa noche durante horas. Me preguntó cosas que nadie antes había preguntado. Qué quería hacer con mi vida. Qué cosas odiaba. Qué cosas me hacían daño. Y me entendió. Dios... me entendió como nadie.

Ahora sé que probablemente solo era bueno manipulando personas. Pero en aquel momento... en aquel momento sentí que alguien finalmente me veía de verdad. Y eso fue suficiente para condenarme.

Supe que estaba mal desde el principio. Supe que cuando él se inclinó hacia mí y rozó mi boca con la suya... debí apartarme. Debí subir las escaleras. Debí pensar en Merina. Pero no lo hice. Pensé en mí y lo besé de vuelta.

Durante los tres meses siguientes nos seguimos acostando a escondidas.

Mensajes borrados. Miradas largas durante las cenas familiares.

Excusas ridículas para quedarnos solos. Encuentros furtivos.

Para Liar, quedarse en la casa y escabullirse en mi habitación de madrugada cuando todos dormían, incluso Merina, se volvió rutina.

Cada cosa que hacíamos estaba mal y aun así... yo seguía regresando a él. Porque Liar me hacía sentir elegida. Y yo llevaba toda mi vida sintiéndome la segunda opción de todo el mundo.

Una de tantas noches, Merina nos encontró juntos.

Todavía podía recordar perfectamente la expresión de su rostro cuando abrió la puerta y nos vio en la cama. La sorpresa. La confusión. Y luego el dolor. Uno tan grande que parecía haberle destrozado el alma en cuestión de segundos.

Yo había logrado apartarme de Liar cuando ella retrocedió lentamente. Sus ojos bajaron hacia mí, después hacia él. Ambos completamente desnudos.

Y entendió todo. Absolutamente todo.

—Merina... —murmuré levantándome de la cama desesperada.

Ella negó rápidamente con la cabeza mientras las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos.

—No... no me toques...

La voz se le rompió de inmediato.

—Escúchame... —intenté acercarme.

—¡¿Desde cuándo?! —gritó llorando, alternando la mirada entre Liar y yo—. ¡¿Desde cuándo me hacen esto?!

Nunca olvidaré la forma en la que me miró. Como si yo hubiera clavado un cuchillo directamente en su pecho. Y quizá lo había hecho.

Porque Merina me amaba. Y yo la traicioné de la peor manera posible. Liar terminó dejándola por mí después de aquello. Y todo se vino abajo.

Merina se suicidó meses después. Papá perdió completamente la cabeza y necesitó culpar a alguien. Me culpó a mí. Lo hizo tantas veces, con tanto odio, que terminé creyéndolo también. Me echó de casa como si yo fuese basura. Y cuando no tenía absolutamente a nadie... Liar me recibió en la suya.

En aquel momento pensé que me estaba salvando. Ahora entendía la verdad: solo me estaba encerrando en una jaula muchísimo peor.

Pensé que vivir con él sería una especie de refugio después de que mi padre me echara de casa. Creí que, al menos, alguien me elegiría por encima de Merina una vez en mi vida.

Qué ridícula fui.

Todo se volvió un infierno demasiado rápido. Porque Liar también me culpaba por la muerte de ella. Y eso era lo más enfermizo de todo, porque él había sido parte de aquello. Él también la había destruido.

Pero era muchísimo más fácil romperme a mí que aceptar su propia culpa.

Una noche, demasiado ebrio, me lo confesó. Yo estaba sentada en el borde de la cama mientras él fumaba cerca de la ventana. El humo llenaba toda la habitación y el silencio entre nosotros era pesado. Hasta que habló.

—No me puedo creer lo que hice —murmuró soltando el humo lentamente—. Me embobé por algo barato y brillante.

Sentí el pecho tensarse inmediatamente. Liar giró la cabeza hacia mí.

—Dejé ir lo que en verdad tenía valor... por su maldita copia barata.

El aire abandonó mis pulmones. Jamás iba a olvidar cuánto dolió escuchar aquello. Porque toda mi vida había sido eso. La copia. La sombra. La versión menos importante de Merina. Incluso siendo idénticas, las personas siempre encontraban algo en ella que yo jamás tendría.

Ella era más dulce. Más inteligente. Más fácil de amar.

Y yo... Yo solo era la hermana que estaba ahí. Nada más. Para la gente, sin Merina, yo no tenía valor propio.

Y escuchar a Liar confirmarlo fue como terminar de destruir algo que ya estaba roto dentro de mí. Bajé la mirada sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse otra vez.

—Entonces, ¿por qué te quedaste conmigo? —pregunté con la voz rota.

Liar soltó una risa baja. Después caminó hasta mí y tomó mi mentón entre sus dedos obligándome a mirarlo.

—Porque ahora eres lo único que me queda de ella.

Y nunca, jamás, unas palabras me hicieron sentir tan vacía.

Dejé que las lágrimas cayeran libremente por mis mejillas. Esa noche me permití llorar de verdad. Me permití sentir el dolor completo de haber perdido a mi hermana. Me permití aceptar lo mucho que la había envidiado. Lo mucho que había deseado su vida, su lugar, el amor que todos sentían por ella.

Y en silencio... me arrepentí. Me arrepentí de cada pensamiento horrible que tuve alguna vez. De cada instante en que deseé ser ella. Porque Merina sí merecía todo lo bueno que tenía. Yo no.

Y por primera vez entendí algo que me terminó de destruir por dentro.

Liar era mi castigo. Cada golpe. Cada humillación. Cada vez que me obligaba a hacer cosas que no quería. Cada palabra cruel que salía de su boca. Todo eso lo merecía.

Porque ocupaba un lugar que nunca debió pertenecerme. Porque la que debió seguir viva era Merina. No yo.

Lloré todavía más fuerte al comprenderlo. Porque entendí que Liar tenía razón. Yo no merecía nada mejor de lo que él me daba. Él era lo único que tenía.

Mi familia me había dado la espalda... y no era para menos. Mi padre me odiaba. La familia de Liar también. Y mamá... Dios. Mamá ni siquiera podía mirarme a la cara sin romperse a llorar. Había noches en las que la escuchaba suplicarle a la vida que se la llevara también.

Y todo era culpa mía. Yo había destruido a mi familia. Yo había arruinado absolutamente todo.

Esa noche entendí algo todavía peor: que incluso después de muerta... Merina seguía siendo más importante que yo.

Y yo seguía siendo únicamente su sombra. La hermana de Merina. La gemela de Merina. Lo que venía después de Merina. Nunca Brisa. Nunca solo yo. Para todos... Siempre había sido Merina.