17 #3
Sus manos descendieron lentamente hasta mi cintura y la apretó con fuerza, acercándome todavía más a él aun con una daga amenazando su garganta.
—Joder... —murmuró observándome como si acabara de perder la cabeza por completo—. Tú sí que sabes cómo volverme completamente loco, Brisa...
—Deberías temer por tu vida.
—Me estás mirando como si quisieras matarme —murmuró sin borrar esa sonrisa peligrosa de sus labios—. Pero también como si quisieras perder el control y besarme. Elige, Brisa Jones. ¿Me matas o me besas?
Sus ojos descendieron lentamente hacia mi boca y después volvieron a subir.
—Tienes mucha confianza en ti mismo.
—Elige, Brisa Jones.
Mi respiración se volvió irregular. Porque él tenía razón. Y lo odiaba por eso. Odiaba que pudiera leerme tan bien.
Mis dedos aflojaron un poco la presión de la daga sobre su cuello. Después di un paso hacia él. Ritter no se movió. Pero sus ojos se oscurecieron de inmediato.
Tomé su rostro entre mis manos y lo besé. Justo como él me besó esa tarde. No hubo juegos, no hubo roces, fue un beso de verdad. Un beso que estaba deseando con todas mis fuerzas desde que se fue de mi habitación. Lo deseaba.
Ritter reaccionó al instante.
Una de sus manos se deslizó bruscamente hasta mi cintura y me pegó contra él mientras la otra subía hasta mi nuca. Como si temiera que me apartara. Como si hubiese estado esperando exactamente eso desde hacía demasiado tiempo.
Y joder... besarlo era peor de lo que había imaginado. Porque Ritter Meyer besaba como si quisiera dominarte. Como si quisiera meterse debajo de tu piel y quedarse ahí.
El aire abandonó mis pulmones cuando profundizó el beso y terminé soltando la daga sobre el escritorio sin siquiera darme cuenta. El sonido metálico resonó por toda la oficina.
Pero ninguno de los dos se apartó. Todo lo contrario.
Ritter me sostuvo todavía más fuerte contra él mientras su respiración chocaba contra mi boca.
—Mala decisión, Brisa —murmuró separándose unos centímetros de mis labios—. Porque ahora no voy a poder dejar de tocarte apenas te vea.
—Hazlo —gemí totalmente perdida.
Su mano libre se deslizó por mi pecho y siguió bajando hasta subir un poco la camiseta del psiquiátrico y tocarme directamente ahí. Sentir la punta de sus dedos hacer pequeños círculos en mi bajo vientre, justo en el inicio del pantalón, me hizo gemir bajito.
Su mano, la que me tocaba, se deslizó otro poco por debajo del pantalón. Gemí con fuerza cuando sus dedos tocaron directamente mi intimidad. Moví mis caderas buscando sentirlo más profundo. Estaba tan mojada que era incluso vergonzoso.
—¿Quién pensaría que la falsa chica buena se moja tanto por el chico malo, eh?
Él seguía moviendo sus dedos con lentitud, y yo solo quería rogarle que lo hiciera más rápido.
—¿Quién pensaría que el chico malo está tan duro por la falsa chica buena, eh?
Deslicé mi mano por su abdomen sintiendo cómo se tensaba ante mi toque y solo me detuve cuando llegué a su polla erecta. La apreté por encima de la tela y un gruñido bajo y sensual salió de sus labios, chocando directamente con mi boca.
Y así nos quedamos por un rato. Solo nos mirábamos directamente mientras él me tocaba y yo lo tocaba a él. Sus pupilas estaban dilatadas y su boca se abría ligeramente para soltar gruñidos que me encantaban.
—Vamos, Brisa, termina de perder el control y bésame —me pidió.
Ni siquiera necesitó repetirlo una vez más porque, sin dejar de tocarlo, volví a besarlo. No había inocencia por ningún lado cuando nuestras lenguas salieron una en busca de la otra. No supe cuánto tiempo pasó, solo que sentí la necesidad de alejarme para poder respirar, aunque no quería hacerlo.
Estuvo a punto de volver a besarme pero entonces escuchamos un ruido. Voces. Gritos. Armas.
—Joder —murmuré e intenté apartarlo de mí.
Ritter no me lo permitió.
—Shh —susurró—. Será mejor que seas muy silenciosa.
Y siguió tocándome. Gemí sin poder evitarlo. Ritter subió la mano libre y me cubrió la boca. Todo mi cuerpo palpitaba. Quería irme porque estaban a punto de descubrirnos pero al mismo tiempo esa idea me excitaba aún más. Así que, justo como lo hacía él, seguí tocándolo.
Yo no podía dejar de gemir y él se controlaba para no gruñir. Cada vez escuchábamos las voces más cerca y eso solo hacía que aceleráramos más nuestros movimientos. Sus dedos estaban haciendo magia y, por su cara, mi mano igual.
Gemí fuerte contra su mano cuando sentí el orgasmo llenarme de golpe. Seguí moviendo mi mano y segundos después sentí su derrame en mi mano.
Los dos respirábamos agitados.
Volvimos a la realidad cuando volvimos a escuchar voces.
—¡Revisen esta zona!
—¡Nadie entra ni sale del edificio!
—¡Muévanse!
—Encontramos el cuerpo del rector.
—¡Revisen con cautela, nadie puede enterarse de su muerte todavía!
Miré a Ritter de golpe. Él ya me estaba mirando a mí.
Y por primera vez desde que lo conocía... Ritter Meyer parecía genuinamente sorprendido.
—¿Qué demonios está pasando? —susurré todavía demasiado afectada.
—Lo hizo —murmuró—. Joe finalmente asesinó al Rector.